Posteado por: Javier | enero 6, 2014

Por qué no celebraría los Reyes Magos

¡Qué bien! Hoy por fin termina la Navidad y mañana todo vuelve a la normalidad (a la normalidad vuelve el resto del mundo, puesto que, al menos para mí, estos días son normales, como otro cualquiera), hoy se acaba todo con el famoso día de los “Reyes Magos”.

Como no tengo hijos, estoy totalmente al margen de lo que “se cuece” este día y de toda esa historia de los regalos y de engañar y hacer creer a los niños más pequeños que unos seres fabulosos llamados “Reyes Magos” (o, cada vez más, “Papa Noel” o “Santa Claus”) son quienes se los han traído, pero, aunque los tuviera, también lo estaría.

Detesto toda esta parafernalia navideña, detesto los centros comerciales, detesto la masificación de gente alterada de un lado para otro mirando escaparates y comprando regalos, detesto el consumismo (en una próxima entrada puede que os de algunos consejos para huir del consumismo), detesto a las hordas de niños ajenos dando gritos (los niños españoles en eso son los primeros, a los españoles desde pequeñitos ya les encanta gritar y ser ruidosos… pero yo pienso que a los niños ajenos que los aguanten sus papaítos, no yo), y detesto el nivel al que ponen la calefacción para que la gente esté más alterada compre rápido y sin pensar y se larguen. Como tampoco hago regalos, ni los espero, pues estoy bastante al margen.

También detesto a quienes no tienen  donde caerse muertos y, sin embargo, estos días echan el resto por aparentar lo que no son, de modo que siempre evito a la gente zafia, cutre y gritona y las turbas maleducadas que atestan los centros comerciales en estas fechas y no soy mucho de ir de compras. Y, actualmente, qué le vamos a hacer: dentro del proceso de envilecimiento y vulgarización generalizada que ha gangrenado a toda la sociedad, ello a quienes más ha afectado es a las capas de gente más pobre. No es que los más pudientes en muchos casos anden muy bien pero todavía los hay que por lo menos intentan guardar las formas, pero muchísimos dentro de las capas más bajas es que han perdido totalmente el norte (sin patria, sin Dios, sin ningún valor, sin nada que les merezca la pena conservar). Por tanto, evitar a ese tipo de gente implica que a casi todos los que intentes evitar sea a gente pobre. Ni más ni menos, y no creo que haya que ser una lumbrera mental para entender eso.

A ver, que nadie me malinterprete: soy cristiano y sé que no soy superior a nadie, ante Dios soy igual de sucio y pecador que cualquiera, y, aparte, tengo amigos de todo tipo, desde algunos que son ricos hasta otros que las están pasando canutas, toda clase de gente. Yo, a priori, no discrimino a nadie por la clase social de la que provenga. Lo que ocurre es que, hace décadas, había mucha gente pobre que tenía una dignidad y unos valores que merecían la pena (confiaban en Dios, en el trabajo, la seriedad, la austeridad, en no gastar lo que no se tiene, en educar cristianamente a sus hijos…). Seguramente, antes me interesaría una conversación con gente como esa, sobre sus inquietudes y sus problemas, que con uno de los actuales nuevos ricos horteras y cutres. Pero es que, hoy día, eso generalmente no es así.

También detesto eso de que, por narices, porque es “la costumbre”, estos días te tienes que reunir a comer forzosamente con “la familia”, y por huevos tener que poner buena carita aunque aquel con quien te reúnas no te caiga nada bien, y si no, es que eres un “asocial”. Como a mí eso de “la tradición” o la “costumbre social” o que es algo “muy español”, me la trae al pairo, dicho mal y pronto, comparto plenamente lo dicho por don Alfredo hace unos días sobre este tipo de encuentros familiares forzosos:

“La segunda causa del estrés son las reuniones familiares. A pesar de que muchos pensarán que las reuniones con la familia son buenas, lo cierto es que muchas familias son disfuncionales y los encuentros solo sirven para abrir viejas heridas. Esto es peor en el caso de las familias españolas, italianas, latinoamericanas, porque tienen el bagaje cultural latino que inculca el sentido de culpabilidad y manipulación católica. En el mundo católico-latino, no querer estar con la familia es señal de “mala” persona, de frialdad y casi ningún español reconocerá que es mejor evitar a la familia en algunos casos”.

AMÉN.

Pero la razón fundamental por la cual rechazo un festejo como el de los Reyes Magos (o Santa Claus también) es, como en el de la Navidad, porque es una fiesta pagana y una forma de introducir en nuestros hogares (los de familias cristianas) una cosmovisión humanista secular por medio de una costumbre que aparenta ser muy inocente, tierna y arraigada.

¿Por qué?

Bueno, a partir de aquí, esto es una cuestión exclusivamente privada de familias cristianas. No pretendo meterme a condenar a quienes sí les guste que sus hijos pequeños tengan una bonita ilusión, solo lo que se puede opinar bíblicamente de la creación de dichas ilusiones. Nada en la Biblia avala crear en los niños falsas ilusiones de que son seres fantásticos o de fábula de quienes vienen lo que tienen.

El primer mandamiento de la Ley dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). ¿Son “dioses” los Reyes Magos? Desde el momento en que hacemos creer a los niños que hay unos seres omniscientes que son capaces de saber si se han portado “bien o mal” y, en función de ello, les traerán regalos o no, los podemos llamar como queramos pero estamos creando dioses. En la cosmovisión bíblica, solo Dios tiene este atributo. Proberbios 15:3 dice que son los ojos de Dios los que “están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos”. El “premio” por portarse bien nos lleva a la visión mundana de que los niños serán retribuidos por “sus buenas obras”. Sin embargo, para todo tipo de hombres y de todas las edades, la Biblia declara que Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). El regalo de Dios por medio de Cristo a Su pueblo es totalmente gratuito e inmerecido.

Esto es algo que muestra que no debemos maravillarnos ni extrañarnos cuando en el Antiguo Testamento los israelitas asentados en Canaán caían en la idolatría de mezclar el culto a Dios con distintos cultos cananeos como el de Baal. Ni pensar “Buaaah, a nosotros eso no nos pasaría”. No, es que no. No cambia el corazón humano. Somos iguales que ellos y la cultura secular que nos rodea nos influencia exactamente igual, lo que cambia es la forma externa en que esto se manifiesta. Es una cuestión de cosmovisiones, y en la de los cananeos había otras deidades que compartían atributos con Dios.

Los cristianos debemos educar a nuestros hijos en nuestros hogares, desde las más tiernas edades, en que todo lo que tenemos lo debemos a Dios: “toda buena dádiva, y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación” (Santiago 1:17). Y, en cualquier caso, el mayor regalo de Dios no son bienes terrenales, sino entregar a Su Hijo, Jesucristo, para morir por nuestros pecados y regalarnos la salvación y la vida eterna (Romanos 6:23). “Tradiciones” y “costumbres” como la de los regalos navideños y los Reyes Magos parten de una idea humanista y consumista de que el amor solo se puede mostrar mediante la entrega de bienes materiales.

Da igual la edad que tenga el niño.

“Pero, ¡por favor! ¿Qué más da? Son muy pequeñitos, ya les hablaremos de las cosas de Dios cuando sean mayores y entiendan eso. No pasa nada porque crean en los Reyes Magos ahora?”.

NO:                                           

“De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza” (Salmos 8:2), o “Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro? Vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró” (Éxodo 12:26,27).

No hay ninguna indicación en la Biblia de que los padres no deban hablar de Dios a los niños porque sean muy pequeñitos, más bien, de todo lo contrario.

De lo que, eso seguro, no hay ningún mandato es de que engañen a sus hijos con reyes magos o santa clauses y, cuando lleguen a cierta edad, les digan: “Ah, mira hijo, te engañé con esos personajes. Quienes te dejaban los regalos éramos mamá y yo. Pero, eso sí, cree en Cristo Jesús y serás salvo. Créeme, que en eso de verdad que no te engaño”.

Algo más podemos añadir: se trata de mentir y el padre de la mentira es Satanás (Juan 8:44).

“¡Qué exagerado!¡Fanático!¡Puritano!¡Pero si son mentirijillas piadosas que no hacen daño a nadie y, al contrario, es una ilusión muy bonita para los niños!”.

Aparte de que, bíblicamente, salvo ciertas circunstancias justificadas, mentir siempre es un pecado (y eso de pecados “mortales” y “veniales” se lo dejo a los católicos), hay que recordar que “Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14).

He mencionado antes las cosmovisiones. Depende de en cuál de las dos estés. En la mundana, es algo inocente y sin importancia. En la bíblica, es una forma de infiltrar paganismo y engaño en nuestros hogares. Tú decides en cuál de las dos estás, si obedeces a Dios o si obedeces al padre de la mentira, es tu libertad.

Jesucristo es el Señor, no tres fantoches que se hacen llamar “Reyes Magos” y que, encima, parecen una especie de chamanes o brujos.


Responses

  1. De nuevo, me quito el sombrero Don Javier.

    El día que tengas hijos, temerás a esta época como yo le temo, y respirarás aliviado como yo respiro cuando acaba.

    Y lo más gracioso: todos esos que se llaman cristianos y que no ven contradicción entre sus creencias y estos ritos .


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