Posteado por: Javier | julio 10, 2016

El escándalo del Informe Chilcot

De unos pocos días a esta parte ha generado un gran revuelo el ya famoso Informe Chilcot sobre la participación del Reino Unido en la Guerra de Irak de 2003 y la labor del ex-primer ministro Tony Blair en su apoyo a Bush II. Lo que llama sobre todo la atención de este informe es que han sacado todo un mamotreto de varios tomos (he visto una foto y parece casi una enciclopedia) para decir cosas que son sabidas o que, o bien, se intuían, es decir, no aporta nada nuevo, a saber cuánto habrán cobrado los autores por llegar a unas conclusiones que son obviedades y que, sin embargo, ahora muchos las están viendo como si fueran la mayor exclusiva desde el destape del Watergate: que Blair habría “mentido” para implicar al Reino Unido en la Guerra de Irak (a pesar de que eso no es exactamente lo que dice el informe, como vamos a ver enseguida).

Que la guerra en 2003 fue un intento de subsanar deprisa y corriendo el error de 1991 de no acabar con el régimen de Sadam (cuando incluso había más “legitimidad” para ello, al haber invadido Irak un país soberano como era Kuwait), y que por eso se tiró de lo que se pudo (los informes de inteligencia y los signos externos que transmitía el régimen de Sadam) para justificarla es sabido. Clinton ya pensó en 1998 en el derrocamiento de Sadam, aunque no dio el paso y se quedó en algunos bombardeos, y Bush II quería hacerlo (con el añadido de que había sido un error de su padre), el problema para él es que la primavera de 2003 era el “ahora o nunca”, pues su primer mandato prácticamente se acababa en un año, de ahí la chapuza de ni siquiera pensar en qué iba a pasar en el Irak post-Sadam. Si se hubiera acabado con el régimen en 1991, se hubieran evitado años de sanciones inútiles y movilizar dos veces a las tropas en 10 años para hacer lo mismo que se podía haber hecho antes, en los 90, combatir a Sadam Hussein, antes, además, de que se hubiera producido el ascenso de Al Qaeda (aunque eso es verdad que no lo pudieran prever los americanos).

Al no planear nada para cuando Sadam ya no estuviera en el poder, hasta que entró el general Petraeus en 2007, todo fue un caos. Primero de todo, dentro de la Administración Bush, lo que más pesaba en 2003 era la opinión de Donald Rumsfeld, cuya visión se limitaba simplemente a vencer a las tropas de Sadam Hussein, sin perspectiva sobre “el día después” y lo que iba a pasar cuando distintas facciones empezaran a enfrentarse cuando ya no estuviera el dictador. Luego, un incompetente como Paul Bremer (que parece que estaba más centrado en conseguir contratos para las empresas de seguridad y reconstrucción para las que trabajaba) se dedicó al desmantelamiento de las fuerzas de seguridad del Baaz, dejando a miles de profesionales armados resentidos en las calles de Bagdad, se cargó todas las estructuras administrativas, dejó Irak como un estado fallido y no evitó que se desatara el sectarismo de los chiitas hacia los sunitas. Lo peor y lo más trágico en Irak, con miles de muertos, se vivió en esos momentos, entre 2003 hasta 2009, hasta que Petraeus implementó su táctica de aumento de tropas, de implicar a los suníes en la derrota de Al Qaeda y el desmantelamiento de las milicias chiitas y comenzó a conseguir éxitos: la red terrorista de Bin Laden estuvo cada vez más diezmada, el primer ministro chiita Nuri Al Maliki adoptó una postura nacional en lugar de tribal y sectaria, los suníes se unieron con sus rivales chiitas en un gobierno de concentración, cada vez menos atentados, cada vez menos bajas en las tropas, elecciones, etc. Por eso se puede decir que hubo tres fases: una nefasta, entre 2003-2009, una en la que se llegó casi a pacificar Irak, entre 2009-2011, y la posterior a 2011, tras la retirada de las tropas americanas ordenada por Obama, que es el caos que ya conocemos.

Al menos, eso es lo más criticable de la guerra de 2003, su extemporaneidad (si la cuestión era acabar con Sadam, se debió hacer en 1991 y se hubieran evitado muchos sufrimientos y problemas) y la cantidad de errores tan gravísimos, y que han costado tantas vidas innecesarias, que se cometieron antes y después de una intervención que es verdad que fue rápida, sólo tres semanas, y relativamente eficaz. Lo demás, cosas como las de este informe, están muy bien para rellenar periódicos sin aportar nada nuevo. Hablar de guerra “legal” o “ilegal” es absurdo y más aún pretender que una u otra calificación dependa del veredicto de una organización como la ONU. La guerra es un acto que no depende de un tecnicismo legal, en sí misma está fuera de esas categorías de “legal” o “ilegal” y en todo caso sólo se puede discutir sobre ella su legitimidad o su oportunidad. Más allá de eso, la intervención de EEUU en Irak no fue menos “legal” que otras realizadas por otros países, como el caso de Rusia en Georgia (2008), Ucrania (2014) o Siria (2015), y que no han causado tantas controversias ni generado tantas protestas. Repito lo que dije en la entrada sobre la intervención rusa en la guerra civil siria:

“(…) la diferencia es que EEUU busca primero “legitimar” sus acciones configurando unas alianzas e intentando convencer a la comunidad internacional de la “necesidad” de las intervenciones “preventivas” que emprende, y Rusia aplica el “aquí estoy yo, me importa una mierda convenceros o no”.

Y el caso es que un “derecho” a hacerlo no le falta. El “derecho” de la fuerza de las armas, que es, al fin y al cabo, por muy cínico que pueda parecer, lo que da o quita “derechos” en la esfera internacional, no ningún supuesto alto ideal. Ahora Rusia llama “luchar contra el terrorismo” a la defensa de sus intereses en la zona. Anteriormente lo hizo así EEUU. Durante los tiempos de la Guerra Fría, las dos superpotencias promovieron y toleraron golpes de estado y toda clase de barbaridades siempre que fueran en sus países aliados, protestando vehementemente contra los que se produjeran en un país del otro bando, siempre bajo la justificación de la “democracia”, en el caso de EEUU, o del “socialismo”, en el de la URSS”.

La verdad es que es muy llamativa esta prensa que salta sobre supuestos “bombazos informativos” como si fueran la “exclusiva” del siglo. Ahora, con esto del Informe Chilcot, andan repitiendo machaconamente el “Bush y Blair mintieron sobre los motivos de la Guerra de Irak”. A ver, esto es independiente de simpatías y proximidades ideológicas (y yo no coincido en eso con Bush y Blair) y de la opinión que se tenga sobre la guerra, pero hay que decir la verdad y la verdad es que no hubo ninguna mentira pues en ningún momento se habló de las armas de destrucción masiva como de una certeza absoluta. Es que el Informe Chilcot ni siquiera dice eso, pero se ve que no se han leído nada porque lo más cómodo es sacar titulares sensacionalistas que vendan muchos periódicos.

Sobre la Guerra de Irak de 2003 hay numerosos mitos y éste de que se empleó como pretexto la supuesta existencia de un programa “activo” de armas de destrucción masiva es uno más de ellos. Lo cierto es que esto únicamente se barajaba como una posibilidad, ante la resistencia del régimen iraquí a las inspecciones de la ONU y que el principal motivo para intervenir en Irak fue la negativa de Saddam Hussein a eliminar los arsenales de armas de destrucción masiva que ya poseyera en ese momento y que había venido desarrollando y adquiriendo desde años atrás, así como evitar la posibilidad de que cayeran en manos de algunos de los grupos terroristas con los que esta dictadura tenía contactos privilegiados. NO los que se estuvieran desarrollando activamente en ese momento. Junto a esto, existían las sospechas, no necesariamente de que pudiera haber un programa activo de otras armas químicas, junto con bacteriológicas o nucleares, sino de que se conservara la infraestructura física necesaria para producirlas en un futuro. Ni en el discurso sobre el estado de la Unión del 29 de enero de 2002, ni en el pronunciado en la ONU el 12 de septiembre de 2002, cuando intentó que este organismo obligase a Irak a cumplir las resoluciones de desarme, ni en el ultimátum del 17 de marzo de 2003, en ninguno de esos momentos ni en otros, Bush se refiere a que exista un “programa activo” de armas que justifique la guerra en Irak. O, al menos, que sea el único motivo. Insisto: esto es independiente de cómo te caiga Bush II, de que te caiga bien o de que te caiga como el culo. Lo único que había, con la información que se tenía sobre la mesa, era el temor de que un malnacido como Sadam conservara parte de su antiguo arsenal oculto, de ahí su oscurantismo con los inspectores internacionales, aparte de que mantuviera los laboratorios y la infraestructura para que, una vez se levantasen las sanciones, poder volver a producir este armamento.

El Informe Chilcot de lo único que habla es de ERRORES, no de mentiras. A lo más que llega Sir John Chilcot es a criticar el uso que dio Blair a los informes de inteligencia. Pero las declaraciones de Blair sobre las armas químicas de Irak, así como los programas de armas biológicas y nucleares, fueron consistentes con lo que los analistas profesionales, espías y militares le decían:

“Ahora está claro que la política acerca Irak se hizo sobre la base de la inteligencia y de evaluaciones defectuosas. No fueron cuestionados y deberían haberlo sido”, según afirma Chilcot. Toda la literatura que ha surgido en los últimos 13 años sobre la Guerra de Irak dice que George W. Bush y Tony Blair presionaron y manipularon a los servicios de inteligencia para conseguir la guerra que querían. En lugar de ello, Chilcot lo que dice es que Blair debería haber sido más escéptico con los informes de inteligencia sobre los programas de armas de Irak. Y, sin embargo, todavía ve este tipo de cosas todo el tiempo.

En el lado estadounidense, la idea de manipulación cínica de la información por parte de la administración Bush debería haber sido descartada hace años. Pese a lo que creen los adictos a películas de Hollywood sobre oscuras conspiraciones en torno al gobierno norteamericano, en EEUU es prácticamente imposible mantener algo en secreto, incluida la información más decisiva sobre seguridad nacional. La idea de que una conspiración para mentir acerca del armamento de destrucción masiva de Sadam haya podido mantener sus maquinaciones en secreto hasta hoy día, en todo o en parte, suena a paranoia. EEUU y sus aliados, especialmente el Reino Unido, creían, por ejemplo, que Irak poseía un programa de armas químicas más que incluso gracias al espionaje, a partir de las propias declaraciones de Sadam Hussein en 1991 acerca de esas armas en relación a la resolución de alto el fuego adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU. El tirano afirmó que había eliminado sus armas de destrucción masiva, pero se negó a proporcionar cualquier prueba que corroborara esa información a los inspectores de las Naciones Unidas. Prácticamente cualquier observador objetivo habría llegado a la conclusión de que mentía, y que, por tanto, aún poseía una amplia y amenazadora capacidad armamentística altamente destructiva. Se pueden inspeccionar los archivos y hemerotecas en busca de declaraciones relevantes que afirmaran, antes de la guerra de 2003, que Irak no poseía armas químicas. Sería algo inútil.

Y otra cosita: caso de existir un engaño, el propio pueblo americano lo hubiera hecho pagar a Bush, caso de que hubiera mentido. Todo lo contrario, las veces que el gobierno americano ha hecho algo ilegal ha solido costarle la presidencia al inquilino de la Casa Blanca, como en el caso de Nixon. En ese sentido, EEUU no es como los estados euro-bananeros. ¿Alguien imagina al embustero de Rajoy, después de su infame primer mandato, siendo reelegido aunque fuera para dirigir una comunidad de vecinos en EEUU, como lo ha sido en España para nada menos que presidente del Gobierno? A mí, desde luego, me entra la risa sólo de pensarlo.

El informe de Chilcot incluye, por ejemplo, la evaluación de febrero de 2002 del Comité Conjunto de Inteligencia, el panel que supervisa los informes de inteligencia para el gobierno del Reino Unido. Se dice: “Irak también continúa con su programa de guerra biológica (CBW) y química y, si no lo ha hecho ya, podría producir cantidades significativas de agente de guerra biológica en cuestión de días y agentes de armas químicas en cuestión de semanas después de la decisión de hacerlo”. Sobre armas nucleares, la evaluación decía que Irak mantenía un programa para desarrollar un arma, aunque, en el mejor de los casos, tardaría al menos cinco años en producir una ojiva. Estos juicios que hay que decir que estaban en consonancia con evaluaciones de inteligencia británicos y estadounidenses durante años. El informe de Chilcot concluye:

“La creencia arraigada de que el régimen de Saddam Hussein retuvo sus capacidades de guerra química y biológica, que estaba determinado para preservar y, si es posible, mejorar sus capacidades, incluyendo en algún momento en el futuro una capacidad nuclear, y que aplicaba una política activa de engaño y ocultamiento, habían sido un puntal de la política de Reino Unido hacia Irak desde el fin de la guerra del Golfo en 1991”.

Ahora bien, hay que decir que Chilcot no exculpa del todo a Blair. Dice que Blair fue advertido de que una invasión de Irak podría fortalecer a Al Qaeda. Llega a la conclusión de que el Reino Unido, lamentablemente, hizo muy poco por preparar el día después de la derrota de las fuerzas de Saddam Hussein. Y también destapa una nota de Blair a Bush prometiendo su apoyo a la guerra de Irak, pase lo que pase (que es lo que ha hecho que se forme gran parte de la polémica).

Pero en el tema de la inteligencia antes de la guerra, la crítica de Chilcot no puede ser más suave. Gira en torno a un expediente del gobierno del Reino Unido de septiembre de 2002 sobre las armas de destrucción masiva de Irak. Chilcot dice que este expediente fue más matizado que el adelanto que del mismo hizo Blair, quien, por ejemplo, dijo que la evaluación había concluido “fuera de toda duda” que Irak “continúa produciendo armas químicas y biológicas, continúa en sus esfuerzos para desarrollar armas nucleares, y ha sido capaz de ampliar el alcance de su programa de misiles balísticos”.

El Informe Chilcot, por contra, dice que: “La evaluación de la inteligencia no había establecido fuera de toda duda que Saddam Hussein hubiera seguido produciendo armas químicas y biológicas”. En su lugar, el expediente de la inteligencia británica decía que Irak “había continuado intentando producir agentes químicos y biológicos”. Respecto a las armas nucleares, el expediente no decía que Irak hubiera desarrollado un programa de armas nucleares, como dijo Blair, sino que Irak había hecho intentos encubiertos para “adquirir la tecnología y los materiales que podrían utilizarse en la producción de armas nucleares; (…) Buscado cantidades significativas de uranio en África, a pesar de no tener aún un programa nuclear activo. (…) y buscando especialistas para trabajar en su programa nuclear”.

Bastante difícil es llegar a la conclusión de que Blair estaba mintiendo aquí. Una explicación más razonable es que los políticos utilizan un lenguaje diferente al de los analistas de inteligencia. Blair lo que estaba haciendo era seguir una política en la que creía. Esa política se basaba en la opinión de los EEUU y la comunidad de inteligencia británica (y de muchos otros servicios de inteligencia de otros países) de que Sadam Hussein estaba ocultando sus programas de armas, y de que tenía la intención de reiniciarlos tan pronto como las sanciones económicas sobre su país colapsaran.

Ni siquiera era necesario el acceso a la información secreta para llegar a esta conclusión. Sadam Hussein ya había violado 16 resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas relativas a las armas de destrucción masiva en el momento de la invasión de 2003. Pateó a los inspectores fuera del país en múltiples ocasiones.  Nunca permitió el acceso a la ONU ni a sus científicos exigidos por las resoluciones del Consejo de Seguridad. El dictador iraquí actuó como si tuviera algo que ocultar, y Tony Blair creyó que, efectivamente, algo tenía que ocultar. Sadam no era una amenaza tan terrible, pero él mismo hizo mucho por parecerlo y por provocar la intervención que llevó a su derrocamiento, como han hecho otros dictadores a lo largo de la historia. 

Blair se equivocó. Pero esto fue un error, no un crimen; un error, pero no una mentira.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: