Posteado por: Javier | mayo 27, 2013

Un impuesto sobre la “comida basura”, ¿por qué no?

Una noticia judicial norteamericana, totalmente desconocida en España, pero muy significativa, fue la que se produjo el pasado 12 de marzo, cuando un juez de la Corte Suprema de Nueva York, Milton Tingling, dictó sentencia contra la ordenanza del alcalde de esa ciudad, Michael Bloomberg, prohibiendo la venta de bebidas azucaradas en recipientes mayores de 0,453 litros en restaurantes, tiendas especializadas o delicatessen, cines, estadios ni por parte de vendedores ambulantes (los supermercados y minimercados estaban exentos). La multa prevista para los infractores era de 200 dólares por cada venta, una vez pasado un período de gracia de tres meses. Lo que el juez reprocha a Bloomberg es haber usado la Comisión de Salud de la Ciudad de Nueva York, cuyos cargos nombra él personalmente, para aprobar la prohibición, en lugar de hacerlo a través del Concejo Municipal, cuestiones de forma más que de fondo.

A mí particularmente me parece que esta regulación de la venta de un producto alimenticio (una bebida azucarada en este caso) que puede tener determinados efectos sobre la salud es algo que entraría perfectamente dentro de las competencias administrativas de la Comisión de Salud, aunque es algo sobre lo que no me puedo pronunciar rotundamente pues no conozco la normativa. Lo que me interesa aquí sobre todo es la histeria que genera el planteamiento de regulaciones de este tipo: Bloomberg llevaba meses siendo acusado de ser un “alcalde-niñera”, “Nanny Bloomberg”, por esta normativa que muestra preocupación por el problema de la obesidad en la ciudad de Nueva York (otra medida de Bloomberg ha sido obligar a las cadenas de restaurantes a incluir el número de calorías de los alimentos al lado del precio).

Esas acusaciones a Bloomberg de pretender ser una “niñera” o de querer “prohibir” los refrescos cargados de azucares hipercalóricos (en realidad, no es una “prohibición”, sino una regulación, nadie te impide beberte si quieres litros y litros y litros de Coca-Cola, hasta que te salgan por las narices y las orejas) me recuerda a las críticas de algunos peperos a la Ministra de Sanidad sociata, la Trini Jiménez, cuando presentó una propuesta para prohibir en COLEGIOS PÚBLICOS las chucherías, gominolas y productos de bollería (para esos estúpidos, eso sería una propuesta prácticamente “soviética”: “¡Estado niñera!¡Estado niñera!¡Yo me meto en el cuerpo lo que me da la gana!”). A mí la Trini me parece un personaje lamentable, como casi todo lo que esté relacionado con el PSOE, pero lo que proponía no era nada novedoso y venía años aplicándose en EEUU, país poco sospechoso de ser “soviético” o “estalinista”. Allí ni se permite vender bollos, ni chucherías ni Coca-Colas en colegios públicos. Tampoco se permite encender las máquinas expendedoras de comida basura durante los horarios de desayuno o almuerzo escolar. Si los padres quieren comprarla a sus hijos, pueden hacerlo, pero los colegios públicos no pueden ofrecerla. ¡Ooooooh! ¡Qué EEUU tan “comunistas”! A un paso de la Cuba castrista.

La obesidad, sobre todo la infantil, es un problema de salud pública. La bollería y las chuches a lo único que contribuye es a llenar los colegios de niños gordos y eso cuesta dinero al sistema sanitario público, con lo que es normal y lógico que se limite el acceso a esos productos en lugares públicos. Esto no es una cuestión de “entregar el poder” al Gobierno de decidir sobre qué es malo o bueno para el cuerpo, como plantean algunos idiotas.

El argumento suele ser que cada cual sabe bien lo que le conviene y que no es asunto del Estado “entrometerse”. El planteamiento, por ejemplo, suele ser: si fumo mucho y me entra cáncer, ¿debe el sistema público costear mi tratamiento de cáncer al pulmón? No. ¿Debe prohibirse el consumo de alcohol para que no me provoque cirrosis? No, porque yo me tomo solo una copa y me importa una higa si alguien se sopla tres botellas de whisky de una sentada. Si todos los días almuerzo tres hamburguesas dobles y bien completas y tres pizzas hasta ponerme tan gordo como un botijo es “mi problema”.

Pero esto no es tan simplón. El humo de mi cigarrillo puede convertir al que está a mi lado en un fumador pasivo, o si me tomo un whisky y después conduzco estoy poniendo en peligro otras vidas, con lo que es perfectamente legítimo que me castiguen por ese comportamiento. Hasta alguien muy serio en cuestiones económicas como Milton Friedman se ponía “libertariano” en estos temas y decía que no se podía obligar a los conductores a llevar cinturón de seguridad en sus autos. Sin embargo, obligar a todos los conductores a usar el cinturón de seguridad disminuye enormemente la mortalidad en accidentes de tráfico, igual que el uso del casco en los motociclistas. En estos casos se evita un daño físico inherente al individuo, al coste de una interferencia en la libertad personal muy escasa, y en donde los beneficios superan con mucho a las molestias que se causen.

En el supuesto de la comida y bebida “basura” (hamburguesas, pizzas, perritos calientes, bollería, chucherías, patatas fritas, Coca-Colas y otras bebidas azucaradas) una buena idea, aparte de limitar su venta en lugares públicos, sería aplicar un impuesto que la encareciera (hay que recordar que algunos productos, como es el caso de las patatas fritas, incluso suelen llevar aditivos que los hacen hasta adictivos, ello aparte de la cantidad de grasas y calorías con que llenan el cuerpo). Los impuestos aplicados sobre estos productos se han revelado beneficiosos en la lucha contra la obesidad. Miren este estudio publicado en The Economist (AQUÍ): los impuestos aplicados según la cantidad de calorías de un alimento dan resultados en la reducción de la obesidad (¡Uy!, ¿serán unos “rojetes” que quieren controlar nuestras vidas y prohibirnos comer lo que nos de la gana estos de The Economist?), puesto que desincentiva la adquisición de estos productos, haciendo más interesante sustituirlos por otros más sanos.

Vergüenza debería dar a los “libeggales” que tachan esto de “socialismo” el ver a sus hijos atiborrarse de estas porquerías en los colegios públicos de nuestro país. En el caso de EEUU, hay que tener en cuenta que desde 1980 la obesidad ha aumentado un 15%. Si la “comida basura” se hubiese gravado, digamos con un 10% tan solo, muy posiblemente hoy no tendrían ese problema con la obesidad. En el Reino Unido, con un sistema de sanidad socializada, en los últimos años han gastado 7 veces más en tratar problemas derivados de la obesidad. Gracias a Dios, en nuestros países ya no hay problemas de hambrunas ni de desabastecimiento de alimentos, pero ahora tenemos una nueva plaga y un problema que genera sobregastos a nuestro sistema sanitario: la gordura.

Según un economista clásico como el británico Arthur C. Pigou, es necesario aplicar ciertos impuestos que “corrijan las externalidades generadas por ciertos comportamientos” (de ahí que este tipo de tributos reciban el nombre de “impuestos pigouvianos”). Si se aplican impuestos especiales al alcohol o al tabaco, con los que costear los gastos que provoca el consumo de estos productos al sistema sanitario, ¿por qué no en este caso también?

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Responses

  1. Estados Unidos, presenta en estos momentos el mayor índice de obesidad o sobrepeso de su historia, problema al que no sólo se enfrenta la población de manera individual, sino el sistema de sanidad que se ve inmerso en grandes gastos, por las enfermedades que genera el exceso de peso.


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