Posteado por: Javier | diciembre 16, 2013

Catolicismo romano y liberalismo: ¿compatibles? (II)

El sistema religioso católico romano casi conquistó la cristiandad una vez. El que no ve que es capaz de conquistar de nuevo, está ciego a las reglas más simples de pensamiento.

Uno puede preguntarse: “¿No se conservan en la religión católica varias de las doctrinas cardinales del Evangelio, como son el monoteísmo, la trinidad, la unión hipostática, el sacrificio de Cristo, los sacramentos, la resurrección, el juicio, la inmortalidad?” Sí, formalmente sí, y esto lo mantiene a causa de su astucia suprema. Son retenidos, pero para arrancarles y robarles su poder santificador. El gran arquitecto fue muy astuto al diseñar este sistema, más que en sus ensayos anteriores: el ateísmo, el mero fetichismo, el mero politeísmo, o la mera idolatría pagana, porque en estas formas de la trampa sólo cayeron los de pensamiento más grueso y naturaleza más ignorante. Ahora se ha perfeccionado y es un cebo para todos los tipos de hombres, desde el más refinado al más bruto.

Ahora, como en siglos pasados, Roma se propone a sí misma como la defensora estable de la obediencia, el orden y la autoridad permanente. Ella muestra su poder práctico de gobernar a los hombres a través de su conciencia (la verdad, diría también que a través de sus supersticiones). ¿Podemos maravillarnos o extrañarnos de que los buenos ciudadanos, horrorizados por la confusión moral y la ruina actuales, miren a su alrededor en busca de algún sistema moral y religioso capaz de sostener un orden social firme? ¿Debemos sorprendernos cuando Roma da un paso adelante, diciendo: “Yo he sido, a través de los siglos, el defensor de la orden”, y los hombres racionales se inclinen para darle la mano?

La Reforma  Protestante, en el siglo XVI, había sido una afirmación de la libertad de pensamiento. Afirmó para toda la humanidad, y aseguró para las naciones protestantes, el derecho de cada hombre a pensar y decidir por sí mismo sobre su credo religioso y su deber para con su Dios, en el temor de Dios y la verdad, sin ser obstaculizado por el poder humano, político o eclesiástico. Sin embargo, en el siglo XIX, el “protestantismo” racionalista y escéptico comenzó a afirmar, en lugar de la libertad, la licencia y la protección para cada capricho o cada filosofía falsa, como “libertad religiosa”, sin ningún tipo de responsabilidad. El resultado ha sido una gran diversidad y confusión de los credos y las teologías entre los protestantes nominales, lo que deja perplejos y asusta a sinceras, pero tímidas, mentes. Están fatigados y alarmados, ven infinidad de incertidumbres (posiblemente algún día escriba sobre las masivas conversiones de protestantes al catolicismo, pero en este sentido iría la explicación y las razones de ese fenómeno). Miran a su alrededor buscando ansiosamente algún fundamento seguro y fijo de credibilidad. Roma se adelanta y les dice: “¿Ves, entonces, que esta libertad de pensamiento protestante es una licencia fatal?”. La “Santa Madre Iglesia” ofrece el fundamento de su infalibilidad, garantizado por la morada del Espíritu Santo. Ella muestra que la fe debe fundarse en la sumisión implícita, y no en la investigación humana. Ella se compromete a sí misma por la seguridad de tu alma, si simplemente vas con tu alma cansada y aceptas su invitación de “tener confianza y estar en reposo”. Y ésto no sólo a los débiles y cobardes, también a veces a los brillantes, como a todo un cardenal John Henry Newman, el famoso anglicano convertido al catolicismo a finales del siglo XIX. Pero este es el resultado de un protestantismo pervertido. Si todos los protestantes nominales fueran tan honestos en su ejercicio de la libertad de pensamiento, debería haber temor de Dios y fidelidad a la verdad. Si fueran tan humildes y honestos al interpretar y obedecer la palabra de Dios en la Biblia, como los papistas profesan someterse a la autoridad de la Santa Madre Iglesia, nunca se dejarían engañar por la insinuación de que las palabras de un Papa podrían proporcionar una base más cómoda para la fe que la Palabra de Dios.

En los EEUU, a lo largo del siglo XIX, comenzó a expandirse este intento de infiltración del poder eclesiástico dentro del civil. Empezó a producirse la tendencia de algunos demagogos estadounidenses a comprar votos por medio de la influencia del papado. En 1838, William H. Seward comenzó este juego peligroso y deshonesto. Él quería ser gobernador de Nueva York y y llegó a un acuerdo con el Arzobispo Hughes, entonces la cabeza de la jerarquía papal en ese estado, para darle el voto irlandés (pese a no ser muchos a principios del siglo XIX ya comenzaban a llegar oleadas de inmigrantes católicos irlandeses y más tarde italianos), a cambio de ciertas ventajas sectarias en el desembolso de los ingresos del Estado, como la financiación con dinero público de escuelas católicas parroquiales. Ni Roma ni los demagogos han olvidado la lección, ni se olvidarán jamás. Es la naturaleza de la demagogia el sacrificar cualquier cosa a cambio de los votos. La jerarquía papal difiere esencialmente del ministerio de cualquier otra religión en el hecho de vender votos. Es la afirmación tradicional de Roma la de que ella tiene el derecho a controlar las dos esferas: la eclesiástica y la política. La política por el bien de la eclesiástica. Los votos de sus masas son más o menos manejables, puesto que Roma es un sistema de autoridad frente a la libertad de pensamiento. Roma instruye en la conciencia de cada uno de sus miembros que es su deber religioso el subordinar todos los demás derechos e intereses a los de ella. Y este es un deber espiritual cuyo incumplimiento es castigado con las sanciones espirituales más horribles. ¿Cómo puede un hombre pensar que puede darse el lujo de desobedecer a la jerarquía que tiene su destino eterno entre sus manos, de modo que incluso le ha dado forma en algunos sacramentos “esenciales”, tales como la misa, la absolución y la extremaunción, de forma que ésta jerarquía tiene el “poder” de retener a su capricho la redención y la santificación? De ahí que la mayoría de los papistas americanos podían votar en “bloques”, ya que es la jerarquía prácticamente quien vota por ellos. La mercancía estaba lista y embalada en paquetes para su tráfico por parte de los demagogos. Hay que ser muy conscientes de que numerosos papistas se indignan al negar esto, declarando que hay un voto romanista que es tan independiente de su sacerdocio y tan libre como cualquier otro. Por supuesto que existe. Pero el grupo en su conjunto debe seguir los pasos de la jerarquía, pues han de creer que es infalible. En cualquier caso, es posible asegurar que los votantes católicos independientes no son “buenos católicos” en el sentido que enseña Roma, pues estarían inmersos en la “herejía” del pensamiento independiente.

Los hombres con ambiciones seculares siempre han intentado utilizar la jerarquía eclesiástica para influir en los demás en su beneficio político, y esto es algo tan antiguo como la misma historia. Tan pronto como la prelatura se desarrolló en la iglesia patrística, los emperadores romanos comenzaron a comprar su influencia para sostener sus tronos. A lo largo de la Edad Media, los emperadores alemanes y los reyes españoles, franceses e ingleses habitualmente negociaban con Roma el pago de sus dignidades y dotaciones por el apoyo a sus ambiciones. En el siglo XIX, dos Napoleones jugaron el mismo juego de compra de apoyo para su imperialismo de parte de un sacerdote en cuya religión no creían. Los estudiantes inteligentes de la historia de la iglesia saben perfectamente que una agencia principal que convirtiera al cristianismo primitivo primero en una prelatura y luego en el papado era la forma de dar a la iglesia una dotación ilimitada de dinero y poder. Tan pronto como Constantino estableció el cristianismo como la religión del Estado, las personas y entidades eclesiásticas comenzaron a asumir virtualmente (y en poco tiempo formalmente) el papel de grandes agencias. Podían recibir legados y donaciones de bienes, y mantenerlos por medio de una simple tarifa. Estas corporaciones espirituales eran “inmortales”. Por lo tanto, la propiedad que adquiriesen caía en “manos muertas”. Cuando una corporación constantemente ingresa dinero y bienes pero no ha de pagar nada, no hay límite a su posible riqueza. Las leyes en la Edad Media convirtieron a los monasterios, catedrales y arzobispados en inmensamente ricos. En la época de la Reforma, habían captado un tercio de los bienes de Europa. No es de extrañar que se levantaran tan virulentamente contra la Reforma, cuando supuso para estas agencias la pérdida de todos sus ingresos en casi todo el norte de Europa, al terminarse con los beneficios eclesiásticos de la Iglesia de Roma y con creencias recaudatorias como la del purgatorio o las indulgencias. Actualmente, todavía hay países, España entre ellos, en los cuales, pese a la supuesta separación Iglesia-Estado, estas agencias siguen absorbiendo dinero sin tener obligación de pagar impuestos; no solo Roma, también otras iglesias han sido añadidas para no “discriminar” frente a estos privilegios.

La riqueza es poder, y los hombres ambiciosos la anhelan. Por lo tanto, esta jerarquía llegó a estar ocupada por los hombres con la ambición más voraz de la historia de Europa, en lugar de por humildes, y pastores abnegados, y así fue como este tremendo poder del dinero se armó primero mediante un despotismo espiritual de la teología papista sobre conciencias y, a continuación, aliándose con el poder político, con la finalidad de hacer cumplir la dominación absoluta de la religión que les dio su riqueza (por cierto, algo similar sucedió con el cesaropapismo de algunas iglesias nacionales protestantes). No es extraño que la libertad humana, la libertad de pensamiento y la Biblia fueran pisoteados y expulsados fuera de Europa.

Cuando vino la Reforma, los hombres que podían pensar vieron que esta tenencia de gran parte de la riqueza del país en manos muertas había sido algo fatal. John Knox, el más sabio de ellos, vio claramente que si una reforma religiosa quería tener éxito en Escocia las corporaciones eclesiásticas debían ser disueltas. Fueron destruidas, toda su propiedad enajenada a los nobles seculares o al Estado (el remanente que Knox aseguró para la educación religiosa), y por lo tanto, Escocia quedó Presbiteriana. Cuando se fundó la república estadounidense, los estadistas y los teólogos entendieron este gran principio: la tenencia de las empresas en manos muertas, ya fueran espirituales o seculares, es incompatible con la libertad del pueblo y la conformación de un gobierno constitucional. Pero parece que los legisladores actuales en EEUU no saben nada acerca de ese gran principio, o no les importa nada. Las instituciones eclesiales, protestantes y romanistas, se han convertido en corporaciones virtualmente perpetuas. Crecen continuamente, se convierten en más y más ricas, y ni siquiera pagan impuestos, sin que parezca que haya límite en sus adquisiciones. El funcionamiento de esta tendencia de acumulación de riqueza eclesiástica ha servido, en primer lugar, para romanizar parcial o totalmente las iglesias protestantes, y, en segundo lugar, para habilitar y equipar a la religión, así romanizada, para su alianza con políticos ambiciosos en la destrucción de la forma republicana de gobierno. Cuando los órganos de la iglesia comenzaron, bajo Constantino, a adquirir dotaciones monetarias, estos cuerpos eran Episcopales, como máximo, o incluso todavía Presbiterianos. El aumento de la dotación ayudó a convertirlos en papistas. Entonces el papismo y el feudalismo robaron la Biblia y esclavizaron Europa. ¿Aprenderán los hombres que las mismas causas siempre suelen producir los mismos efectos?

La teoría democrática de la sociedad humana puede ser la más racional y equitativa, pero la naturaleza humana no es equitativa, sino que desde Adán está caída y pervertida. La lujuria sensual que produce recibir aplausos, el orgullo, la vanagloria, y el amor al poder es tan natural para el hombre como cualquier otro sentimiento. Todo hombre es un aristócrata en su corazón. Ahora, la prelatura y el papado son religiones aristocráticas. Igualmente, un buen número de metodistas, bautistas, presbiterianos, o ministros independientes han pasado a la prelatura o el papismo, y así a convertirse en obispos. ¿Hay alguien que no se sienta halagado en su corazón al ser alabado como “mi señor”? La distinción y el poder son gratificantes para todos los hombres carnales, y la prelatura y el papismo ofrecen este dulce bocado a los aspirantes con la promesa de hacer de algunos de ellos señores de sus hermanos. Esto es suficiente para atraer a todos ellos, como la corona de laurel y la medalla atrae a todos los corredores en la pista de carreras. Es cierto que mientras que muchos corren, solo uno obtiene la corona y la medalla, pero todos corren con la esperanza de ganar. En especial, la pretensión de la gracia sacramental ofrece el más lujoso señuelo a la ambición humana que puede ser concebido en esta Tierra. Ser el “vicario de Dios” en la dispensación a voluntad de la vida eterna y las coronas celestiales es un poder más esplendoroso que la mayor prerrogativa de cualquier emperador sobre la Tierra. Deja que un hombre se convenza de que realmente tiene este poder al conseguir un lugar en la “sucesión apostólica”, y lo más espléndido de esta prerrogativa aparecerá en él, porque su fe apreciará lo que él se propone ver en los sacramentos. La bendición más grande jamás heredada por un emperador es finita. La bendición de la redención es infinita, y privar de ella a tu antojo a un pecador es una cosa mucho más grande que conquistar el mundo y establecer un imperio secular universal. Los más humildes “sacerdotes” serían hombres mucho más grandes que el emperador si ellos realmente pudieran obrar el milagro y conferir la gracia de la redención, como Roma dice hacer cada vez que consagra sus “especies” del pan y el vino. ¿Cómo hemos de estimar, pues, la grandeza de ese papa o prelado que pueden fabricar esos milagros a voluntad? En cierta ocasión, un embajador turco en París tenía toda la razón cuando, al acompañar al rey de Francia a la misa en Notre Dame, y al ver al rey, los cortesanos, y toda multitud quedarse estupefactos y postrarse cuando el sacerdote elevaba la hostia consagrada, se preguntó si el rey debía permitir a nadie, sino a sí mismo, llevar a cabo esa magnífica escenificación. Se dice que se acercó al rey y le dijo: “Señor, si yo fuera rey, y creyera en su religión, nadie haría esto en Francia, excepto yo. Es algo mucho más grande que cualquier otra cosa que usted haga en sus funciones reales”.

Por otra parte, en ciertos aspectos existe una especie de alucinación que prevalece en la mente de las personas en relación con los errores y los abusos históricos antiguos, que han sido los resultados regulares de la naturaleza humana. Los hombres que no entienden la historia, se hacen la ilusión de que, debido a que los modos de la civilización han cambiado mucho y avanzado, por lo tanto, las leyes fundamentales de la naturaleza del hombre van a dejar de actuar, lo que es tan poco razonable como esperar que los seres humanos pecadores cesen por completo ser falsos, sensuales, deshonestos y egoístas solo porque hayan tenido pequeños cambios de modas o conductas con respecto a épocas pasadas. Es parte del pensamiento evolucionista que también ha contaminado al cristianismo. Es muy habitual convencerse de que ciertos males y abusos de la historia de los hombres antiguos ya no son posibles entre nosotros, porque nuestro entorno ha llegado a ser civilizado y nominalmente “cristiano”. Uno de estos males es la idolatría en sus dos ramas, el politeísmo y la adoración de imágenes. Se suele decir, la humanidad ha dejado atrás todo eso, que otros males pueden invadir nuestra civilización cristiana, pero que sería demasiado grosero el volver de nuevo a eso. Son ciegos, a la vez, a las enseñanzas de los hechos históricos y al sentido común. Ellos saben que en algún momento la idolatría casi llenaba el mundo antiguo. Y es muy estúpido suponer que el estado de las sociedades en las que primero sobrevino la idolatría era salvaje o bárbaro. Es preferible la conclusión de que los contemporáneos a la construcción del arca de Noé, la torre de Babel o la pirámide de Keops, y que disfrutaron de la luz de las recientes revelaciones de Dios a Adán, a Enoc o Noé, eran civilizados. Los hombres hacen una extraña confusión aquí: ellos se imaginan que la idolatría podía ser prevalente porque la humanidad no era “civilizada”. El hecho histórico es justamente lo contrario: la humanidad se convirtió en poco civilizada, porque la idolatría prevaleció en sus primeras épocas. La realidad es que los sentimientos que tienden a la idolatría están muy profundamente arraigados en la naturaleza caída del hombre. En primer lugar, lo sensual se ha convertido en demasiado prominente en la naturaleza humana, mientras que la razón, la conciencia y la fe, en demasiado débiles. Esto es algo que los hombres experimentan todos los días de su vida ¿Por qué, si no, es que los objetos de la percepción de los sentidos, que son comparativamente triviales, dominan su atención, su sensibilidad y sus deseos mucho más que los objetos de la fe, que él mismo sabe perfectamente que son mucho más importantes? Por lo tanto, el hombre ignorante y sin el control de la luz celestial siempre muestra un deseo por los objetos sensuales de culto. No es probable, en nuestros días, que satisfaga este deseo mediante la creación de una imagen de bronce de Dagón, el dios pez, o de Zeus, o Júpiter romano, o de las deidades aztecas. Pero aún así, él anhela un objeto visible, un material objeto de la adoración. Roma representa para él una especie de “dulce hogar” con sus reliquias, crucifijos e imágenes de los santos. Ella hábilmente alisa el camino cuesta abajo para él mediante la conexión de todos estos objetos con la adoración al Dios verdadero. Una vez más, la debilidad consciente del hombre le impulsa casi irresistible a la hora de buscar algún ser de atributos sobrenaturales sobre el que apoyarse. Su corazón clama: “Llévame a la roca que es más alta que yo” Pero cuando el monoteísmo puro le propone al supremo y eterno Dios infinito no sólo en su poder para salvar, sino también en su omnisciencia, justicia y santidad, el corazón pecaminoso del hombre retrocede. El hombre pecador anhela un dios, pero, al igual que su primer padre, Adán, huye del Dios infinito de la Biblia e intenta ocultarse y ceñirse las hojas de higuera de la religión falsa pero “consoladora”. De ahí su fuerte tendencia a inventar “dioses” intermedios, de los que puede convencerse a sí mismo de que serán lo suficientemente amables y fiables con él, y, sin embargo, no tan infinitos, inmutables, y santos de manera concluyente como para condenar su pecado. Aquí está el impulso que llevó a todas las naciones paganas que inventar el politeísmo. Esto lo hicieron llenando el espacio entre el hombre y el ser supremo con “dioses” intermedios. No es extraño que las zonas más pobres, atrasadas e ignorantes, y a la vez las menos libres, dentro de las mayoritariamente católico-romanas sean, al mismo tiempo, las más idólatras, fundamentalmente el sur de España, de Italia e Hispanoamérica.

Podría extenderme largo y tendido en conclusiones pero prefiero que las saquéis por vosotros mismos, que para algo hay una cosa sobre los hombros llamada “cabeza” y a la cual hay que dar algún uso. Me parece que se puede entender, conociendo todos estos principios, porqué normalmente (con las excepciones que confirman la regla) las naciones católicas y latinas han sido siempre menos libres y prosperas (en ocasiones mucho menos) que las germánicas, anglosajonas y protestantes. Es una cuestión de a qué se está sujeto mental y espiritualmente. ¿Es posible la libertad individual cuando el alma está encadenada a una institución religiosa jerárquica liderada por un hombre con poder casi omnipotente en la tierra, que se erige en “Vicario de Cristo” y que afirma ser “infalible” en cuestiones espirituales cuando habla “ex catedra”? Por supuesto, como hay ateos liberales, también hay católicos liberales. Pero es muy dudoso que se pueda hablar de “papistas liberales”.

El Cristo de la Biblia es un Dios infinito, todopoderoso y perfecto, ante el cual todos quedamos en la más calamitosa situación de pecadores necesitados de redención, de auténticos mendigos, sin que un solo hombre tenga motivo alguno para exaltarse a sí mismo sobre otros. Es un Dios que libera a quienes da la fe, pero que también juzga de forma justa el pecado. Este fue el origen de la forma de gobierno representativa y democrática. Ningún magistrado podía serlo por su propia “dignidad”, solo por la elección de los iguales a él. El Cristo del catolicismo romano y otros sistemas religiosos similares es un Dios distante, que delega “funciones” en una prelatura investida de “sucesión apostólica” y que tiene poder para administrar la gracia y la salvación de los súbditos del sistema. Es un Dios que permite que algunos hombres asuman una parte importante de su poder, que les da una preeminencia casi absoluta en la tierra, siendo la fuente sobre la que se han erigido algunos de los mayores tiranos de la historia.

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