Posteado por: Javier | noviembre 1, 2015

Rusia en Siria y el realismo cínico en las relaciones internacionales

La intervención militar que, desde hace justo un mes, Rusia está ejecutando en Siria contra los islamistas opositores al régimen de Bachar al Assad genera opiniones encontradas y no pocos equívocos. Desde el deseo de que Siria sea un nuevo Afganistán con el que los estadounidenses derroten a la nueva Rusia, como anhela desde su tribuna en The New York Times Thomas Friedman, o como manifestó John MacCainn en Fox News (“debemos entregar a esos chicos armas con las que derribar los aviones rusos… ya lo hicimos así en Afganistán hace muchos años”), hasta que los nacionalistas rusos hagan de Siria otra Novorossia como la ucraniana (“ ¡Sin Siria no habrá Rusia!”), pasando por algunos ultraconservadores que ven en la operación rusa una especie de “cruzada”, “nuevo Lepanto” o “guerra santa” contra los “orcos mahometanos”, es el caso del católico Juan Manuel de Prada (…como si acaso los bombardeos rusos no favorecieran a otros “orcos” en detrimento de los que están siendo bombardeados), hasta llegar a una parte de la izquierda despistada que habla de “antiimperialismo”… solo porque, en este caso, el imperialismo quien lo está ejerciendo no es EEUU. Por favor, que alguien se tome el tiempo de recordar a estos últimos que en Rusia ya no gobiernan los soviets, que desde 1991 quien gobierna es la ultraderecha. Putin no es más que el gestor del neolibegalismo en la esfera regional en que le ha tocado gestionarlo, no que sea un opositor a ese sistema.

Pero lo que hay tras la intervención rusa es muchísimo más pragmático, cínico y realista.

Siria es un estado fallido y en fase casi irreversible de descomposición, así que para las potencias extranjeras es una buena ocasión para seguir reconfigurando y moldeando Medio Oriente según sus intereses particulares. Hasta ahora, tras el desplome de la URSS, EEUU había ejercido ese papel de único “reconfigurador”, al ser la única superpotencia sin ninguna competencia. Pero, actualmente, Obama es débil, mientras que Putin es fuerte y Rusia ha recuperado parte del potencial militar de la antigua URSS. Después de sucesivos fracasos, hay un vacío del poder americano en la zona que Rusia ha llegado para llenarlo, usando la misma lógica: la de su potencial militar. El poder ruso tiene límites y no tiene la misma capacidad que el norteamericano para proyectarse a miles de kilómetros de sus fronteras, pero el proceder no es muy distinto. Si acaso, la diferencia es que EEUU busca primero “legitimar” sus acciones configurando unas alianzas e intentando convencer a la comunidad internacional de la “necesidad” de las intervenciones “preventivas” que emprende, y Rusia aplica el “aquí estoy yo, me importa una mierda convenceros o no”.

Y el caso es que un “derecho” a hacerlo no le falta. El “derecho” de la fuerza de las armas, que es, al fin y al cabo, por muy cínico que pueda parecer, lo que da o quita “derechos” en la esfera internacional, no ningún supuesto alto ideal. Ahora Rusia llama “luchar contra el terrorismo” a la defensa de sus intereses en la zona. Anteriormente lo hizo así EEUU. Durante los tiempos de la Guerra Fría, las dos superpotencias promovieron y toleraron golpes de estado y toda clase de barbaridades siempre que fueran en sus países aliados, protestando vehementemente contra los que se produjeran en un país del otro bando, siempre bajo la justificación de la “democracia”, en el caso de EEUU, o del “socialismo”, en el de la URSS.

Los sueños imperialistas de Rusia en la región no son nuevos, sobre todo los centrados en la búsqueda de una salida al Mediterráneo. Desde los tiempos de la Rusia imperial, pasando por la URSS hasta la actualidad, los rusos siempre ha encajado a los árabes en el esquema orientalista que los considera de forma sistemática como sujetos subalternos de la historia, incapaces de gobernarse a sí mismos, y necesitados, por tanto, de ser gobernados a través de dictadores amigos interpuestos. En ese punto, no ha sido nada distinto del procedimiento seguido por las potencias occidentales. La aplicación de esta idea orientalista la vimos en la reacción a las revueltas árabes de 2011. En estas revoluciones había un repudio tanto a las élites dictatoriales de los distintos países árabes como a los socios de estas élites (EEUU, Irán, Israel, Rusia, Europa) que los venían dominando a base de dependencia en todos los terrenos, incluso de ocupación militar a veces. Se puede decir que, por primera vez, había una narrativa árabe propia de emancipación. El problema es que esta ruptura histórica hubiera sido fatal para el orden hegemónico tanto occidental como ruso, de modo que ambos bloques corrieron en apoyo de sus respectivos amigos, en un intento de reconducir las revueltas de forma que se crease una nueva situación en la que, por supuesto, se mantuviese la tradicional dependencia árabe. Una contrarrevolución en toda regla, a base de dictadores, yihadistas y petrodólares haciendo el trabajo sucio, que ha terminado de devastar y de sembrar la muerte y el odio en toda la zona.

La otra razón, sin la cual es inentendible la intervención de Rusia en Siria, es la necesidad de salidas a mares libres de hielos en invierno. Esto también fue una de las razones de la anexión de la península de Crimea.

Muchos de los puertos del país están expuestos a la congelación del Ártico durante varios meses al año. Vladivostok, el puerto más grande de Rusia en el Océano Pacífico, está rodeada por el Mar de Japón, que está dominado (valga la redundancia) por los japoneses. Esto no sólo detiene el flujo del comercio dentro y fuera de Rusia, sino que también evita que la flota rusa opere como una potencia mundial, ya que no tiene acceso durante todo el año a las más importantes rutas marítimas del mundo. A ello hay que unir la sensación de vulnerabilidad incrustada en el alma rusa debido la inmensidad de sus fronteras y lo escasamente abrupto que es su territorio. Las dos principales preocupaciones de Rusia (vulnerabilidad en tierra y falta de acceso a puertos de aguas cálidas) se unieron en Ucrania en 2014. Mientras un gobierno pro-ruso dominaba en Kiev, Rusia podía estar segura de que su zona de “parachoques de seguridad” frente a occidente se mantendría intacta. Incluso una Ucrania neutral, fuera de la Unión Europea o de la OTAN, y que mantuviera el contrato de arrendamiento que Rusia tenía en el puerto de Sebastopol, en Crimea, sería aceptable. Pero cuando las protestas en Ucrania derribaron al gobierno pro-ruso de Viktor Yanukovich y un nuevo gobierno, más pro-occidental, llegó al poder, Putin sólo tenía una opción. Podía haber respetado la integridad territorial de Ucrania, o podía hacer lo que los líderes de Rusia han hecho durante siglos. Y decidió que la mejor defensa era un ataque preventivo, anexionándose Crimea y garantizando el acceso de Rusia a su único puerto importante de aguas cálidas, así como, de paso, evitando que la OTAN llegase aún más cerca de su frontera. 

En definitiva, el temor a ser rodeados, historicamente tan arraigado a la conciencia rusa, y a su vulnerabilidad territorial, es lo que desde siempre ha movido a Rusia a buscar constantemente territorios “parachoque” (antes los países del Pacto de Varsovia, ahora las repúblicas ex-soviéticas) y a buscar nuevas salidas a mares libres de hielos, y es, por tanto, lo que ha condicionado siempre los movimientos de su política exterior. Conociendo esto, tampoco debemos olvidar la responsabilidad occidental en el exacerbamiento de Rusia, después de dedicarse, desde hace una década y media, a rodear a este país, con la OTAN desde Polonia hasta Turquía y con las tropas americanas en Irak y Afganistán, formando un anillo casi perfecto. Cuando en 1991 se cae la URSS, el Pacto de Varsovia recibe la indicación de que cada Estado siga su camino. El Pacto militar que se había formado en 1955, la OTAN ya estaba desde 1949, desaparece. Sin embargo, la OTAN no solo no desapareció sino que lo que hizo fue incluir en el tratado defensivo (¿contra quién?) a los antiguos miembros del Pacto de Varsovia. El proceso fue primero OTAN luego inclusión en la Unión Europea, era un dos por uno. ¿Por qué? Por el comercio. Se cuenta que el comercio ilegal de armas es uno de los que más beneficios proporcionan a las mafias, el legal ni te cuento. Hay que seguir produciendo, y amortizando. ¿Se imaginan la situación contraria? Que el Pacto de Varsovia, después de acabarse la Guerra Fría y disuelta la OTAN, hubiera continuado existiendo y que se hubiera dedicado a incluir a Estados fronterizos con EEUU y que los antiguos aliados de la OTAN ahora fueran miembros del Pacto de Varsovia. Y que incluso hubieran intentado incluir al Estado donde EEUU tuviera su flota. Y que, además, se involucraran en derrocar a un gobierno vecino, por ejemplo, de México, porque se le ha ocurrido a su Gobierno, que procede de las urnas (como ocurrió en el caso de Ucrania), atender al beneficio de un tratado comercial con EEUU en vez de con Rusia. Podemos imaginarnos cuál hubiera sido la reacción de los norteamericanos.

Las misma preocupación histórica es visible en la intervención de Rusia en Siria en nombre de su aliado Assad. Los rusos tienen una base naval en la ciudad portuaria de Tartus. Si Assad cae a manos de alguno de los amigos de EEUU, los nuevos gobernantes de Siria pueden mandarlos a la puta calle. Putin está muy seguro de que vale la pena el riesgo de enfrentarse a los miembros de la OTAN en este espacio geográfico.

Así que los despistados que veáis en Rusia “antiimperialismo” o algún patrón de comportamiento distinto al que ha venido siguiendo EEUU en el mundo, poneos las pilas y a ver si os enteráis.


Responses

  1. […] Al menos, eso es lo más criticable de la guerra de 2003, su extemporaneidad (si la cuestión era acabar con Sadam, se debió hacer en 1991 y se hubieran evitado muchos sufrimientos y problemas) y la cantidad de errores tan gravísimos, y que han costado tantas vidas innecesarias, que se cometieron antes y después de una intervención que es verdad que fue rápida, sólo tres semanas, y relativamente eficaz. Lo demás, cosas como las de este informe, están muy bien para rellenar periódicos sin aportar nada nuevo. Hablar de guerra “legal” o “ilegal” es absurdo y más aún pretender que una u otra calificación dependa del veredicto de una organización como la ONU. La guerra es un acto que no depende de un tecnicismo legal, en sí misma está fuera de esas categorías de “legal” o “ilegal” y en todo caso sólo se puede discutir sobre ella su legitimidad o su oportunidad. Más allá de eso, la intervención de EEUU en Irak no fue menos “legal” que otras realizadas por otros países, como el caso de Rusia en Georgia (2008), Ucrania (2014) o Siria (2015), y que no han causado tantas controversias ni generado tantas protestas. Repito lo que dije en la entrada sobre la intervención rusa en la guerra civil siria: […]


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