Posteado por: Javier | marzo 25, 2013

Los cristianos y la Guerra de Irak

El pasado jueves día 20 de marzo se cumplieron diez años (¡cómo pasa el tiempo!) del inicio de uno de los conflictos bélicos más controvertidos de la historia: la Guerra de Irak, también conocida como “Segunda Guerra del Golfo” u “Operación Libertad Iraquí”. Las fuerzas estadounidenses iniciaron los primeros bombardeos aéreos sobre los objetivos iraquíes con misiles tomahawks lanzados desde barcos y submarinos. Mientras las fuerzas estadounidense y británicas avanzaron desde Kuwait, sus aliados kurdos lo hacían por el norte. El miércoles 9 de abril los primeros tanques estadounidense entraron en Bagdad sin encontrar mucha resistencia. El jueves 1 de mayo de 2003 el Presidente estadounidense George W. Bush declaró el fin de los principales combates.

Aquí tenéis algunas imágenes de las primeras horas del conflicto:

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Esta entrada sobre la Guerra de Irak no es esencialmente “política” (en ese plano ya he escrito varias entradas antes sobre esta guerra), aunque tenga sus implicaciones, aunque tampoco es estrictamente un “sermón”, así que cualquiera, sea o no cristiano, puede opinar sin problemas si tiene una opinión formada (yo jamás censuro ni censuraré a nadie porque no comparta mis puntos de vista). La idea esencial es qué podemos pensar los cristianos sobre la Guerra de Irak (incluso la de Afganistán podría ser incluida, junto con aspectos de la muerte de Bin Laden, pero me voy a centrar en Irak).

¿Qué pueden los cristianos pensar bíblicamente sobre la Guerra de Irak? Tomando como guía la palabra de Dios, ¿podemos decir que fuera “justa”?

Antes de ver los detalles de la situación en Irak, y si la guerra de Irak es justa, vamos a echar un vistazo a lo que la Biblia dice acerca de la guerra en general. Las palabras “guerra” y “batalla” se encuentran cientos de veces en el Antiguo Testamento. Encontramos a Dios al mando en muchas ocasiones en tiempos de guerra.

En 2 Samuel 22:35, David dice que el Señor le enseñó a luchar. En Josué 3:9-10, Dios le ordena a Josué a conquistar a los cananeos. En Éxodo 15:3, Dios es llamado “varón de guerra”, después de la derrota del ejército egipcio en el Mar Rojo. En muchos lugares de la Escritura, el Señor usa la guerra como instrumento de juicio contra las naciones paganas (por ejemplo, Números 31:1-24).

Muchas veces la guerra es algo necesario. Cuando los filisteos tomaron las armas contra Israel en 1 Samuel 17:1, los israelitas se vieron en una situación en la que las dos únicas opciones eran luchar en una guerra o capitular ante el enemigo (y, de paso, ser esclavizados por ellos). La guerra es algo terrible pero no hay nada intrínsecamente malo en ella per se. Al igual que la paz tampoco es un bien en sí misma. Hay paces verdaderamente espantosas al lado de la guerra. En un mundo caído, la guerra es algo inevitable (Lucas 21:9-10).

Jesucristo tampoco condenó la guerra como un mal en sí mismo. Es más, en algunas parábolas utilizó figuras “guerreras” en un sentido positivo. “¿O cuál rey, teniendo que ir a hacer guerra contra otro rey, sentándose primero no consulta si puede salir al encuentro con diez mil al que viene contra él con veinte mil?” (Lucas 14:31). Jesús usa esta ilustración al comparar a una persona contando el costo de convertirse en cristiano con un rey que comprueba si está pertrechado para la guerra, con lo que hace un noble ejemplo. En Lucas 22:36: “Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja, y el que no tiene, venda su capa y compre espada”. Estaba haciendo indicaciones a sus discípulos, sabía que iba a haber hostilidades, persecución y que podían llegar a un nivel en que podían poner en riesgo su vida. Por eso les dice: “Tomen una espada porque tienen que protegerse a sí mismos”.

La Biblia no condena la guerra como un mal en sí misma y la mayor parte de las Escrituras que he citado hasta ahora se han ocupado de Israel en el Antiguo Testamento. Para establecer a Israel en la Tierra Prometida de Canaán, la guerra era necesaria. Al mismo tiempo, Dios usó a Israel militarmente para juzgar a las naciones idólatras de Canaán (Deuteronomio 18:12), como he dicho antes. Israel actuaba como ejecutor de la ira divina sobre los habitantes de la tierra de Canaán. Los asirios serían más adelante el instrumento de la ira de Dios para castigar el reino norteño de Israel, y Babilonia lo sería para mandar a los habitantes del reino de Judá al exilio. De una manera similar, Israel era instrumento de Dios para juicio de las ciudades-estado cananitas.

Tenemos que hacer una clara distinción entre una “guerra santa” y una “guerra justa”. Una verdadera guerra santa es una específicamente ordenada por Dios para el Israel del Antiguo Testamento. Los comandos para hacer batalla en el Antiguo Testamento eran para un determinado grupo de personas, por un tiempo determinado, para un propósito particular. Ese propósito se ha logrado, y nadie puede reclamar una “guerra santa” en la actualidad. Jesús dice explícitamente en Juan 18:36: “… si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado…”. En otras palabras, dijo que su Reino no era de este mundo. Es un Reino espiritual, de modo que no estamos comprometidos en una “guerra santa”.

La batalla del cristiano es espiritual (Efesios 6:12, 2 Corintios 10:4), lo que significa, entre otras cosas, que el pueblo de Dios no utiliza medios físicos para forzar a la gente a entrar en el Reino de Dios. Actualmente, el criterio es si una guerra es justa o no. Los cristianos, casi desde el siglo I, han estado intentando teorizar sobre la “guerra justa”. En el siglo V, San Agustín dijo: “Es justa una guerra cuyo fin es establecer la paz y la justicia, y no lo será una cuyo motor sea la codicia o el deseo de dominación; una vez conseguido el objetivo, además la guerra debe cesar. La guerra es un mal en si, pero necesario. La guerra es consecuencia del pecado pero también su remedio“. En el libro II Contra Manich, afirma que “quien empuña la espada sin autoridad superior o legítima que lo mande o lo conceda, lo hace para derramar sangre. Mas el que con la autoridad del príncipe, o del juez, si es persona privada, o por celo de justicia, como por autoridad de Dios, si es persona pública, hace uso de la espada, no la empuña él mismo, sino que se sirven de la que otro le ha confiado. Por eso no incurre en castigo. Tampoco quienes blanden la espada con pecado mueren siempre a espada. Mas siempre perecen por su espada propia, porque por el pecado que cometen empuñando la espada incurren en pena eterna si no se arrepienten”. En Ad Bonifacium añade que: “No se busca la paz para acabar con la guerra, sino que se infiere la guerra para conseguir la paz. Sé, pues, pacífico combatiendo, para que con la victoria aportes la utilidad de la paz a quienes combates“.

En el siglo XIII, Tomás de Aquino (ya que he hablado de él hace dos entradas) se refería a la “guerra justa” como aquella en la que convergían tres condiciones: hecha bajo la autoridad del príncipe (dado que el cuidado de la república ha sido encomendado a los príncipes, a ellos compete defender el bien público de la ciudad, del reino o de la provincia sometidos a su autoridad, así que, del mismo modo que la defienden lícitamente con la espada material contra los perturbadores internos, castigando a los malhechores, a tenor de las palabras del Apóstol en Romanos 13:4, le incumbe también defender el bien público con la espada de la guerra contra los enemigos externos), que exista una causa justa y que sea recta la intención de los contendientes, es decir, una intención encaminada a promover el bien o a evitar el mal. Aquino, básicamente, se apoyaba en las ideas de San Agustín.

En los tiempos de la Reforma Protestante, a diferencia de Lutero, que fue un tanto inconsistente y poco claro acerca de la relación del cristiano para con el Estado, Calvino tuvo el mérito de ampliar y exponer mejor esta materia, la cual, por extensión histórica, contribuyó notablemente a la conformación democrática del mundo político actual junto con las libertades que hoy tenemos. Lutero siempre tuvo dudas de cómo debía relacionarse la fe con las autoridades civiles. Calvino dedicó a este punto el último libro de su Institución de la Religión Cristiana. Contrario a la opinión de muchos cristianos anárquicos que estaban surgiendo en aquellos tiempos (los anabaptistas), creía que el gobierno civil por sí mismo no es algo malo o corrupto. Por el contrario creía que el gobierno civil es un orden establecido por Dios para proteger a los justos y castigar a los malos. Y para mantener estos deberes, la fuerza podría ser necesaria y apropiada. De este modo, Calvino planteó argumentos a favor de la “guerra justa”: La misma naturaleza nos enseña que el deber de los príncipes es hacer uso de la espada, no solamente para corregir las faltas de los particulares, sino también para defender la tierra confiada a su cuidado, si es que alguien quiere penetrar en ella. El Espíritu Santo, asimismo nos declara en la Escritura que tales guerras son licitas y justas” (podéis leerlo completo aquí).

Una guerra “justa” es, valga la redundancia, la que se libra en nombre de la justicia. El objetivo de una guerra justa es la paz. Romanos 13:1-5 nos da el papel ordenado por Dios al gobierno en la sociedad:

1) Para gobernar con la autoridad de Dios.
2) Para procurar el cumplimiento de la ley en la sociedad.
3) Para castigar al malhechor en la sociedad.
4) Y es aquel que lleva la espada y ejecuta ira contra los malhechores.

 Al igual que el trabajo del pastor es la de proteger a las ovejas de los lobos, es el trabajo del gobierno el proteger a sus ciudadanos contra la agresión, ya sea de criminales o de enemigos exteriores.

 Una vez más, no hay que hacer ningún intento para justificar la guerra en general, por las buenas. No hay manera de mitigar el horror y la tragedia que la guerra trae consigo. Sin embargo, a veces, la guerra puede estar justificada.

Podríamos hacer una lista de las siguientes seis directrices para llevar la guerra bajo el imperio de la justicia y voy a ir uniéndolas con la Guerra de Irak:

1) Debe haber una causa justa. Llevar a su fin la agresión, la injusticia y el genocidio. Aquí me lo ponen más o menos fácil. Sadam Hussein había iniciado en los 80 una guerra de agresión contra sus vecinos iraníes (no voy a defender a los ayatolás, pero así fue), la cual causó un millón de muertos de 1980 a 1988. En agosto de 1990 invadió Kuwait sin previo aviso, un pequeño emirato que no suponía ningún peligro para Irak. Era un agresor en toda regla y un desestabilizador de Oriente Medio. Tanto es así que también ofrecía suculentos emolumentos a los familiares de kamikazes palestinos que se inmolasen en Israel, matando a cuantos más israelíes inocentes, mejor.

Indudablemente, era un genocida. Entre 1986 y 1988 bombardeó con gas mostaza y gas nervioso varias poblaciones kurdas, provocando miles de muertes, así como deportó a masas enteras de población, tras arrasar sus aldeas. Fueron ataques terroristas contra su propia población, aunque no se limitó a los kurdos. Tras la derrota de las fuerzas sadamitas, en estos años han llegado a encontrarse fosas comunes con hasta unos 15.000 cadáveres. Se estima que durante el régimen de Sadam desaparecieron sin dejar ningún rastro unas 300.000 personas.

En cualquier caso, el fallo habría sido no haber hecho nada antes, así como haber dejado el trabajo a medias en 1991. De haber sido derrocado Sadam en el año 91, se habría evitado mucho dolor y sufrimientos posteriores.

¿Hay muchos otros sátrapas en el mundo iguales o peores? Bueno, en fin, no tantos que lo superen, pero este en concreto era una buena pieza. Y, algo esencial, situado en un punto geográfico especialmente sensible, casi en el ombligo de la zona desde la cual fluye todo el fanatismo que ha alimentado el terrorismo islamista.

A esto hay que añadir que uno de los motivos por los cuales Al Qaeda cada vez ha tenido más complicado atentar en el resto del mundo es precisamente por involucrarse e infiltrarse en el Irak post-Sadam. Sus líderes y muchos de sus militantes han sido diezmados por las fuerzas de la coalición.

2) El objetivo es la paz y la seguridad para todos los involucrados. El deseo de supremacía ideológica, la expansión geográfica, o el beneficio económico no justifica una guerra. Supongo que nadie pensará que EEUU tenía motivaciones de imponer una “supremacía ideológica” o de anexionarse nuevos territorios.

En cuanto al beneficio económico, bueno, sé que muchos alegan los intereses petrolíferos de Irak, para no repetirme continuamente (pues sigo pensando lo mismo) vuelvo a reafirmarme en lo que dije en esta entrada hace dos años: “Pero es que no: antes de 2003, Irak estaba fuera del mercado del petróleo, para rebajar los precios lo mejor hubiera sido normalizar relaciones con el sátrapa, no embarcarse en una costosísima e impopular guerra para “apoderarse” de los yacimientos iraquíes, si eso hubiera sido así. Era más barato comprárselo que pretender “robarselo”.

Lo que sí explica el petróleo es la oposición de algunos países y de la ONU a la guerra, por los beneficios del programa de “petróleo por alimentos” y sus chalaneos con el dictador, con un comercio fraudulento que enmascaraba exportaciones que estaban prohibidas por ¡las propias resoluciones de la ONU! Y parece ser que el propio hijo de Kofi Annan, o sea, el hijo del secretario general de la ONU, contraviniendo las resoluciones del organismo que él mismo dirigía, aparte de Rusia, Francia y Alemania, era quien se beneficiaba de ello”.

Enlazando con el punto anterior el mundo es más pacífico y seguro que unos minutos antes del 11-S. Es innegable que los terroristas islamistas, tras estos 10 años de Guerra contra el Terrorismo, cada vez van teniendo menos campo. No ha habido aumento significativo del extremismo, un fantasma que se agitó hace 10 años, el que la intervención iba a ser el caldo de cultivo de una explosión fundamentalista en todo el Oriente Medio.

3) La guerra debe ser el último recurso después de todos los demás métodos para resolver el conflicto han fracasado. Sadam Hussein había tenido múltiples oportunidades de enseñar sus cartas y jugar limpio, permitiendo las inspecciones internacionales sobre la tenencia de armas de destrucción masiva. Me remito de nuevo al escrito de hace dos años:

La intervención había venido motivada en la Resolución 1441, aprobada por la ONU en la sesión celebrada el 8 de noviembre de 2002, en la que el Consejo decidió requerir a Irak la realización de las inspecciones ordenadas referidas a la existencia de armas de destrucción masiva. Para ello daba un plazo de 30 días a partir del día de la publicación de la resolución para presentar una completa declaración de todos los aspectos de los programas para el desarrollo de armas químicas, biológicas, nucleares, misiles balísticos, etc., además de requerir que Irak no realizara ningún acto o amenaza contra cualquier Estado miembro que adoptase medidas para hacer cumplir sus resoluciones. Aunque después no se aprobara ninguna resolución aprobando el uso de la fuerza, el régimen de Saddam Hussein incumplió la 1441″.

De forma un tanto cansina se ha machacado con que EEUU “no dio tiempo” a las inspecciones de la ONU. ¡Pero si Sadam ni siquiera les permitía la entrada! La propia ONU requería al tirano iraquí a que permitiera la entrada de los inspectores (evidentemente a Sadam poco importaban las “amenazantes” resoluciones de la ONU). Más aún, exigía a Irak que no amenazase a cualquier estado miembro de la ONU que tomase medidas para hacer cumplir la Resolución. El texto completo de la Resolución lo tenéis aquí:

http://daccess-ods.un.org/TMP/3381023.1089592.html

Vale, EEUU es parte del Consejo de Seguridad de la ONU, pero ¿acaso Rusia, China y Francia estuvieron después a favor de la Guerra de Irak?

La ONU tenía que instar a Sadam a que permitiera el paso a sus inspectores (no negando nunca la existencia de las armas), advirtiéndole de no “amenazar a otros países”. Hasta 2003, la ONU nunca negaba esto. Tampoco se negaba la presencia de las armas, como he dicho hasta 2003. Hasta ese año, el argumento era que había que dar más tiempo a Irak, hasta que permitiera las inspecciones. A partir del inicio de las hostilidades, el argumento pasó a ser que no existían tales armas y que todo había sido un invento de EEUU para justificar la guerra.

Sadam venía fanfarroneando desde 1991 de que poseía armas de destrucción masiva. En 1981, la fuerza aérea israelí había abortado el programa nuclear iraquí mediante la destrucción de la central de Osirak (EEUU reconoció diez años más tarde que aquello había sido clave en la primera Guerra del Golfo). ¿Qué evidencias había de que no pudiera estar desarrollando en secreto un nuevo programa de armas? Las fantasmadas sadamitas sobre su capacidad armamentística bien pudieran ser una forma de mantener su prestigio como potencia militar regional, puede ser, y nunca pensó que EEUU fuera a llegar hasta el final.

En cualquier caso, si es que Irak no tenía tecnología y conocimientos para iniciar otro programa de armas (que eso es otra cosa), no había evidencias de que esas armas no existieran pues el propio régimen iraquí había inducido el temor de que pudieran existir. Motivos para sospechar había puesto que en la guerra contra Irán los iraquíes lanzaron 190  misiles Scud sobre varias ciudades iraníes incluyendo la capital Teherán. Durante la Guerra del Golfo, 40 de estos misiles fueron lanzados sobre Israel y otros 46 sobre Arabía Saudí. ¿Qué hacía pensar rotundamente que Sadam no poseía más misiles de este tipo y que no pudiera equiparlos con agentes biológicos o químicos, visto el uso de gas mostaza y nervioso contra los kurdos?

Esto es importante pues puede ser lo más delicado para los cristianos: la posibilidad de que se hubiera mentido. La mentira es un pecado grave en casi todos los casos. Pero un error inducido por el dictador (si es que hubo error, pues no solo se trataba de eliminar armas físicas reales de Irak, sino la posibilidad de que las desarrollase) no es una mentira.

EEUU y sus aliados actuaron unilateralmente, sí, correcto. Eso sí, ante la manifiesta inutilidad de la propia ONU para cumplir sus propias resoluciones (hay que insistir en que la 1441 ya incluía el uso de la fuerza cuando adviertía de “graves consecuencias” si Sadam no se desarmaba) aprobadas por unanimidad, impidiendo, de la mano de la demagogia y de los mezquinos intereses de Francia y Rusia, hacerlo a quienes estabán plenamente legitimados para ello, esta organización pudo perder definitivamente la esperanza de ser fuente y origen de la legalidad en la lucha contra el terrorismo. ¿De qué ilegalidades hablamos cuando la propia ONU es incapaz de hacer cumplir lo que resuelve?

Vamos a resumir con los otros tres puntos para no alargar mucho más:

4) Debe haber una declaración formal de guerra. Esto demuestra que el gobierno ha intervenido en favor de sus ciudadanos. Pese a que la invasión se inició sin declaración formal de guerra, Bush dio el 18 de marzo un ultimatum de 48 horas a Sadam para que abandonase el poder. Era blanco y en botella que el ataque se iba a iniciar el día 20. 

5) Deben utilizarse medios proporcionados. El armamento y el uso de la fuerza debe limitarse a lo estrictamente necesario para repeler el ataque y evitar futuras agresiones. La guerra sin ninguna restricción es un error. Podemos decir que los medios fueron proporcionados para derrotar a las fuerzas leales a Sadam. En cualquier caso, el error norteamericano fue no planificar “el día después”.

No, EEUU no había “repelido” ninguna agresión previa de Irak, pero esta guerra es enmarcable dentro de la lucha contra el terrorismo (Sadam había sido uno de sus padrinos), a la cual los norteamericanos se vieron abocados tras ser atacados dramáticamente el 11-S. La Guerra contra el Terrorismo no es una guerra que EEUU buscase o desease.

6) Debe buscarse la inmunidad de los no combatientes. Las personas que no participan activamente en el conflicto, incluidos los prisioneros de guerra y los civiles, no deben ser objeto de ningún ataque. Se deben buscar los medios para evitar o minimizar el número de bajas civiles. Lo cual se cumplió, aunque lamentablemente en toda guerra hay víctimas civiles. Pero solo un descerebrado (o alguien muy miserable, que los hay) puede decir que el objetivo de EEUU era “matar iraquíes” o cometer un “genocidio”. Los principales objetivos de los ataques fueron instalaciones militares, defensas antiaéreas, sistemas de comunicaciones, etc., es decir, se buscaba anular la capacidad militar y operativa de Irak para concluir la guerra con la mayor celeridad y el menor número de bajas posibles.

Es cierto que luego ha habido muchas muertes por actos terroristas. Pero hay que ser muy indeseable y mezquino para endosar a EEUU estas muertes causadas por terroristas.

La Guerra de Irak no fue perfecta y puede haber lagunas en estos seis puntos (practicamente en cualquier guerra las habría), pero, en líneas generales, mantiene los caracteres de una guerra justa, más aún teniendo en cuenta cómo las tropas de EEUU y sus aliados (también en Afganistán) han estado desempeñando una labor encomiable de defensa de sus compatriotas, y también de iraquíes y afganos, dicho sea de paso, frente al terrorismo.


Responses

  1. […] Aprovechando que estoy estos días en una numerosa y edificante reunión de cristianos, aunque sé que a muchos no agrada la guerra bajo ninguna condición o consideran que siempre es algo antibíblico, y comprendo sus razones, en lo que sí debemos estar de acuerdo es en orar todos a Dios por un rápido fin del conflicto, por el menor número de muertes inocentes posible, así como por los escasos cristianos de Siria, quienes viven su fe bajo unas condiciones terroríficas (como todos aquellos que han conocido a Cristo viviendo en un país islámico). A quien interesen mis criterios sobre la cuestión bélica y la Biblia, los publiqué en ESTA ENTRADA de marzo, en relación a la intervención en Irak del año 2003. […]

  2. […] Marzo. Los cristianos y la Guerra de Irak […]


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