Posteado por: Javier | marzo 17, 2015

En las tierras galaicas (II)

Continuando con estas impresiones sobre Galicia, quería comentar primero sobre una camiseta curiosa que vi en una tienda de Santiago de Compostela. No le saqué una foto, pero he encontrado esta imagen en Internet:

naciones celtas

Desde hace años ha habido quienes han venido planteando el reconocimiento de Galicia como “Nación Celta”. Pero la Liga Celta, una organización cultural y política que se dedica a promover la identidad céltica en los seis territorios considerados como “Naciones Celtas” (Irlanda, Escocia, Gales, Bretaña, Cornualles y la Isla de Man) consultada en alguna ocasión, ha dictaminado que “Galicia no puede tener una rama nacional de la Liga Céltica, porque la lengua histórica moderna de Galicia, el Gallego o Galego es una lengua romance y  lo ha sido durante muchos siglos”. Galicia, en consecuencia, no es admitida porque su lengua no pertenece a ninguna de las dos ramas de las lenguas célticas (la Rama Gaélica, a la que pertenecen el irlandés, el escocés y el manés, y la Bretónica, a la que pertenecen el bretón, el córnico y el galés), y es que, al menos, lingüísticamente hablando, la influencia romana ha sido mucho mayor, más allá de que en el idioma gallego se conserven algunas palabras cuyos orígenes estén en las lenguas prerromanas que se hablaban en esa zona. No obstante, esta cuestión de la identidad celta parece tener cierta importancia todavía para algunos en Galicia.

Al margen de ello, de las dos ciudades gallegas en que he estado, de la que menos puedo opinar es Ourense, pues solo estuve un día y ocupado con varios asuntos, pero me pareció una ciudad mucho más “recogida” que Santiago. Mientras las calles de Santiago de Compostela son un hervidero de gente a casi todas horas, al menos en lo que vi de Ourense, casi todo el mundo está ya de recogida cerca de las nueve de la noche, y una ciudad más bien industrial, a diferencia de Compostela, casi completamente turística. En algunos comentarios que he encontrado en foros sobre la ciudad dicen: “Ourense es una ciudad de señoritos provincianos; ahí el que no tiene pasta heredada ni está enchufado en la Diputación/Ayuntamiento ha emigrado, de ahí que su población sea tremendamente caciquil e inmovilista (dicho por gente que ha venido de fuera a trabajar en alguna empresa ourensana, y flipan con la renuencia a cambiar que muestra todo el mundo). Es una ciudad muerta, aburrida y retrógrada, una Vetusta gallega, si se me permite el símil literario”. Con lo poco que ví, no puedo hablar como para dar fe de si es tan exagerado en la realidad como dice el autor de ese comentario, pero sí que es verdad que da la impresión de ser una ciudad interior bastante “parada”.

Hay un dicho según el cual: “Tres cousas hai en Ourense, que non as hai en España, o Santo Cristo, a Ponte, e as Burgas fervendo auga” (en castellano: “Tres cosas hay en Orense,que no las hay en España, el Santo Cristo, el Puente, y las Burgas hirviendo agua”, esto último se refiere a las famosas aguas termales de la ciudad). De esas tres cosas, la que tuve ocasión de ver el puente romano sobre el río Miño:

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Una foto que la saqué desde el espectacular Puente del Milenio, una estructura inaugurada en 2001, con dos pasarelas que se elevan hasta los 20 metros de altura y por las que se puede subir hasta llegar al mirador de lo más alto. Lástima que iba muy cargado con mi maleta como para plantearme subir hasta arriba del todo, puesto que desde lo más alto del mirador las vistas de la ciudad y los verdes montes que la rodean tienen que ser impresionantes:

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Tras la breve estancia en Ourense, cogí el tren para Santiago el martes por la tarde, la ciudad en la que estuve hasta el fin de semana. La verdad es que Santiago es una ciudad tan preciosa que es de las que casi todo lo que diga es bueno. Los alojamientos magníficos (y económicos) y la comida estupenda. Antes he dicho que Galicia se parece un poco a Inglaterra en cuanto a sus paisajes… bueno, es como una Inglaterra en la que se come muchísimo mejor que en la Inglaterra original. Si tuviera que recomendar dos sitios en el centro de la ciudad (voy a hacer algo de publicidad gratuita) uno sería el Restaurante Camilo, en la Rúa da Raíña, y el Restaurante A Tulla, en el Callejón Entrerruas. Los habrá mejores, seguramente, pero de los sitios tradicionales de Santiago son dos de los que más me gustaron, sobre todo el A Tulla. Este está metido en el hueco de un callejón muy estrecho que une la Rúa do Vilar y la Rúa Nova, dos de las calles principales del centro, y por fuera (por dentro tampoco, la verdad sea dicha) no es que tenga una apariencia digamos muy “suntuosa”, más bien tiene pinta de bar cutre, pero no hay que dejarse engañar por eso, pues lo que ponen son comidas caseras gallegas que son una auténtica delicia, como una lasaña de cocido gallego. Además, tienen menús para vegetarianos, para quien no guste la carne. La cocina está a la vista y ves a la señora del dueño preparar todos los platos (aunque eso hace que te arriesgues a salir con olor a fritanga o a guiso) y lo regenta un señor muy amable que habla medio en castellano medio en galego (me invitó a un par de copas de orujo en mi última noche en esas tierras).

Hablando de invitar, cuando visité el mercado de Santiago el viernes por la mañana, la señora de un puesto de empanadas donde compré unas pocas también me invitó a probar unos pasteles de zanahoria y remolacha y un postre gallego llamada “bica” (una tarta hecha con huevos, azúcar, harina y mantequilla). Ya dije en la entrega anterior que en general vi a la gente de Galicia muy hospitalaria y eso compensó la decepción de no encontrar en el mercado al “pulpero”, un hombre que suele vender trozos de “pulpo do feria” (pulpo a la gallega, para entendernos) para comerlos allí mismo. Aunque de eso me enteré más tarde, el mercado santiagués es el segundo monumento más visitado de la ciudad.

De todo el centro histórico de Santiago de Compostela poco voy a descubrir: hay que verlo, pues es una verdadera obra de arte. Esta es una foto de los pórticos de la Rúa do Vilar:

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Si os gusta el arte románico, gótico y barroco (y a mí me gusta), allí tenéis para entreteneros.

Esta es la fachada de la Iglesia del Monasterio de San Martín Pinario, un convento benedictino del siglo XI que es el segundo mayor de España después de San Lorenzo de El Escorial:

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Esta la fachada oeste de la Catedral, la que da a la Praza do Obradoiro (he puesto una foto de Internet puesto que ahora mismo las dos torres están cubiertas por lonas y andamios por unas obras de restauración y no luce mucho). Ahí es donde se concentran los famosos peregrinos cuando llegan de hacer el Camino de Santiago:

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Aquí la Praza das Praterías, con la Fuente de los Caballos (esta foto sí es mía):

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La fachada este de la Catedral, con la conocida como Puerta Santa, donde vemos una representación del Apóstol Santiago y 24 estatuas sedentes de apóstoles, patriarcas y profetas bíblicos:

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La Iglesia de San Fructuoso, un templo barroco del siglo XVIII:

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El interior de la Catedral (las vidrieras eran muy bonitas, las cosas como son):

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Y, cómo no, el mausoleo donde cuenta la leyenda que supuestamente están enterrados los restos del Apóstol Santiago, en una urna de plata del año 1886:

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Allí tenías la posibilidad de rezar pidiendo la intercesión de Santiago (no lo hice, es obvio) y también de abrazarte a la estatua del Apóstol (tampoco lo hice, por razones obvias también y porque tampoco es que me haga gracia abrazar nada que a lo que se hayan recientemente abrazado Rajoy y Merkel).

Que es un gran patrimonio histórico y artístico de España todo este conjunto, muy cierto. Que es todo un tinglado religioso-supersticioso, también. El reformador protestante Martin Lutero decía con desdén que las reliquias de Santiago de Compostela podían pertenecer a un perro o a un caballo, y las tropas inglesas que lucharon con los ejércitos de Felipe II las consideraban “el principal emporio de la superstición papal”. No hay un solo testimonio que confirme con fundamento la leyenda de Santiago el Mayor, el “hijo del trueno”, “evangelizador de España”, feroz guerrero contra el infiel musulmán y origen de un mito religioso que ha resistido once siglos hasta derivar en un fenómeno entre espiritual, mágico, turístico, cultural y festivo. La realidad es que el bueno de Santiago fue un pescador de Judea, hijo de Zebedeo y Salomé, quien, junto a su hermano Juan el evangelista, debió de tener una relación personal muy estrecha con Jesucristo. Herodes lo ordenó decapitar en Jerusalén en una fecha que los historiadores sitúan entre los años 42 y 44, con lo que dificilmente pudo haber salido en toda su vida de Judea y haber predicado en otro sitio, mucho menos en España, la otra punta del mundo por aquel entonces.

Es en la Edad Media cuando empiezan a circular escritos y tradiciones que hablan de la evangelización de España por Siete Varones Apostólicos enviados por Pedro desde Roma y entre el 820 y el 830 el hallazgo del supuesto sepulcro en un monte en el que pocos años después nacería la ciudad de Santiago de Compostela. Según una leyenda más, un ermitaño, de nombre Pelayo, vio extraños fenómenos luminosos en el bosque cercano a su iglesia y recibió en sueños revelaciones angélicas. Avisó entonces a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, quien, después de tres días de ayuno, ordenó rastrear la zona y halló entre la maleza un monumento funerario que al instante identificó como la tumba de Santiago. El rey de Asturias, Alfonso II el Casto, fue el primer peregrino que acudió a venerarla. Para justificar cómo habían llegado hasta allí los huesos de Santiago nació el fantástico relato de los siete discípulos que recogieron el cadáver de su maestro en Judea, se embarcaron dejándose guiar por la Providencia, arribaron a Iria Flavia y allí se enfrentaron a dragones, a bueyes salvajes y a las artimañas de la gobernante del lugar, la reina Lupa, una pagana que acabó convertida al mensaje de Cristo. Tres de los discípulos murieron en Galicia y se enterraron con Santiago. A partir de ahí empezó una historia en la que se acumula mito sobre mito y superstición sobre superstición, alimentados por la necesidad de un referente para los reinos cristianos de la Peninsula en la lucha contra los musulmanes, con fabulosas historias de batallas ganadas a los mahometanos gracias a la “mano” del santo.

Actualmente, en una sociedad como la española, muy descreída, en Santiago lo que hay es toda una industria y un marketing turístico montados en torno a la tradición de las peregrinaciones (a los que seguramente no interesa tanto esta historia) que deja unos magníficos ingresos en una ciudad que está orientada casi totalmente al turismo y a la vida universitaria.

Y, leyendas y fábulas aparte, lo cierto es que Santiago de Compostela y lo que he visto de Galicia es de lo mejor en nuestro país, tanto la tierra como sus gentes, y un lugar al que desear volverlo a ver otra vez en no mucho tiempo.

Normalmente, hablo bien de todos los sitios a los que voy pero, como amo tanto a España y sus pueblos y culturas, normalmente no soy demasiado imparcial, qué voy a hacerle.


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