Posteado por: Javier | julio 21, 2015

¿Por qué se ha llegado a un acuerdo nuclear con Irán?

Como la mayoría sabréis, el martes de la semana pasada se llegó en Viena, la capital de Austria, a un histórico acuerdo entre las dos partes que venían manteniendo negociaciones sobre el programa nuclear iraní: la propia República Islámica de Irán y el Grupo 5+1, formado por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (EEUU, Rusia, China, Reino Unido y Francia) y Alemania.

Todavía falta la aprobación del Congreso y el Senado de EEUU (aunque Obama ha dicho que vetará la desaprobación si esta se produce) por lo que se conoce hasta ahora del documento, Irán desmantelará la mayor parte de su infraestructura nuclear, limitará la producción de uranio y plutonio enriquecidos a niveles que no alcanzan para crear un arma atómica (el compromiso es reducir en dos tercios su actual parque de centrifugadoras, pasando de 16.000 a 9.000 máquinas) y aceptará inspecciones de sus instalaciones nucleares y de lugares no declarados como tales. ¿A cambio de qué? Miles de millones de dólares: eso implica el levantamiento de las sanciones internacionales contra el país, cuya economía se ha debilitado por ese aislamiento.

Está cantado que el acuerdo va a tener una oposición durísima de los republicanos en el Congreso, no solo porque a estas alturas no van a variar su postura de más sanciones y no descartar una intervención armada, sino porque, como es de sobra conocido, el actual Partido Republicano, aparte de ser en lo económico el altavoz de los hermanos Koch, en lo referente a política militar y relaciones internacionales es como una oficina de intereses del Estado de Israel en Washington (o, incluso siendo más precisos, los republicanos serían algo así como una filial del partido derechista israelí Likud).

De hecho, el primer ministro israelí Bibi Netanyahu pronunció su discurso de marzo ante el Congreso de EEUU, aquel en el que intentó persuadir al Legislativo norteamericano para que torpedease cualquier negociación con Irán, a invitación de los republicanos, y por supuesto ha calificado este acuerdo de “error histórico”. Con lo que la postura de los republicanos es perfectamente encuadrable en lo que ha sido siempre el interés del Lobby pro-sionista (que no necesariamente “judío”, pues en organizaciones como la AIPAC, considerada como el cuarto lobby más poderoso en EEUU, tienen muchísimo peso los evangélicos sionistas), es decir, que EEUU realice en Oriente Medio labores de limpieza de enemigos o, al menos, de mantener sobre ellos la espada de Damocles permanente de una posible intervención militar, a fin de asegurar permanentemente la superioridad aplastante del poder israelí en la zona. Igual que el gobierno israelí y el Lobby han mantenido una fuerte presión en los últimos diez años para implementar las sanciones sobre Irán (paradójicamente, mientras mantienen una opacidad absoluta sobre su propio programa nuclear), también fue una influencia especialmente poderosa a la hora de que la administración Bush decidiera la invasión de Irak en 2003.

Algunos estadounidenses (y la mayoría del resto de pobladores del planeta Tierra) creen que ésta fue “una guerra por petróleo”, pero hay muy pocas pruebas que apoyen esa afirmación. Antes de 2003, Irak estaba fuera del mercado del petróleo, para rebajar los precios lo mejor hubiera sido normalizar relaciones con el sátrapa Sadam Hussein (no hubiera sido algo de llevarse las manos a la cabeza pues que EEUU y otras naciones democráticas mantengan relaciones cordiales con dictaduras incluso peores no ha sido algo inusual en las últimas décadas) y que el petróleo iraquí hubiese vuelto a fluir con normalidad, no embarcarse en una costosísima e impopular guerra, si eso hubiera sido así. Era más barato comprárselo que pretender “robárselo”. En lugar de eso, la guerra, aunque hubo otras razones, vino motivada en gran medida por el deseo de hacer que Israel estuviese más seguro y por los compromisos del gobierno useño con el Lobby pro-sionista de hacer efectiva esta seguridad. En definitiva, quitar de en medio a un enemigo que en ese momento no era una amenaza directa para EEUU pero sí podía tener aún cierto peligro para Israel. Esto no es ninguna idea calenturienta ni teoría conspiranoica salida de la mente de ningún “rojillo peligroso” o “filoterrorista pro-Hamás”, sino que fue expuesta por el famoso autor politólogo de la escuela “realista”, John Mearsheimer, en su famoso trabajo escrito junto con Stephen Waltz, titulado “El lobby israelí”, donde argumentan que esta obsesión con defender a Israel desvía de los intereses nacionales de EEUU en Oriente Medio. Según recogen estos dos autores en su trabajo, a partir de distintas declaraciones de los personajes más importantes de la política norteamericana e israelí en aquellos años: 

“Según Philip Zelikow, miembro de la Junta Consultiva del Presidente para Informaciones Extranjeras (2001-2003), director ejecutivo de la comisión del 11S y ahora consejero de la secretaria de estado Condoleezza Rice, la “amenaza real” de Irak no era una amenaza contra los EE. UU. La “amenaza tácita” era “la amenaza contra Israel”, dijo Zelikow al público de la Universidad de Virginia en setiembre de 2002, señalando además que “el gobierno norteamericano no quiere insistir demasiado sobre esto porque no es un tema popular”.

El 16 de agosto de 2002, once días antes de que el vicepresidente Cheney empezase la campaña a favor de la guerra con un discurso de línea dura a los veteranos de guerras en el extranjero, el Washington Post informó de que “Israel presiona a miembros del gobierno de los EEUU para que no retrasen un ataque militar contra el Irak de Saddam Hussein”. En este punto, según Sharon, la coordinación estratégica entre Israel y los EEUU había alcanzado “dimensiones sin precedentes” y miembros de la inteligencia israelí le habían dado a Washington varios informes alarmantes sobre los programas iraquíes de armas de destrucción masiva. Como diría después un general israelí retirado: “La inteligencia Israel fue el gran aliado del cuadro presentado por la inteligencia norteamericana y británica con respecto a la capacidad de armas no convencionales de Irak”.

Los líderes israelíes se angustiaron profundamente cuando el presidente George W. Bush decidió pedir la autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para entrar en guerra en setiembre y se preocuparon todavía más cuando Saddam permitió que inspectores de Naciones Unidas volviesen a Irak ya que estos acontecimientos parecían reducir las probabilidades de una guerra. El ministro de exteriores Shimon Peres dijo a los periodistas en setiembre de 2002 que “la campaña contra Saddam Hussein es una necesidad. Las inspecciones y los inspectores están bien para la gente decente, pero la gente deshonesta vence fácilmente a inspecciones e inspectores”. (Acotación mía: de eso debe saber mucho Peres, dado que el gobierno israelí engañó a los inspectores que el presidente americano Kennedy mandó en 1964 a revisar la central nuclear de Dimona, en el desierto del Negev. Además de controlar en todo momento al equipo de los inspectores y su alcance, Israel construyó falsos paneles de control y tapió pasillos para engañarlos). 

Al mismo tiempo, el ex primer ministro Ehud Barak escribió un artículo en el New York Times advirtiendo que “ahora el mayor riesgo es no hacer nada”. Su predecesor, Bejamin Netanyahu, publicó un artículo similar en el Wall Street Journal que se titulaba “El argumento para derrocar a Saddam”. Netanyahu declaraba “Hoy en día no vale nada más que desmantelar su régimen” y añadía que “creo que hablo por la aplastante mayoría de israelíes al apoyar un ataque preventivo contra el régimen de Saddam”. O como informaba Ha’aretz en febrero de 2003: “Los militares (israelíes) y los líderes políticos anhelan una guerra en Irak”.

Pero como Netanyahu sugiere, el deseo de guerra no se reducía a los líderes israelíes. Aparte de Kuwait, que Saddam había conquistado en 1990, Israel era el único país del mundo donde tanto los políticos como la opinión pública apoyaban con entusiasmo la guerra. Como observó en aquel momento el periodista Gideon Levy, “Israel es el único país occidental cuyos líderes apoyan la guerra sin reservas y donde no se expresa ninguna opinión alternativa”. De hecho, los israelíes tenían tanto entusiasmo por la guerra que sus aliados norteamericanos les dijeron que sofocasen esa retórica de línea dura para que no fuese a parecer que la guerra era por Israel.”

Unas presiones similares para que EEUU tomase cartas en el asunto con Irán comenzaron a desarrollarse casi al mismo tiempo:

“Sharon comenzó a presionar públicamente a los EEUU para que se enfrentase con Irán en noviembre de 2002 en una entrevista en The Times (Londres). Describía Irán como “el centro del mundo del terror”, con capacidad para hacerse con armas nucleares, declaró que la administración Bush debía actuar de forma represiva contra Irán “el día después” de haber conquistado Irak. A finales de abril de 2003, Ha’aretz informaba de que el embajador israelí en Washington solicitaba un cambio de régimen en Irán. El derrocamiento de Saddam, señalaba, “no era suficiente”. Según sus propias palabras, los EEUU “deben seguir adelante. Todavía hay amenazas de esa magnitud provenientes de Siria, provenientes de Irán”.(…) La administración Bush respondió a la presión del Lobby trabajando horas extras para clausurar el programa nuclear iraní. Pero Washington ha tenido poco éxito y parece que Irán está decidido a conseguir un arsenal nuclear. Como resultado, el Lobby ha intensificado su presión sobre el gobierno de los EEUU usando todas las estrategias de su manual. Editoriales y artículos advierten ahora de los inminentes peligros de un Irán nuclear, prudencia ante un apaciguamiento de un régimen “terrorista” y hacen referencias enigmáticas a acciones preventivas en caso de que falle la diplomacia. El Lobby también está presionando en el congreso para que apruebe el Acta de Apoyo a la Libertad de Irán, la cual ampliaría las sanciones existentes sobre Irán. Miembros del gobierno israelí también avisan de que podrían emprender acciones preventivas en caso de que Irán continúe por el camino nuclear, comentarios que en parte pretenden mantener a Washington concentrado en este tema.” 

En realidad, la actuación de este lobby no es muy distinta a la de otros grupos de influencia, sean económicos o sean empresariales. La diferencia es la efectividad con que éste en concreto ha llegado a influir en la toma de decisiones políticas de la mayor superpotencia mundial. Con lo que esto, evidentemente, no tiene nada que ver con las paranoias mentales de algunos conspiranoicos que ven judíos por todas partes urdiendo planes masónicos para dominar el mundo. Principalmente porque, como he dicho, en el Lobby pro-sionista confluye también gente que no es judía y, en segundo lugar, porque ni todos los judíos son sionistas (es más, la mayoría de judíos en EEUU no se identifican con eso) ni todos los sionistas son judíos. También están, por ejemplo, los baptistas sureños que creen que la fundación del Estado de Israel en 1948 fue el cumplimiento de una profecía bíblica y que toda la tierra entre el río Eufrates y el Mediterráneo debe pasar a manos israelíes y restaurar los sacrificios de animales en el Templo de Jerusalén para “acelerar” la Segunda Venida de Jesucristo. Lo que ocurre es que el Lobby pro-sionista torticeramente se ha blindado frente a cualquier crítica tachándola de “antisemitismo”. Identificar a Israel como un “Estado judío”, en lugar de como lo que es, un Estado sionista, crea un confusionismo por el cual la más mínima crítica es calificada como “antisemita”. Pese a lo absurdo de situaciones como la que se pueda dar cuando un judío de origen centroeuropeo, rubito y de ojos azules, tache a alguien de antisemita… cuando él precisamente no es que tenga mucho aspecto de semita (los árabes también son semitas).

Volviendo al tema principal, ¿qué ha cambiado en estos doce años para que en este caso se haya llegado a este acuerdo y que el presidente estadounidense haya pasado por alto las presiones del Lobby?

Desde luego, las razones no son una “blandenguería”, “pacifismo” o “debilidad” de Obama (ni que sea un “malvado negro musulmán”), como alegan los republicanos y sus aliados de la AIPAC. Sencillamente, a EEUU ya no le interesa estratégicamente mantener esa presión con Irán como para seguir contentando al Lobby.

La primera razón de todas, que Washington no está en buena forma, económica y militarmente, y este pulso le sale muy costoso. Según el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz y la experta en presupuestos de la Universidad de Harvard Linda Bilmes, EEUU ha perdido al menos 6000 millones de dólares durante catorce años de guerras en Oriente Medio. A pesar del costo extraordinario, los estadounidenses han sido derrotados y ahora se enfrentan con el Estado islámico, un nuevo ente terrorista, surgido a partir de errores estratégicos de Washington que está creando de facto un nuevo país en parte de Irak y Siria. Si sus fuerzas armadas no han tenido dinero ni moral como para que EEUU las lanzara a una operación contra el dictador Assad en Siria o para aplastar al Estado Islámico en Irak, mucho menos lo van a tener para atacar a un enemigo mucho más poderoso como es Irán.

La segunda, que EEUU no puede ahora mismo afrontar simultáneamente a Irán, al Estado Islámico y al desafío de Rusia y China. Llegar a un acuerdo nuclear con Irán elimina a estos del tablero. Aparte, EEUU ha terminado aceptando que va a necesitar a Irán para hacer frente al Estado Islámico, a la vista de lo poco efectivos que están siendo los ataques de la coalición que formó con varios países árabes a la hora de intentar debilitar a los yihadistas.

Y la tercera y última es la preocupación de Washington por la dependencia energética de Europa hacia Rusia. Esta dependencia es incompatible con que la UE apoye las sanciones de Washington contra Rusia y las maniobras de la OTAN para tratar de intimidarlos. Washington quiere poner fin a esta dependencia y tiene esperanzas de que el dinero puede llevar a Irán a convertirse en un proveedor de gas natural y petróleo a Europa.

Esta explicación y estos motivos de EEUU no son cínicos, sino realistas. Washington ha caído en la cuenta de que Irán está consumiendo un tiempo, energía y recursos que necesita frente a Rusia y China. Los estadounidenses, hartos de estar embarcados continuamente en guerras, piensan que si se ha podido convivir y contener, en otras épocas y en la actualidad, a la Unión Soviética, a China o a Corea del Norte, entonces se puede hacer lo mismo con Irán. El régimen iraní en absoluto está compuesto por locos, en todo caso, por maquiavélicos. Saben que, incluso en el caso de llegar a tener armas nucleares, sería un suicidio intentar utilizarlas contra EEUU. También sería un suicidio si pretendiera usarlas frente a Israel, la cuarta potencia militar del mundo apoyada por la primera, pese a la imagen victimaria de pequeño país casi desvalido, y rodeado por gigantes árabes a punto de comérselo, que vende el Lobby sionista: algo absurdo por cuanto Israel es uno de los países más poderosos del mundo en términos militares y tecnológicos, mientras sus enemigos árabes son atrasados y primitivos… la comparación es tan absurda como que la Inglaterra victoriana del siglo XIX fuera presentada como un enano débil, un “David” frente al “Goliat” de las inmensas tierras africanas que colonizaba. Aparte de la producción de energía eléctrica mediante fuel nuclear, el objetivo iraní, de ser cierto que haya querido desarrollar armas nucleares, habría estado más bien relacionado con el prestigio a nivel regional y como demostración de fuerza frente a las naciones árabes sunitas.

Según ha declarado Mark E. Stout, el director del Programa de Estudios sobre Seguridad Global de la Johns Hopkins University: “Sin embargo, como un ex agente de inteligencia, puedo decir que si se lo implementa, sus cláusulas de monitoreo nos permitirán saber mucho más sobre Irán y sus programas nucleares, y el conocimiento es poder. Vale la pena recordar que en plena Guerra Fría hubo muchos acuerdos de control de armas entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que resultaron exitosos. Aquí existe el potencial para algo similar”.

El acuerdo no será fácil (tampoco los grupos más intransigentes en Teherán están precisamente contentos con el entendimiento con el “Gran Satán” americano, por cierto, hay que recordar) pero una mejora en la calidad de vida de la población de Irán, tras la retirada de buena parte de las sanciones económicas, puede ayudar a los sectores más reformistas dentro del régimen iraní, y la rebaja de la tensión puede contribuir a reordenar un poco una zona como la de Oriente Medio que está sumida ahora mismo en el caos y la destrucción. Por otro lado, si se pretendía cortar las posibilidades de Irán utilizar su programa nuclear para fines militares, es indudable que el acuerdo tiene posibilidad de conseguirlo.

El tiempo nos lo dirá.


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