Posteado por: Javier | octubre 18, 2014

¿La Constitución americana? Queda bien en un museo

La idea de republicar esta entrada de Liberalismo Democrático me ha venido a la mente a partir de una interesante discusión en el hilo sobre la conquista española de América acerca del marketing que han sabido hacer los anglosajones de sus hitos históricos, en comparación con el lamentable que hemos hecho los españoles de los mismos logros.

Por ello, aunque puse el enlace a este artículo hace un par de semanas, me ha parecido de interés traerlo íntegramente aquí, puesto que trata sobre un documento como la Constitución americana, excesivamente mitificado y elevado a los altares sobre todo por los liberales en España, sin entrar en otras consideraciones ni análisis.

Es lo que ocurre con la veneración casi reverencial hacia todo lo useño que impregna al liberalismo en España, como si esto hubiera siendo un páramo desértico en el que no hubieran aflorado en absoluto ideas liberales, cuando ni mucho menos es así. El liberalismo como una fuerza de progreso, de fraternidad entre los pueblos y justicia nació y se forjó en España.

¿La Constitución americana? Pues sí, para su momento fue un avance con respecto a lo que anteriormente había en el resto del mundo, pero en la práctica era “la libertad es para mí, pero no para mis esclavos” (fundadores como George Washington y Thomas Jefferson eran propietarios de esclavos negros) y “nosotros los grandes propietarios debemos tener la sartén por el mango, por el bien del populacho ignorante que no sabe gobernarse a sí mismo”.

Por cierto, aún está pendiente la continuación y conclusión de las entradas sobre la Constitución de Cádiz de 1812, y lo sé. La menciono porque, incluso si nos da por el misticismo, bueno, podríamos crearlo mejor con la constitución gaditana, que, al fin y al cabo, en algunos aspectos era incluso más liberal y progresista para su tiempo que la useña, salvo en cuestiones como la libertad confesional. Pese a que no haya que obviar que en la elaboración de la misma también se marcó diferencias entre los españoles en cuanto a la participación política. La Instrucción que debía observarse para la elección de los Diputados para las Cortes constituyentes, aprobada el 1 de enero de 1810, en su artículo 12 aludía a la conveniencia de que los futuros diputados fuesen propietarios, al recomendar a los electores que, con el fin de reducir las dietas y ayudas que la norma otorgaba a los diputados electos, procurasen elegir a “aquellas personas que, además de las prendas y calidades necesarias para desempeñar tan importante cargo, tengan facultades suficientes para servirle a su costa”, de manera que se estaba recomendando elegir a diputados con bienes propios o renta suficiente, mediante un sufragio universal masculino indirecto, a través de varios filtros electorales que limitaban mucho la posibilidad de ser electo.

Pero lo interesante, sobre todo, es su espíritu reformista y de progreso. Por eso digo, que, puestos a mitificar, mitifiquemos mejor “La Pepa”.

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Hace unos días estuve paseándome por los campuses universitarios de la ciudad de Nueva York. Entre los contrastes que siempre noto entre las distintas culturas, hay un sentido retorcido con respecto a nuestras constituciones. En EEUU realmente tienen una reverencia increíble, mística, casi fanática, por su Constitución federal. En España, al contrario, lo más típico es pensar que todo lo de fuera (especialmente si es “anglo” es mejor) y que todo lo “nuestro” es malo o de inferior calidad. Es uno de nuestros grandes fallos y yo mismo a veces he caído en errores parecidos. Lo que pasa es que cuando se tiene mucho tiempo, y ahora dispongo de bastante tiempo para observar al no estar impartiendo ninguna asignatura, uno puede analizar de verdad cómo es un país o una cultura. Me he dado cuenta que gran parte del fanatismo detrás de la Constitución americana se debe al misticismo, al buen éxito de una combinación de marketing sin paralelos y también mentalidad. La actitud del estadounidense medio es bastante más mística que la nuestra. Como país, suelen ser más idealistas.

Yo no soy un hombre ni idealista ni místico. Lo que me interesa es la democracia y la libertad bien entendida (lo cual también implica entender bien la represión de determinadas conductas). Por eso, después de ser coherente con esos ideales, no tengo muchas cosas buenas que decir sobre la Constitución federal americana si la ponemos en un marco global de las cosas.

Se decía que las convulsiones mundiales después de la Iª Guerra Mundial provocaron grandes avances en el campo de los derechos laborales.

Bueno, eso es cierto en casi todos los países occidentales menos los Estados Unidos.

Mientras que las huelgas generales estaban provocando pánico entre las élites europedas, forzándoles a ofrecer enormes concesiones a sus clases obreras, aquí en EEUU la administración del Presidente Wilson estaba rápidamente privatizando la economía y desmantelando todas las leyes laborales posibles. En reacción a todo eso, el gran juez Felix Frankfurter escribió que “EEUU es el país más reaccionario del mundo”. Cuando el imperio sin impedimentos de los plutócratas fue sostenido por la presidencia de Calvin Coolidge seis años después, se pudo comprobar que Frankfurter tenía razón. Estados Unidos no es un país para el radicalismo. Probablemente, es el país más conservador en el mundo occidental. Pero, ¿por qué? Había muchas teorías. Los autores patricios del “New York Times” pensaron muchísimo sobre este tema y el día de la Constitución en 1921, aportaron una explicación posible: “Si los americanos están demostrando ser tan conservadores en un mundo tan turbulento, la razón principal reside en nuestra Constitución federal”. La Constitución, afirmaron esos autores, “hace que los americanos se sientan seguros en sus derechos individuales como ciudadanos cuando éstos se ven amenazados por las ráfagas del sentimiento popular.

Estas “peligrosas” ráfagas son precisamente lo que otras sociedades, ajenas a la jerga constitucional norteamericana llaman “la voluntad democrática”. Era de esperar que un documento redactado por una camarilla de terratenientes aristocráticos ingleses, abiertamente contrarios a la “democracia” y con una sensación de pánico contra lo que veían como “las turbas” en Francia, buscaran limitar la soberanía popular hasta el punto de estrangularla. Por eso, con una inteligencia política sin precedentes y sutilmente, forjaron un sistema que dificultara enormemente para el electorado efectuar cambios en la política nacional mediante actos colectivos o voluntad política. El senado americano es una monstruosidad antidemocrática – el 84% de la población puede ser silenciada/vetada por el 16% de los que viven en los estados rurales más pequeños.

Aprobar cualquier legislación requiere la aprobación de tres entidades distintas: la presidencia, la Cámara de representantes y el Senado – los votantes están vetados de la oportunidad de elegir una sola vez, con 2/3 del Senado en sus escaños después de cada elección. El sistema entero está congelado por un proceso de enmiendas casi cómico por su gran complejidad. Eso, por no hablar de las elecciones presidenciales que tardan días y dependen en realidad de unos estados “swing” (clave) que pueden variar sus votos de la noche a la mañana. Mientras que países como Francia o España pueden cambiar su constitución en cualquier momento contando con 3/5 del Congreso y en Reino Unido se puede convocar un referéndum sobre la ley electoral sin mayor complicación. Para enmendar la Constitución americana, hace falta no menos que 39 poderes legislativos distintos aprueben el cambio. Como se pueden imaginar, la dificultad de hacer eso es tremenda. La Constitución americana no se redactó jamás con el fin de perfeccionar la democracia sino más bien limitarla. Eso es lógico si tomamos en cuenta los intereses de aquellos terratenientes en una sociedad/colonia agraria. Mucha gente se deja llevar por la mitología de la “revolución americana” pero ni de lejos fue una revolución tal y como se entiende normalmente. Revolución fue lo de Francia. Lo de aquí más bien fue la reacción de unos señores privilegiados que se cansaron de pagar impuestos a la “madre patria”. No es lo mismo, no.

Durante una época breve de la historia estadounidense, estas verdades se reconocían. Durante la interesantísima época progresista de EEUU, no pocos republicanos (especialmente la base pero también líderes) afirmaban que la Constitución americana era una amenaza hacia los gobiernos democráticos y un buen número de intelectuales progresistas como el liberal protestante Charles A. Beard, y el historiador Carl Becker, entre muchos otros, reconocieron los límites reaccionarios del documento y en algunas ocasiones pidieron una nueva constitución para su país. Algunos diseñaron propuestas muy interesantes – por ejemplo, poner la Const. federal bajo control popular, porque el pueblo americano no tenía control realmente sonre su ley fundamental. La consecuencia es que las instituciones americanas no reflejan la voluntad popular. En realidad representan otras fuerzas sobre las que el pueblo americano no tiene ningún control realmente. Así es como lo querían no pocos fundadores.

Desafortunadamente ninguna de esas propuestas llegaron a debatirse seriamente.

Durante los años 20 y 30 del pasado siglo, el fanatismo constitucional asumió un papel mucho más central en la cultura americana por primera vez en la historia. Eso fue gracias al florecimiento de organizaciones partidistas intensamente fanáticas, sectarias, que promovían algo que se llamaba “patriotismo constitucional” como antídoto contra los temidos y malvados archienemigos para ellos, “el centralismo federal y el socialismo”. Señores, ahí nació lo que ya conocemos como “think tank” y que por desgracia existe hoy en día también en España, en asociaciones tales como el Instituto Juan de Mariana, CATO, Instituto Mises y otros parecidos. La retórica de las asociaciones de aquella época no se distingue en nada a la actual. Todas hablaban de “proteger la constitución contra el asalto socialista y darle caña a la izquierda”. Presionaron a los distritos de los colegios públicos a glorificar el pergamino sagrado. Todo esto, yo diría, es la versión americana del populismo nacionalista antidemocrático europeo que se gestaba en la misma época. El “Tea Party” de hoy, con su manía fanática por el constitucionalismo, es el heredero directo de esta tradición ultra que promueve la Constitución de los padres fundadores como baluarte contra lo que perciben y llaman “aventurismo democrático”. Por eso hoy en día los republicanos en el Congreso tienen la costumbre de leer la Constitución con método ritual y tienen una nueva norma: deben citar qué autoridad específicamente constitucional tienen para cada ley aprobada. Al igual que las ligas o frente común antirepublicano en la Alemania Weimar, el constitucionalismo fanático del tea party originó en los años 20 como reacción contra los movimientos obreros que habían surgido para rehacer el estado y convertirlo en un instrumento democrático de aspiraciones populares – algo que todo liberal debería apoyar. No se puede ser liberal y ser reaccionario. El que piense lo contrario realmente no ha estudiado la historia.

Claro, para nosotros es fácil burlarnos de ese fetichismo de los extremistas hacia la Constitución, especialmente cuando vemos que los protagonistas son gente tan patética como Glenn Beck, César Vidal, Jiménez Losantos, o Sean Hannity, o la racista extremista Ann Coulter. No, no, os prometo que la mujer existe y no es ninguna broma – hay gente así en EEUU.

En una sociedad culta e ilustrada, los libros de gente como César Vidal estarían acumulando polvo y fuera del mercado. Ninguna librería seria los vendería. Estos friki fanáticos han podido contar con un marketing muy bueno, financiado por intereses poderosos principalmente con origen estadounidense. Otra narrativa popular en EEUU es la de un extremista que se llamaba Cleon Skousen. Según Skousen, los padres fundadores se inspiraron en los antiguos anglo-sajones y esos fueron inspirados por los “israelitas de la Biblia”. Todos al parecer creían en el gobierno limitado y por eso, siempre según Skousen, EEUU había progresado muchísimo en 100 años que todo el mundo en miles de años. Pero todo se fue al infierno a partir del siglo XX, cuando esos satánicos sociatas y republicanos progresistas atacaron la Constitución y el Presidente Wilson aceptó el plan satánico, encaminando el país hacia “la servidumbre” que todos conocemos representa la peor pesadilla para los libegales: el salario mínimo, la Reserva Federal (Banco Central), parques nacionales, seguro médico público, pensiones públicas, seguridad social. Todas esas cosas, insistía Skousen, eran inconstitucionales.

Todo esto es una gilipollez, por supuesto. Lo que es igualmente lamentable es, sobre todo teniendo en cuenta nuestros avances como sociedad humana, es el retorno de estos excéntricos “constitucionalistas” y el hecho de que ha generado otro género entero de comentaristas liberales ansiosos de rescatar el documento de las garras de estos reaccionarios tan zafios. Pero claro, los liberales en Estados Unidos suelen ser demasiado generosos. Uno de los artículos de fe que manejan es este: “Hombre Alfredo. Es verdad que los señores del Tea Party son reaccionarios, pero ellos simplemente no entienden bien la Constitución del país ni las intenciones de los fundadores”. Están bajo la ilusión de que la Constitución realmente es un documento democrático y favorable al progreso. Hablan de que la Constitución siempre cambia, que es un documento “vivo”. Sea lo que sea, nunca echan tierra sobre la constitución. Nunca la tratan con la crítica honrada y superior que sí tienen los liberales más avanzados y comprometidos con el progreso democrático. He leído de todo sobre la Constitución por parte de comentaristas liberales en EEUU. “Es nuestra religión civil”, un documento “genial que mantiene el equilibrio”, dicen otros. Todo eso suena muy bonito, pero desgraciadamente la Const. americana es mucho más que eso: es una carta blanca para la plutocracia.

Me resulta inaceptable ver como gente supuestamente “liberal”, aunque lo hagan con la mente abierta y dialogando, todavía son tan masoquistas para aceptar una ortodoxia establecida que subordina la voluntad popular a un dictado inalterable, dictado por un consejo antiguo de legisladores aristocráticos y casi endiosados. En estos momentos de grave crisis económica-social, nadie debe olvidar que “abolir las deudas” y oponerse al papel moneda fue específicamente mencionado en el Federalista, número 10 por James Madison. No te criticaría, estimado lector, si pensaras que James Madison era miembro destacado del Mises Institute o del Juan de Mariana en España, si fuera español.

Ya va siendo hora de dejarse de tantos misticismos y hablar de los problemas de la humanidad.


Responses

  1. Gracias por la republicación.

    En efecto, la idea de un “liberalismo como una fuerza de progreso, de fraternidad entre los pueblos y justicia nació y se forjó en España.”

    Hay que distinguir entre el liberalismo anglosajón de EEUU, que fue una guerra realmente separatista o guerra civil mejor dicho, entre ingleses por cuestiones principalmente económicas (terratenientes que no querían pagar impuestos), del liberalismo español y el que se forjó en la América hispana con la figura de Simón Bolívar. No es que me guste el independentismo de Bolívar, pero es indudable que bebió de fuentes liberales españolas y debe servir como referente liberal en el contexto americano (yo diría más que Washington o Jefferson obviamente, pues estos tenían esclavos y en nada se parecían a Bolívar en cuanto a muchas cuestiones. Fíjese si Bolívar era interesante que tenía la idea de unir a todos los pueblos hispanoamericanos, algo que por supuesto no quería un Washington (que jamás tuvo una idea pan-americana de las cosas).

    Tema Cádiz: ¡Vaya! Leí su excelente artículo sobre la ciudad en sí misma pero al final nunca me dio tiempo para comentar. Fue excelente su descripción y es exáctamente como la veo yo desde mi experiencia las veces que he estado. Me encanta ese clima y modelo de ciudad.

    “Pero lo interesante, sobre todo, es su espíritu reformista y de progreso. Por eso digo, que, puestos a mitificar, mitifiquemos mejor “La Pepa”.

    Exacto. Nosotros no necesitamos ningún modelo de fuera ni somos un país “menos” en esta cuestión del liberalismo. Otra cosa es su desarrollo posterior y demás, pero ya eso se debe a otros factores desgraciados en nuestra historia nacional.

    Saludos

  2. Buenas tardes:

    “Hay que distinguir entre el liberalismo anglosajón de EEUU, que fue una guerra realmente separatista o guerra civil mejor dicho, entre ingleses por cuestiones principalmente económicas (terratenientes que no querían pagar impuestos), del liberalismo español y el que se forjó en la América hispana con la figura de Simón Bolívar. No es que me guste el independentismo de Bolívar, pero es indudable que bebió de fuentes liberales españolas y debe servir como referente liberal en el contexto americano (yo diría más que Washington o Jefferson obviamente, pues estos tenían esclavos y en nada se parecían a Bolívar en cuanto a muchas cuestiones. Fíjese si Bolívar era interesante que tenía la idea de unir a todos los pueblos hispanoamericanos, algo que por supuesto no quería un Washington (que jamás tuvo una idea pan-americana de las cosas)”.

    Respecto a la cuestión de la “revolución” americana hasta tal punto fue una guerra por intereses particulares concretos de unos pocos que no fue nada fácil que el movimiento tuviese apoyo popular. Los partidarios de la independencia tuvieron que hacer muchísima propaganda entre la población sobre los agravios que la Corona Británica habría cometido con las colonias, y, por su parte, a los ingleses no les fue nada fácil reclutar a mucha gente con ganas de ir a combatir a miles de kilómetros de distancia de la metrópoli contra aquellos a quienes consideraban plenamente sus compatriotas. Por algo Jorge III tuvo que recurrir a 30.000 mercenarios alemanes. En las propias colonias, la cuarta parte de los americanos no estaba a favor de la independencia y hubo momentos en que fue una suerte de guerra civil entre norteamericanos independentistas y norteamericanos lealistas. En ciudades como Nueva York o en Pennsilvania el independentismo no tenía casi apoyo.

    De hecho, es muy probable que si Gran Bretaña se hubiese avenido a las demandas de que fueran las colonias las que aprobasen y regulasen sus propios impuestos puede que la independencia no se hubiese llegado a producir y que esas tierras tuviesen hoy una relación con la metrópoli como las que tienen los países de la Commonwealth. Los líderes norteamericanos eran tan aristocráticos como los británicos y tenían exactamente la misma idea de que el poder debía estar en manos de las grandes familias y de los grandes propietarios, les producía exactamente la misma inquietud la democracia como la entendían ellos: gobierno del “populacho”. Por eso, cuando los británicos no aceptaron sus demandas, tuvieron que recurrir a gente más radical y demagoga, tipo Samuel Adams o James Otis, para que hicieran propaganda y azuzaran el independentismo entre el pueblo americano más “llano”.

    Por cierto, aunque no sea el tema. No sé porqué, pero esto último me recuerda a algo. Quizás al proceder de las oligarquías en Cataluña.

    “Tema Cádiz: ¡Vaya! Leí su excelente artículo sobre la ciudad en sí misma pero al final nunca me dio tiempo para comentar. Fue excelente su descripción y es exáctamente como la veo yo desde mi experiencia las veces que he estado. Me encanta ese clima y modelo de ciudad”.

    El microclima gaditano es lo mejor. Por otras partes del centro o el sur de España te puedes estar tostando vivo en verano, pero allí desde la primavera hasta el otoño siempre hay una temperatura muy agradable y en su punto justo, sin pasar casi nunca de los 30º, mucho sol, mucho mar por todas partes, palmeritas, un estilo de vida muy relajado y sin estrés, etc. Eso ayuda mucho, teniendo en cuenta que la tasa de desempleo en Cádiz es alta, pero se ve que, en general (y como siempre, hay y habrá casos extremos de gente que sufra mucho eso), los gaditanos capean eso más o menos bien por su carácter y su forma de ver la vida. Estar en paro es malo en Cádiz, en Alemania, en Reino Unido, en EEUU o en la China, pero está claro que el concepto que tenga la gente sobre la felicidad ayuda mucho. Cádiz, en todo caso, tuvo una época más oscura cuando perdió el comercio con las Américas, y después con la Guerra Civil y el franquismo, pero, al menos, cuando terminó la dictadura recuperó ese talante de ser una de las ciudades más liberales de España.

    “Exacto. Nosotros no necesitamos ningún modelo de fuera ni somos un país “menos” en esta cuestión del liberalismo. Otra cosa es su desarrollo posterior y demás, pero ya eso se debe a otros factores desgraciados en nuestra historia nacional”.

    En España el problema no es que no haya habido buenas ideas, sino los auténticos bellacos que han dirigido el país a lo largo de su historia. Si en lugar de tener a un felón como Fernando VII, en aquella época se hubiera respetado la constitución y hubiera tenido vigencia, quién sabe si la historia hubiera sido muy distinta. Lo ideal hubiese sido que se hubiese desarrollado ese liberalismo hispano tanto en la península como en las tierras de América, y que éstas hubiesen seguido unidas a España, claro, puesto que de hecho eran tan parte del país como podía serlo Madrid, Castilla o Aragón.

    Saludos.

  3. No tengo nada en contra de la unidad con sudamericanos ni de que vengan a España, lo único que me preocupa un poco es el auge de la Iglesia Evangelica que viene con ellos, iglesia que tiene como creencia y dogma todo lo que diga y mande Israel. Las iglesias me dan igual, soy ateo pero las respeto, sólo es que me inquieta un poco eso, la influencia que tiene Israel en esa iglesia que siguen muchos de los sudamericanos.

  4. A ver, Adolfo, que me parece que está un poco confuso:

    No sé muy bien si habla de una iglesia evangélica en particular que traen los sudamericanos o que cree que hay muchos de ellos que forman parte de una llamada “Iglesia Evangélica”.

    Si es lo segundo, no, no hay ninguna iglesia que se llame “Iglesia Evangélica”. Sí hay muchísimas iglesias evangélicas muy distintas entre sí (demasiadas para mi gusto) con muchas denominaciones, normalmente en Sudamérica están teniendo mucho éxito las llamadas de tipo pentecostal o carismático.

    Entre todas las clases tan distintas de evangélicos, sí hay algunos de ellos que son evangélicos “pro-Israel” o “evangélicos sionistas”, pero de esos hay muy pocos en Hispanoamérica, la “salsa” de ese movimiento está casi toda en los EEUU, y que sí se guían mucho por la política israelí. Por tanto, el problema, de haberlo, sería si hubiera inmigración de estadounidenses, que no es el caso.

    Las iglesias evangélicas no tienen por creencias lo que diga Israel, tienen (o deberían tener) por creencia lo que diga la Biblia. Desgraciadamente, actualmente en muchos casos no es así, pero eso es otro tema.

    Saludos y espero haber aclarado.


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