Posteado por: Javier | noviembre 30, 2014

Por aquí, los monopolios no nos van

En el mundo de las finanzas y las megampresas multinacionales, para algunos, conseguir amasar una gran fortuna puede ser un problemón. Las leyes de la sana competencia afirman que, supuestamente, los beneficios (más allá de la rentabilidad normal del capital) tienden a reducirse a cero, y muy deprisa. Pero, si los beneficios son cero, ¿cómo puede juntarse una cantidad astronómica de pasta?

La respuesta es encontrar nichos en el mercado donde no exista competencia o ésta sea mínima. El problema es que, cuando se alcanza el éxito en estos nichos, eso hace que entren nuevos competidores y que los beneficios vuelvan a desaparecer rápidamente. La verdadera clave para el éxito ha pasado a convertirse en asegurarse de que nunca habrá competencia, o, al menos, que no la habrá durante el tiempo suficiente como para forrarse mientras tanto.

¿Y qué mejor manera de conseguir un monopolio de este tipo que lograr que el gobierno te conceda uno?

De una forma u otra, hay y ha habido muchas formas de otorgar monopolios a lo largo de la historia.

Entre el siglo XVII y el siglo XIX los británicos le concedieron a la Compañía de las Indias Orientales el monopolio del comercio con la India. Hay otras formas de obtener monopolios con el beneplácito del gobierno. Actualmente, las patentes le dan al inventor un monopolio sobre esa innovación durante un tiempo, pero los cambios de la legislación sobre patentes pueden ampliar el plazo de la patente, reducir la entrada de nuevas empresas e incrementar el poder monopolista. Muchas leyes sobre patentes lo que hacen no es incentivar la innovación, sino consolidar situaciones monopolísticas. Aparte de esto, hay otras posibilidades para impedir o dificultar al extremo que entren nuevos competidores a tu nicho de mercado, como mantener un exceso de capacidad, de forma que la empresa que entra sabe que el competidor que ya está en ese mercado puede aumentar la producción, bajando los precios hasta un nivel que haría que la entrada dejara de ser rentable, como hacían los gremios en la Edad Media o como hacen hoy días compañías como Microsoft. Los tiempos cambian, pero las prácticas monopolísticas, no.

Situaciones como estas en que los gobiernos favorecen la formación de monopolios son sumamente indeseables para quienes defendemos un capitalismo liberal con equidad, bien regulado y en el que exista una sana competencia bajo la ley entre los actores de la actividad económica, que no existan monopolios. La cuestión no es tanto “público o privado”, como si una u otra cosa fuera un tabú, sino eficiente y competitivo. Muchas privatizaciones de empresas públicas que prestaban su servicio en régimen de monopolio simplemente lo que han pasado es a colocar estos monopolios en manos privadas (algo muchísimo peor que un monopolio público en democracia, pues al menos en este caso estaría sujeto a controles públicos de transparencia).

A principios del siglo XX, había una gran preocupación por los monopolios que constituían la base de muchas de las fortunas de aquella época, como la de Rockefeller, de forma que durante la presidencia de Theodore Roosevelt (un gran liberal y gran enemigo de los grupos monopolístas), en EEUU se dictaron muchas leyes para trocear dichos monopolios y evitar algunas de esas prácticas. A lo largo de los años siguientes, se deshicieron muchos monopolios en la industria del petróleo, en la industria tabacalera y en muchas otras. En 1890, el Congreso aprobó la Ley Sherman Antimonopolio, y su aplicación se aceleró en el siglo XX. En 1911, el Tribunal Supremo ordenó la disolución de la Standard Oil Company y de la American Tobacco Company, lo que acabó con los dos poderosos monopolios industriales. En 1984, el tribunal desmembró el monopolio de AT&T.

Sin embargo, hoy día se confunde “liberalismo” con terminar defendiendo el monopolio de Microsoft y otros gigantes o las desregulaciones que permiten a estas macroempresas arrasar con cualquier atisbo de libre competencia, aplastando a aquellas que entren en su mercado o cerrando todas las puertas antes siquiera de que esto se produzca. En las economías actuales existen muchos sectores, incluso en algunos clave, donde todo el panorama a nivel mundial está copado por una sola o por muy pocas empresas. Es el caso de Microsoft en el ámbito de los sistemas operativos para ordenadores, o AT&T, Verizon, T-Mobile y Sprint en el de las telecomunicaciones.

Desde hace pocas décadas, ha venido produciéndose una confusión sobre el papel del gobierno a la hora de garantizar la competencia, con extensión de la idea de que los mercados son eficaces en sí mismos a la hora de evitar las prácticas monopolísticas, de forma que incluso cuando se han dado infracciones flagrantes, como cuando una empresa baja sus precios para echar a un competidor y después se aprovecha de su poder monopolista para subirlos, ha resultado muy difícil perseguirlas judicialmente. Pero la realidad es que si los mercados fueran a priori competitivos y, aunque hubiera una compañía que se llevase la parte del león del mismo, entrar fuera potencialmente fácil para otros competidores, la compañía dominante no ganaría nada echando a un rival, porque a la empresa que es expulsada la sustituiría rápidamente otra. Pero en realidad la entrada no es tan fácil, y las prácticas abusivas realmente se producen porque son muy rentables.

Además, a esto hay que unir la cada vez mayor estandarización en cuanto a los productos demandados, de modo que quienes posean el monopolio sobre el estándar, se convierten en poco tiempo en los reyes del juego. Por ejemplo, está el caso que venimos viendo de Microsoft y su sistema operativo para ordenadores.

La competencia funciona siempre en contra de la acumulación de poder en el mercado. Cuando hay grandes beneficios monopolísticos, los competidores trabajarán para llevarse la parte que todavía no haya engullido el monopolísta.

Sin embargo, hay empresas han encontrado nuevas formas de dificultar la entrada de competidores, de reducir las presiones de la competencia. Nuevamente, Microsoft es el ejemplo de libro para ilustrar estas prácticas. Esta compañía lleva años disfrutando del monopolio de los sistemas operativos para ordenadores personales, pero caso de aparecieran teecnologías alternativas que amenazasen su monopolio, esto podía traducirse en pérdidas de millones de dólares. El desarrollo de Internet y del navegador de red para acceder a ella suponía una amenaza de ese tipo. Netscape sacó el navegador al mercado, partiendo de la investigación que había financiado el gobierno americano. Concretamente, uno de los fundadores de Netscape, Marc Andreessen, formaba parte del equipo de la Universidad de Illinois que desarrolló Mosaic, el primer navegador de Internet de uso generalizado. Microsoft decidió que había que dar un mazazo y aplastar a aquel competidor potencial, para lo cual, la empresa empezó a ofrecer su propio producto, Internet Explorer. Pero ocurrió que el producto no era capaz de competir en el mercado libre, con lo que Microsoft tuvo utilizar su poder monopolísta en los sistemas operativos para ordenadores personales para asegurarse de que la competencia con otros navegadores de Internet no estuviese igualada. Para ello se dedicó a crear entre los usuarios de PCs una sensación de que era incompatible el uso del navegador Netscape en ordenadores con sistema operativo Windows, lo que hizo creando a drede esta incompatibilidad mediante la programación de la aparición de mensajes de error aleatorios cuando se utilizaban ambos a la vez. Pero el momento en que Microsoft acabó definitivamente con Netscape fue cuando ofreció gratuitamente su navegador Internet Explorer, sin ningún coste, ya integrado en su sistema operativo Windows. Competir contra el coste cero es imposible. Era evidente que en un principio Microsoft iba a perder dinero pero, a la larga, los beneficios iban a ser impresionantes: mantener su posición de monopolio en el mercado de los sistemas operativos y los navegadores de Internet. Y. sobre ese monopolio, Microsoft ha edificado su dominio absoluto en el mercado de otras aplicaciones informáticas. De esta forma, Microsoft ha pasado de tener unos beneficios de unos 7000 millones de dólares hace 25 años, a los más de 23.000 millones anuales de la actualidad.

También cabría decir, por cierto, que el caso de Microsoft ilustra muy bien la afirmación de que los monopolios no solo no benefician al progreso y la innovación tecnológica, sino que, antes al contrario, la perjudican. Si echamos un vistazo a la trayectoria de esta empresa, veremos que prácticamente lo único que han hecho ha sido chupar beneficios, pese a todos sus recursos y pese a su posición dominante en el mercado de la informática. Microsoft ni desarrolló el primer procesador de texto que se utilizó de forma generalizada, ni la primera hoja de cálculo, ni el primer navegador, ni el primer reproductor de audio y vídeo, ni el primer navegador dominante. La innovación venía de otro lado y Microsoft a lo que habitualmente se ha dedicado es a parasitarla y, posteriormente, destrozar al innovador y expulsarlo del mercado para evitar que le haga competencia.

Aunque en la economía moderna haya una gran cantidad de empresas, no debe deducirse de ello el que eso signifique que haya una competencia verdaderamente libre, teniendo en cuenta que, en las últimas décadas, la gran parte de los beneficios ha venido concentrándose solo en unas pocas compañías. Aunque haya leyes que se dicten para intentar garantizar la libre competencia, es preciso aplicarlas. Si no, no pasan de ser papel mojado. Y existen buenas razones políticas para no tomar una postura demasiado fuerte contra los monopolios: al fin y al cabo, iría en contra de las empresas y tampoco sería bueno para las contribuciones a las campañas electorales el tratar con mano dura a estos gigantes corporativos.

Con lo que llegamos a la conclusión de que el “libegalismo” de “laissez faire” donde termina desembocando es en una toma del poder real por parte de estos mastodontes monopolístas, quienes son, en definitiva, los que terminan condicionando las decisiones y las políticas de los gobiernos democráticos (o supuestamente democráticos).


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