Posteado por: Javier | junio 15, 2014

La falacia del romanticismo

Uno de los elementos que más frustraciones personales así como crisis sentimentales y conyugales viene provocando desde hace algunas décadas es el de este dichoso mito del “amor romántico”, algo que en su día generó la indeseable costumbre de que las personas se casen únicamente por motivos sentimentaloides y sin tener en cuenta otras consideraciones o intereses.

Las ideas del “amor” (como lo entiende la mayoría de la gente) o el “romanticismo” no son más que humo generado normalmente por intereses comerciales muy lucrativos y variados que han creado todo un negocio del romanticismo y la idea estúpida de que alguien no está “completo” si no está emparejado con el “amor de su vida”. Aunque en todas las épocas siempre han surgido algunos iluminados del amor romántico, lo normal es que la gente se casara por motivos utilitarios e intereses mutuos o para tener una descendencia que heredase (matrimonios que normalmente solían ser más estables y felices que los “románticos”). La cultura comercial fue la que generalizó entre casi toda la sociedad el casarse por motivos “románticos”  “sentimentales”. Como la base de la relación pasó a ser el sentimentalismo y esto es algo intangible, para demostrar que dichos sentimientos son algo real la forma socialmente impuesta ha sido mediante la compra de bienes (desde lo más sencillo, flores, joyas, anillos, hasta coches o casas, lo que sea) en forma de regalos.

El concepto del “amor romántico” que es tan celebrado en los medios populares actualmente, era casi desconocido en la antigüedad. Hubo excepciones, pero el concepto de que el matrimonio debe involucrar la pasión y emoción y realización personal se desarrolló de forma relativamente reciente en la historia humana, no llegando a tener cierta popularidad hasta alrededor de finales del siglo XI, aunque el romanticismo como movimiento no surgiera hasta fines del XVIII.

A aquellos que no tenemos pareja (por suerte, se puede decir, puesto que para mí particularmente sería una incomodidad y un engorro), generalmente nos aburre y nos provoca bostezos ver a tanto pagafantas frustrado o deprimido porque no encuentra a lo que llaman “el amor de mi vida” o “mi media naranja”, o con otros nombres tan soberanamente cursis. Un hombre debe ser un hombre completo, tenga o no pareja, soltero o casado. Eso de “la media naranja”, o “a ver si encuentras tu media naranja” es una pamplina. Yo ni soy una naranja, ni doy zumo, ni estoy descuartizado o partido por la mitad, soy un hombre enterito de la cabeza a los pies; esa tontería viene de eso mismo: de la obsesión con que a alguien que no está casado o con compromiso le falta “algo”. Hace poco leí que en España una de las búsquedas más populares en Internet era “tengo 30 y tantos años y no tengo novia” o “estoy soltero”. Y a veces pienso: ¿seré yo un rarito que no me preocupa absolutamente nada de eso y sí, por ejemplo, si van a frenar a Vladimir Putin o si hay algún plan para reventar las factorías nucleares de Irán? Un tipo de más de 30 años que esté deprimido por ello tiene un serio problema en la vida.

UN INCISO (y aclaro que éste y el siguiente párrafos son sencillamente opiniones y observaciones mías personales e intransferibles): de todas formas, si aceptáis un consejo, pues eso lo he comprobado in situ, cuanto más distante y menos “desesperado” te vean por ellas, más atractivo resultas a las mujeres. El hombre realmente atractivo para las mujeres es el que pone sus intereses primero (profesionales, económicos, etc…) y no se muestra desesperado por ellas como si le fuera la vida en ello. Aunque reconozco que personalmente lo tengo muy fácil puesto que a mí prácticamente solo me gusta hablar de política, derecho, negocios o teología, y eso no le suele gustar a las mujeres. Los temas que a ellas les gustan normalmente son muy aburridos, la verdad sea dicha (vamos, que con una chica como que no te vas a poder poner a debatir, por ejemplo, sobre si constitucionalmente el presidente de EEUU tiene potestad para mandar un dron para eliminar a un hijo puta terrorista en Afganistán o Pakistán).

Y segunda observación (que me hace pensar más de una vez: “madre mía, yo no quiero acabar así”), lo que suelo ver en el día a día de los hombres casados y corrientes (en España, desde luego, es así): aquéllos que viven día a día en un trabajo que no les gusta, tratan de vivir un poco más por encima de sus posibilidades pagando letras y el fin de semana pasan su tiempo libre con “la parienta” dando vueltas por el centro comercial y el Carrefour mientras tira de un carrito de bebé. Se creen maduros, y dejado atrás el mundo de fantasía en el que vivían de jóvenes para centrarse en cosas más importantes tales como hipotecarse pagando una vivienda a pagar en 50 años, ver comedias románticas con su esposa en los multicines o ir de cena con otras parejas a ver fotos de sus últimas vacaciones. En resumen, el objetivo vital de este espécimen social – y el de la mayoría de los humanos que te rodean- es el procurar ser una continuación modernizada de su padre. Con el añadido de que ésta nueva versión, tras jubilarse al alcanzar los sesenta y pico de años, habiendo trabajado 14 horas diarias durante la mayor parte de su vida laboral, debe acabar sus últimos años con varios divorcios, pensiones alimenticias que afrontar y aparentando ser 10 años más viejo que su edad real.

Bien, al margen de esto, los románticos de este mundo suelen considerar como algo bajo o innoble casarse con alguien de quien no se esté “perdidamente enamorado” porque haya otros motivos o intereses que hagan conveniente o útil la unión. Sin embargo, el romanticismo y el “enamoramiento” que defienden se basan en emociones y en la idealización del otro, algo que es pasajero y se marchita en semanas, meses o años, pero inevitablemente ocurre puesto que los seres humanos no somos ángeles de luz, sino seres pecaminosos viviendo en un mundo caído. El “amor romántico” no tiene nada de elasticidad. Jamás puede ser estirado, simplemente se rompe. El autor británico C.S. Lewis escribió satíricamente sobre la obsesión con el romanticismo en nuestra cultura de esta forma: “Los humanos que no tienen el don de la abstinencia pueden ser desviados de buscar el matrimonio como la solución porque no se encuentran “enamorados” y, gracias a nosotros, la idea de casarse con cualquier otro motivo les parece baja y cínica”.

A esto habría que añadir el carácter anti-Cristiano del romanticismo desde sus mismos orígenes como movimiento, un intento de recrear un hombre virtuoso sin Dios, algo que, evidentemente, desde sus orígenes, aunque se manifestase en otros campos de la vida, iba a impregnar a las relaciones matrmoniales. Mediante el romanticismo, Dios era apartado del matrimonio, siendo sustituido por las “emociones” y “sentimientos” de los “enamorados”.

Un entendimiento claro y una definición precisa del romanticismo son posibles únicamente en términos de su base espiritual. El romanticismo existe en una gama desconcertante de manifestaciones, no solo las relativas al matrimonio, como he dicho. Si enfocamos nuestra atención en las manifestaciones e ignoramos la motivación espiritual que los fundamenta, no seremos capaces de comprender el significado real del romanticismo.

Para entender el significado del romanticismo necesitamos saber cómo es que uno de sus principales promotores, Jean Jacques Rousseau, respondió a fines del siglo XVIII al movimiento conocido como Iluminismo. A diferencia del Protestantismo, que se sublevó contra las distorsiones del Cristianismo tratando de recobrar el Cristianismo Bíblico, el Iluminismo rechazó al Cristianismo real lo mismo que el Cristianismo distorsionado y desarrolló una filosofía de materialismo mecanicista en el que Dios estaba o totalmente ausente o, en el mejor de los casos, se le asignaba un rol mínimo.

Rousseau también rechazó el Cristianismo y aceptó la filosofía del Iluminismo, pero quería evitar las consecuencias de haber hecho eso. Es decir, Rousseau no quería un mundo poblado por desencantados sin rumbo y no deseaba un mundo carente de poesía, de propósito y de amor. Rousseau rechazó el Cristianismo y a Dios pero no podía aceptar un estado en el que no existe religión del todo. De manera que inventó su propia religión y esa religión fue el romanticismo, que buscaba reinyectarle a la vida la religiosidad que el Iluminismo había suprimido.

Es decir, Rousseau pensaba, como los filósofos iluministas, que lo único real que hay en el mundo es materia en movimiento. Lo que a Rousseau no le gustaba de este modelo de pensamiento es que no hubiese nada sublime con respecto a la realidad, con lo que se convirtió en un impulsor del movimiento romántico con el objeto de crear algo sublime, producido por la imaginación poética a medida que esta establecía metas nobles que los hombres debían esforzarse por alcanzar. Rousseau reconoció que los hombres eran naturalmente egoístas, pero no aceptó la doctrina Cristiana del pecado, la redención y la salvación. El Iluminismo había destruido la creencia en la realidad de un mundo trascendente eterno. Rousseau trató de recrear un mundo trascendente alternativo a través de la imaginación.

Quizá el mejor ejemplo, y el más utilizado por el mismo Rousseau para ilustrar este punto es, como he venido diciendo desde el principio, su visión romántica del sexo y el matrimonio. Rousseau quería hacer a un lado a Dios y los mandamientos Bíblicos, y aún así también quería preservar el carácter sagrado de la sexualidad, el amor marital y la fidelidad, así como el carácter de los roles hombre-mujer dentro del matrimonio. Algunos de los primeros ideales del romanticismo, como este, fueron tomados prestados del Cristianismo. Sin embargo, fueron escogidos, no porque estuviesen autorizados por Dios, sino porque les eran convenientes a la persona que los escogiera. El romanticismo en su estado posterior decadente se alejó de este ideal del sexo, el amor y el matrimonio.

Para entender realmente el romanticismo es necesario entenderlo, como lo hizo Rousseau, como una religión que busca sustituir al Cristianismo. Rousseau quería algunos de los frutos del Cristianismo, pero no su Raíz, Jesucristo. Él no quería ser una rama injertada en la Viña Verdadera. Más bien, él quería que él mismo y su movimiento romántico fueran la viña, creyendo que podrían traer fruto sin permanecer en Cristo. Rousseau se miraba a sí mismo como un rival de Jesús y sus escritos como rivales de la Biblia. Rousseau quería una religión “natural”, es decir, accesible a todos los hombres que usaran sus propias facultades naturales sin ayuda de la revelación bíblica. El “Dios” de Rousseau no es el Dios vivo que existe por sí mismo revelado en la Biblia, sino un Dios creado por la razón humana.

En el siglo XVII, Blaise Pascal había dicho, basándose en su fe Cristiana, que el aburrimiento era el resultado de una vida vivida sin Dios. Pero los románticos atribuían el aburrimiento a la vida ordinaria de todos los días, y buscaban alivio de este aburrimiento en excitantes dramas poblados de personajes dispuestos a morir por una causa noble o por sus seres amados. El problema es que somos seres tremendamente depravados y pecaminosos, con lo que, ante cualquier búsqueda de la virtud por nosotros mismos el desastre está anunciado de antemano, y ocurrió lo que había de ocurrir: a medida que progresaba el movimiento romántico, el aburrimiento de la vida diaria llegó a ser identificado con la moralidad, así que eventualmente se creyó que lo bueno por hacer, lo excitante, era sublevarse contra la moralidad. En resumen, la persona excitante, la persona interesante, se había convertido en la persona inmoral.

En la religión del romanticismo uno se vuelve una persona hastiada y desesperanzada si no tiene una devoción dramática por un amante o hacia una causa noble. En esta religión romántica se considera como heroico que uno haga lo que sea para conseguir su “verdadero amor” a cualquier costo, incluso si esto requiere violar la moralidad. Por ejemplo, cometiendo adulterio, como hizo la protagonista de la novela “Madame Bovary”, del famoso autor romántico, Gustave Flaubert. Emma Bovary pensaba que su hastío era causado por la ausencia de un hombre, no por la ausencia de Dios. En no pocas obras literarias, musicales y cinematográficas románticas el adulterio es presentado como algo incluso “noble” si quien lo comete lo hace por haber conocido al “amor de su vida”.

Ahora, con seguridad, hay realmente una crisis en la sociedad. Pero los escritores como Flaubert no tienen respuesta para ello, no tienen ningún ejemplo positivo de qué hacer al respecto. Todo lo que pueden hacer es condenar a la sociedad moderna por sus fracasos, no saben de ninguna alternativa con la cual reemplazarla. Y no solamente estos románticos posteriores terminan sin ninguna respuesta, puesto que incluso debilitan el ideal de la fidelidad marital, con el que Rousseau comenzó el movimiento romántico. En realidad, a medida que el romanticismo se desarrollaba, se degeneró en una decadencia cada vez más sexual.

 Ello porque, aunque el romanticismo glorificaba la imaginación artística, a medida que se desarrollaba, parecía cada vez menos capaz de imaginar cómo sería verdaderamente una “buena persona”, un verdadero héroe. Por tanto, comenzó a convertir cada vez más en héroes a los criminales y a gente inmoral, preparando de esta manera el camino para su sustitución por la escena estética corrompida del siglo XX. Pero incluso cuando el romanticismo se hallaba en el auge de sus inicios, lo mejor que sus escritores podían hacer era mirar hacia atrás en la historia y sacar lo mejor de sus héroes. Es decir, ellos mismos no podían hacer una contribución original a la historia ni podían, en sus propias vidas, imitar a estos héroes como los santos de todos los tiempos imitaban a Jesús. Los humanistas, en general, han consumido todo el capital acumulado durante el pasado Cristiano.

Por eso ahora es tan popular el deconstruccionismo: la vida cultural contemporánea solamente puede desmantelar, no puede construir o reconstruir.


Responses

  1. Hola Javier:

    Leyendo su artículo pienso en dos extremos separados Ley y Gracia, pero Dios por medio de Jesucristo los junta en forma tan armónica que la paz, la claridad y una pasión por vivir se va anidando en el corazón del hombre.

    Quienes pensaban en matrimonios infundados en lo utilitario son como si fueran la ley sola, dura, marchita, seca, por fuera rectitud y por dentro miseria, frialdad.

    ¿Por qué Dios estableció el matrimonio entre un sólo hombre y una sola mujer? ¿No sería más útil uno entre un hombre y varias mujeres o tres hombre y tres mujeres (intercambiándose)? habría más hijos en este segundo que en el monógamo.

    ¿Por qué Dios estableció que quiera ganarse el pan trabaje en algo lícito? pero ¿No sería más útil casarse con una persona que cobrara sobornos, bajo la fachada de una profesión respetable? o que trabaje honestamente pero incluso los domingos y llegando a la casa sólo para dormir? ganaría más dinero, sería más útil para la economía familiar que un médico de área rural con poco sueldo.

    Y quienes piensan en matrimonios o simples relaciones basadas sólo en lo que sienten, son como una versión barata de la gracia, viven en un constante espejismo, creen que viven con pasión, pero sólo son arrastrados por sensaciones que así como aparecen se van y como una droga necesitan más y más para sentirse satisfechos.

    La atracción puede hacer que una persona parezca lo mejor de lo mejor, pero tal vez sea un golpeador de mujeres o una mujer materialista.

    Sólo una profunda pasión por Dios nos puede alejar a todos del cinismo y el sentimentalismo, ambas máscaras para crear una caricatura de hombre.

    Saludos después de tiempo!

    Claudia

    Pd,: Es un tema muy bueno el que plantea hoy, espero haber sido clara con mi punto de vista.

  2. Interesante artículo.

    El susodicho me recuerda a un trabajo que salió hace relativamente poco que decía que el enamoramiento es un estado de enajenación mental, como una psicosis, que dura 4 años aproximadamente. Lo suscribo bastante porque anda que no es cantoso cuando en una pareja se dicen aquello de “eres el/la chico/a más guapo/a del mundo” siendo el receptor del mensaje alguien feo. Aclarar que no soy precisamente un prototipo de belleza masculina, pero bueno, eso es otra historia.

    Intenta dársele (creo) un aura de magia y grandiosidad al amor romántico cuando no es más que la actuación de determinados neurotransmisores en ciertas regiones del encéfalo, ni más ni menos. Y anda que no hay tipos de amor: storge, agape, etc…

    Lo de la media naranja creo que estaba relacionado con el mito griego de que antes éramos esferas y, por desafío a los dioses del Olimpo, se nos dividió por la mitad y, desde ese momento, estamos buscando “nuestra mitad”.

    Lo cierto es que desde siempre se nos intenta presentar el tener pareja como una gran aspiración y algo primordial y necesario en la vida cuando las mejores relaciones de pareja son, en general, aquellas en las que no hay dependencia del otro. Fiestas como el San Valentín (fiesta de las Lupercales romanas en realidad, ojito) son muestra de ello; o se toma la obra de Shakespeare “Romeo y Julieta” como ejemplo de amor romántico real e inmortal, cuando no tiene precisamente un final feliz.

    Me hizo gracia una noticia que salió hace tiempo: hace unos años salió una moda que era de unos anillos que eran para indicar que uno estaba soltero (del mismo modo que un anillo de compromiso o una alianza).

    Como conclusión, me gustaría decir que creo que independientemente de que una persona tenga pareja o no, hay que cultivarse, tener unos valores que aporten productividad y positividad al mundo y buscar tanto la prosperidad propia como las de los allegados.

    Saludos.

  3. Claudia:

    Me ha gustado mucho su comentario y no tengo demasiado que añadir.

    El problema es el que apunta. Las filosofías humanistas pueden ser muy bienintencionadas pero siempre fracasan pues son una búsqueda y un deseo de los frutos, pero desechando la fuente de la gracia: Jesucristo. Pretenden convertir a hombres y mujeres débiles y pecaminosos en la fuente de esa gracia.

    GAP:

    El San Valentín, ahora que lo menciona, es una más de las fiestas que allá por el siglo IV la Iglesia Católica superpuso sobre una festividad pagana, todo basado, por supuesto, en mitos y leyendas, bastante obvio siendo una iglesia que de siempre ha jugado muchísimo con la ignorancia y la superstición, en este caso la historia mitológica de un tal Valentín que supuestamente había sido un mártir después de casar a muchos soldados romanos jóvenes pese a la prohibición imperial de que los soldados contrajesen matrimonio:

    http://rcg.org/es/articulos/ttbsvd-es.html

    A mí me parece una soberana estupidez, eso sí, muy bien sostenida por el sector comercial, en la que algunos siguen gastando dinero como unos tontos para celebrar ese día.

    Por lo demás, me alegra que coincidamos en que alguien, se case o no, no debe dejar de desarrollarse y cultivarse personalmente. La verdad es que me molesta mucho ver a tanto calzonazos que parece que tiene la mente como abducida.

    Saludos a ambos.


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