Posteado por: Javier | marzo 23, 2016

Europa y su problema con su islam “autóctono” (I)

Cada vez que tenemos que vernos ante el suceso de unos brutales atentados yihadistas como los de ayer en Bruselas siempre surgen inmediatamente dos olas paralelas como reacción (y las seguiremos viendo pues estos ataques a buen seguro se repetirán en el futuro).

Una es la de los Neo-Cruzados, que inmediatamente empiezan a exigir cosas como el cierre a cal y canto de las fronteras de Europa a todo aquel que tenga un color de piel más bien tirando a oscurito y la prohibición del islam en suelo europeo, entre los que se incluyen miles de “patriotas”, como se autodenominan a sí mismos, Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente (Pegida), el Frente Nacional de Francia, el BNP o el UKIP británicos, o, simplemente, de esa marea de comentarios que ustedes se encontrarán si se asoma a cualquier foro de internet español donde se mencionen las palabras “inmigración” o “islam”.

La otra es la buenista, que dice que los asesinos son simplemente asesinos, y no tienen nada que ver con el islam, porque “el islam no es eso”.

Sin embargo, con respecto a los atentados ¿el islam es eso?

Sí. El islam son ataques como los de París de enero y noviembre del año pasado o el de ayer de Bruselas. También los que ensangrentan países de mayoría musulmana en Oriente Medio y África y que constituyen casi el 87% del total de todos los atentados yihadistas en el mundo (63.000 muertos desde el año 2000), aunque aquí sólo nos alarmemos y pongamos banderitas en nuestros perfiles de Facebook cuando ocurren en suelo europeo.

Y, a la vez, el islam también es el policía Ahmed Merabet, que murió por defender a los dibujantes de Charlie Hebdo en el atentado de enero de 2015 en París, o los refugiados sirios que hace pocos días salvaron de un accidente de tráfico a un líder ultraderechista y xenófobo alemán. Igual que el judaísmo está compuesto por miles de judíos que han hecho grandes aportaciones a la humanidad o luchadores por los derechos humanos, como el activista judeo-marroquí Abraham Serfaty, pero también por sujetos despreciables y criminales como los rabinos extremistas que decretaron como “lícito” el exterminio de niños palestinos. O igual que el cristianismo está compuesto por una profunda y benéfica huella que miles de cristianos han dejado en sus sociedades movidos a ello por su fe, pero también ahí nos encontramos a la “santa” inquisición o el colonialismo, el supremacismo y el esclavismo practicado por las potencias imperiales europeas hasta casi la mitad del siglo XX. Como ocurre con otras religiones, es muy complicado hablar de UN islam. El islam es la suma de lo que piensan y ponen en práctica en cada lugar, circunstancia o momento de la historia quienes se reconocen a sí mismos como musulmanes, exactamente igual que pasa con el resto de religiones: la diferencia entre distintos practicantes de una misma religión puede llegar a ser como la que hay entre la noche y el día.

El problema de Europa no es exactamente con el islam entendido como algo global (que, además, es algo que no existe), como creen los Neo-Cruzados e intentan desmentir los buenistas, sino con el islam que se ha generado e incubado en algunos guetos y barriadas europeas en las últimas décadas, en buena medida, gracias a la propia política suicida y estúpida de nuestros gobiernos.

“STOP inmigración”, dicen los Neo-Cruzados. Muy bien, pero hay un pequeño problema. Casualmente, los yihadistas que cometen estos atentados siempre resultan ser jóvenes nacidos en alguna barriada periférica de París, alguna otra ciudad francesa o de Bruselas, de origen árabe o magrebí, pero de nacionalidad francesa o belga. Las últimas informaciones indican que, al menos, dos de los sospechosos de ser autores de los atentados de ayer eran de nacionalidad belga. También suele ocurrir que, si tienen antecedentes policiales, son por pequeños delitos relacionados con el vandalismo o los hurtos, nunca por nada relacionado con el extremismo islamista. Es más, ni siquiera se conoce que fueran fieles practicantes del islam. Pero, repentinamente, alguna influencia reciben de algo o de alguien, que les lleva a radicalizarse y a estar dispuestos a inmolarse en atentados como el de ayer.

Sin embargo, la generación de magrebíes que llegó a Francia o Bélgica hace medio siglo no era islamista ni violenta ni lo es hoy. Hicieron lo posible por integrarse. Son sus hijos y nietos, europeos de toda la vida, quienes han adoptado un islam violento, al igual que sucedió en el caso del atentado del metro de Londres de 2005, en el que tres de los cuatro terroristas habían nacido en Reino Unido, el cuarto era un jamaicano converso. Ni eran violentos los musulmanes que llegaron a Europa en aquellas décadas ni lo son los que llegan ahora. Los violentos están surgiendo de las nuevas generaciones. Más que decir que en Europa estamos “importando” yihadistas desde el Magreb u Oriente Medio, habría que decir que nosotros somos los exportadores de yihadistas, a la vista de todos los franceses, belgas, alemanes, austriacos, británicos o españoles que han ido a combatir a Siria e Irak en favor del ISIS. Prohibir la inmigración musulmana como solución al problema del yihadismo en Europa, como exigen los Neo-Cruzados (o también Donald Trump en EEUU, por cierto), sería como pretender que una pila de basura que tienes metida en casa dejara de apestar porque cierres todas las puertas y ventanas.

A los magrebíes y turcos que llegaron a Europa en los 60 y 70 se puede decir que no faltaba interés por integrarse, más bien, lo que les faltaba eran medios. Empleados como mano de obra barata para sostener el sistema (Europa siempre ha relegado los principios a los intereses económicos), el racismo existente en países como Francia, Bélgica o Alemania (procedente de los años de la colonización) les fue empujando a vivir en guetos, cada vez más apartados de una sociedad que no les aceptaba. En esos guetos criaron a sus hijos en un ambiente en que se fue cociendo una extraña cultura que recordaba vagamente a la de sus países de origen, pero sin pertenecer ni a un mundo ni a otro. Los magrebies y turcos de segunda o tercera generación se encontraron con la misma dificultad para integrarse: no eran aceptados como franceses, belgas o alemanes (de hecho, tener un apellido magrebí en Francia hace desplomarse las oportunidades en el mercado laboral). En el gueto, la única perspectiva era el paro y la pobreza, y a la idea de ser rechazados por quienes teóricamente son tus conciudadanos sólo hacía falta añadir una ideología radical y extremista lo suficientemente atractiva. Esta ideología llegó de la mano de imanes (fuera en persona o a través de la antena parabólica) que, de predicar esas doctrinas en países como Marruecos, Turquía o lo que fue la Siria de Bachar Asad, darían con sus huesos en prisión. Estos telepredicadores e imanes de barrio (financiados muchas veces por no se sabe quién) son quienes han difundido entre los descendientes de los musulmanes que llegaron hace décadas a Europa el modelo de islam que está tras los atentados. Doctrinas wahabitas que tienen su origen en países tan entrañablemente “amigos” de nuestros gobiernos como son Arabia Saudita, Kuwait, Qatar o Emiratos Árabes Unidos.

Muchos se pueden preguntar que porqúe no se hace algo frente a petromonarquías sátrapas y corruptas como la saudita que difunden esas doctrinas tan pernociosas, aparte de oprimir a sus pueblos, si se hizo lo mismo con Irak. Bien, lo que ocurre es que la idea de que un dictador reprime a su pueblo y que, obviamente, “hay que hacer algo” es el sustento ideológico del imperialismo. Ante esto hay que entender dos cosas:

1) en una intervención de Occidente NUNCA, NUNCA y NUNCA se debate entre democracia y dictadura, sino entre régimen anti-occidente o pro-occidente. Y por “occidente”, por supuesto, no debemos entender ningún tipo de valor, sea más o menos positivo, identidad o espiritualidad, ni siquiera hay que entenderlo en un sentido estrictamente geográfico. Lo que se identifica con “Occidente” no es más que un conglomerado puro y duro de distintos intereses financieros y militares (los segundos empleados para defender los primeros) que poco tienen que ver con los de la mayoría de habitantes de los países que conforman esa supuesta “occidentalidad”.

2) los mismos países y personas que dicen que “algo hay que hacer” no piden nunca intervenciones contra dictaduras aliadas como las petromonarquías del Golfo.

Mañana continuaremos con este tema.


Responses

  1. Reblogueó esto en Neuronaliberal.


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