Posteado por: Javier | febrero 29, 2016

Olof Palme y el peligro de convertir el pragmatismo en ideología

Este pasado domingo se cumplieron justamente 30 años del asesinato aún no resuelto del famoso primer ministro socialdemócrata (por socialdemócrata me refiero a los de verdad, como el austríaco Bruno Kriesky y el alemán Willy Brandt, no a lo que ahora se entiende por eso) sueco Olof Palme, quien dirigió el gobierno de Suecia en dos etapas, entre 1969 y 1976 y desde 1982 hasta su muerte el 28 de febrero de 1986. Con sus defectos y errores, puesto que no se debe idealizar ni pensar que nadie es perfecto, lo cierto es que posiblemente ha sido el último dirigente interesante que ha habido en Europa. Hasta su muerte, se resistió a que Suecia entrara en la espiral del consenso neoliberal que se expandía por todo el mundo occidental en los 80 (es más, advirtió de que este sistema, en menos de 30 años, iba a provocar una de las peores crisis que se recordasen). Bajo su gobierno, en el que fue uno de los edificadores del famoso Estado del bienestar nórdico, Suecia llegó a ser uno de los países con más alto nivel de vida y mejores índices de igualdad dentro de su población, aparte de, pese a ser muy pequeño en población, convertirse en un país muy activo internacionalmente en defensa de los derechos humanos y en oposición a las políticas imperialistas de EEUU y también de la URSS (aunque decía que le dolía más el caso de EEUU, puesto que los norteamericanos hacían eso en nombre de la democracia, también denunció las invasiones soviéticas de Checoslovaquia y Afganistán), la guerra de Vietnam, el apartheid de Sudáfrica o las dictaduras de Franco, Pinochet o Videla.

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Del crimen, cometido cerca de la medianoche cuando volvía del cine con su esposa, se han barajado múltiples teorías y se han señalado todo tipo de autores intelectuales, puesto que Palme era alguien con muchísimos enemigos. Se puede decir que era un dolor de cabeza para muchos elementos de los menos recomendables a nivel nacional e internacional en su época: fueran la derecha sueca, fueran la CIA, el Mossad, los servicios secretos británicos, los sudafricanos, la policías políticas de Pinochet o Videla, etc. No digo necesariamente que estuvieran implicados pero es evidente que su muerte (perpetrada por un “loco solitario”, como suele ocurrir en estos casos) fue un alivio para ellos.

La derecha sueca le tenía un odio atroz y le acusaba de ser un “traidor de clase”, por venir de una familia aristocrática y de banqueros que desde generaciones había sido muy conservadora, de estar abrazándose a los tanques soviéticos, de ser agente encubierto del KGB, de ser adicto a las drogas, de ser un demente o un esquizofrénico, o de ser “el africano de honor” (por su apoyo al Tercer Mundo). Interesados en la muerte de Palme pudieron haber estado los fabricantes suecos de armas, a los que el primer ministro había prohibido cumplir con sus millonarios contratos de ventas a la Sudáfrica del apartheid y a Israel. Palme también era un dolor de muelas para EEUU, ya que Suecia siempre votaba a favor del Tercer Mundo y en contra de Israel en la ONU, y otorgaba asilo político a desertores del ejército estadounidense, así como por el apoyo político y financiero que prestaba al Congreso Nacional Africano (ANC) y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Los gobiernos de norteamericano y británico tampoco soportaban su apoyo al Vietkong durante la Guerra de Vietnam, a los sandinistas en Nicaragua, a Cuba frente al bloqueo estadounidense, al presidente chileno Allende, al MPLA de Angola, al FRELIMO de Mozambique, al PAIGC de Guinea Bissau y Cabo Verde, a la SWAPO de Namibia (eran famosos los vehículos Volvo suecos con que contaba esta guerrilla), al ZANU de Zimbabwe, al TANU de Tanzania, en general, a todo grupo que luchase contra el imperialismo occidental en África, Asia, América Latina u Oriente Medio, o el de sus agentes en la zona, fueran Pinochet, Videla, la Sudáfrica del apartheid o Israel. No sólo eso, Palme también denunció en los 70 las políticas de préstamos al Tercer Mundo que originaron las crisis de deuda de estos países en los 80 y 90, que ahogaron el desarrollo de las economías de esas naciones, defendiendo otras alternativas al desarrollo.

En fin, alguien así podemos intuir que no era precisamente simpático para muchos poderes, fueran fascistas o ultracapitalistas, y que se convirtiera para ellos en un personaje verdaderamente odioso. Ello a pesar de que (y frente a algunas acusaciones que recibía en su país) Palme jamás fue comunista, criticaba severamente las dictaduras tanto de izquierda como de derecha. En el Parlamento sueco manifestó en alguna ocasión que “Los estados comunistas carecen de una asistencia política y social necesaria para el desarrollo de un sistema social. El poder absoluto de un Estado policial, no es ninguna garantía para la tranquilidad y el orden de una sociedad, menos aun para el crecimiento económico. Al contrario, es un riesgo de seguridad en el orden nacional e internacional”, o que “Ni el capitalismo ni el comunismo representan ya ningún sueño de libertad para los pueblos de Europa”.

Durante la década de los 30, y tras la posguerra, el proyecto fundamental de los socialdemócratas suecos fue crear un Estado de bienestar con el objetivo de reducir la desigualdad y conseguir el pleno empleo, al tiempo que promover la eficiencia y el crecimiento económico. Para Palme, nadie era verdaderamente libre si no tenía un mínimo garantizado de salud, educación, certidumbre económica y seguridad jurídica. En un discurso pronunciado en el centro de Estocolmo, se refirió a los salarios de la siguiente manera: “El país se ha enriquecido y el estándar de la población ha aumentado, pero eso no quiere decir que la diferencia de sueldos ha desaparecido”. Gran porcentaje de las mujeres carecían de trabajo, algunos segmentos de la población estaban relegados a un nivel de vida “no aceptable” y la educación era asimétrica. El gobierno socialdemócrata, con Olof Palme a la cabeza, buscó desde el principio avanzar en una mayor igualdad de oportunidades para todos, realizando reformas educativas de largo alcance y haciendo cambios en el sistema de salud y de vivienda. Se introdujo el subsidio familiar de vivienda y el subsidio para los niños. Los obreros, las mujeres, los jubilados y minusválidos fueron incluidos en políticas populares más justas. Una de las consignas principales de Palme era: “trabajo para todos”. Así se creó la fraternidad y, de esta manera, se sentaron las bases para el modelo sueco de bienestar.

El éxito del partido socialdemócrata sueco se mide en la disminución de la desigualdad en los ingresos de las diferentes clases sociales. Años después, las más altas tasas de ingresos familiares disponibles (después de impuestos y transferencias) y de políticas sociales más amplias, se dieron en Suecia, Finlandia y Noruega. Cuando los socialdemócratas suecos volvieron al poder con Olof Palme en 1982, se enfrentaron a una situación económica muy difícil. Suecia tenía un enorme déficit presupuestario y problemas en la balanza de pagos con una creciente deuda externa. Para potenciar las exportaciones devaluaron la corona sueca un 16 % (tenían soberanía monetaria), lo que supuso una disminución en los salarios reales de los trabajadores, pero los sindicatos comprendieron el esfuerzo y el compromiso del gobierno. Durante los siguientes años de la década de los 80, la economía sueca se recuperó y se mantuvo el pleno empleo. En 1986 el 40% de la población trabajaba en el sector público (en 1960 sólo era el 14%), de los que sólo un 4,8 % correspondían a lo que hoy podría llamarse burócratas, perteneciendo la mayoría a los servicios sociales (sanidad, educación, atención a la familia, etc.). En 1987 el índice de desempleo era un 2,5% inferior al de países como el Reino Unido, donde el índice era del 11%, que habían adoptado las recetas neoliberales. Los ingresos en la Suecia de Olof Palme eran altos y los más igualitarios del mundo. Las diferencias de clase se habían reducido más que en ningún otro país occidental. Por eso no sólo el PIB por habitante de Suecia estaba entre los más altos del mundo, sino que efectivamente esa riqueza llegaba a la mayoría de los habitantes, a diferencia de otros países que teniendo un PIB por habitante superior (como el caso de EEUU) tenían la riqueza concentrada, acumulada por la clase alta, mientras que existían bolsas de pobreza mucho más importantes y los trabajadores estaban (y siguen estando hoy día) siempre al borde del precipicio, puesto que el neoliberalismo, al privar al Estado de fondos suficientes y privilegiar la economía del sector financiero, debe recurrir a formas de crecimiento basadas en la expansión de crédito y la creación de burbujas especulativas (justo el modelo a través del cual “crecimos” en España durante los gobiernos neoliberales de Felipe González, Aznar y Zapatero). Reducir el desempleo con crecimiento especulativo es la única opción posible dentro del neoliberalismo, pero es nefasto para la mayoría de la población, ya la crisis en la que desemboca cuando estallan esas burbujas es peor que los aparentes beneficios temporales que aporta.

Lo más irónico es que en los 80, mientras los miembros del PSOE se referían a Olof Palme como “el compañero Palme”, los gobiernos neoliberales de Felipe González hacían la política económica y social justamente contraria, luego seguidas, evidentemente, con más entusiasmo aún por Aznar. Al igual que, en el plano internacional, frente a la independencia de Olof Palme en las décadas de 1970 y 1980, el felipismo mostró una política totalmente seguidista de los EEUU y la OTAN, con bochornos como el abandono de la causa saharaui en beneficio del statu quo estadounidense-marroquí en la zona. En España se practicó una política basada en ser débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Es cierto que, bueno, hay casos aún peores, como el del infame “socialista” Manuel Valls en Francia, un tipo más neoliberal que cualquiera de los ministros más derechistas que tuvieran Chirac o Sarkozy, quien tiene el descaro de decir que Palme es su “referente”.

Por eso la socialdemocracia prácticamente ha desaparecido como fuerza ideológica, sus ideas ya no tienen peso público ni mediático, exacerbado esto por instituciones como la Unión Europea, con una arquitectura política, económica y monetaria que prácticamente suplanta la soberanía de los países y que está diseñada de una forma en la que prácticamente la socialdemocracia no tendría casi capacidad de desenvolverse. Los dirigentes de los partidos teóricamente “socialdemócratas” sólo emplean estas ideas para animar a sus votantes en época electoral. Una vez en el poder, se limitan a tomar algunas medidas cosméticas mientras que respetan escrupulosamente todo el dogma neoliberal. Sin ideología sólo queda la demagogia y el oportunismo político. El credo neoliberal de los apóstoles del “libre mercado” dice que “no hay alternativas” puesto que presentar su visión económica y social como la única posible es la mejor forma de evitar un debate político e ideológico en el que tienen todas las de perder.

Y esto nos lleva a una lección esencial. Los socialdemócratas han perdido porque convirtieron el pragmatismo, que en ciertos momentos es necesario, en ideología. De modo que el pensamiento dominante neoliberal les comió toda la merienda. Al final, siempre se impone lo puro y lo original sobre la imitación.

Palme hubo momentos en que se enfrentó a esta disyuntiva entre ideas y pragmatismo:

“La política socialista, la de la izquierda, siempre significa tensión entra las ideas y la utopía por las que se tiene que trabajar y la realidad que tan difícil es de cambiar. Para ser capaz de cambiar la realidad hay que mantener vivo el debate ideológico y siempre hablar de objetivos y de tus ideas básicas como elementos indispensables para tu actividad práctica. Pero en tu trabajo práctico tienes que ser pragmático, si no no llegarás a ninguna parte”.

Pero Palme siempre mantuvo el equilibrio entre las ideas y el pragmatismo. Era firme en las ideas pero flexible en los métodos:

“La fidelidad y la consecuencia en cuanto a las ideas debe unirse a la infidelidad en cuanto a los métodos”.

Ahora lo que vemos es que dentro de los antiguos partidos socialdemócratas el método se ha convertido en ideología, el neoliberalismo se ha convertido en la ideología dominante dentro de los mismos. Palme mismo advirtió de ese peligro (¡y así le ha ocurrido al mismísimo Partido Socialdemócrata sueco!):

“Mal ha ido al partido cuando hemos cometido el error de convertir un método político en un momento dado en ideología para todos los tiempos. El día en que los hombres llamados hombres de la vida práctica expulsen las ideas de la escena política, entonces abrimos las puertas a la progresiva decadencia política dentro de la democracia”.

Las ideas de los que actualmente se autodenominan socialdemócratas son tan diferentes a las de Olof Palme que difícilmente se puede decir que pertenezcan al mismo movimiento. Si lo estudiaran con atención, pensarían que es un “comunista”, un “extremista” o un “radical”.

Aunque sí es cierto. Las ideas de Palme son extremistas y radicales. Claro, extremistas y radicales… si las miras muy desde la derecha.


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