Posteado por: Javier | mayo 17, 2015

El TTIP: un sueño neolibegal, una pesadilla antidemocrática

Os recomiendo que leáis y déis difusión a este magnífico artículo (tiene una licencia Creative Commons, así que no hay problema para republicarlo donde sea) sobre la nueva amenaza que se nos viene encima: el Tratado de Libre Comercio EEUU-UE (TTIP).

Un acuerdo que se está gestando teóricamente entre los gobiernos (en España, por supuesto, en el PP-SOE están encantados), cuando realmente es una especie de “santa alianza” entre las grandes multinacionales a ambos lados del Atlántico para consagrar el enriquecimiento de unos pocos a costa de los derechos de la mayoría, un nuevo ordenamiento en el que los únicos verdaderamente “libres” serán estos mastodontes económicos.

Por algo las negociaciones se han caracterizado por el secretismo y la opacidad más absolutas, sin ningún tipo de información a la ciudadanía. Y por ello las condiciones se han fraguado en la oscuridad, bajo la forma de un “Tratado”, supuestamente “beneficioso para ambas partes”. El objetivo declarado es “aumentar el comercio y la inversión entre la UE y EEUU, haciendo realidad que exista un área única para las empresas a ambos lados del Atlántico”. Para esto ya no son problema los aranceles, los impuestos que históricamente han usado los países para proteger las industrias nacionales de los productos importados, sino las regulaciones y normativas al comercio más rigurosas de ciertos países. El objetivo, por tanto, es crear un “mercado regulado a favor de las grandes empresas”, y para eso exigen la creación de Tribunales Arbitrales Internacionales (ISDS) que apliquen las normas más ventajosas para las empresas, por encima de los derechos laborales o económicos, y de la política de protección del medio ambiente o de seguridad alimentaria, que establezcan las leyes de los países donde operen estas empresas, en lugar de acudir a los tribunales de justicia.

Como es lógico, las grandes multinacionales son las que más beneficios económicos obtienen de la anulación de cualquier disposición legal que degrade los derechos laborales, permita una libertad total y sin ninguna regulación de las transacciones financieras, anule normas medioambientales o rebaje los estándares de calidad en materia de productos de alimentación. Para hacernos una idea, en cuanto a seguridad en los alimentos, las normas en EEUU son mucho menos estrictas que las de Europa. El 70% de todas las comidas procesadas y vendidas en supermercados norteamericanos tienen ingredientes genéticamente modificados. La UE no permite eso casi en ninguna ocasión. En EEUU también hay menos restricciones sobre el uso de pesticidas, también usan hormonas en sus carnes, prohibidas o limitadas en Europa por su relación con el cáncer. Lo mismo podemos decir sobre el medioambiente. En Europa es mucho más estricto que EEUU. Se puede usar cualquier sustancia hasta que se demuestre que no es segura (lo contrario a Europa). En Europa, se prohiben 1200 sustancias en los productos cosméticos, mientras que en EEUU solamente doce. En EEUU, los intereses de la gran empresa siempre van por encima de los de los ciudadanos, del pueblo. Este es el modelo que se pretende importar a Europa.

Bajo las propuestas del TTIP, el poder volvería exclusivamente a los banqueros. En EEUU, las normas bancarias son más estrictas que en Europa actualmente, pero con el TTIP, se aplicarian las normas la City londinense: un mundo dirigido por los bancos.

El TTIP consagra la aplicación de la norma más favorable a las multinacionales y, si se produce un cambio legislativo que la empresa considere que daña a sus intereses, esa normativa no será de aplicación para dichas empresas. Actualmente, ya, de hecho, se producen todo tipo de demandas contra los países cuando las empresas consideran que los cambios legislativos les producen pérdidas de beneficios. Con el TTIP, la competencia sobre estas demandas pasarían de los tribunales de justicia a estos opacos “tribunales arbitrales”.

¿Cuáles van a ser los supuestos “beneficios” del TTIP para la gente de la calle? Creación de empleos y desarrollo de la economía, según nos dicen. Según nos dicen, por supuesto, desde grupos y think tanks neolibegales, tipo Libertad Digital (ver este artículo en su suplemento “Libre Mercado”). Sí, ya sé que a veces soy pesadísimo con ese panfleto, pero es que debes tener en cuenta una cosa: si Libertad Digital considera algo como “bueno”, seguramente es que para ti no lo va a ser. Al contrario, hay muchas probabilidades de que sea muy nocivo.

En cuanto a lo primero, los tratados que ya están en vigor no solo no han conseguido, sino que el resultado ha sido destruir los empleos de calidad que existieran, sustituyéndolos por empleos precarios, al rebajarse las normativas laborales. Los grandes avances económicos para los ciudadanos siempre se han producido bajo un capitalismo muy bien regulado, y con leyes proteccionistas que defendieran a éstos y sus intereses, no los de las grandes corporaciones multinacionales. Con respecto a lo segundo, seguramente el tratado producirá un gran crecimiento económico pero la cuestión es que muy dudosamente este crecimiento beneficiará a todos, más bien todo apunta a que los únicos beneficiarios serán estos grandes poderes económicos. ¿Con qué sentido, si no, plantearían, como llevan años planteando, un tratado de este tipo? Desde luego, por caridad y ganas de beneficiar altruistamente a todos no es. Si es tan “bueno”, ¿por qué ese secretismo en las negociaciones?

Pero aquí tenéis incluso mucho mejor explicado de qué se trata este horrible tratado:

“El 12 de febrero de 2013, durante el discurso del Estado de la Unión, Obama anunció al mundo que se iniciarían unas negociaciones entre Estados Unidos y la UE para una amplia Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP). Es la primera vez que supimos de su existencia. El 25 de febrero de 2014, Mariano Rajoy durante el debate del Estado de la Nación afirmó que España lideraría el apoyo para la consecución del acuerdo comercial entre la Unión Europea y los Estados Unidos, un acuerdo comercial sin precedentes por su abasto económico y demográfico y la complejidad jurídica que plantea.

Hay un año de diferencia entre estas dos intervenciones. Un año en el que el grupo de negociadores de la UE y de EEUU han avanzado en el acuerdo con total falta de transparencia: la mayoría de los textos negociados son secretos, incluso el propio mandato negociador. Algunas partes del acuerdo no verán la luz hasta que se hayan acordado y deban ser ratificadas. O al menos eso pretenden, ya que gracias al trabajo de entidades de la sociedad civil y grupos políticos se han filtrado borradores del acuerdo y aspectos muy importantes de las negociaciones. Como dice el premio nobel Joseph Stiglitz sobre la negociación clandestina del TTIP, no se entiende tanto secretismo, a no ser que lo que están tramando sea realmente malo.

Por lo que sabemos hasta ahora, el impacto negativo de este acuerdo va mucho más allá de los efectos sobre nuestras vidas y el medio ambiente. Es un ataque a la soberanía popular con el que se pretende reducir estándares ambientales, sociales y laborales e incrementar los privilegios a las corporaciones en un solo acuerdo. Estamos ante un nuevo instrumento demoledor del neoliberalismo desregulador, que va más allá de los acuerdos bilaterales vistos hasta ahora.

Uno de los puntos más preocupantes es el mecanismo que utiliza el TTIP para la solución de controversias inversor-Estado: permite a los inversores estar al margen de la justicia y presentar sus quejas directamente a los “tribunales internacionales de arbitraje”, a menudo compuestos por abogados de las mismas empresas. Este mecanismo existe en otros acuerdos comerciales bilaterales y aplicado a un área UE-EEUU puede significar costes millonarios para decisiones de los Estados defensa de los servicios públicos o de mayor regulación.

Tenemos ejemplos como el de la aseguradora sanitaria holandesa Achmea, que ganó 22 millones de euros contra Eslovaquia por supuesto “lucro cesante” cuando este país paralizó el proceso de privatización de la sanidad. Australia y Uruguay tuvieron que indemnizar a Philip Morris cuando estos países aprobaron legislaciones antitabaco más restrictivas. La petrolera estadounidense Occidental recibió 1.770 millones de dólares cuando Ecuador puso fin a un contrato por incumplimiento y Canadá tuvo que pagar por una moratoria al  fracking. Ejemplos de cómo un tratado puede hipotecar el futuro democrático, económico, ambiental y social de “Estados de derecho”.

Otro de los efectos del TTIP sería la pérdida de control regulador. La idea detrás de este objetivo es simple, “si es bueno para nosotros, ha de ser bueno para ellos”, como afirmaban los productores de carne hormonada en EEUU escandalizados por su prohibición en la UE por cuestiones sanitarias. Las grandes empresas pretenden atacar el principio de precaución que guía la legislación medioambiental europea. Son evidentes las consecuencias sobre nuestra salud y medio ambiente. El objetivo es desregular o igualar estándares ambientales por abajo.

Cómo nos recuerda el último editorial del  European Journal of Public Health, el TTIP amenaza importantes aspectos de los principios y protecciones existentes en salud pública: desde el acceso a los medicamentos esenciales y a los servicios sanitarios hasta el control y regulación del sector de la alimentación y los productos sanitarios. No se pueden ignorar las enormes consecuencias de una convergencia regulatoria: en EEUU domina una aproximación de libre comercialización hasta que la evidencia científica no demuestre su carácter nocivo, en la UE predomina el principio de precaución frente a nuevos productos. La diferencia es substancial.

En el ámbito laboral, la situación es exactamente la misma: se rebajaría la protección si tenemos en cuenta que EEUU no tiene ratificadas seis de las ocho normas fundamentales de la OIT.

El ataque al modelo social europeo no viene sólo de la Troika, sino también del impulso de tratados como este, que son alabados por populares, socialdemócratas y liberales, aunque suponen un giro de 180 grados en regulación europea e incluso en la cultura de protección social y ambiental.

Los  think-tanks conservadores ya han empezado una gran campaña a favor del TTIP basada en un único punto: más comercio, más empleo. David Cameron aventura que el acuerdo creará ¡dos millones de puestos de empleo! Esta semana el propio ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, en respuesta a los argumentos que planteamos desde Izquierda Plural sobre el TTIP profetizaba en la misma dirección. La Comisión Europea, más cauta, sólo habla de “millones de puestos de empleo”. Estas cifras son falsas, y lo saben. Nos recuerdan a los 230.000 puestos de empleo que iba a crear Eurovegas. O a los 20 millones de empleo que Bill Clinton prometió que crearía el ALCA, la zona de libre comercio de Canadá, EEUU y México, y que ha acabado con una destrucción de 900.000 empleos en Estados Unidos. Además, como insiste Stiglitz, si se crean empleos siempre serán peor pagados que los que se destruyan.

Hoy, luchar por una democracia real, por la defensa de los servicios públicos, contra el  fracking, por la soberanía energética, por el trabajo digno y contra el paro, pasa también por luchar contra el TTIP. Esto no es sólo comercio. Como dice el profesor canadiense David Schneiderman, esto es un “Nuevo Constitucionalismo”, que garantiza derechos a los inversores por encima de los derechos de los ciudadanos. La institucionalización que necesita el neoliberalismo para consolidar su régimen. En definitiva, la pérdida de la soberanía popular ante unos inversores que ya no respetan ni las normas más básicas del pacto social. El sueño neoliberal, la pesadilla democrática.

Esto también está en juego el próximo 25 de Mayo. Ante el entusiasmo de la coalición de conservadores, socialdemócratas y liberales, los Verdes Europeos y la Izquierda Europea están dando la batalla como muchísimas organizaciones sociales y ambientales.

En España, el TTIP todavía es un gran desconocido porque, como es habitual, algunos están muy interesados en esconder estos debates de fondo.

Pero hay que lanzar un mensaje inequívoco a los negociadores: este acuerdo sin el voto favorable del Parlamento Europeo y el de los Estados miembro, no se ratifica. Para ello necesitamos una ciudadanía consciente e informada para poder responder y movilizarnos.

Les recordamos que tumbamos ACTA. Ganamos contra pronóstico y en medio de la polémica por el espionaje masivo. Ganamos la batalla contra ACTA y ganaremos la batalla contra TTIP si la ciudadanía conoce lo que nos estamos jugando.

Este es también nuestro compromiso, trabajar para seguir poniendo luz sobre este acuerdo, que no debería llevarse a cabo nunca y batallar en el Parlamento Europeo y en el Congreso para que así sea.”


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