Posteado por: Javier | julio 4, 2016

El 4 de Julio y el ejemplo de Frederick Douglass

Hoy, 4 de Julio, se celebra en EEUU el Día de la Independencia, el día en que las 13 colonias declararon formalmente su independencia de Gran Bretaña. En verdad, esa decisión fue tomada el 2 de julio de 1776, en una votación por el Congreso Continental, aunque el 4 de julio es el día en que el Congreso emitió la Declaración de Independencia, la que fue tanto un documento de la política exterior como una declaración de los principios que iban a regir tanto la ruptura de las colonias americanas con la metrópoli como su futura forma de gobierno.

Como era obvio, tanto para los Fundadores, como para las monarquías absolutistas y despotismos que gobernaban en aquella época a la mayor parte del resto de la humanidad, el contenido en la Declaración Americana de Independencia de principios como el que todos los hombres hubiesen sido creados libres e iguales por Dios fue algo revolucionario, no sólo para una pequeña porción del continente de América del Norte, sino también para el resto del mundo. Los EEUU, al principio débiles en relación con las otras grandes potencias del mundo, fijaron una forma de gobierno cuya legitimidad descansaba de manera explícita en las demandas de la naturaleza humana y no en la sangre, la tierra, el idioma, la religión o la tradición antigua. Los Padres Fundadores de la república americana eran ingleses, protestantes, en su mayoría de origen puritano-presbiteriano, que consiguieron sus libertades políticas gracias a una rebelión contra los ideales represores y absolutistas que imperaban en aquellos tiempos por toda Europa. Desde entonces, EEUU siempre se ha guiado por este gran ideal protestante y liberal: “No habrá paz para los malvados”.

Esta es la verdadera raíz del excepcionalismo americano y el por qué se celebra el Día de la Independencia el 4 de julio en lugar de 2 de julio. Es el credo, los principios de la Declaración, lo que definen los EEUU, y no tanto su exitosa ruptura del dominio británico. De modo que hoy saludamos a la patria del liberalismo de Alexander Hamilton, Abraham Lincoln, Teddy Roosevelt, FD Roosevelt y tantos otros.

Sin duda, sin la teología protestante calvinista y reformada ni siquiera hablaríamos hoy día del nacimiento de EEUU. Juan Calvino es alguien que tuvo errores en su forma de proceder en algunos asuntos (por ejemplo, en su época en Ginebra existía una especie de “policía” que se ocupaba de vigilar que todo el mundo hubiera ido el domingo por la mañana al culto en la iglesia; lo digo porque no hay que idealizar a los personajes históricos como si fueran perfectos y hay que verlos siempre en su contexto), pero su teología, que luego siguieron desarrollando los puritanos, fue clave para que se abrieran muchos campos de debate sobre la igualdad entre los hombres y hasta dónde llega la obligación de obedecer a quienes tienen el poder (fue bastante más lejos que Lutero en este sentido, puesto que éste último no podía arriesgarse a difundir unas ideas que llegaran a ser peligrosas para los príncipes alemanes de cuya protección dependía, sobre todo cuando el Papa de Roma dijo que “matar a Lutero no es pecado”). La teología según la cual todos los hombres ante Dios son igual de miserables y pecadores y que sin Cristo están igual de perdidos puso en jaque el concepto medieval del “derecho divino” de los reyes y los decretos papales. Nadie tenía obligación de postrarse ante ellos, puesto que eran iguales que otros hombres, ni el pertenecer a la realeza o a la nobleza daba una dignidad especial (por algo en EEUU, desde su fundación, no han existido nunca los títulos nobiliarios).

Hasta entonces, la idea católica-romana había sido la del “mérito” de ciertos individuos “santos”, que tendrían una dignidad mayor que el resto, y la de un cuerpo jerárquico que se arrogaba ser “representantes” de Dios en la tierra. Incluso capaces de controlarlo: levantando un pan y pronunciando unas palabras rituales, un sacerdote afirmaba haber “transustanciado” el cuerpo de Cristo en ese pan. Eso daba un enorme poder, no sólo sobre las masas populares, sino incluso la posibilidad de controlar a reyes y gobernantes déspotas que se convertían en meras marionetas del poder eclesiástico. En el momento en que acabas con eso tienes las condiciones para que se desarrolle un laicismo sano, por eso en los países de tradición protestante, los de Europa sobre todo, puede haber movimientos de izquierdas y progresistas de inspiración cristiana y, en cambio, gente de derechas que sea completamente laica. A diferencia de España, donde los sectores más conservadores siempre han reaccionado a los intentos de la izquierda de acabar con los privilegios de la Iglesia Católica exacerbando su clericalismo. Y viceversa, clericalismo y anticlericalismo se han alimentado mutuamente, y ahí está la historia de España, aunque ahora no corra la sangre.

La Guerra de Independencia estadounidense no fue algo perfecto (de hecho, algunos de sus protagonistas eran grandes terratenientes que veían en la independencia una forma de mantener sus privilegios, aparte de que la esclavitud no fue abolida, el propio George Washington y otros como Thomas Jefferson poseían esclavos negros), pero contenía dentro de sí el germen de unas ideas que llevaron a acabar con la esclavitud en la segunda revolución americana (o guerra civil americana) de 1861-1865 o al movimiento de derechos civiles de los años 60 del siglo XX. Y tanto es así que fue el impulso ideológico para la revolución francesa, la rebelión de los irlandeses unidos de 1798, la rebelión de esclavos en Haití e innumerables movimientos posteriores de liberación, anti-imperialistas e igualitarios en todo el mundo (paradójicamente, en muchas ocasiones en contra de los intereses que después defendería EEUU). Fidel Castro hizo uso de la Declaración de Independencia (también los discursos de Abraham Lincoln, de los que es un gran admirador) en su alegato de 1953 en favor de la revolución contra la dictadura militar, títere de EEUU, de Fulgencio Batista en Cuba (“La historia me absolverá”), y Ho Chi Minh la citó el 2 de septiembre, 1945, cuando proclamó la República Democrática de Vietnam, para denunciar el imperialismo francés y japonés. Son sólo dos ejemplos.

Por todo ello, en estos tiempos en que, incluso en los propios EEUU, esos ideales de libertad e igualdad de la Declaración de Independencia están cada vez más en entredicho, es más necesario que nunca recordar ejemplos como el del gran abolicionista negro, liberal y cristiano, Frederick Douglass.

FrederickDouglass

Douglass nació negro y esclavo en 1818, en el estado de Maryland. Habiendo conseguido aprender a leer y escribir, Douglass escapó al Norte a los 20 años de edad. Escribió y editó un periódico abolicionista, y se volvió un codiciado conferencista. Su época fue la del ignominioso Compromiso de 1850, por el cual, y para compensar el ingreso de California a la Unión como estado sin esclavos, que dejaría a los esclavistas en desventaja parlamentaria, se promulgó la Ley del Esclavo Fugitivo que les negaba el derecho de habeas corpus e incluso permitía a los esclavistas capturar y esclavizar hombres negros libres haciéndolos pasar por fugitivos. Asustados, cientos de negros de los estados del Norte huyeron hacia Canadá. Entre los que se quedaron, se generó un movimiento de resistencia civil, del cual Douglass fue una de sus figuras más notables.

En 1852 fue invitado por la Sociedad de Mujeres antiesclavistas de Rochester, Nueva York, para hablar en la celebración del 4 de julio, día de la independencia nacional. Pero Douglass insistió en que la celebración se hiciera el 5 de julio, como era tradicional en las comunidades negras de Nueva York. Su discurso se transformó pronto en uno de los más importantes alegatos contra la esclavitud. No sólo la estructura retórica del discurso es perfecta, sino que, además, Douglass fue de los primeros en usar la Biblia como arma abolicionista.

Aquí abajo están sus fragmentos más importantes y poderosos.

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(…)
Conciudadanos, no es poco el respeto que siento por los padres de la república. Los firmantes de la Declaración de la Independencia eran hombres valientes. Eran también grandes hombres, lo suficiente como para dar un marco a una gran época. No es frecuente que una nación críe al mismo tiempo tal cantidad de hombres ilustres. El punto desde el cual estoy forzado a observarlos no es, ciertamente, el más favorable; y sin embargo no puedo contemplar sus actos con menos que admiración. Eran estadistas, patriotas y héroes y por lo bueno que hicieron, y los principios por los que lucharon, me uno a vosotros para honrar su memoria.

(…)

Sólo debe importarnos del pasado lo que pueda ser útil para el presente y para el futuro. Que sea bienvenido todo lo que pueda inspirarnos, todas las nobles acciones del pasado. Pero el momento, el que importa, es ahora.

(…)

Conciudadanos, con vuestro perdón, permítanme preguntar: ¿de qué se supone que hable hoy aquí ? ¿Qué tenemos que ver, yo y los que represento, con vuestra independencia nacional ? ¿Acaso nos alcanzan los grandes principios de libertad política y de justicia natural plasmados en la Declaración de Independencia ? ¿Y estoy en consecuencia llamado a traer nuestra humilde ofrenda al altar nacional, y a confesar los beneficios y expresar mi devota gratitud por las bendiciones de vuestra independencia ?

Quisiera Dios que, tanto por vosotros como por nosotros, se pudiese verdaderamente dar una respuesta afirmativa a estas preguntas. ¡Entonces mi tarea sería fácil, y mi carga ligera y agradable! ¿Porque quién es tan frío que no puede sentir el calor de la simpatía de una nación ? ¿Quién tan obstinado y cerrado a los reclamos de gratitud que no reconocería agradecido tales invalorables beneficios? ¿Quién tan estólido y egoísta que no sumaría su voz a los aleluyas del jubileo de una nación, cuando las cadenas de la servidumbre han sido arrancadas de sus miembros ? No soy yo ese hombre. Si las cosas fueran así, hasta los tontos podrían hablar con elocuencia y el “cojo saltar como una gacela “. [1]

Pero las cosas no son así. Digo esto con la triste conciencia de la disparidad entre nosotros. ¡Este glorioso aniversario no me incluye! Vuestra alta independencia apenas revela la inconmensurable distancia entre nosotros. Las bendiciones que hoy celebráis no son disfrutadas en común. La rica herencia de justicia, libertad, prosperidad e independencia que vuestros padres os legaron es compartida por vosotros, no por mí. Este 4 de Julio es vuestro, no mío. Puede que vosotros celebréis, pero yo debo llorar. Arrastrar un hombre encadenado al gran templo de la libertad, y pedirle que se una a vosotros en gozosos himnos, sería una burla inhumana y una ironía sacrílega. ¿Pretendéis vosotros, ciudadanos, burlaros de mí, al pedirme que hable hoy ?

(…)

¡Conciudadanos! detrás de vuestra tumultuosa alegría nacional escucho el lamento de millones cuyas cadenas ayer terribles y pesadas, se vuelven hoy más intolerables al escuchar los gritos del jubileo. Si los olvido, si hoy no recuerdo fielmente a esos sangrantes hijos del dolor, ¡”que mi mano derecha pierda su destreza y que mi lengua se pegue al techo de mi boca”! [2] Olvidarlos, pasar por alto sus injusticias, y unir mi voz al coro popular sería la traición más chocante y escandalosa, y me condenaría al oprobio ante Dios y ante el mundo. Mi asunto entonces, conciudadanos, es la ESCLAVITUD AMERICANA. Me referiré a este día, y a sus características populares, desde el punto de vista del esclavo. Desde esa posición, identificado con el esclavo americano, haciendo mías sus injusticias, no dudo en declarar, con toda mi alma, que el carácter y la conducta de esta nación nunca lucieron tan negros para mí como en este 4 de julio. Ya sea que se trate de las declaraciones del pasado,  o de las profesiones del presente, la conducta de esta nación parece igualmente atroz y revulsiva. América falsea el pasado, falsea el presente, y se compromete solemnemente a falsear el futuro. ¡En esta ocasión, parado junto a Dios y al esclavo oprimido y sangrante, osaré, en nombre de la escandalizada humanidad, en nombre de la libertad encadenada, en nombre de la Constitución y la Biblia, desatendidas y pisoteadas, cuestionar, denunciar, con todo mi énfasis, todo lo que sirve para perpetuar la esclavitud, gran pecado y vergüenza de América! “No engañaré, no me excusaré” [3], usaré el lenguaje más severo que pueda encontrar; y sin embargo no diré una sola palabra que no sea reconocida como correcta y justa por aquellos que no estén cegados por el prejuicio, o quienes no son esclavistas de corazón.

Pero imagino que alguno de la audiencia dirá, es exactamente en esta circunstancia que usted y sus hermanos abolicionistas fracasan en impresionar favorablemente al público. Si argumentaran más y denunciaran menos, si persuadieran más y regañaran menos, su causa tendría más chances de triunfar. Pero, si me permite decirlo, cuando todo es evidente no hay nada que argumentar. ¿Sobre cuál punto del credo antiesclavista le gustaría que discuta? ¿ Sobre qué parte de la cosa necesita el pueblo de este país que se eche luz ? ¿Debo esforzarme en demostrar que el esclavo es un hombre? Pero este punto ya está aceptado. Nadie lo pone en duda. Los mismos esclavistas lo reconocen cuando promulgan leyes para su gobierno. Lo reconocen cuando castigan la desobediencia de un esclavo. En el estado de Virginia hay setenta y dos crímenes que, si son cometidos por un esclavo, merecen la pena de muerte, mientras que sólo dos de esos mismos crímenes hacen a un hombre blanco merecedor del mismo castigo. ¿Qué es esto sino el reconocimiento de que el esclavo es un ser moral, intelectual y responsable? La humanidad del esclavo es aceptada. Es admitida en el hecho de que en los estados del Sur los libros están llenos de  leyes y ordenanzas que, bajo severas multas y penalidades, prohiben que se le enseñe a un esclavo a leer y escribir. Cuando usted pueda mostrarme leyes semejantes aplicadas a los animales del campo, entonces podremos discutir la humanidad del esclavo. Cuando los perros en sus calles, los pájaros del aire, el ganado en sus colinas, cuando los peces del mar, y los reptiles que se arrastran, sean incapaces de distinguir al esclavo de la bestia, en ese momento discutiré con usted si el esclavo es un hombre.

Por el momento basta simplemente declarar la humanidad de la raza negra. ¿No es sorprendente que, mientras que nosotros aramos, plantamos y cosechamos usando todo tipo de implementos mecánicos, levantamos casas, construimos puentes y barcos, trabajamos metales de bronce, hierro, cobre, plata y oro; mientas que leemos, escribimos y calculamos, haciendo de dependientes, mercaderes y secretarios, teniendo entre nosotros abogados, doctores, ministros, poetas, autores, editores, oradores y maestros; que mientras nos embarcamos en todo tipo de empresas comunes a otros hombres, buscando oro en California, cazando ballenas en el Pacífico, alimentando ganado y ovejas en las colinas, viviendo, moviéndonos, actuando, pensando, planeando, viviendo en familia como maridos, esposas e hijos y, sobre todo, confesándonos y adorando al Dios cristiano, y anticipando con esperanza la vida y la inmortalidad más allá de la tumba, se nos exija probar que somos hombres ?

¿Querríais que argumente que un hombre tiene derecho a ser libre? ¿Que es el legítimo propietario de su propio cuerpo? Pero ustedes ya lo han declarado. ¿Debo argumentar que la esclavitud es injusta? ¿Es esa una pregunta para republicanos? ¿Es algo que debe ser decidido usando las leyes de la lógica y la argumentación, como si fuera un asunto rodeado de grandes dificultades, que requiere una dudosa aplicación del principio de justicia, y difícil de comprender? ¿Cómo me vería hoy si, en presencia de Americanos, tuviera que dividir y subdividir mi planteo para mostrar que los hombres tienen un derecho natural a la libertad? Me pondría en ridículo e insultaría vuestra inteligencia. No hay un hombre bajo la bóveda celeste que no sepa que la esclavitud es injusta.

¿Qué, acaso debo argumentar que no está bien transformar a los hombres en bestias, robarles su libertad, hacerlos trabajar sin paga, mantenerlos ignorantes de sus relaciones con sus semejantes, apalearlos, arrancar su piel con el látigo,  poner grilletes en sus miembros, cazarlos con perros, venderlos en subastas, destruir sus familias, romperles los dientes, quemar su carne, hambrearlos para que se sometan y obedezcan a sus amos? ¿Tengo que argumentar que un sistema tan contaminado y marcado con sangre es injusto? ¡No, no lo haré! Tengo mejores usos para mi tiempo y mis esfuerzos.

¿Qué queda entonces por argumentar? ¿Que la esclavitud no es divina, que no fue establecida por Dios, que nuestros doctores en teología se equivocan? Hay blasfemia en este pensamiento. ¡Lo que es inhumano no puede ser divino! ¿Quién puede demostrar semejante proposición? Los que puedan, que lo hagan; yo no puedo. Ya ha pasado el tiempo de tales argumentaciones.

Lo que se necesita en estos tiempos es la abrasadora ironía, y no argumentos convincentes. ¡Ay! si tuviera la capacidad, y pudiera llegar a los oídos de la nación,  derramaría un ardiente torrente de mordaces burlas,  de terribles reproches, de paralizante sarcasmo, y de severa censura. Porque lo que se necesita ahora no es luz, sino fuego, no la suave lluvia sino el trueno. Necesitamos la tormenta, el torbellino y el terremoto. La sensibilidad de la nación debe ser revivida, la conciencia de la nación debe ser despertada; la corrección de la nación debe ser sacudida; la hipocresía de la nación debe ser expuesta, y sus crímenes contra Dios y el hombre proclamados y denunciados.

¿Qué es para el esclavo americano vuestro 4 de julio? Yo contesto: un día que le revela, más que todos los otros días del año, la gruesa injusticia y crueldad de las que es la víctima constante.  Para él, vuestra celebración es una farsa, vuestra declamada libertad, una profana licencia, vuestra grandeza nacional, hinchada vanidad; vuestras celebraciones, vacías y sin corazón; vuestras denuncias de tiranos, temeraria impudicia; vuestros gritos de libertad e igualdad, huecas burlas, vuestras plegarias e himnos, vuestros sermones y agradecimientos, con toda vuestra ostentación religiosa y solemnidad, son, para él, mera ampulosidad, fraude, engaño, impiedad e hipocresía, un tenue velo para cubrir crímenes que avergonzarían a una nación de salvajes. En este mismo momento, no hay una nación de la tierra que sea más culpable de crímenes escandalosos y sangrientos que el pueblo de los Estados Unidos.

Podéis ir por donde sea, buscar donde queráis, recorrer todas las monarquías y despotismos del Viejo Mundo, viajar por Sudamérica, documentar cada abuso, y cuando hayáis encontrado el último, comparad lo encontrado con las prácticas diarias de esta nación, y acabaréis diciendo conmigo que, en el terreno de la revulsiva barbarie y la desvergonzada hipocresía, América reina sin rivales.

Tomemos por ejemplo el comercio interno de esclavos que, según los periódicos, es ahora especialmente próspero. El ex-senador Benton nos dice que el precio de los hombres nunca ha sido tan alto como ahora. Menciona esto para mostrar que la esclavitud no corre peligro. Este comercio es una de las peculiaridades de las instituciones americanas. Se lleva a cabo en las grandes ciudades y pueblos de la mitad de la Confederación , y los que se ocupan de este horroroso trafico embolsan millones cada año. En varios estados este comercio es una de las principales fuentes de riqueza. Se lo llama “comercio interno de esclavos” (en oposición al comercio externo de esclavos). También es probable que se lo llame así para evitar el horror que suscita el comercio externo de esclavos. Este comercio es desde hace tiempo considerado un acto de piratería por el gobierno. Desde los lugares más importantes de la nación se lo ha denunciado, encendidamente, como un tráfico execrable. Para frenarlo, para ponerle fin, esta nación mantiene un escuadrón en las costas de Africa, a un costo inmenso. En cualquier lugar de este país se puede hablar de este comercio externo de esclavos  llamándolo el tráfico más inhumano, opuesto tanto a las leyes de Dios como a las de los hombres. El deber de extirparlo y destruirlo es admitido incluso por nuestros doctores en teología. ¡Con el propósito de ponerle fin, algunos de estos últimos han aprobado que sus hermanos de color (nominalmente libres) dejen este país para instalarse en la costa occidental de Africa! Sin embargo, es un hecho notable que, mientras los que se ocupan del comercio interno de esclavos son execrados por los americanos, los que se ocupan del tráfico de esclavos entre estados no son condenados, y su comercio es considerado honorable.

(…)

(…) La Ley del Esclavo Fugitivo hace de la piedad hacia los esclavos un crimen , y  soborna a los jueces que los procesan. Un juez americano recibe diez dólares por cada víctima que devuelve a la esclavitud y cinco cuando no lo hace. ¡Según esta infernal ley, el testimonio de dos felones cualquiera es suficiente para arrojar al más pío y ejemplar negro a las implacables fauces de la esclavitud ! Su propio testimonio no vale nada. No puede presentar testigos en su favor. Los jueces americanos están obligados por la ley a escuchar a un solo lado, y ese lado es el del opresor. Que esta aberración se recuerde siempre. ¡Gritemos en todo el mundo que en esta América, matadora de tiranos, aborrecedora de reyes, amante del pueblo, democrática y cristiana, los sitiales de la justicia estén ocupados por jueces que ejercen su oficio siendo abierta y palpablemente sobornados, y están obligados, al fallar sobre la libertad de un hombre, a escuchar sólo a los acusadores!

Como manifiesta violación de la justicia y de las formas de administrarla, como pérfida trampa para los indefensos, y como diabólica empresa, esta Ley del Esclavo Fugitivo no tiene par en los anales de la legislación tiránica. Dudo que haya otra nación en este mundo que tenga la temeridad y la vileza de incluir una ley así en su legislación. Si alguien en esta asamblea no está de acuerdo conmigo en este asunto, alegremente confrontaré con él en el momento y lugar que elija.

Considero esta ley como una de la que más groseramente infringen la Libertad Cristiana y, si las iglesias y ministros de nuestro país no fueran estupidamente ciegos, o malvadamente indiferentes, también la considerarían asi.

 (…)

Pero la iglesia de este país no sólo es indiferente a los males del esclavo, sino que se pone incluso del lado de los opresores. Se ha vuelto el baluarte de la esclavitud americana y el escudo de los cazadores de esclavos. Muchos de sus más elocuentes teólogos, considerados luminarias de la Iglesia, no han tenido pruritos en aprobar con la Biblia y la religión el sistema esclavista. Sus enseñanzas dicen que los hombres pueden ser esclavos, que la relación entre amo y esclavo fue establecida por Dios, que devolver un esclavo a su amo es claramente el deber de todo seguidor del Señor Jesucristo; y esta horrible blasfemia se hace pasar al mundo por Cristianismo.
 
(…)

¡Conciudadanos! No me extenderé más sobre las inconsistencias de vuestra nación. La existencia de la esclavitud hace de vuestro republicanismo una farsa, de vuestra humanidad una infame simulación y de vuestra Cristiandad una mentira. Destruye vuestra autoridad moral en el extranjero y corrompe a los políticos en casa. Socava los fundamentos de vuestra religión, transforma vuestro nombre en un silbido de reprobación y en un objeto de oprobio del que se burla la tierra entera. Es una fuerza antagonista en vuestro gobierno, la única cosa que inquieta y pone en peligro a vuestra Unión. Encadena vuestro progreso, es enemiga mortal de la educación, fomenta la arrogancia, engendra  insolencia, promueve el vicio, ampara el crimen, es una maldición para la tierra que la sustenta; y sin embargo os aferráis a ella como el salvavidas de todas vuestras esperanzas. ¡Pero cuidado! ¡Cuidado! Un horrible reptil acecha en el regazo de vuestra nación; esta venenosa criatura se alimenta del dulce pecho de vuestra joven república; ¡por amor de Dios, arrancad este horrible monstruo y arrojadlo lejos de vosotros, y que el peso de veinte millones lo aplaste y destruya para siempre!


Responses

  1. Interesante reflexión. El deseo desenfrenado hace uso de cualquier recurso para el logro de sus fines. La Biblia un libro inspirador de las intenciones del corazón, eh allí la importancia de tener un corazón conforme al de Dios, inspirado para hacer justicia y aplicar derecho.-

  2. Hola, Maynor.

    Es verdad que la Biblia se usa para muchas cosas, no siempre buenas y a veces terribles, retorciendo su interpretación a veces, al ser el libro más difundido de la historia, pero en una sociedad que practicamente toda era cristiana protestante, como la de EEUU del siglo XIX, era muy pertinente que se recordase que a la luz de la Biblia la esclavitud de gentes de otras razas era algo indefendible.

    • Por supuesto que era indefendible. Se alejaron del espíritu Del que estableció la regla. No comprendían sobre el pariente cercano que podía redimir al que caía en esclavitud por una deuda que no le era posible pagar a causa de sus malas decisiones. Había que pagar y alguien tenía que hacerlo para librar de la esclavitud al deudor y ser justo con el acreedor. No podían maravillarse del esclavo que cumpliendo el plazo por el trabajo sin paga, éste quería seguir en casa de su amo. Saludos Javier desde Guatemala.-

  3. A propósito de esto, en aquella época había quienes bendecían la esclavitud usando la Biblia y hasta hoy día en algún sitio en inglés en Internet he llegado a ver justificaciones a la misma incluso de gente que se define como ¡calvinista! Pero la Biblia deja claro que la esclavitud por motivos raciales es algo odioso para Dios. La esclavitud sí existe en la Biblia pero, igualmente, en la misma se condena la esclavización de una raza.

    En versículos como Deuteronomio 15:12-15, Efesios 6:9 ó Colosenses 4:1 se dan instrucciones sobre cómo tratar a los esclavos y ya la ley mosaica intenta hacer más benigno y digno su trato. Hay que contextualizar: la esclavitud era algo común en los tiempos bíblicos. Por el contrario, la esclavitud en los siglos pasados estaba llena de racismo y abusos. Los negros eran literalmente “cazados”, secuestrados en África, cargados y apilados como mercancía en los barcos negreros y tratados casi peor que animales. Era horripilante, brutal y cruel.

    Sin embargo, en el Israel del Antiguo Testamento, el someterse a la esclavitud simplemente se convirtió en una necesidad para algunos. Nadie forzaba a nadie a ser esclavo. El esclavo firmaba un contrato accediendo a servir a la familia de su señor por un periodo de siete años. Al final de este tiempo, la Ley requería la cancelación del contrato. Durante la duración de este contrato, el esclavo gozaba de todos los derechos de cualquier otro miembro de la familia, excepto el derecho a heredar. La esclavitud en la Biblia no estaba basada en la raza. La gente no era esclavizada por su nacionalidad o por el color de su piel. En los tiempos bíblicos, la esclavitud era más bien un estatus social. En los tiempos del Nuevo Testamento, algunas veces los doctores, los abogados y aún políticos eran esclavos de alguien más. De hecho algunas personas elegían ser esclavos para tener cubiertas todas sus necesidades por sus amos. Aparte, este contrato era una institución jurídica muy arraigada en aquellos tiempos y no es el fin de la Biblia reformar o revolucionar la sociedad, sino señalar a los hombres el camino de salvación.

    La esclavitud de los siglos pasados con frecuencia estaba basada exclusivamente en la raza. Para los esclavistas, los negros debían ser esclavizados por el mero hecho de ser negros. Casi ni eran considerados humanos, sino cosas. La Biblia SÍ condena la esclavitud basada en la raza. Tenemos el ejemplo de la esclavitud de los israelitas en Egipto. Los israelitas eran esclavos, no por elección, sino por su raza (Éxodo 13:14). Dios castigó a Egipto con plagas (Éxodo 7-11), por esa esclavitud que imponían a los israelitas. Igualmente, en Éxodo 21:16, se establecía la pena de muerte para quien secuestrare una persona y la vendiese. Los negros, como he dicho arriba, eran secuestrados en África, transportados en barcos como mercancía y, después, vendidos en el Nuevo Mundo como mano de obra barata.

  4. Aparte de esta figura de Douglass, uno de los puritanos más célebres del abolicionismo anterior a la Guerra Civil, que no he mencionado en la entrada, fue John Brown, quien, en 1859, mediante un reducido grupo, y pretendiendo crear un refugio donde albergar esclavos previamente liberados por las armas, asaltó y tomó el arsenal de Harpers Ferry, en Virginia, haciéndose con el control de la ciudad. Su grupo fue rodeado por una compañía del Ejército bajo el mando del coronel Robert E. Lee, siendo obligado a rendirse, detenido, acusado de traición y asesinato, siendo ejecutado el 2 de diciembre de 1859, convirtiéndose así en un mártir de la causa abolicionista en el Norte y en un extremista para el Sur. Lo cierto es que, se valore como se valore su acción (aunque su proceder nunca fue comparable al de muchos pro-esclavistas negreros sureños, quienes asesinaban a aquellos que hablaban abiertamente en contra de la esclavitud, generalmente disparándoles por la espalda o mediante ataques en masa contra hombres desarmados), Brown era un puritano hasta la médula y un calvinista que admiraba las obras de Jonathan Edwards. Estaba orgulloso de sus raíces familiares en el puritanismo de la Nueva Inglaterra y el de Oliver Cromwell. A tanto llegó su leyenda que las numerosas versiones de “El cuerpo de John Brown yace podrido en el suelo”, cantadas por los soldados de la Unión durante la guerra, inspiraron el himno bíblico de Julia Ward Howe, “El himno de la batalla de la República”.

    https://es.wikipedia.org/wiki/John_Brown_(abolicionista)


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