Posteado por: Javier | febrero 11, 2016

Los titiriteros “proetarras” y la guerra cultural

A casi nadie puede caber la menor duda de que la señora Aguirre anda como loca por echar el garfio a un cargo, la alcaldía de Madrid, de la cual, su gozo en un pozo, se vio privada tras las pasadas elecciones municipales en la capital de España. Un cargo que, tampoco a nadie debe caber la menor duda, una persona tan encantada de haberse conocido a sí misma, como es el caso de Aguirre, piensa que le pertenece prácticamente por “designación divina” y que actualmente está “usurpado” por una pandilla de “perroflautas”. Tras la polémica que ha surgido con la historia de la detención y encarcelamiento de los titiriteros tachados de “proetarras” (y que no va a ser la última movida de este tipo que va a haber, eso seguro) ha vuelto a apremiar al PSOE para que rompa su acuerdo con Ahora Madrid. Aguirre, y toda la trompetería mediática que tiene a su favor en Madrid, evidentemente, lo que buscan es terminar forzando a un derrumbamiento del PSOE de este pacto, sumando gresca tras gresca, polémica tras polémica y escenificación tras escenificación, y, de camino, ir marcando la agenda política.

¿Y enfrente qué tiene? A una señora como Manuela Carmena, que es la candidez en estado puro. Es alguien que no me cae mal, en serio, pero creo que es más inocente que el asa de un cubo, como la mayoría de chicos que tiene en su equipo. Es alguien que cree que lo que tiene enfrente es gente razonable y que piensa en el bien común como ella, sólo que desde posturas ideológicas distintas, y no es así. Se enfrenta a hienas heridas, a personas arrogantes que creen que el país es suyo y que no aceptan perder la poltrona. Por eso mismo, errores infantilistas y buenistas como el forzar la dimisión del concejal Zapata, por la polémica de los tuits que estalló nada más llegar al Ayuntamiento, o la reacción ante esta polémica de los titiriteros no valdrán para nada, mañana sacarán cualquier cosa más para desprestigiarla a ella o a cualquiera de su equipo por cosas por las que nunca nadie ha asumido responsabilidades.

Jurídicamente, el asunto de los titiriteros no tiene demasiada vuelta de hoja. Se trata de la representación, en el marco de las actividades del Carnaval de Madrid, de una obra llamada “La bruja y Don Cristóbal” por dos titiriteros de una compañía llamada “Títeres desde Abajo”, que previamente había sido representada en Granada. La obra venía a ser una sátira humorística, por la cual los autores, militantes anarquistas, querían representar lo que entienden son montajes de varios poderes del Estado contra disidentes. En un momento dado de la función, uno de los muñecos o personajes de trapo, que supuestamente era un policía, coloca a uno muerto una pancarta en la que se lee “GORA ALKA-ETA”, como un montaje para acusarlo de terrorista. Esto es lo que se ha considerado (no, señores, no es surrealismo, es realidad) “enaltecimiento del terrorismo”, no sólo del de ETA, sino del de Al Qaeda (por lo de ALKA), como ha entendido el juez, y como, inmediatamente, se encargó de difundir la propaganda derechista. La aparición del cartelito fue lo que provocó el enfado de algunos padres que estaban con niños y que fueron a denunciarlo.

Yo no he visto la obra en cuestión, así que no me puedo pronunciar sobre si es indecente, inmoral, deleznable, zafia, inadecuada o cualquier otro de los calificativos que ha recibido por parte incluso del propio Ayuntamiento de Madrid, en el intento de escurrir el bulto (calificativos que lo único que han hecho ha sido contribuir a inflar la bola de la película que han montado desde el PP, como acertadamente se indica en este recomendable artículo del blog “A sueldo de Moscú”). En todo caso, como mucho, lo que se puede decir es que fue un error programar eso en el marco de otras actividades infantiles. No es que un niño no se pueda reír con una sátira, sino que el satírico no es un género destinado para niños que no van a entender casi nada. Y, por cierto, la ideología anarquista o ácrata de los titiriteros tampoco es un elemento jurídicamente relevante, como se ha querido dar también a entender.

Desde luego, en el supuesto incluso de que la conducta pudiera ser calificada como “enaltecimiento del terrorismo”, la sobreactuación judicial inicial no ha podido ser más teatral, aunque finalmente ha terminado con la puesta en libertad de estas dos personas, al decretar el ingreso en prisión de los titiriteros argumentando que hay riesgo de fuga, destrucción de pruebas y reiteración delictiva. Respecto de lo primero se podrían adoptar medidas cautelares de carácter económico, como se hace habitualmente por otra parte; sobre lo segundo, parece que la policía se incautó ya todo el material y hay abundantes testimonios de los asistentes; a propósito de lo tercero, después de lo ocurrido no parece probable que vuelvan a ser contratados o, de serlo, que su actuación vaya a pasar desapercibida. Legalmente, la prisión provisional se aplica bajo criterios restrictivos, lo cual no se hizo en este caso. Por otra parte, no soy muy aficionado a nada que venga de Europa, pero hay que reconocer que, en cuestiones como la libertad de expresión, la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos es mucho más liberal que la española en muchos casos. Para este tribunal, el ejercicio de la libertad de expresión no puede supeditarse a su conformidad con las ideas y opiniones mayoritarias o socialmente aceptadas sino que debe amparar “aquéllas que chocan, inquietan u ofenden al Estado o a una fracción cualquiera de la población” (asunto Handyside c Reino Unido, de 1976, y mucho más recientemente, caso Otegui c. España, de 2011). Según la doctrina del mismo Tribunal (Caso Eon c. Francia, de 2013), la sátira es una forma de expresión artística y de comentario social, que a partir de la exageración y la deformación de la realidad, tiene por objeto provocar y excitar las conciencias. El “animus iocandies” consustancial a la sátira, es decir, la mordacidad o la afirmación aguda con el ánimo de censurar o ridiculizar. Sátira es, pues, una de las manifestaciones de la libertad de expresión.

También es cierto que la caverna mediática y política no considera que se tratara de una sátira desacertada o desafortunada. No, con una desvergüenza sin límites, y ese ha sido el sentido de su propaganda desde el viernes, afirma embusteramente que lo que había era un ánimo en los titiriteros de hacer apología del terrorismo. Y, pese a que la evidencia es la otra, que no era más que una escenificación satírica, continúa con el raca-raca de la apología del terrorismo y mintiendo con la despreocupación que le da saber que sus incondicionales más fieles no van a cuestionar su versión deformada de los hechos.

Eso no quita la malísima gestión que han hecho del caso tanto Carmena como su gente (lo que muestra de nuevo que les faltan muchísimos hervores). Al margen de que poco se entiende que una representación satírica de ese tipo se incluya en una programación para niños, cuando hasta los propios autores, los dos titiriteros, indicaron que era un espectáculo para adultos, inmediatemente, para tratar de echar tierra al asunto y tapar la cagada, el Ayuntamiento de Madrid se sumó a la versión mentirosa de los hechos dada por la caverna (que también fue la versión del PSOE, ojo, no nos equivoquemos) y anunció que se iba a unir a las acciones penales que se iniciasen contra los titiriteros, sumándose al linchamiento. Con lo que, en definitiva, y lo más importante, a lo que llegamos fue a la situación de dos personas detenidas, imputadas y enchironadas por ejercer su derecho a la libertad de expresión, a cuyo linchamiento hizo el amago de sumarse el propio Ayuntamiento de Carmena (después se arrepintieron) para intentar quedar bien y hacerse perdonar por la Brunete mediática madrileña. Un perdón, por descontado, que no van a recibir, si es que son tan inocentes, y lo son, para creerse eso. La derecha, como era lógico que iba a pasar, olió la presa, la mordió y ya no la suelta. En un asunto que se hubiera zanjado perfectamente con que uno de los representantes municipales hubieran hablado con los padres, les hubieran dado explicaciones y les hubieran pedido disculpas, lo que les hubiera dado autoridad para defender tanto a los artistas que ellos mismos contrataron (aunque fuera un error) y su libertad de expresión y creación, lo que han hecho es aumentar la bola hasta donde ha querido la derecha.

Una cosa de la que deberían enterarse en esta izquierda adolescente, tonta y buenista, de hippies rockanroleros y niños pijos disfrazados de proletarios, de “los compañeros y las compañeras”, y de las carmenas, las colaus y los podemistas, es que esto es una guerra cultural en la que quiere enredarles la derecha. Normalmente, las campañas de acoso y derribo de la derecha española, en muchos aspectos, son calcadas casi punto por punto a las de la derecha norteamericana más reaccionaria (simplemente, como única diferencia, adaptadas a las peculiaridades de nuestro país). Con este asunto de los titiriteros, aparte de que siguen mintiendo a sabiendas y sin ningún pudor sobre el “enaltecimiento del terrorismo” que no es tal, parece ser que están empezando a deslizar que, además de eso, esto es consecuencia de que su partido político favorito se haya dedicado sólo a la gestión económica y haya “abandonado la cultura en manos de la izquierda” (como se queja amargamente la Isabel San Sebastián en este artículo en ABC). Curiosamente, montan estos escándalos mediáticos siempre en el marco de lo cultural y de festejos de los llamados “tradicionales”, como una forma de reaccionarizar a las clases populares. Así, igual que ocurre en EEUU, aquí dicen que hay una guerra de “progres y laicistas contra la Navidad”. De igual modo, elegir un diseño hortera para una cabalgata de reyes magos es un intento de “ingeniería social” y de “descristianizar”. Esto de los titeres, en el marco de un carnaval, es que los “podemitas” hacen “apología del terrorismo”. Son tres buenos ejemplos. Luego vendrían otros, como los toros o la semana santa, etc…

En muchos aspectos, tiene ciertas similitudes con las llamadas “guerras culturales” que lanzó la derecha norteamericana contra Bill Clinton en los 90, en las que (con unas fuertes dosis de victimismo, como ocurre también aquí), en la supuesta defensa de los valores morales y trabajando por defender “la libertad y a los niños”, grupos de presión ultraconservadores denunciaron y se manifestaron en contra de cualquier exposición o manifestación cultural que consideraban atacaba a sus principios, es decir, los privilegios de blancos, conservadores y grupos religiosos. Se organizaron para entorpecer, boicotear y censurar espectáculos, exposiciones, conciertos, etc. organizados con fondos públicos bajo el pretexto de que atentaban contra la moral, el espíritu nacional o los principios básicos de la religión. Lo que no se pudo ganar a través de las elecciones se peleó de forma rastrera creando controversias en los medios, en las puertas de las instituciones culturales o a través de declaraciones cruzadas y la confrontación más chusca.

La derecha española se agarra desesperada a una situación que se deshace por insostenible, y por eso pretende ganar a través de una guerra cultural lo que no ha ganado en las urnas. Sabe que tiene todas las de perder cuando se habla de pobreza, de desigualdad, de precariedad, de la indefensión de los niños ante los desahucios, de los recortes en sanidad y educación que tanto daño hacen a menores y adultos. Y por ello busca conflicto en el único escenario donde puede ganarlo: en el escenario de la confrontación irracional, del misticismo, de la desinformación y de la gresca.

Y, ante esta guerra cultural, ya vemos que Carmena y sus muchachos han enseñado la bandera blanca.


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