Posteado por: Javier | febrero 11, 2016

El lío de la memoria histórica

Recientemente se ha producido un colosal error por parte del infantil e inmaduro Ayuntamiento de Madrid, consistente en retirar por equivocación una placa a ocho beatos carmelitas fusilados durante la Guerra Civil (error, por fortuna, subsanado). Uno más que se une al caos que hay montado en cuanto a la eliminación de simbología franquista en nuestras ciudades y sobre lo que se puede comentar algo brevemente.

Este caos es resultado de lo timorato de la Ley de Memoria Histórica, que deja la patata caliente de que cada ayuntamiento interprete como buenamente pueda qué simbología franquista hay que retirar, en lugar de lo que debió hacer: eliminación de toda estatua y calle dedicada al general Franco y una lista de nombres de aquellos implicados en la sublevación, la represión posterior a la Guerra Civil y en la dictadura, para ser retirados del callejero en un plazo máximo de dos años. Se eliminan en esos dos años, y a otra cosa, mariposa. La gente ya lo daría como algo normal. Claro, no se puso plazo y se dejó todo abierto a interpretación de las corporaciones municipales y los nostálgicos del antiguo régimen, o simplemente gente que busca algún argumento contra los partidos de izquierda, utilizan las cagadas que ha cometido más de un ayuntamiento para reivindicarse y tachar de “sectario” o “guerracivilista” a todo aquel que no apruebe sus peculiares visiones de la historia.

Habría que tener dos factores en cuenta: el grado de implicación del sujeto en cuestión con la rebelión militar y los principios contrarios a la democracia, por un lado, y la comodidad de los vecinos por otro. Porque cambiar calles es una incomodidad para todos y hacerlo por hacerlo no tiene sentido. Y, aparte, al margen de que hay que acabar ya la limpia de nombre de calles asociados a personajes que fueron sublevados contra el orden constitucional vigente, con esto de la memoria histórica hay que ser sumamente cuidadosos. Los nostálgicos del franquismo no pasan una y aprovechan estas cagadas para arremeter contra la memoria histórica en su conjunto y vociferar que acabar con los vestigios de la dictadura es una “aberración” o “revanchismo”. Evidentemente, en el caso de la pifia de febrero con la placa de los carmelitas, las vidas de un grupo de religiosos fusilados en medio de los disturbios anticlericales (un hecho injusto y condenable, obviamente) les importan un pimiento, ellos donde tienen puesto el foco es, por ejemplo, en la retirada de las estatuas o las calles dedicadas al “caudillo” o al resto de sublevados. Pero el griterío que forman por hechos como este de la retirada de la lápida les permite defender y meter en el mismo paquete lo que de verdad les interesa.

Ni estatuas de Franco ni calles a los generales Mola, Cabanellas, Goded, Queipo de Llano, Fanjul, etc. Alguien que se ha rebelado contra un orden democrático, y provoca una guerra con ello, no debe tener una calle ni una mención pública con la excepción quizá de alguna discreta referencia en sus municipios de origen. Todos aquellos responsables de la represión y de crímenes especialmente crueles tampoco deben tener ninguna calle o estatua.

Para los cargos del régimen franquista (alcaldes, ministros, generales, procuradores en cortes) que no participasen con responsabilidades en la guerra civil, se debe estudiar caso por caso pero sin que eso lleve necesariamente a su eliminación. En los casos en que el honor sea claramente desproporcionado y sea producto sencillamente de su adicción al franquismo, en principio la calle se debería retirar. En los demás casos, sobre todo en los casos de cargos menores, optaría por el mantenimiento del nombre de la calle. Por otra parte, eliminar la calle de alguna figura destacada, un escritor o artista, por ejemplo, que tuviera o manifestara en algún momento simpatías ideológicas por el franquismo no es una buena idea (Dalí, Josep Pla, Manuel Machado, Menéndez Pidal, etc.). En España no puede quedar una sola calle con nombre de Franco, los generales sublevados, los responsables directos de la represión, etc., pero, en los demás casos, haciendo un análisis exhaustivo uno por uno. Si son generales golpistas, miembros fundamentales del franquismo o represores, deben ser eliminados sus nombres de las calles. Pero en cuanto a personajes secundarios, a los que casi no conoce nadie, o que no tuvieron participación en la guerra o la dictadura, en principio, la idea debería ser mantener las calles, entre otras cosas, para no darles más publicidad.

Igualmente en el caso de algunos como Manuel Fraga, López Rodó, Torcuato Fernández-Miranda, etc., quienes, pese a sus simpatías con el régimen franquista, realizaron una contribución para la vuelta a la democracia. No deben eliminarse.

Y esto debería quedar claro, puesto que aunque la ley de memoria histórica no se aplica a personalidades con tendencias franquistas pero que no han participado en la represión y la dictadura, se intenta aprovechar estas confusiones para salir con socarronerías y chistecitos estúpidos tipo como que si se van a eliminar también las calles dedicadas a Dalí o si se van a demoler los pantanos que construyó Franco.

De todas formas, decir que algo hemos avanzado. Aunque las más conocidas (y polémicas) fueron las retiradas de estatuas ecuestres de Franco durante las dos legislaturas de Zapatero, es bueno recordar que la primera retirada tuvo lugar en Valencia, a iniciativa del ayuntamiento gobernado por el socialista Ricard Pérez Casado, en tiempos mucho más complicados, el 9 de septiembre de 1983, cuando el franquismo sociológico aún tenía bastante fuerza (hubo que mandar a los antidisturbios para evitar incidentes de parte de los grupos que fueron a protestar por la retirada de la estatua y los operarios fueron encapuchados para no ser reconocidos). Lo de este impresionante documento es algo que ya no se vio en 2005 cuando se quitó la estatua de Nuevos Ministerios en Madrid, donde hubo cuatro gatos absolutamente desfasados a los que ya no se les tenía miedo. Hoy día no habría casi manifestantes ante algo así (la biología no perdona).

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