Posteado por: Javier | diciembre 10, 2013

Catolicismo y liberalismo: ¿compatibles? (I)

Una entrada un poco larga, que he preferido dividirla en dos, pero que espero sea interesante para sus destinatarios, los lectores liberales y cristianos.

Me parece que el tema es importante después del cierto “revuelo” que han provocado entre los liberales las afirmaciones del Papa Francisco I en su reciente exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” atacando el “libre mercado” y el “capitalismo”. Bien es verdad que el capitalismo y el mercado no es la única cara del liberalismo y, aunque no he leído mucho del documento, no estoy en desacuerdo del todo, he de decirlo, con alguna crítica concreta al tipo de “capitalismo” al que se refiere el Papa.

Lo verdaderamente relevante en cuanto a la relación entre catolicismo y liberalismo es una cuestión teológica e histórica, muchísimo más profunda que algo bien anecdótico como una crítica papal a la especulación en los mercados o a la globalización, la cual vamos a ver en la entrada.

————————————————————

Cuatrocientos cincuenta años se han cumplido este mes de diciembre, concretamente el pasado día 4, de la clausura del concilio ecuménico que ha marcado de manera fundamental todo lo que ha sido el devenir histórico de la Iglesia de Roma hasta ahora: el Concilio de Trento.

Desarrollado en 25 sesiones entre 1545 y 1563, por iniciativa del emperador Carlos V y del Papa Pablo III, como una reacción frente a la expansión del protestantismo, supuso toda una reordenación de la doctrina católica vigente hasta entonces y sentó unos principios que siguen fluyendo hasta nuestros días.

Entre las principales decisiones que se tomaron, se estableció que los obispos debían presentar capacidad y condiciones éticas intachables, se ordenaban crear seminarios especializados para la formación de los sacerdotes y se confirmaba la exigencia del celibato clerical, los obispos no podrían acumular beneficios y debían residir en su diócesis. Se impuso la necesidad de la existencia mediadora de la Iglesia Católica, como “Cuerpo de Cristo”, para lograr la salvación del hombre, reafirmando la jerarquía eclesiástica, siendo el Papa la máxima autoridad de la iglesia. Se ordenó, como obligación de los párrocos, predicar los domingos y días de fiestas religiosas, e impartir catequesis a los niños. Además debían registrar los nacimientos, matrimonios y fallecimientos. Reafirmaron la validez de los siete sacramentos, y la necesidad de la conjunción de la fe y las obras, sumadas a la influencia de la gracia divina, para lograr la salvación, sosteniéndose que el hombre puede realizar obras buenas ya que el pecado original no destruye la naturaleza humana, sino que solamente la daña. Los santos fueron reivindicados al igual que la misa, y se afirmó la existencia del purgatorio. Para cumplir sus mandatos, se creó la Congregación del Concilio, dándose a conocer sus disposiciones a través del “Catecismo del Concilio de Trento”. Se volvió a instaurar la Inquisición y se creó el “Índice de Libros Prohibidos”, por el cual se estableció una censura contra la publicación de pensamientos que pudieran ser contrarios a la fe católica, y se quemaron muchos libros considerados heréticos. Posteriormente al Concilio, en 1592, se publicó una edición definitiva de la Biblia, sosteniéndola como fuente de la revelación de la verdad divina, pero otorgando también dicho carácter a la Tradición, negándose su libre interpretación, considerando ésta, una tarea del Papa y los obispos, “herederos de San Pedro y los apóstoles”, a quienes Cristo, según esta doctrina, habría asignado  esa misión.

Si en cuatro siglos y medio nada ha cambiado y todos los anatemas que dictó Trento siguen vigentes, ¿Cómo es que tantos en la actual “cristiandad” (entiéndase, en general, católicos, protestantes, anglicanos y ortodoxos) están tan entusiasmados con el actual Papa y la supuesta “evolución” del catolicismo romano que habría empezado en el Concilio Vaticano II?

Porque casi todos, aunque no sean católicos romanos, están en el espíritu de Trento. El actual papado es la cuadratura del círculo ecuménico, la personificación en La Iglesia de Roma del “Cristo total” que abarca todo y a todos y el anatema definitivo sobre la pequeñísima parte de la humanidad que compone la verdadera Iglesia de Jesucristo.

En el siglo XVI, Trento declaró contra el verdadero Evangelio de Jesucristo que:

Si alguno dijere, que el pecador se justifica con sola la fe, entendiendo que no se requiere otra cosa alguna que coopere a conseguir la gracia de la justificación; y que de ningún modo es necesario que se prepare y disponga con el movimiento de su voluntad; sea anatema”.

Era la respuesta frente al “Sola Fe” de la Reforma. Hoy, la mayoría de evangélicos responden con lo mismo a la Reforma. Ya no pueden oponerse a Roma pues son romanistas de corazón. Piensan lo mismo que ellos. Y, con el actual inclusivismo del papado, no solo estos evangélicos, cualquiera que espere conseguir la gracia mediante el movimiento de voluntad (aunque sea mediante un esfuerzo muy pequeñito), sea judío, sea musulmán, sea budista, hasta los ateos inclusive, a través del “Cristo total” que es la Iglesia de Roma pueden obtener la gracia salvadora. Si alguien se mueve en cierta forma, de la manera que sea pero “con buena voluntad”, crea o no en el Dios de la Biblia, hacia la divinidad, la Iglesia Católica actúa como el “Cristo total” que cubre todos sus pecados. La propia Iglesia es el “sacramento universal de salvación”. Los demás, aquellos que no reconozcan ni tan siquiera un pequeño mérito al hombre en la justificación, que no dejen reservado ni tan siquiera un palmo a la gloria del hombre, y solo la reconozcan a Dios: SEAN ANATEMA.

Roma cambia el formato bajo el cual se presenta en cada tiempo y lugar, cambia en sus formas y métodos, lo que nunca cambia es aquello que siempre busca y ha buscado: PODER. Actualmente, mediante el abrazo fraternal, Roma ha logrado al fin en las últimas décadas lo que nunca logró con la espada en los pasados siglos: erigirse como tutora espiritual suprema de la humanidad.

En el siglo XVI, la Reforma, a través de su énfasis en la máxima autoridad de la Biblia y el Evangelio de la gracia, comenzó a desalojar el Papado de su posición como co-gobernante del Sacro Imperio Romano. La verdad de la Escritura y del Evangelio dio a los hombres y las mujeres el conocimiento y el coraje para hacer frente a la Inquisición, un sistema de torturas por las que el papado había convertido la sumisión en dogma. Esa sumisión forzosa había dado al papado el poder de ejercer una tremenda influencia sobre el emperador y los príncipes del imperio. Ignacio de Loyola, un contemporáneo de Martín Lutero, fundó los jesuitas en 1530 con el único propósito de defender al papado de una mayor pérdida de su base de poder. Desde entonces, el objetivo de los jesuitas siempre ha sido la de aumentar el poder temporal del Papado para alinearse con el dogma católico que el Papa tiene el derecho de juzgar como “el cargo civil más alto en un estado”. Sin embargo, desde la desaparición del Sacro Imperio Romano en el siglo XVIII, el Papado no ha tenido la autoridad civil por la cual para hacer cumplir la obediencia a sus fallos morales. Es un hecho bien establecido que los jesuitas, a lo largo de su historia, han causado muchos trastornos graves por sus esquemas nefastos dentro de los gobiernos civiles de muchos países (incluso han tenido problemas con otras órdenes católicas y hasta con algún Papa). A través de los siglos, se han ganado justificadamente su reputación como problemáticos en la medida en que se les negó la residencia en algunos países. Por poner solo algunos ejemplos, los jesuitas fueron expulsados ​​de Inglaterra (1581, 1604), Francia (1594, 1606, 1762 a 1763), Portugal (1598, 1759), Rusia (1717), España (1767), Génova (1767), Venecia (1767), Sicilia (1767), Nápoles (1768), Malta (1768) o Parma (1768). Sin embargo, su objetivo de aumentar el poder papal en el ámbito religioso y civil se mantiene sin cambios a lo largo de los siglos.

Cualquiera diría, a la vista de esto, que un Papa jesuita, como el actual Francisco I no iba a ser alguien demasiado bien recibido. Por lo tanto, con el fin de avanzar en la unidad del papado con el poder en los actuales espacios religiosos y civiles, este Papa jesuita debía borrar la imagen histórica de la Compañía de Jesús. Una vez que Jorge Mario Bergoglio fue elegido, escogió el nombre de Papa Francisco en honor a San Francisco de Asís. San Francisco, famoso por ser un amante de la naturaleza, también era conocido por su humildad y mansedumbre. Por lo tanto, en la construcción de una imagen o un personaje para sí mismo ante los ojos del gran público, el Papa Francisco concluyó astutamente que iba a ser modesto, amable y sencillo por partes iguales. Dado que nunca antes hubo un Papa llamado Francisco, el nombre no lleva consigo el recuerdo de ningún inquilino de la “silla de Pedro” que haya sido especialmente nefasto. Inmediatamente después de la elección del Papa Francisco, los medios de comunicación se hicieron eco de su carácter modesto, mostrando que pagó su propia factura del hotel para su estancia en el Cónclave. Acto seguido, se anunció a bombo y platillo que no iba a establecer su residencia en los apartamentos papales habituales del Vaticano, sino que tomaría, más humilde, la habitación más pequeña, con el pretexto de vivir una vida “normal” en contacto con los laicos, para ser visible entre ellos. Además, gentilmente dio la bienvenida de nuevo en el Vaticano al Papa anterior, Benedicto XVI. El flujo constante de estas y otras apariciones públicas similares han servido para elaborar una imagen del nuevo Papa que es el anti-tipo de la tradicional del jesuita.

Sin embargo, en la primera frase de su homilía inaugural del 19 de marzo de 2013, el Papa Francisco mostro algo muy diferente a la imagen que había venido vendiendo hasta entonces (y que compraron todos los incautos, como si algo hubiese cambiado). Mientras miles de personas se hacinaban en la Plaza de San Pedro, y millones en todo el mundo escuchaban por la televisión y la radio, el nuevo Papa dijo: “Queridos hermanos y hermanas, doy gracias al Señor que puedo celebrar esta santa misa para la inauguración de mi petrino ministerio…“. Francisco conocía el poder afirmado que está incrustado en el término “ministerio petrino”. Como el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad“. Es muy significativo que el Papa Francisco comenzase su discurso agradeciendo al Señor que pudiera celebrar la misa para la inauguración de lo que dijo era “mi ministerio petrino”. Su frase inicial muestra dónde está su corazón, es decir, en sí mismo, en su posición, y el poder que entraña tal posición. Es esta idea en particular, es decir, que el Papa es el sucesor del apóstol Pedro, ha sido la fuente de la autoridad en la que se ha basado el papado desde los tiempos del Papa Gregorio VII, en el siglo XI. La naturaleza y la identidad misma del papado y de la Iglesia Católica es lo que está en juego. Por lo tanto, el Papado nunca concederá nada con respecto a esta reclamación, sino que lo utilizará para consolidarse como la institución más estable en medio de los tiempos turbulentos actuales. En consecuencia, la homilía inaugural del Papa Francisco fue una obra maestra a la hora de mostrar su disposición jesuítica. Comenzó diciendo: “Doy gracias al Señor que puedo celebrar esta santa misa para la inauguración de mi ministerio petrino en la solemnidad de San José …”. A continuación, declaró que Dios llamó a José para ser el “custodio”, el “protector”. ¿El protector de quién? De María y Jesús, pero esta protección se extendió a la Iglesia. ¿Cómo ejerció José su papel de protector? Discretamente, con humildad y en silencio, pero con una presencia constante y absoluta fidelidad. Estas son palabras cuidadosamente elegidas, orientadas a evocar un cierto estado de emotividad y ternura en el oyente. A continuación, tras preparar emocionalmente a sus oyentes, continuó: ¡Protejamos a Cristo en nuestras vidas, de manera que podamos proteger a los demás, de manera que podamos proteger la creación!  (los signos de admiración son míos, no que Francisco I gritara, no puedo poner otra cosa al leer tanta herejía junta). “Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos”. En este punto, Francisco introdujo la gran doctrina social católica en la cual, todos, incluso los que no son católicos romanos, deben cumplir con su deber para con los demás como la Iglesia Católica Romana define que debe cumplirse ese deber, y esta es una de las cosas a las que el Papa Francisco se refería cuando decía que hay una “dimensión previa” a su idea de protección. Por ello dijo: “Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro”. También afirmó que se requiere protección debido a que en todas las épocas hay “Herodes” que “traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer“. Por más que suene disparatada esta especie de metáfora (toda la humanidad o hasta la naturaleza identificada con Cristo), esto no es más que una consecuencia de la idea que he mencionado de todo y todos confluyendo en Roma, el “Cristo total”. Para proteger a Jesús con María, para proteger a toda la creación, para proteger a cada persona, especialmente los más pobres, para protegernos a nosotros mismos: se trata de un servicio que el Papa, el Obispo de Roma está “llamado a llevar a cabo”. ¡Es evidente que el Papa Francisco no entiende que Jesucristo, el “solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores” (1 Timoteo 6:15) no necesita de la “protección” de nadie!

Para concluir su homilía, se pasó por el forro el mandamiento bíblico de no rezar a los muertos al orar: “Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Rezad por mí. Amén“. Tampoco nos sorprendamos. Esto es catolicismo romano puro y duro. El Papa no rezaba a Dios Padre por medio de Jesucristo, sino que ruega a los santos para que intercedan por él. Claramente, el Papa Francisco no tiene ninguna comprensión bíblica de quién es el Señor Jesucristo, ni cómo Él cumple su papel como cabeza de la Iglesia. No hay más que notar la posición a la cual Jesucristo ha sido degradado en todo esto. ¿Alguna diferencia con lo anterior? ¿Quién puede ver algún cambio en el papado con Francisco I, cuando dejó totalmente claro que la intención de su mandato era proteger el papado y sus objetivos de poder terrenal y espiritual? El hecho de que utilice términos suaves, haciendo un llamamiento a las imágenes humildes de San Francisco de Asís y de José, el esposo de María, no lo hace menos letal. Por lo tanto, en el día de su discurso inaugural, el Papa Francisco comenzó su pontificado con la marca de un verdadero jesuita, es decir, defender a toda costa el Papado frente al Evangelio y la verdad bíblica. Con el comienzo de su pontificado, la verdadera imagen de Francisco fue traída a la luz del día por sus propias palabras, ya no tan humildes y sencillas, sino llenas de orgullo dogmático y completamente opuestas a la verdad bíblica.

Por lo que respecta a las religiones paganas y los evangélicos, el 20 de marzo de 2013, el Papa se dirigió a líderes religiosos de todo el mundo. Entre otras cosas, declaró Francisco: “Es un motivo de especial alegría encontrarme hoy con ustedes, los delegados de las iglesias ortodoxas, las iglesias ortodoxas orientales y de las comunidades eclesiales de Occidente …. Junto con vosotros, no puedo olvidar lo mucho que el Consejo ha significado para el camino del ecumenismo …. Por mi parte, les aseguro mi determinación de seguir en el camino del diálogo ecuménico… Saludo cordialmente a todos los queridos amigos que pertenecen a otras tradiciones religiosas, en primer lugar los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y misericordioso, y pido a Él en oración, y a todos ustedes. Realmente aprecio su presencia: en ello veo una señal tangible de la voluntad de crecer en la estima recíproca y la cooperación para el bien común de la humanidad”. A partir de estas observaciones, el Papa Francisco ha demostrado efectivamente que no va a proteger a la verdad de la Escritura y del Evangelio de la gracia. Él no cree en el Señor Jesucristo como se revela solamente en la Biblia. Es un hecho bien conocido que Allah, al que los musulmanes rezan y adoran, no es el Dios de la Biblia. Es muy de suponer que el Papa Francisco debe saber esto, así que sus observaciones apuntan a un objetivo ecuménico: el de llevar a la más alta potencia la adulación y el diálogo ecuménico falso. En cuanto a las naciones y los gobiernos, dos días después, el 22 de marzo, el Papa Francisco habló con un grupo de diplomáticos que representan a los gobiernos que tienen relaciones con el Vaticano. Su discurso comenzó con estas palabras: “Estimados Embajadores, Señoras y señores, muchas gracias de nuevo por todo el trabajo que ustedes hace, junto a la Secretaría de Estado, para construir la paz y construir puentes de amistad y fraternidad. A través de ustedes, me gustaría reiterar a sus Gobiernos mi agradecimiento por su participación en las celebraciones con motivo de mi elección, y mi sincero deseo de un esfuerzo común fructífero. Que Dios Todopoderoso derrame sus dones a cada uno de vosotros, en vuestras familias y en los pueblos que ustedes representan. ¡Gracias!”. En su discurso, el Papa Francisco destacó el hecho de que el Papa es conocido como el “pontífice”, o “un constructor de puentes”, y declaró: “En este trabajo [con los gobiernos], el papel de la religión es fundamental“. Aunque poca gente se dé cuenta, el Papa afirma su derecho de juzgar a los que tienen el más alto cargo civil en un estado (solo cambia la “simpatía” del lenguaje actual). Esta mezcla de asuntos civiles y religiosos ha sido el método papal a lo largo de los siglos. En la actualidad, la Iglesia Romana busca implementar sus ideas mediante el uso de su poder como un sistema religioso que trabaja a través de su propio estatus como estado civil con relaciones aparentemente normales con otros estados. Por su influencia como poder civil, la Roma papal es capaz de influir sustancialmente en los gobernantes civiles y la política en muchos países y organismos internacionales. La Iglesia de Roma tiene 179 acuerdos legales con naciones de todo el mundo. Estos “concordatos”, como se les llama, garantizan que la Iglesia Católica Romana tiene el derecho de definir la religión y el culto para los católicos romanos dentro de esa nación soberana. También aseguran para el Vaticano el derecho de definir la doctrina, establecer la educación católica, y negociar las leyes relativas a la propiedad, el nombramiento de los obispos, y las leyes católicas de matrimonios y anulaciones de los mismos. Al dirigirse a los diplomáticos de los gobiernos que tienen relaciones con el Vaticano, el Papa Francisco sabía lo importante que es esto para atraer a los gobiernos civiles al enlace legal con la Roma papal.

En la Misa con los cardenales residentes en Roma del 23 de abril dijo lo siguiente: “La primera lectura de hoy me hace pensar que, precisamente en el momento en que se desencadena la persecución, prorrumpe la pujanza misionera de la Iglesia. Y estos cristianos habían llegado hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, y proclamaban la Palabra. Tenían este fervor apostólico en sus adentros, y la fe se transmite así. Algunos, de Chipre y de Cirene —no éstos, sino otros que se habían hecho cristianos—, una vez llegados a Antioquía, comenzaron a hablar también a los griegos. Es un paso más. Y la Iglesia sigue adelante así. ¿De quién es esta iniciativa de hablar a los griegos, algo que no se entendía, porque se predicaba sólo a los judíos? Es del Espíritu Santo, Aquel que empujaba más y más, siempre más. Pero en Jerusalén, al oír esto, alguno se puso un poco nervioso y enviaron una Visita Apostólica, enviaron a Bernabé. Tal vez podemos decir, con un poco de sentido del humor, que esto es el comienzo teológico de la Congregación para la Doctrina de la Fe: esta Visita Apostólica de Bernabé. Él observó y vio que las cosas iban bien. Y así la Iglesia es más Madre, Madre de más hijos, de muchos hijos: se convierte en Madre, Madre, cada vez más Madre, Madre que nos da la fe, la Madre que nos da una identidad. Pero la identidad cristiana no es un carnet de identidad. La identidad cristiana es una pertenencia a la Iglesia, porque todos ellos pertenecían a la Iglesia, a la Iglesia Madre, porque no es posible encontrar a Jesús fuera de la Iglesia. El gran Pablo VI decía: Es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin la Iglesia. Y esa Iglesia Madre que nos da a Jesús nos da la identidad, que no es sólo un sello: es una pertenencia. Identidad significa pertenencia. La pertenencia a la Iglesia: ¡qué bello es esto!”. La premisa del Papa Francisco es que la propia identidad del cristiano sólo puede venir a través de la fe en la “Iglesia Madre”, que secundariamente también les da “Jesús”. De hecho, él estaba enseñando el dogma católico oficial que dice: “Creer es un acto eclesial”. La “fe de la Iglesia” precedería, engendraría, conduciría y alimentaría nuestra fe. La Iglesia sería la madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre” (Catecismo de la Iglesia Católica). Sin lugar a dudas, el Papa Francisco cree lo que ha dicho. Sin embargo, su enseñanza refleja un viejo pero inteligente argumento dirigido a aquellos que no conocen sus Biblias. El Papa Francisco y su Iglesia se niegan a creer en la autoridad de la Biblia sola, por lo que dejan de creer que la fe en el Señor Jesucristo solamente es un don dado por el Señor Dios mismo a través del Espíritu Santo, y no por ninguna iglesia. El objeto de la fe es la persona de Cristo Jesús, como dice la Escritura: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo…” (Hechos 16:31). Esta fe es dada por Dios, como se declara en la Escritura por el apóstol Pedro: “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra” (2 Pedro 1:1). Además, esta fe dada por Dios es por el oír la Palabra de Dios, como se dice, “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Sin embargo, el Papa Francisco declaró: “La Iglesia Madre que nos da Jesús nos da nuestra identidad”. Esta enseñanza de la Iglesia Católica Romana es tradicional, por lo tanto, es que la misma Iglesia Papal se presenta como la única forma instrumental de acercarse a Dios y de la búsqueda de la salvación. ¿Qué insensato puede decir que Roma “ha cambiado” y “a mejor”? Es evidente que buscar a una iglesia como el “medio de transporte” para llegar a Jesús, en lugar de mirar a Jesús mismo “el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2) es otro “evangelio” distinto del de la Biblia. El Señor declaró explícitamente: “Ningún hombre puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere “(Juan 6:44), y “esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado “(Juan 6:29). En consecuencia, la declaración del Papa Francisco de que “la Madre Iglesia que nos da Jesús nos da nuestra identidad” es bíblicamente “maldita”, como dijo el apóstol Pablo: “Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gálatas 1:9).

El Papa Francisco es, a la vez, inteligente y engañoso, de eso no hay duda, de que la curia romana acertó plenamente en su elección, ya que protege muy bien a su iglesia de las Escrituras y el Evangelio de la gracia. Visto el carisma, el aplauso y la aprobación que este Papa está obteniendo no solo entre los católicos, también entre el resto del mundo, muchísimos evangélicos y “protestantes” incluidos, se puede decir que está consiguiendo avanzar en el objetivo de gobernar espiritualmente el mundo como “Vicario de Cristo”. Por lo tanto, él sigue presentándose ante el mundo bajo una imagen de humildad e inocencia mientras que las palabras de su boca lo definen como dogmático y destructivo. En oposición al Evangelio de la salvación, el Papa habla de salvación ganada por confiar en la “Madre Iglesia”. Así, la Iglesia de Roma se presenta al mundo como una especie de aparato espiritual para la salvación de los hombres. El sistema religioso que él preside profesa tener todo lo que una iglesia debe tener, sin embargo, impone a las personas todos estos engaños mortales.

El Señor Jesucristo oró enfáticamente la noche antes de morir. Su oración es contestada en la vida de cada creyente que es justificado únicamente por la gracia de Dios. La gracia de Dios se recibe por la fe sola, y el objeto de esa fe es sólo Cristo, como se revela solo en la Biblia. Cristo Jesús oró: “…que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me has enviado” (Juan 17: 21). El Señor sabía muy bien a aquellos por quienes Él oró. Los objetos de Su oración eran claros para él. Estos creyentes abrazan la vida eterna, según el Espíritu Santo les regenera, y, por lo tanto, la verdadera fe salvadora es totalmente un don dado por Dios. Aquellos para quienes el Señor oró “no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13). Es sólo por la gracia absoluta de Dios que recibe el don de la vida eterna. Hay, sin embargo, una correlación entre la herencia, el don de la vida eterna en Cristo Jesús, y el deber, que es obedecer a Dios. Cuanto mayor sea el regalo, mayor es la obligación de expresar nuestra gratitud de una manera adecuada. Así, la Palabra de Dios nos instruye, “y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (Hebreos 12:28). La misma verdad contiene una advertencia lapidaria al Papa Francisco y a todos los que creen en las tradiciones y los sacramentos de la Iglesia Católica Romana como medio de salvación, en lugar de creer directamente en el mismo Señor por el poder de Su Palabra escrita. Dios es el mismo Dios justo y recto bajo el Evangelio como lo fue bajo la Ley en el Antiguo Testamento. Él trata con nosotros en el amor y la gracia, y sin embargo, Él en sí mismo sigue siendo “fuego consumidor” (Hebreos 12:29). Él es el Dios de la justicia estricta que juzga a todos los que no han recibido el amor de la verdad, sino que se han dedicado a mirar a una iglesia o alguna persona que no sea el Señor Jesús. Jesucristo vivió una vida perfecta y sin pecado y, sujetándose a la voluntad del Padre, hizo el sacrificio sin mancha por el pecado. Negarse a creer solo en Él para salvación es terrible. Cuando el Señor Jesús trató con los fariseos sinceros y devotos, Él les dio una palabra muy fuerte: “Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados” (Juan 8:24). Tú puedes decir que eres un buen católico y que deseas agradar a Dios en la vida presente y la esperanza de vivir con Él para siempre, y es un objetivo humanamente noble. Puedes ser de lo más sincero y devoto, como los fariseos, pero al igual que ellos, si no crees en Él para salvación, del mismo modo morirás en tus pecados.

La fe y la confianza en el Señor Jesucristo solamente es esencial y es destacado con frecuencia en las Escrituras: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36), “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo: el que no cree a Dios le ha dado a hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo” (1 Juan 5:10), Por lo tanto, creer en el Señor Jesucristo, quien da vida ahora, y para siempre, el único camino a la vida eterna. Es la muerte espiritual el tratar de llegar a Dios a través de una llamada “Madre Iglesia”. El camino hacia el Padre Eterno es por medio del Señor Jesucristo solamente; Su muerte es para nosotros el camino a la verdadera vida, la vida eterna. Los que reciben esta vida eterna dada por Cristo no sólo son redimidos de la condenación y la muerte eterna, sino que también viven y reinan con Él, ya que son santificados diariamente a través de Su Palabra por el Espíritu Santo, y por una constante comunión con él. Así, en nuestro amado Salvador, con alegría lo alabamos, como nuestro Padre eterno, y podemos decir como en el Salmo 36: “¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida: En tu luz veremos la luz”.

La visión de absoluta libertad solo la puede tener un verdadero cristiano, un hombre o mujer reformado, un ser cambiado y regenerado por Dios. Sin embargo, el sistema religioso católico romano interpone todo tipo de “intercesores” (María y santos), reliquias, ídolos y sacramentos entre el hombre y el verdadero libertador: Jesucristo.

En la próxima entrada terminaré todos estos puntos y espero que se entienda la finalidad de todo este “rollo teológico”.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: