Posteado por: Javier | julio 14, 2015

Sobre el 14 de Julio

Podría haber sido otro hecho con más trascendencia real y menos valor simbólico, pero el caso es que, a la hora de recordar la Revolución Francesa, se eligió la fecha de la toma de la prisión de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, a pesar de que fuera una más de las anécdotas que se dieron durante este proceso (la proposición de este día como Fiesta Nacional de Francia fue una propuesta de Victor Hugo casi un siglo después).

Quizás tampoco fue el hecho de verdadero calado la aprobación de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, prácticamente una reproducción de lo que había sido en el territorio norteamericano la Declaración de Derechos de Virginia y de la Declaración de Independencia. Pero incluso cuando los terratenientes y burgueses norteamericanos se sublevaron contra la corona británica ni siquiera ellos fueron los primeros en hablar de “derechos del hombre” o “derechos inalienables”. Esta idea viene directamente, y a los españoles nos cuenta ese honor, de un profesor de la Universidad de Salamanca del siglo XVI: Francisco de Vitoria. Con Francisco de Vitoria empieza el conocido como “derecho de gentes”, que de ahí entronca con los críticos al absolutismo monárquico (como Étienne de la Boétie y su “Discurso de la servidumbre voluntaria”), con los filósofos racionalistas y con la Ilustración.

Posiblemente, la verdadera fecha relevante fue la de los Decretos de agosto de 1789, que abolieron definitivamente lo que quedaba de régimen feudal en Francia, la propiedad señorial y los títulos de nobleza. Y casi más importante aún es la Constitución civil del clero, puesto que hasta entonces, en las diversas sublevaciones populares de los siglos precedentes, se había atacado a los nobles, pero jamás hasta ese momento se había atacado a la Iglesia Católica como institución ni a la raíz misma de su poder. Lo que también fue nuevo y totalmente radical en la Revolución francesa fue la Declaración de la Mujer y la Ciudadana, de Olympe de Gouges.

En mi juventud y hasta hace pocos años reconozco que no era precisamente un simpatizante de este acontecimiento revolucionario. Más bien, al contrario, estaba bastante influenciado por los autores conservadores Edmund Burke y Alexis de Tocqueville, y era uno de sus firmes opositores. No obstante, las cosas en la realidad no eran tan simples como el análisis que proponían estos autores.

En su librito de 1790 de Reflexiones sobre la Revolución Francesa, Burke abominaba de las revueltas en Francia y de lo que consideraba como destrucción provocada por la chusma violenta, necia e ignorante (lo podríamos llamar “pueblo llano”, o “Tercer Estado”). Las ideas burkeanas sobre la Revolución Francesa, tan admiradas por ultraconservadores y por los que oficialmente se hacen llamar “liberales”, vistas hoy día, dificilmente podrían ser superadas en cuanto a reaccionarismo. Para Burke “todo parece fuera de la naturaleza en aquel extaño caos, donde se mezclan ligereza y ferocidad, revuelta confusión de delitos y locuras”. En el mismo escrito consideraba que los pretendidos “derechos del hombre”, nacidos de lucubraciones mentales, están fuera de la realidad y son idóneos para destruir, nunca salvaguardar, la libertad; mientras que “la observación de las tradiciones deja libre la posibilidad de nuevas adquisiciones, pero proporciona la segura garantía de cada adquisición”. Destruyendo la autoridad real, Francia rompió con sus mejores tradiciones y dio la supremacía a los elementos más bajos, degenerados y disolutos del pueblo. Según decía, la Asamblea estaba compuesta de “elementos inferiores, artesanos que ejercían profesiones subalternas y oficios mecánicos”. En el mismo ensayo Burke afirmaba, con una palabrería muy refinada, que el poder de los grandes propietarios debía estar asegurado por una “mayoría predominante, por encima de todo criterio proporcional”; en resumidas cuentas el ciudadano debía renunciar al derecho a gobernar, al principio democrático. Burke consideraba que el ejemplo de Francia confirma lo dicho: la plebe en el poder originaba la subversión de los valores tradicionales y humanos más altos, la destrucción de los sentimientos más nobles, los únicos que pueden hacer civilizada vida en sociedad.

Lo cierto es que, pese a la visión tan idílica de Burke, Francia era un país en el que, pese al aumento de sus riquezas en las décadas del siglo XVIII anteriores a la revolución, de ello solamente se había beneficiado el 2% de la población. Además de ello, el país dependía enormemente de las cosechas anuales que servían para alimentar a la nación, y bastaba una mala cosecha, un mal año protagonizado por el granizo, el hielo o la sequía para que la escasez de trigo se adueñase del panorama económico y social. En estos años surgía, entonces, el acaparamiento y el alza de los precios del pan. La mayoría de la tierra cultivable estaba dominada por las clases privilegiadas: la nobleza y el clero. Estos dos estamentos tenían derecho a la percepción de una renta anual que equivalía a un porcentaje sobre el trabajo rural, una gran cantidad de derechos a pagar en dinero o en especie. Había pocos actos de la vida rural que no implicasen la obligación de realizar un pago al señor, ya fuese la cosecha anual, la siega o la vendimia o cualquier otra actividad productiva del campo, quienes, además, podían disponer a su antojo de las tierras de los campesinos y atravesarlas para cazar cuando quisieran. Estas exigencias de pago fueron aumentando, a medida que en los años anteriores a la Revolución caían, a la vez, los precios del trigo y el vino, desplome de precios que también afectó a los ingresos y las finanzas de los grandes propietarios nobles. De este modo, los laudemios, el censo, la gavilla o las banalidades no eran más que una forma de intentar obtener de los productos campesinos nuevos derechos, ya fueran en dinero o en especie. Así fue como las rentas de la tierra enriquecieron, prioritariamente, a la nobleza, en un intento de consolidar su antigua preponderancia económica y social, que ya de por sí tenían legalmente asegurada por derecho de sangre, así como por su potestad de realizar las funciones de “policía del pueblo” y de ser los recaudadores de algunas tasas y tributos.

El clero católico francés estaba compuesto por unas 150.000 personas, y conservaba sus privilegios gracias a una población muy poco instruida que no tenía ningún medio para cuestionar la vieja creencia que servía de base a la pirámide social. En la Francia del Antiguo Régimen, el orden social era una cuestión de “derecho divino”. El clero garantizaba y consagraba la eternidad del orden social, poniendo ritmo a la existencia individual y colectiva, así como aseguraba varios servicios públicos, como la caridad o la enseñanza, que impartía a través de unos 600 colegios a más de 75.000 alumnos. La Iglesia Católica en Francia era uno de los mayores propietarios agrícolas e inmobiliarios de la nación, calculándose que poseía el 10% de las tierras del reino, por las que cobraba unas ingentes rentas anuales, a las que hay que añadir las que percibía a través del diezmo. Se calcula que en la ciudad de París los conventos ocupaban la cuarta parte la superficie de la ciudad.

El historiador Furet sitúa el comienzo de la Revolución unos quince años antes de 1789, en las reformas financieras de 1774 del ministro Turgot. El Estado francés tenía entonces las arcas vacías y necesitaba desesperadamente más dinero. Tanto Turgot, como Necker, pasando por Calonne y todos los ministros de Hacienda y de Finanzas del rey Luis XVI chocaron con la misma pared: ni la nobleza ni el clero querían pagar impuestos y al pueblo llano ya no había forma de sangrarlo más. No se podía conseguir más dinero. Por eso el rey convocó los Estados Generales para el 5 de mayo de 1789 en Versalles. El rey quería mantener el sistema de voto tradicional por órdenes (que beneficiaba a la nobleza y el clero por 2 a 1, a pesar de que solamente eran el 2% de la población de Francia) y el Tercer Estado se opuso, exigiendo el voto individual. A partir de ahí, no hubo forma de detener el proceso que llevó a la Revolución.

Lo que se desató en 1789 fue un auténtico movimiento revolucionario radical y absoluto, un auténtico movimiento destructor de todo el orden social reinante hasta entonces bajo la monarquía absoluta y el Antiguo Régimen. No era solo abolir unos derechos viejos e injustos, ni de poner en su sitio a una institución que había gozado durante siglos y siglos de un poder absoluto, sino de hacer una tabula rasa con todo lo anterior, de cambiarlo todo, de replantearlo todo, de cuestionarse el poder de la religión católica, la igualdad de sexos, el progreso material de los pueblos, el sentido mismo de la vida, de crear un mundo nuevo, una sociedad nueva, de llegar a un punto de no retorno y quemar la naves, cambiando hasta los nombres de los meses para que quedase clara la diferencia entre el antes y el después. Cuando se puso en marcha fue imparable y llegó a devorar a algunos de sus hijos, como a Condorcet, a Sieyes, a Mirabeau, al marqués de La Fayette, a Danton, a Desmoulins, a Marat o a Robespierre, a Olympe de Gouges y a Madame Roland.

Cuestión indudable es la violencia que hubo en determinadas etapas de la Revolución pero, vista en perspectiva, 226 años después, en Francia no había otra forma de acabar con estos poderes y engendrar la modernidad. No había otra forma de llegar al liberalismo y la Revolución Francesa no tenía más remedio que ser de tendencias jacobinas; sin ellas habría ocurrido como en España, con un liberalismo que prácticamente no abolió privilegios de la nobleza y el clero y que acabó con una Constitución como la de Cádiz de 1812 pisoteada y expulsada por los poderes absolutistas.

Si comparamos con la Revolución Cromwelliana o la Revolución Gloriosa de Inglaterra o con la Revolución Americana, evidentemente, en Francia no ocurría como en los países anglosajones. Para empezar, aparte de la nobleza que mantenía aún todos sus privilegios, no llegó a producirse una reforma eclesiástica como el protestantismo, que sacara esos países del ámbito oscurantista del poder vaticano, ni el final del feudalismo. Sin esa reforma, es lógico que, si se quería romper con la hegemonía del poder católico y feudal, iba a producirse violencia, puesto que tanto Roma como los grandes terratenientes en absoluto se iban a quedar de brazos cruzados ante la posibilidad de que se eliminase su poder político y sus prebendas económicas (hasta entonces, como hemos visto, tanto los centros eclesiásticos como la nobleza solo se dedicaban a chupar riqueza, nunca vomitaban). Cuando intentas desplazar a unas estructuras de poder que hasta entonces han sido casi omnímodas está claro que la reacción por parte de ellos siempre va a ser violenta. Es evidente que, si se quería acabar con esos poderes, la Revolución Francesa tenía que ser más “cañera” que la inglesa o la americana (esta última que, además, no se completó hasta después de una sangrienta guerra civil, tuvo que llegar Abraham Lincoln para acabarla).

Por tanto, celebremos hoy con los franceses el aniversario de su gran REVOLUCIÓN LIBERAL:


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: