Posteado por: Javier | marzo 29, 2014

Obama en el Vaticano: un paso atrás en la dignidad de EEUU

En medio de denuncias de la ONU exigiendo al Papa que entregue a las autoridades a todos los sacerdotes que estén implicados en abusos sexuales sobre menores y de escándalos como el del blanqueo de dinero negro a través del Instituto de Obras para la Religión (IOR), esta semana pasada no se le ocurre al presidente de EEUU, Barack Obama, cosa mejor que plantarse en el Vaticano para agasajar con una visita oficial a Francisco I.

Obama no es quien inició la relación entre EEUU y el Vaticano, solo es un paso más en la cada vez mayor influencia de Roma sobre la política interna norteamericana. Obama se lleva de regreso a la Casa Blanca un ejemplar de la exhortación “Evangelii Gaudium”, prometiendo que será uno de sus libros de cabecera cuando se encuentre en el Despacho Oval y se sienta “frustrado”, es decir, como una especie de libro de “autoayuda”. Ha invitado a Francisco I a visitar la Casa Blanca, confirmándose el viaje para finales de 2015. Y, bueno, no solo va a ser una mera visita: el Papa Francisco ha recibido ya la invitación para pronunciar un discurso ante las dos cámaras del Congreso americano reunidas en sesión conjunta. 

Una vez más, el mismo problema cada vez que se trata de relaciones con el Vaticano: ¿Qué es el catolicismo romano? ¿Qué es la “Santa Sede”? ¿Un Estado o simplemente el lugar donde se encuentra la dirección central de una religión? ¿Una mezcla de las dos cosas? Digamos que es una organización que busca el poder a cualquier precio y su infiltración en todos los ámbitos de la política y la vida pública en los países de todo el mundo (en este caso concreto, en EEUU) empleando en cada ocasión lo que más le interesa: en unos las prebendas y privilegios de ser un “Estado”, y en otros las de ser una religión.

La Iglesia Católica, empleando la máscara de la llamada “Santa Sede”, se introdujo en la ONU con la condición no de “Estado miembro”, pero sí de “observador permanente”, lo que le permitiría votar, dar discursos y participar en todos los foros de las Naciones Unidas de una forma inaudita como no se permite hacerlo a ninguna otra religión o grupo confesional (los cuales tienen una consideración muy similar al de meras ONGs). En cambio, cuando se presenta con la otra identidad de su naturaleza híbrida, es decir, como una religión, en aras de la “libertad religiosa”, consigue el privilegio de propagar en diferentes ámbitos (fundamentalmente, los educativos) los postulados políticos e ideológicos que defiende cuando se presenta con la identidad estatal: ¿Alguien en su sano juicio vería lógico y normal que teocracias como Arabia Saudí reclamasen un derecho a que en las escuelas públicas (o privadas, o concertadas) españolas se enseñasen los fundamentos ideológicos extraídos del Corán por los que se rige esa teocracia? Seguramente, “liberales” seguidores de Hazte Oír u otras organizaciones ultra-católicas, que reclaman lo mismo para el Vaticano, se llevarían las manos a la cabeza y chillarían más fuerte que una puta en celo.

¿Qué define a una “entidad estatal”? La Convención de Montevideo sobre los Derechos y Deberes del Hombre establece los siguientes requisitos: “El Estado como personalidad de derecho internacional debe reunir los siguientes requisitos: (a) una población permanente, (b) un territorio definido; (c) Gobierno, y (d) una capacidad de entrar en relaciones con los demás estados”.

¿Cumple todo eso la “Santa Sede”? Es obvio que NO. No tienen población permanente, dependen en todo de Italia y no tienen un territorio definido, pues su única función es la administrativa de gobernar a la Iglesia Católica en todo el mundo.

El reconocimiento de EEUU al Vaticano, inimaginable en sus orígenes, no fue cosa de un día para otro, fue un proceso de dos siglos. Obviamente, en aquellas tierras libres y protestantes al principio se desconfiaba enormemente de las actitudes totalitarias y liberticidas de Roma y los papistas, por eso el procedimiento de asimilación vaticana al paisaje norteamericano debía ser silencioso y sin prisa pero sin pausa.

El cambio, evidentemente, no se ha producido en Roma: se ha producido en EEUU por el abandono de sus raíces puritanas y protestantes. Precisamente la idea de libertades que los fundadores llevaron a esa tierra era la liberación de lo que el Vaticano, como institución política y religiosa, supone.

La naturaleza autoritaria y tiránica de Roma era perfectamente conocida en los recién nacidos EEUU por hechos como la reacción airada del poder papal ante la promulgación de una carta de tolerancia religiosa en el estado de Maryland en el siglo XVII. Maryland había sido creado a partir de la petición del ferviente católico George Calvet Baltimore, que solicitó carta al rey Carlos de Inglaterra para constituir un lugar de acogida y protección para los católicos en las tierras americanas. Tras su muerte en 1632, al final se la conceden a su hijo, quien forma una colonia en 1634. La capital del estado recibió el nombre de Santa María (más tarde se trasladaría a Annapolis) y el gobernador promulgó la referida norma de tolerancia religiosa (otro remedio no tenía estando en el contexto que estaba). Aunque la promulgasen católicos, eso era intolerable para el Vaticano, que no reconoció la situación de Maryland ni nombró allí ningún obispo. Fue décadas después 1715, año en que el cuarto Lord Baltimore se convirtió al anglicanismo, que pasó a ser religión oficial en ese estado, cuando John Carroll fue nombrado obispo (posteriormente, arzobispo), convirtiéndose Baltimore en la primera diócesis. Para el Vaticano era primordial “proteger” a los católicos de esas tierras del peligro de filosofías tan “perniciosas” como las de libertad política y religiosa. Para el Vaticano, la colonización católica española y portuguesa en América era una “bendición”, la anglosajona y protestante, una “maldición”.

En 1823, el presidente estadounidense Monroe escribió unas reveladoras palabras: “[…] mientras ésa [Europa] trabaja para convertirse en casa y domicilio del despotismo, nuestro esfuerzo debe de ser claramente hacer nuestro hemisferio casa y domicilio de la libertad. … Y [después de las tropelías de Bonaparte] ahora continuada por la también ilegal Alianza, llamándose a sí misma Santa”. Para Monroe, la acción absolutista y despótica de las naciones europeas englobadas en la “Santa Alianza”, cuyo sustento ideológico estaba en el Vaticano, era un peligro existencial para EEUU. Todo eso estaba clarísimo entonces. Hoy, en absoluto.

Sin embargo, con el paso de los años, EEUU comenzó a dejar de ver tan “amenazante” al Vaticano. El protestantismo dejó la Biblia y se fue haciendo cada vez más relativista, pasando de defender el Evangelio a defender algo llamado “valores cristianos” o “valores religiosos”, buscando espacios comunes con todas las religiones, sobre todo con el romanismo, mientras surgía tras la II Guerra Mundial un tremendo enemigo como era la Unión Soviética.

Pese a advertencias de teólogos calvinistas como Lorraine Boettner, quien señalaba en su obra “Catolicismo Romano” que Roma era “un cordero cuando está en inferioridad, un zorro cuando está en igualdad y un tigre cuando está en superioridad” y que el romanismo era un peligro “igual o mayor que el comunismo” para EEUU, el caso es que la Iglesia Católica Romana comenzó a presentarse como un aliado y baluarte frente al comunismo que podía ser considerado como un aliado posible y muy válido.

Todos los acuerdos y declaraciones de Roma en contra de la libertad religiosa y política eran conocidos, pero se encargaron con sus discursos de camuflarlos sutilmente. La misma entidad que en el siglo XIX condenaba duramente, de puño y letra de sus mismísimos papas, el liberalismo político y la tolerancia religiosa, ahora resultaba ser una defensora de la “libertad” y los “valores” (sobre todo esto último). Un jesuita llamado Charles Edwards Coughlin se encargó de utilizar masivamente los medios de comunicación para presentar a la Iglesia de Roma como una defensora de los “derechos civiles” y una iglesia de “valores”, donde caben todos. Este sujeto había sido durante la II Guerra Mundial un antisemita declarado que justificaba la persecución nazi contra los judíos, pero en plena Guerra Fría se presentaba como una especie de apóstol de la “justicia social” y las “masas oprimidas”, por medio de un programa radiofónico que tenía millones de oyentes, siendo líder de audiencia.

Roma era cada vez menos extraña en EEUU, cada vez se iba haciendo casi tan americana como la bandera de las barras y estrellas. Otro jesuita, el cardenal Francis Spellman, se encargó en la televisión de seguir presentando un catolicismo romano muy “americano”, ecuménico, atractivo, defensor de los “derechos sociales”, contraria al aborto, defensora de la familia y anticomunista.

No solo muchos protestantes se unieron a Roma en abrazo de estos “valores”, también los presidentes americanos empezaron a cogerse de la mano con el papado, aun cuando EEUU no tenía todavía relaciones oficiales con el Vaticano.

Este reconocimiento total llegó en 1984, en el marco de la ofensiva final de la Guerra Fría frente al bloque soviético. Para Reagan, el nombramiento del Papa polaco Karol Wojtyla era una oportunidad de oro de desestabilizar primero a Polonia y luego al resto del bloque comunista, la URSS incluida. Para esa época, el catolicismo romano en EEUU ya era prácticamente “americano”. Pero lo más “oficial” que había existido hasta entonces era una delegación comercial de EEUU en el Vaticano. Es en los 80 cuando se nombra el primer embajador estadounidense ante el Vaticano, mientras la administración Reagan era copada en su sección internacional (incluida la CIA) por militantes católicos.

Este idilio, por supuesto, continuó con otros presidentes, hasta llegar a Obama con su invitación a que Bergoglio de, nada más y nada menos, que un discurso ante el Congreso y el Senado.

Según EEUU cada vez es más “católico”, al mismo tiempo, es más socialista. A más papismo, más socialismo. No es lo único, pero es muy influyente, papismo y socialismo son dos fuerzas que se retroalimentan (en España lo hemos visto claramente en los últimos años). Cada vez más gente allí es más indolente, más quiere vivir del dinero ajeno, más estatista y más fascista. Algo que ya he dicho antes en alguna ocasión: mí me gusta y me siguirá gustando mucho Ronald Reagan, pero puede que fuera demasiado lejos en su alianza con Roma contra la URSS, sobre todo porque se rebasaron todas las líneas rojas en cuanto a la separación Iglesia-Estado (de origen cristiano protestante) que siempre había caracterizado a los EEUU. El caso es que desde esa alianza que parecía iba a ser “puntual” con Roma contra el comunismo soviético, EEUU cada vez se está “papistizando” más (hay que recordar el apoyo de Roma primero a las oleadas migratorias de católicos italianos e irlandeses, en el siglo XIX, y, actualmente, de latinoamericanos). Y eso es contrario a la historia liberal, democrática y cristiana de los EEUU. Roma nunca ha sido un poder irradiador de libertad, sino de tiranía. Mediante las “alianzas” contra “enemigos comunes”, Roma es como un pulpo: si te abrazas con ella, te enrosca los tentáculos y no te suelta.

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Hablando de pulpos, este cartel es una muestra de cómo todavía era percibida a finales del siglo XIX la expansión y la ganancia de poder político e influencia por parte del papado en EEUU: la corona papal es identificada con los tentáculos de un pulpo en forma de ignorancia, corrupción, superstición, tiranía, prejuicios, romanismo, egoísmo.


Responses

  1. Magnífica entrada

  2. Javier —

    Hace tiempo le comenté que parece que estábamos conectados y ¡una vez más lo compruebo!

    Justamente cuando ví esta entrada ayer, acababa yo de leer un excelente artículo por casualidad sobre el declive del protestantismo en EEUU, hasta tal punto de hoy que ya no significa casi nada ser protestante aqui como antes.

    Tema Reagan — considero, de hecho, que su PEOR decisión fue la de enviar representantes al Vaticano y establecer relaciones oficiales por primera vez con ese organismo tan criminal, perverso y satánico..

    Pero, me temo que todas estas palabras son huecas aquí hoy.

    Cuando George Washington se preparaba para marcharse de la presidencia en 1796, avisó empleando unas palabras famosas que “la razón y la experiencia nos impiden esperar que la moral nacional puede prevalecer en exlusión de principios religiosos”.

    Pero, en general, los americanos nunca se preocuparon de las cuestiones filosóficas que tanto obsesionaba a los europeos sobre “religión y nación”. Porque, la ventaja que siempre tuvo USA hasta ahora era prcisamente tener a tantas personas de distintas sectas protestantes que más o menos se odiaban pero a la vez compartían un pulso general de principios en oposición al catolicismo, papismo y otros paganos.

    Ahora, todos tenemos motivos para preocuparnos. Sin la teoría política que dependía de una población con mayoría protestante, ¿qué significa ahora apoyar un país liberal? ¿Qué significa o en qué consiste criticarlo? El experimento americano siempre ha necesitado lo que Tocqueville llamaba la “corriente íntegra” y me temo que esa corriente ahora ya se ha secado.

    Saludos

  3. Hola, Alfredo.

    A Reagan creo que le pasaba que no conocía bien del todo lo que era la realidad de lo que suponía establecer relaciones oficiales con el Vaticano, le preocupaba más el expansionismo de los soviéticos pero quizás por cierta candidez y sencillez que caracteriza a muchos americanos no comprendía que Roma es casi tanto o más expansionista, solo que no por métodos militares sino por otros mucho más silenciosos y efectivos.

    Pero el hecho es que Reagan nombró a William A. Wilson (católico romano, por supuesto) como primer embajador, no ante el “estado del Vaticano”, sino ante la “Santa” Sede, es decir, reconocía el carácter político-religioso de la cabeza de la Iglesia de Roma y abría la puerta a la discriminación religiosa por razones políticas: los propios representantes “apostólicos” de Roma en Washington decían claramente que “la autoridad de la Santa Sede es espiritual y moral y no depende del poder secular”.

    Por lo demás, el hecho de que EEUU fuera fundado sobre una idea, no sobre cosas como la sangre o el territorio, como los países europeos, ha tenido grandes ventajas para el desarrollo y avance del capitalismo allí, pero la contrapartida ha sido que cuanto cada vez menos gente allí profesa esas ideas, más anárquico en todos los aspectos y menos libre es ese país. Aunque todavía siga siendo un país bastante más libre y avanzado que los de Europa (pese a que el listón europeo no es que esté muy alto).


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