Posteado por: Javier | diciembre 5, 2015

¿Cómo llegamos al “consenso neolibegal”?

Continuando un poco con lo que comentaba en la anterior entrada, para comprender cómo hemos llegado al estado de cosas actual es importante prestar atención a tres instituciones: el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial de Comercio (OMC). Básicamente, son el FMI y el BM quienes han estado en el centro de las grandes cuestiones económicas en las dos últimas décadas, como las crisis financieras y la transición de los países ex-comunistas de Europa del Este a la economía de libre mercado.

El germen del FMI y del BM surgió en los últimos meses de la II Guerra Mundial, en la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas en Bretton Woods (EEUU) en julio de 1944. La creación de estas instituciones fue parte del esfuerzo de los vencedores de la guerra para reconstruir Europa tras la devastación de la guerra y para salvar al mundo de depresiones económicas futuras. De hecho, el nombre completo del Banco Mundial es “Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo”. Por aquella época, la mayoría de países del Tercer Mundo aún eran colonias y se consideraba que los esfuerzos para su desarrollo económico eran competencia de sus metrópolis europeas.

La misión fundamental de asegurar la estabilidad económica era responsabilidad del FMI. Los reunidos en Bretton Woods tenían muy presente la Gran Depresión de 1929, la crisis más severa de toda la historia del capitalismo, hasta el punto de que en sus peores momentos el 25% de la población de EEUU estaba en el paro. John Maynard Keynes, el famoso economista británico, explicó la situación como causada por la falta de demanda agregada, siendo la solución las políticas estatales que estimulasen esa demanda. En los casos en los que la política monetaria fuera ineficaz, los Gobiernos podían recurrir a políticas fiscales, subiendo el gasto o recortando los impuestos.

Keynes fue participante en la Conferencia de Bretton Woods y sus ideas tuvieron su influencia, de modo que al FMI se le encargó impedir una nueva depresión global como la Gran Depresión del 29. Lo conseguiría descargando presión internacional sobre los países que no cumplían con su responsabilidad para mantener la demanda agregada global y dejaban que sus economías se desplomaran. Si fuera necesario, suministraría liquidez en forma de préstamos a los países que padecieran una coyuntura desfavorable y fueran incapaces de estimular la demanda agregada con sus propios recursos.

Por tanto, todo lo contrario que actualmente: en su concepción original, el FMI se basó en el reconocimiento de que los mercados a menudo no funcionaban, sino que, es más, podían dar lugar a un paro masivo y fallarían a la hora de aportar los fondos imprescindibles para que los países pudiesen recomponer sus economías. La idea original del FMI era la necesidad de que se produjera una acción colectiva de todos sus miembros para lograr la estabilidad económica. El FMI es una institución pública, establecida con dinero de los contribuyentes de todo el mundo. Sin embargo, en ningún momento debe dar cuenta de nada de lo que hace ni a los ciudadanos que lo pagan ni a aquellos a cuyas vidas afecta con sus decisiones. En lugar de ello, informa a los ministros de Hacienda y a los bancos centrales de los Gobiernos del mundo. Ellos ejercen su control a través de un complicado sistema de votación basado en buena medida en el poder económico de los países a finales de la II Guerra Mundial. Desde entonces ha habido algunos ajustes menores, pero los que mandan son los grandes países desarrollados, y uno solo, los EEUU, ostenta un veto efectivo.

Pese a que el FMI fue fundado en la creencia de que los mercados fallan en muchas ocasiones y de que había que ayudar a los países a desarrollar políticas económicas expansivas (realizar inversiones públicas, bajar los impuestos o reducir los tipos de interés para estimular la economía), a lo que se dedica hoy día es a proclamar con fervor ideológico la superioridad del mercado, de modo que, ante situaciones de crisis, sus ayudas sólo llegan a los países caso de que estos adopten medidas neolibegales.

El cambio fundamental en estas instituciones se produjo en los años 80, la época en que Reagan y Thatcher predicaban la ideología del libre mercado en EEUU y el Reino Unido, respectivamente. El FMI y el BM pasaron a convertirse, de organismo estabilizadores de la economía, en instituciones “misioneras”, de forma que las ideas neolibegales fuesen aceptadas por aquellos países pobres que necesitaban con más urgencia sus préstamos. Los ministros de Economía y Hacienda de estos países pobres estaban dispuestos a convertirse en neolibegales de pro con tal de conseguir el dinero, por más que los pueblos de estos países vieran con estupefacción la precarización interna a que eran sometidos para ello.

A principios de los 80 se produjo una “limpia” en el servicio de estudios del BM, con el fin de infestar de neolibegales esta institución. Uno de los miembros cuya cabeza rodó fue Hollis Chenery, un profesor de Harvard que había realizado contribuciones fundamentales a la investigación del desarrollo económico y otras áreas, había sido confidente y asesor de Robert McNamara, nombrado presidente del Banco Mundial en 1968. Afectado por la pobreza que había contemplado en el Tercer Mundo, McNamara reorientó los esfuerzos del BM hacia su eliminación, y Chenery congregó a un grupo de economistas de primera fila de todo el mundo para trabajar con él. Esto se terminó en 1981, con la llegada de William Clausen como presidente y la de Anne Krueger como economista jefe. Chenery estaba interesado en cómo los mercados fracasaban en los países en desarrollo y en lo que los Estados podían hacer para mejorar los mercados y reducir la pobreza, pero para Krueger el Estado era el problema. Krueger tenía la convicción total de que la solución de los infortunios de los países subdesarrollados era el mercado libre. Bajo esta nueva dirección, e impregnado de una creencia casi mística en estas nuevas ideas, el BM empezó a actuar en conexión con el FMI. Pasó de dar préstamos para proyectos que generasen demanda agregada a suministrar “apoyo” en un sentido ámplio: mediante préstamos de “ajuste estructural” (que iban a convertirse en la principal herramienta de propagación del neolibegalismo). Estos programas de “ajuste estructural” sólo se hacían con la aprobación del FMI y en el paquetito iban incluídas las condiciones que el FMI imponía al país para recibir esos préstamos. Se suponía que el FMI se concentraba en las crisis, pero los países en desarrollo siempre necesitaban ayuda, de modo que el FMI se convirtió en un elemento permanente de la vida de la gente de buena parte del mundo subdesarrollado.

La colaboración entre el FMI y el BM se extendió a que este último fuera llamado también para aportar también decenas de millones de dólares en “ayuda de emergencia”, conforme a los criterios de los programas diseñados por el FMI. Supuestamente, el FMI se limitaba a las cuestiones macroeconómicas de los países que recibían la ayuda, a sus déficits presupuestarios, sus políticas monetarias, su inflación, sus déficits comerciales, su deudas externas; mientras que el BM se encargaba de las cuestiones estructurales: a qué asignaba el Gobierno el gasto público, las instituciones financieras del país, su mercado laboral, sus políticas comerciales. Pero, en la práctica, el FMI terminó adoptando una posición absolutista, considerando que cualquier problema estructural afectaba igualmente a la evolución de la economía, con lo que todo debía estar en sus manos. De hecho, incluso en aquellos años de creencia fundamentalista en el libre mercado, el BM tenía en ocasiones sus dudas sobre qué política era más adecuada a las condiciones particulares de cada país, lo que hacía impacientarse al FMI, convencido de que tenía todas las respuestas (normalmente, las mismas para todos los países), sin que hubiera necesidad de ninguna discusión. Tanto el FMI como el BM bien pudieron haber planteado a los países en desarrollo distintas alternativas sobre las mejores opciones para su desarrollo y, seguramente, al hacerlo hubieran fortalecido los procesos democráticos en esos países. Pero ambas instituciones estaban dirigidas por la voluntad del G-7 (los Gobiernos de los siete países más industrializados), y especialmente de sus ministros de Hacienda y secretarios del Tesoro, y con demasiada frecuencia lo último que deseaban era un vivo debate democrático sobre estrategias alternativas a la ortodoxia fundamentalista neolibegal.

El resultado ha sido que, pese a los esfuerzos del FMI desde los 80, las crisis en todo el mundo han sido más frecuentes y (con la excepción de la del 29) más profundas. Muchas de las políticas recomendadas por el FMI, fundamentalmente las liberalizaciones de los mercados de capitales, contribuyeron a la inestabilidad global. Cada vez que un país ha sufrido una crisis, los fondos y programas del FMI no sólo no han estabilizado su situación, sino que en muchos casos la han empeorado, especialmente para los más pobres dentro de esos países.

La tercera organización económica que contemplaba el acuerdo de Bretton Woods era una organización mundial de comercio. Esta organización vigilaría las relaciones comerciales internacionales, de forma parecida a como el FMI lo haría con las relaciones financieras internacionales. Un primer intento fue el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), pero no fue hasta 1995, medio siglo después del fin de la Guerra y dos tercios de siglo después de la Gran Depresión, cuando nació la Organización Mundial de Comercio (OMC). Pero, contrariamente a las intenciones de Bretton Woods, la OMC no fija ella misma las reglas sino que proporciona el foro donde las negociaciones comerciales tienen lugar, y garantiza que los acuerdos se cumplan.

Como hemos visto, las ideas que llevaron a la creación de las instituciones económicas internacionales eran buenas en sus inicios, pero, poco a poco y con los años, terminaron convirtiéndose en algo muy distinto. La orientación keynesiana inicial del FMI, que subrayaba los fallos del mercado y el papel del Estado en la creación de empleo, fue reemplazada por la sacralización del libre mercado y el neolibegalismo en los años 80. El FMI, junto con el BM y el Tesoro de EEUU, se integró en el conocido como “Consenso de Washington”, que fijó un enfoque y un marco completamente distinto sobre cuáles eran las políticas económicas “correctas” para los países subdesarrollados.

El “Consenso de Washington” incorporó ideas que pretendían ser respuesta a los problemas de América Latina, cuyos los Gobiernos habían perdido todo control presupuestario y las políticas monetarias conducido a inflaciones disparadas, supuestamente, por la excesiva intervención estatal en la economía. Estas ideas, elaboradas para hacer frente a problemas específicos de América Latina, fueron después consideradas aplicables a países de todo el mundo. La liberalización de los mercados de capitales fue impulsada a pesar del hecho de que no existen pruebas de que estimule el crecimiento económico. En otros casos las políticas económicas derivadas del “Consenso de Washington” y aplicadas en las naciones subdesarrolladas no eran las apropiadas para países en las primeras fases de su desarrollo.

Lo paradójico de este asunto es que ni los propios países industrializados, como el caso de EEUU o Japón, se habían autoaplicado a sí mismos estas ideas liberalizadoras y neolibegales en las épocas en que habían empezado su despegue económico. Por ejemplo, en el caso de EEUU durante el siglo XIX, la economía se edificó protegiendo de forma selectiva alguna de sus industrias hasta que fueron lo suficientemente fuertes como para competir con empresas extranjeras. Obligar a un país en desarrollo a abrirse a los productos importados que compiten con los elaborados por alguna de sus industrias, muy vulnerables a la competencia de buena parte de las industrias mucho más avanzadas de otros países, puede tener consecuencias desastrosas, sociales y económicas. Se han destruido empleos sistemáticamente (los agricultores pobres de los países subdesarrollados no podían competir con los bienes altamente subsidiados de Europa y Estados Unidos) antes de que los sectores industriales y agrícolas de estos países pudieran fortalecerse y crear nuevos puestos de trabajo. Para colmo, con la insistencia del FMI en que los países en desarrollo mantuvieran políticas monetarias estrictas se llegó a la existencia de tipos de interés incompatibles con la creación de empleo incluso en las mejores circunstancias. Y como la liberalización comercial tuvo lugar antes del tendido de “redes de seguridad”, quienes perdieron su empleo se vieron arrastrados a la pobreza (precisamente, la existencia de estas “redes” es lo que ha impedido, de momento, que los efectos del neolibegalismo hayan sido tan catastróficos en los países desarrollados). Así, normalmente, la liberalización económica no vino seguida del crecimiento prometido, sino, justamente lo contrario, de más miseria. Incluso aquellos que mantuvieron sus puestos de trabajo se vieron una sensación de inseguridad en aumento. Otro tanto se puede decir de los controles de capitales. Los países europeos mantuvieron el bloqueo sobre el flujo de capitales hasta los años 70. En cambio, a los países en desarrollo se les ha exigido abrir sus mercados desde el inicio, con sus defectuosos sistemas bancarios. Los flujos de “dinero caliente” entrando y saliendo rápidamente de estos países, lo que tantas veces sigue a la liberalización de los mercados de capitales, han provocado estragos. 

Con todo, lo peor no ha sido la aplicación de este tipo de teorías económicas, sino la enorme expansión de poder de las instituciones mundiales que se han encargado de difundirlas por todo el mundo. Hoy, tanto el FMI como el BM son protagonistas dominantes en la economía mundial. No sólo los países que buscan su ayuda financiera, sino también los que aspiran a obtener su “aprobación” para lograr un mejor acceso a los mercados internacionales de capitales deben seguir sus instrucciones económicas, que reflejan sus ideologías y teorías sobre el mercado libre. La consecuencia para muchas personas ha sido la pobreza y para muchos países el caos social y político. Los programas de ajuste estructural no han conseguido un crecimiento sostenido ni siquiera en los países que se plegaron a todas sus instrucciones. En la mayoría de ellos, la austeridad ahogó el crecimiento; en otros, la apertura demasiado rápida a la competencia, sin establecer instituciones financieras fuertes, destruyó los empleos e incrementó la pobreza a ritmo de vértigo. Después de la crisis asiática de 1997, las políticas del FMI exacerbaron las convulsiones en Indonesia y Tailandia. Las reformas neolibegales en América Latina provocaron que el continente tuviera que recuperarse de la década perdida para el crecimiento que siguió a los “rescates” del FMI de comienzos de los años 80. El colapso argentino de 2001 fue uno de los más relevantes fracasos de esos años. Hasta en el caso de los países que han tenido un cierto crecimiento tras estas medidas neolibegales (caso Chile) casi todos estos beneficios han sido acaparados por las clases más ricas (el 1% de esos países), mientras las rentas más bajas se han desplomado.

Tanto el FMI como las demás instituciones económicas internacionales están dominados no sólo por los países industrializados más ricos sino también por los intereses comerciales y financieros de esos países, lo que naturalmente se refleja en las políticas de dichas entidades. Casi todas sus actividades e instrucciones en política económica se dirigen a los países del mundo subdesarrollado y, sin embargo, estos organismos siempre están presididos por representantes de los países industrializados (por costumbre o acuerdo tácito el presidente del FMI siempre es europeo, y el del Banco Mundial siempre es norteamericano). Éstos son elegidos a puerta cerrada y jamás se ha considerado un requisito que el presidente posea alguna experiencia sobre el Tercer Mundo. En el FMI siempre hablan en nombre de cada país los ministros de Hacienda y los gobernadores de los bancos centrales, mientras que en la OMC son los ministros de Comercio. Evidentemente, todos ellos se van a alinear siempre con los grandes grupos empresariales, sobre todo los exportadores que desean nuevos mercados abiertos para sus productos. Los ministros de Hacienda y los gobernadores de los bancos centrales normalmente proceden de empresas financieras, adonde regresan después de su etapa en el Gobierno. Fue el caso de Robert Rubin, el Secretario del Tesoro de EEUU entre 1995 y 1999, quien venía del mayor banco de inversión, Goldman Sachs, y acabó en la empresa (Citigroup) que controla el mayor banco comercial: Citibank. El número dos del FMI entre 1994 y 2001, el estadounidense-israelí Stanley Fischer, se marchó directamente del FMI al Citigroup. Estas personas ven naturalmente el mundo a través de los ojos de la comunidad financiera. Cada institución refleja en las decisiones que toma las perspectivas e intereses de las personas que están detrás de esas decisiones, con lo que no debe sorprender a nadie que las políticas de las instituciones económicas internacionales se ajusten siempre en función de los intereses comerciales y financieros de los grupos empresariales y bancarios de los países más industrializados. Pero el resultado es que muchísima gente se ve sometida a una tributación sin representación: desde los pobres en Indonesia, Marruecos o Papúa-Nueva Guinea que ven reducirse los subsidios al combustible y los alimentos, hasta los de Tailandia que ven cómo se extiende el SIDA como resultado de los recortes en gastos sanitarios impuestos por el FMI.

Para mucha gente, no sólo en los países subdesarrollados, sino también en los desarrollados, la liberalización económica a nivel mundial y el neolibegalismo no han conseguido lo que sus partidarios, propagandistas y misioneros prometieron que lograría. En algunos casos ni siquiera ha generado crecimiento, y cuando lo ha hecho, no ha proporcionado beneficios a todos. Antes al contrario, el efecto neto de las políticas estipuladas por el “Consenso de Washington” ha sido favorecer a la minoría a expensas de la mayoría, a los ricos a expensas de los pobres. En todos los casos los intereses financieros siempre han prevalecido sobre las preocupaciones acerca del medio ambiente, la democracia y los derechos humanos.

Pero, con eso y con todo, también hay muchísimas personas no precisamente miembros de estas élites empresariales y financieras (más bien incluso muy desfavorecidos muchos de ellos) que han asumido e interiorizado como opinión propia este “consenso neolibegal” propagado por los proselitistas que han copado desde principios de los 80 las instituciones económicas internacionales. Estos profetas han producido un mensaje facilón (del que se encargan de ser fieles voceros nuestros “gobernantes”), precisamente dirigido a las clases más desfavorecidas, tipo: “La culpa de tus desgracias es la del vecino que tienes al lado, que es un zangano que cobra un subsidio que TÚ pagas con los impuestos que “Papa Estado” roba de tu duro trabajo… ni se te ocurra pensar que las multimillonarias indemnizaciones pagadas a directivos de bancos quebrados y rescatados tienen algo que ver… ni los monstruosos recortes fiscales a multinacionales o la evasión a paraísos fiscales gracias a las leyes de libre circulación de capitales que nosotros mismos aprobamos…¡¡No hombre, noooooooooo!!”. Pese a que parezca que la “izquierda postmoderna” ha ganado algunas “guerras culturales”, realmente la gran triunfadora de nuestros días es la “derecha económica” (que suele pasar olímpicamente de las obsesiones de la derecha “moral”) y que, efectivamente, en términos económicos (lo que, en definitiva, les importa), han moldeado y derechizado los esquemas mentales de buena parte de la sociedad. Hasta tal punto de que la mayoría tiene interiorizado este modo de pensar derechista casi sin darse cuenta, e, igualmente, casi sin darse cuenta, son los mejores defensores de intereses que no son los suyos.


Responses

  1. O sea, que un buen día llegaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher y por sus huevos se lo cargaron todo.

    ¿ No podría ser también que allá por los 70 se descubrió y quedó muy evidente que el modelo de respuesta keynesiano estaba agotado y no daba solución a las crisis con presencia de alta inflación y alto paro ?

    ¿ Y no pudo ser que las políticas de Reagan y Thatcher sí que dieran respuesta ?

  2. ¿ Sabes qué es lo peor de la Klein ?

    Que ha aprovechado el que ya Friedman y Hayek están fallecidos, pues no les hubiera durado nada en un debate con ellos.

  3. Moli:

    “O sea, que un buen día llegaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher y por sus huevos se lo cargaron todo.

    ¿ No podría ser también que allá por los 70 se descubrió y quedó muy evidente que el modelo de respuesta keynesiano estaba agotado y no daba solución a las crisis con presencia de alta inflación y alto paro ?”

    Madre, qué fijación con decir que he dicho cosas que en realidad no he dicho. No he dicho que Reagan y Thatcher llegarán de repente y lo cambiaran todo, ya existía una tendencia de cambio de pensamiento y mucha propaganda desde principios de los 70, que, evidentemente, ayudó a las victorias de Reagan y Thatcher y esto a que las instituciones económicas internacionales fueran girando hacia las políticas neolibegales, como es lógico, dado que en el nombramiento de los dirigentes de estos organismos quienes influyen son los gobiernos de los países más poderosos.

    En cuanto al descubrimiento de los 70, es lógico que siempre que hay una crisis se producen cambios, o sea, que se necesita de una crisis para cambiar radicalmente una época (especialmente una época que “iba bien” o era estable). Los movimientos pendulares de la Historia, “giran”, “cambian”, cuando hay una crisis, un “algo” que causa la ruptura y el cambio de mentalidad, de modo que hizo falta una crisis tan terrible como la de 1973 para que la gente se olvidara de los treinta años estables de los que habían disfrutado y para que mucha gente empezara a pensar en que lo necesario era lo contrario (recortes en beneficios sociales, despidos, bajada de impuestos a los más ricos, privatizaciones…) con tal de salir de la crisis como fuera. Por eso, aunque ya había grupos como la Sociedad Mont Pelerin, es en los 70 cuando empiezan a multiplicarse como hongos los think tanks y laboratorios de ideas conservadores y neolibegales, puesto que la ocasión la pintaban calva para crear cambios de paradigmas en mucha gente (entre la suficiente como para ganar elecciones).

    “¿ Y no pudo ser que las políticas de Reagan y Thatcher sí que dieran respuesta ?”

    Que en los países desarrollados, sobre todo USA y RU, hay casos en que han generado un gran crecimiento (hasta que llegó la crisis de 2008) es cierto, pero la cuestión no es esa sino a cuántos ha beneficiado eso, a no ser que asumamos como cierta la “teoría del goteo”.

    De todas formas, en cuanto a Reagan, habría que decir que mucho del crecimiento de los EEUU en esa época no vino tanto de las medidas de liberalización, sino de una política keynesiana un tanto “sui generis”: las fortísimas inversiones públicas en la industria militar y de armamentos.

    “¿ Sabes qué es lo peor de la Klein ?

    Que ha aprovechado el que ya Friedman y Hayek están fallecidos, pues no les hubiera durado nada en un debate con ellos.”

    Bueno, eso no lo sabremos ya, pero dando la vuelta a la cuestión y especulando, probablemente ellos también han tenido la “suerte” de no estar ya en este mundo y no tener que salir a explicar la crisis de 2008.


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