Posteado por: Javier | abril 28, 2013

El culto celestial y el culto en la tierra (I)

Hace varias semanas tuve aquí un interesante debate acerca de la solemnidad y la seriedad en el culto cristiano y es algo sobre lo que hay algunas cosas que decir, puesto que progresivamente ha ido estando cada vez más abandonado entre las iglesias.

Es cierto que la relación con Dios es algo personal y que no se puede pretender tener a Cristo encerrado en una liturgia o un sacramento, pero la cuestión es que los hombres tendemos a caer en un extremo u otro: o sea, o en el ritualismo rígido y basado en ideas salidas de la mente del hombre o en un culto frívolo y totalmente desregulado (en el cual, al final, por mucho que se insista en la experiencia de la relación con Dios, lo que termina igualmente es aplicándose ideas salidas de los gustos particulares del hombre, no lo que diga la Escritura , da igual que se trate de un culto más “formal” o “informal”), en un caso u otro lo que estaremos es adorando a un ídolo que nos habremos fabricado. Lo mismo da la repetición mecánica y casi robótica de formulas y la frialdad musical, por muy bella que sea esa música, sin tener conocimiento cierto de dónde debemos enfocarnos, que el dar saltos y gritos creyendo que el Espíritu ha sido derramado sobre nosotros mientras escuchamos “rock cristiano” o gospel.

El culto es ADORACIÓN A DIOS, no autosatisfacción al hombre. En el Reino de los Cielos hay una perpetua y eterna adoración a Dios. En la Revelación de Jesucristo que Juan recibió en la isla de Patmos, el Apóstol pudo ver esa liturgia celestial de adoración:

“DESPUÉS de estas cosas miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo: y la primera voz que oí, era como de trompeta que hablaba conmigo, diciendo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que han de ser después de éstas. Y luego yo fuí en Espíritu: y he aquí, un trono que estaba puesto en el cielo, y sobre el trono estaba uno sentado. Y el que estaba sentado, era al parecer semejante á una piedra de jaspe y de sardio: y un arco celeste había alrededor del trono, semejante en el aspecto á la esmeralda. Y alrededor del trono había veinticuatro sillas: y vi sobre las sillas veinticuatro ancianos sentados, vestidos de ropas blancas; y tenían sobre sus cabezas coronas de oro. Y del trono salían relámpagos y truenos y voces: y siete lámparas de fuego estaban ardiendo delante del trono, las cuales son los siete Espíritus de Dios. Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y en medio del trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. Y el primer ser viviente era semejante á un león; y el segundo ser viviente, semejante á un becerro; y el tercer viviente tenía la cara como de hombre; y el cuarto ser viviente, semejante á un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno por sí seis alas alrededor, y de dentro estaban llenos de ojos; y no tenían reposo día ni noche, diciendo: Santo, santo, santo el Señor Dios Todopoderoso, que era, y que es, y que ha de venir. Y cuando aquellos seres vivientes daban gloria y honra y alabanza al que estaba sentado en el trono, al que vive para siempre jamás, los veinticuatro ancianos se postraban delante del que estaba sentado en el trono, y adoraban al que vive para siempre jamás, y echaban sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir gloria y honra y virtud: porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron creadas.

Y VI en la mano derecha del que estaba sentado sobre el trono un libro escrito de dentro y de fuera, sellado con siete sellos. Y vi un fuerte ángel predicando en alta voz: ¿Quién es digno de abrir el libro, y de desatar sus sellos? Y ninguno podía, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro, ni mirarlo. Y yo lloraba mucho, porque no había sido hallado ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo. Y uno de los ancianos me dice: No llores: he aquí el león de la tribu de Judá, la raíz de David, que ha vencido para abrir el libro, y desatar sus siete sellos. Y miré; y he aquí en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados en toda la tierra. Y él vino, y tomó el libro de la mano derecha de aquel que estaba sentado en el trono. Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero, teniendo cada uno arpas, y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos: Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y n0s has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra. Y miré, y oí voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y la multitud de ellos era millones de millones, que decían en alta voz: El Cordero que fué inmolado es digno de tomar el poder y riquezas y sabiduría, y fortaleza y honra y gloria y alabanza. Y oí á toda criatura que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y que está en el mar, y todas las cosas que en ellos están, diciendo: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la bendición, y la honra, y la gloria, y el poder, para siempre jamás. Y los cuatro seres vivientes decían: Amén. Y los veinticuatro ancianos cayeron sobre sus rostros, y adoraron al que vive para siempre jamás (Apocalipsis 4 y 5).

La verdadera adoración es solo y siempre será aceptable a Dios en base de la obra terminada de Cristo. Aún cuando nos presentamos al Señor para traerle lo que Él ha autorizado en Su Palabra con corazones llenos de alabanza grata, y con una fe ardiente, sin embargo nuestras ofrendas aún están contaminadas por el pecado. En sí mismas jamás serán aceptables a Dios, solo si estamos en Cristo. Nunca podremos ofrecer a Dios un acto perfecto de adoración que Él pueda recibir por los méritos de nuestra propia justicia. Nuestra adoración obediente y sumisa, ofrecida con una fe sincera es solo aceptable a Dios por causa de un Redentor perfecto que sin cesar hace intercesión por nosotros. Tú eres aceptable ante Dios solamente si estás en Cristo, y toda tu adoración legítima es aceptable ante Dios sólo si estás en Cristo. Esto hay que tenerlo presente siempre y a ello está enfocado siempre el culto, por eso los ángeles, los seres vivientes y los ancianos que Juan ve congregados alrededor del Trono de Dios claman: “porque tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” y “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza”. El sacrificio expiatorio y sustitutivo de Cristo es lo único que nos legitima para presentarnos ante el trono de Dios.

Teniendo claro esto, Juan asciende y contempla un culto de adoración en el Cielo, una clara imagen de la ascensión semanal de la iglesia al Cielo cada Día del Señor, cuando ella participa en la comunión de los santos y los ángeles en ropa de fiesta (Hebreos 12:22-23) para la liturgia celestial. Este culto en los cielos es el modelo para el culto en la tierra (“Hágase tu voluntad, en el cielo como en la tierra”, Mateo 6:10), aunque el que demos aquí sea totalmente imperfecto y lleno de impurezas, a causa de que el pecado nos impide una adoración limpia y sin mancha (pero, pese a sus deficiencias, aceptada por Dios, como he dicho, si estamos en Cristo Jesús). Germano, un Patriarca de Constantinopla en el siglo VIII, escribió algo interesante a este respecto: “La iglesia es un cielo terrenal. Las almas de los cristianos son llamadas a reunirse con los profetas, los apóstoles, y los jerarcas para reclinarse con Abraham, Isaac, y Jacob en el banquete místico del reino de Cristo. Habiendo, por lo tanto, venido a la unidad de la fe y la comunión del Espíritu a través de la dispensación de Aquél que murió por nosotros y está sentado a la diestra del Padre, ya no estamos en la tierra, sino de pie al lado del trono real de Dios en el cielo, donde está Cristo, tal como él mismo dice: Padre justo, santifica en tu nombre a los que me diste, para que donde yo estoy, ellos estén conmigo”. Calvino escribió algo similar en su Institución de la Religión Cristiana (Libro IV, Capítulo XVII, Ap. 36): “Porque para que los fieles reciban en este sacramento (la Cena del Señor) a Cristo como conviene, es preciso que eleven su espíritu al cielo […] Y no hay otra razón para explicar la disposición de la Iglesia antigua, de que el diácono exhortase en voz alta y clara al pueblo antes de la consagración, a que cada uno levantase a lo alto su corazón”.

Juan describe el culto de los cuatro seres vivientes como algo que tiene como fin principal glorificar a Dios y gozar de su presencia para siempre, alabándole por Su santidad, Su poder omnipotente, y Su eternidad: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era y que es y que habrá de venir”. Pero la liturgia celestial no termina con este canto de los seres vivientes, puesto que cuando ellos dan gloria y honra y gracias a Dios, los veinticuatro ancianos se les unen con alabanzas, caen delante de Él, le adoran y echan sus coronas delante del Trono, reconociendo que la autoridad y el dominio de ellos se derivan de Él. Continúan alabándole por sus obras en la creación y en la historia: “Digno eres tú, nuestro Señor y Dios, de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas”. Es una declaración de la soberanía y la independencia de Dios. La creación existe, no porque Dios necesitaba crear, o porque dependa de su creación en manera alguna, sino simplemente porque fue Su voluntad crear, le plació hacerlo. Dios es soberano, absolutamente independiente de la creación. La distinción bíblica entre el Creador y la criatura es absoluta y por eso, en el culto terrenal, es la criatura, el hombre, la que debe adaptarse a lo que quiere el Creador y no al contrario.

Vamos viendo a través de la visión de Juan del culto celestial lo que Dios quiere en el culto terrenal.

Debe ser un culto en COMUNIÓN. El culto bíblico no es individualista, sino que es precisa una comunión con el resto de miembros de la congregación. No quiere decir esto que el culto privado de cada uno en su hogar no tenga su lugar, pero sí que el énfasis que da la Biblia al culto corporativo no tiene nada que ver con los pseudo-cultos degenerados y modernos de muchos evangélicos que ven el individualismo por encima de la comunión. Muchos de los llamados “servicios” hoy en las iglesias modernas son más bien conferencias o actuaciones circenses, donde hay actores y espectadores, pero la Iglesia no está adorando en comunión unos con otros y con plena participación conjunta de los miembros unidos de la congregación.

Debe ser un culto, que podríamos llamar, “RESPONDIENTE”. A los ancianos y a los cuatro seres vivientes se los ve cantando las alabanzas a Dios participando en un diálogo. Y en el culto de la iglesia en la tierra, eso es lo que hacemos (o deberíamos hacer) también. Respondemos litúrgicamente a la lectura de la Biblia, a las oraciones, al canto de los salmos y los himnos, a la enseñanza de la Palabra y a los sacramentos. Porque esto es lo que vemos en el culto celestial, en los capítulos 4 y 5 de Apocalipsis, y nuestro culto debería estructurarse, hasta donde sea posible y con las limitaciones que he mencionado, a imitación del modelo celestial, de acuerdo con la oración que Jesús nos enseñó y que he citado antes: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

El culto ha de ser ORDENADO. Si miramos detenidamente el capítulo 4 de Apocalipsis, los ancianos y los seres vivientes no se interrumpen entre sí. Una cosa es que el culto involucre a todos los miembros de la iglesia y otra muy distinta que por ello sea caótico. El Apóstol Pablo en 1 Corintios 14:40 amonestaba a que: “Hágase todo decentemente y con orden”. Me vienen a la mente los carismáticos (aclaro que ni mucho menos soy “anti-carismático” ni nada por el estilo, creo que entre ellos hay muchos cristianos fieles, no es esa la cuestión… de hecho también tengo críticas para los reformados) y hay que decir que, en cierto modo, en la teoría aciertan en el sentido de que el culto debe incluir a toda la congregación, pero luego, en la práctica, sus cultos son confusión y desorden pues cada uno termina “adorando” individualmente. Por eso es tan importante una liturgia común, con oraciones y responsos formales, de manera que los congregados puedan adorar juntos inteligentemente de un modo que es a la vez corporativo y ordenado.

El culto dominical es algo único. Sí, el culto en casa, la oración individual, la lectura de buenos libros, los estudios bíblicos, la sana doctrina, etc., es esencial, no quiero decir lo contrario. Pero el culto semanal es la reunión del pueblo de Dios, que viene a palacio para una ceremonia formal delante del Trono, una audiencia oficial con el Rey. Venimos a confesar nuestra fe y nuestra lealtad, a recibir perdón, a ofrecer oraciones, a ser instruidos por los ministros de Dios, a comer a Su mesa, y a dar gracias por todos sus beneficios, y hemos de responder a todo esto con música y cantos. Querámoslo o no, por mucho que entre los reformados esto pueda sonar muy “católico romano”, esto es algo corporativo y que implica liturgia. El problema no es la liturgia en sí misma, sino que a lo que adoremos sea a la liturgia, que eso sea nuestro ídolo, en lugar de adorar a Dios. Pero, en cuanto al culto, Dios no debería tener nada menos que lo mejor. Él es el Rey, y adorarle significa servirle.

Juan describe a los adoradores en el culto celestial cayendo sobre sus rostros delante del trono. En las Escrituras, la adoración pública terrenal nunca muestra a los participantes sentados en oración, sino que la oración en público siempre tiene lugar en posiciones reverentes estando de pie o con la cabeza inclinada. El “cristiano” moderno e individualista, que se cree espiritualmente más “perfecto” e “inspirado” que los personajes bíblicos (¡y hasta que los ángeles!)respondería a esto diciendo que la posición del cuerpo es irrelevante, que lo importante es la actitud del corazón. Pero esto pasa por alto el hecho de que la Biblia conecta la actitud del corazón con la actitud del cuerpo. Es cierto que la verdadera adoración no es solamente ritos ni aspecto externo, sino adorar a Dios en espíritu y en verdad. Pero la fe verdadera no se manifiesta solo en una convicción interna, sino también en palabras, hechos y actos externos. Somos idólatras y culpables de quebrantar el Segundo Mandamiento si adoramos al Dios vivo usando los ritos apropiados, digo ritos apropiados pero que están desprovistos de amor, de adoración, de alabanza y de temor de Dios. Pero también somos idólatras si somos culpables de adorar a Dios con mucho amor y alabanza, pero añadimos o quitamos de aquellas formas o prácticas autorizadas de adoración establecidas en la Palabra de Dios. En el siglo XIX, los protestantes racionalistas descuidaron los aspectos litúrgicos y contribuyeron al avance del pietismo individualista que tanta ruina ha traído a la Iglesia, con las consecuencias que no voy a repetir para no ser reiterativo.

La buena doctrina no salva al hombre si no tiene el amor de Dios. La buena doctrina puede no ser más que un ejercicio de pedantería intelectual sin tener a Cristo. Si no hay regeneración por el Espíritu de Dios, se puede ser extremadamente ortodoxo en la doctrina y llevar una vida mundana e inconversa. Igualmente, la liturgia no salva al hombre. Corazones totalmente endurecidos pueden producir una preciosa liturgia que no sea más que un “culto” vacío y muerto. Pero el hombre necesita la liturgia y el simbolismo, pues Dios nos creó de esa manera. Cuando la Iglesia niega al hombre este aspecto de su naturaleza divina, el hombre tratará de completarlo por medio de sustitutos inadecuados o pecaminosos. Un regreso a la liturgia basada en la Biblia no es la solución a todo, pero es uno de los medios que Dios nos proporciona frente a la “espiritualidad” superficial, frenética, y fuera de lugar que ha sido el resultado de siglos de pobreza litúrgica.

Como este es un tema largo, continuaré el próximo domingo; en el que trataré cuestiones como la celebración semanal del sacramento de la Cena del Señor o Eucaristía.

Buen domingo y bendiciones a todos.

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