Posteado por: Javier | marzo 25, 2016

Europa y su problema con su islam “autóctono” (II)

Durante décadas, los gobiernos occidentales han sostenido y colaborado con dictaduras militares repugnantes o monarquías teócraticas abyectas con el fin de proteger intereses económicos y estratégicos, decidiendo qué sátrapas eran “aceptables” y cuáles debían ser incluidos en los “ejes del mal”. La petromonarquía saudita es el principal aliado árabe de Washington y los gobiernos europeos desde hace más de 30 años a pesar de ser un régimen considerado como uno de los primeros violadores a escala mundial de los derechos humanos y de que de sus mezquitas naciera la concepción del Islam que ahora aterroriza al mundo (y cuando digo al mundo, me refiero al mundo entero, el árabe y musulmán incluído, no sólo EEUU y Europa), el wahabismo, una interpretación arcaica y herética de la religión mahometana, que se ciñe a una literalidad ciega de los textos coránicos.

En la teocracia saudita, las mujeres no tienen derecho a conducir o salir de casa solas; a votar, a viajar, a elegir a su marido, e incluso a estudiar o trabajar sin el permiso de un hombre. Cuando lo hacen, deben cubrirse de pies a cabeza, estar acompañadas y limitarse a espacios donde se segrega por sexos; incluso los poco derechos de los que disfrutan, como el de divorcio, están restringidos. No existe libertad de expresión y cualquiera puede ser condenado a muerte incluso por un pequeño verso o tuit que un clérigo o juez considere blasfemo u ofensivo para la familia real. La pena capital también se aplica a los acusados de violación, robo a mano armada, adulterio, apostasía o brujería.

Desde principios de los 80, Arabia Saudita inició una política proselitista de propagación del wahabismo por todo el mundo, financiando y fundando mezquitas afines, fuera en el resto de países musulmanes, fuera en suelo europeo, y, con ayuda de EEUU y Pakistán, aprovechando las circunstancias de la Guerra Fría, se dedicó a infiltrar yihadistas en Afganistán para luchar contra los soviéticos (para Arabia y otros regímenes, como Egipto o Túnez, en realidad, fue una ocasión de quitarse de encima a la oposición islamista y de vaciar sus cárceles, enviándolos como “muyahidines” para la yihad contra los “ateos comunistas soviéticos”). Cuando la Unión Soviética se retira de Afganistán en 1989, muchos yihadistas vuelven a sus países de origen, siendo arrojados a las cárceles, y empezando la segunda fase de su radicalización. Entre los que se libraron de aquello estaba Osama Bin Laden, quien utilizó la extensa base de datos de yihadistas que creó durante su experiencia afgana para fundar Al Qaeda. La tercera ola de radicalización islamista se produce cuando miles de sunitas leales a Sadam Hussein son excluidos, y marginados en favor de los chiitas, de la construcción del nuevo Irak, después de la invasión norteamericana de 2003 y de que la administración de George W. Bush cometiera la torpeza de desmantelar todas las estructuras de poder baazista, convirtiendo al país asiático en un Estado fallido. Estos sadamitas, todos ellos con experiencia militar (gran parte de ellos, ex-miembros de la Guardia Repúblicana de Sadam), serían el germen del que surgiría el actual Estado Islámico, sólo había que añadirles la doctrina wahabita importada de Arabia Saudita y que penetró con gran facilidad en el desbaratado Estado iraquí.

En la actualidad, el régimen wahabita de Arabia se ha radicalizado aún más, lo que no ha impedido que siga siendo el principal socio occidental en Oriente Medio, mientras en el exterior se dedica a organizar la contrarrevolución contra cualquier tímido movimiento de liberalización en el mundo musulmán, como cuando contribuyó a aplastar las primaveras árabes, está interviniendo en la guerra civil de Yemén cometiendo crímenes contra la humanidad (bombardeando mercados, hospitales, clínicas, colegios, fábricas, bodas y centenares de viviendas) y, a su vez, en Siria, grupos radicales wahabitas financiados con dinero saudí forman parte de la heterogénea oposición al dictador Bachar Asad. Algunos, como Ahrar al Shams, ha colaborado con grupos como Estado Islámico y el Frente al Nusra, considerado terrorista, con el que han compartido fondos, armas y batallas. En los últimos meses, la monarquía saudita (la que ha impedido que surja una oposición laica a Asad) ha presionado para que al menos uno de estos grupos islamistas forme parte de la mesa de negociación con el régimen sirio. ¿La respuesta de Europa y EEUU? Continuar la venta de armamento a Arabia Saudita, incluido el aprovisionamiento de misiles y cohetes para sus aviones para que sigan atacando Yemen y, en el caso de Francia, agasajar y condecorar con la Legión de Honor al príncipe heredero saudita en su reciente visita a París.

El modelo islámico que exporta Arabia Saudí (y otras petromonarquías como Qatar o Kuwait), a través de las mezquitas que financia en otros países, los europeos entre ellos, es considerado como “moderado”. Lógicamente, “moderado” en comparación con asesinos como los de París y Bruselas, puesto que, para los europeos, todo islam que no es directamente asesino es “moderado”. Da igual que lo que se predique sea el velo obligatorio para las mujeres (ya puede ser el que únicamente cubre la cabeza, o hasta llegar al burka), que mujeres y hombres no deben tocarse, que las niñas no deben aprender música, que hay que prohibir toda obra literaria o humorística que cuestione lo “sagrado”, que las leyes del Corán son inmutables, divinas y deben estar por encima de la legislación de cada país, etc. En países como Turquía, con su constitución laica, los imanes que tratasen de infiltrar esta ideología tendrían muchos problemas, pero en Europa, con sus constituciones aconfesionales, no. Un predicador islamista puede decir todo esto, y más, y oficialmente será considerado como “portavoz del islam moderado”. Será elevado a la categoría de representante de los colectivos de origen magrebí, turco o pakistaní. Un rango que nunca tuvieron, ni tendrían, en sus países de origen, donde sus doctrinas serían tachadas de “violentas”, y un poder que sólo pudieron adquirir gracias a la complicidad de las administraciones europeas. Por doble vía: por elegirlos como representantes y por cerrar a estos colectivos toda otra vía de expresarse. En lugar de buscar espacios que aparten a los inmigrantes de los imanes, se fomenta que las mezquitas se conviertan en lugares de reunión social y de organización de comidas o talleres. Una población inmigrante, que era religiosamente indiferente en muchos casos cuando llegó a Europa, ha sido islamizada gracias a las políticas europeas. Más que hablar de “islamización” de Europa, habría que hablar de cómo Europa es la que islamiza.

Los guetos suburbanos franceses, belgas, europeos, están habitados esencialmente por franceses, belgas, alemanes, etc., de origen magrebí o turco. La inmensa mayoría de los radicales de las últimas generaciones han ido a las escuelas públicas europeas. Y no se han integrado. Han descubierto la religión islámica a través de internet, en la cárcel, en los suburbios de París o de Bruselas. Esa religión les promete ir al paraiso si mueren matando, donde tendrán un montón de mujeres vírgenes. Una perspectiva mucho mejor que la marginación de sus barriadas, el paro o el trapicheo de drogas, y, en última instancia, la prisión. Y ellos se creen esa mentira fanática. Iluminados con esa luz ensangrentada, esos fanáticos son una amenaza inmediata allí donde se encuentran y se mueven con libertad, como ocurre en Europa. Y, a su vez, llevan esa visión extremista a los países de sus ancestros o, en el peor de los casos, terminan convirtiéndose en militantes yihadistas en la guerra de ISIS en Oriente Medio. Las guerras de Oriente Medio son el principal campo de batalla de ISIS y los atentados en Europa, la forma de reclutar adeptos a su mensaje de odio a los que no son como ellos. La capacidad occidental de responder a esta propaganda queda muy limitada cuando tolera o promueve otras guerras o cuando apoya a regímenes fundamentalistas como el saudita.

Los europeos han asistido impasibles a esto bajo el argumento de la “tolerancia”. Que más nos da que ellos fuercen a sus mujeres a taparse, qué más nos da que en sus barrios amenacen de muerte a cualquiera que venda alcohol, que más nos da que en sus familias dirimen matrimonio y divorcio según diga el imán. Total, cada imán y cada matón de barrio tiene “derecho” a oprimir a sus fieles, a castigar a sus hermanas, a imponer su machismo como vea bien. En eso consiste la “tolerancia”. Lo de la tolerancia cero solo es cuando la violencia afecta a las mujeres nuestras.

Igual que existe una derecha xenófoba y neo-cruzada que criminaliza a todo aquel que sea de origen magrebí o medio-oriental, tachándolo inmediatamente de presunto terrorista yihadista, hay una parte de la izquierda, que es buenista y tontuna, que, viendo “islamofobia” por todas partes, tiene una tolerancia hacia ideas absolutamente retrógradas y medievales que no tendría si lo que tuviera enfrente fuera, sin ir más lejos, el nacionalcatolicismo. Son, por ejemplo, los que se lanzaron sobre Charlie Hebdo para denunciar que caricaturizar a Mahoma es racista y xenófobo y se “burla de los débiles”, como si fuera propia de “débiles” la doctrina propagada por los teólogos sauditas, bañada en petrodólares que financian cadenas de televisión vía satélite, gigantescas mezquitas, la compra de parte de Londres, negocios en la City, universidades con becas para todos (a condición de convertirse al islam) y milicias cortacabezas por medio Oriente, etc. Precisamente, Charlie Hebdo se levantó contra la prohibición de dibujar a Mahoma, una prohibición que no existe en el islam, y de la que nunca supieron nada los magrebíes y turcos llegados a Europa hasta que la proclamaron los ricos clérigos sauditas que ejercen de predicadores del wahabismo.

Esto, por supuesto, nada tiene que ver con los argumentos de los Neo-Cruzados. La ultraderecha neo-cruzada utiliza esto para justificar su odio al diferente. Aquí defendemos a personas que han tenido el infortunio de nacer y crecer en una religión autoritaria (a veces, incluso, en una versión muchísimo peor de la misma, como es el caso del wahabismo) y que, además, han sufrido las políticas occidentales y su connivencia con sátrapas repugnantes, todo por intereses económicos o estratégicos. Los derechos humanos no son un patrimonio de nosotros los “blanquitos”, sino de toda persona, sea del origen y condición que sea. No es cuestión de criminalizar a todos los musulmanes, como hacen los neo-cruzados, pero tampoco caer en una falsa tolerancia tonta sobre doctrinas radicales que oprimen, precisamente, a muchísimos musulmanes, y que pueden llegar a ser el origen de la violencia que sufren tanto ellos como nosotros.

Durante casi 1500 años, en el mundo musulmán se han desarrollado múltiples identidades dependientes sobre todo de la región y la época en que surgiesen, pero, en pleno siglo XXI, la islamización saudita no sólo ha llegado a Europa sino también a los países que llevan siglos siendo musulmanes, prácticamente reemplazando en la conciencia pública cualquier otra forma de manifestación del islam por esta ideología wahabita. Hasta el punto de que, cada vez más, islam se identifica con wahabita.

Este wahabismo es el que se unió en un crisol, formando un cóctel con las condiciones de marginación y de falta de cualquier perspectiva, creadas entre parte de la comunidad de origen árabe de los suburbios belgas y franceses, para generar la ideología extremista que está detrás de los atentados en Europa. De ahí surge la situación de células durmientes de jóvenes con antecedentes en la pequeña delincuencia que, en un momento, dado se radicalizan y se deciden a dar el paso a atentar. Junto a ellos, un grupo más numeroso apoya estos atentados pero nunca llegaría a cometerlos (un caso similar al de quienes apoyaban en España los atentados de ETA pero nunca llegarían ni a unirse a la banda terrorista ni a matar a nadie).

Contra eso es lo que hay que luchar a través de los servicios de inteligencia y policiales, y ese es el enemigo.


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  1. Reblogueó esto en Neuronaliberal.


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