Posteado por: Javier | julio 17, 2016

Golpe de Estado en Turquía

Algo previo: los golpes de Estado no son ni buenos ni malos per se. Depende de cómo y para qué se utilicen. No son lo mismo golpes de Estado como los de Sudamérica en los 60 y los 70, que impusieron violentas dictaduras militares fascistas, que golpes como la revolución de los claveles en Portugal (en 1974), un modelo de un buen y muy fino golpe de Estado, una jugada maestra, el derrocamiento del dictador Marcelo Caetano y el fin del salazarismo. O como el caso de Argelia en 1992, cuando el ejército impidió que los islamistas del FIS (Frente Islámico de Salvación) alcanzasen el poder. Fue otro ejemplo de una intervención muy oportuna de las fuerzas armadas. Lo del FIS podría haber sido terrorífico. También podemos hablar de Oliver Cromwell, en la Inglaterra del siglo XVII, o de Thomas Sankara, en Burkina Faso (en el año 1983), como protagonistas de golpes de Estado en defensa de la libertad. En España, mismamente, durante el siglo XIX los pronunciamientos militares eran de carácter liberal-progresista, y, en cambio, en el siglo XX lo fueron represivo-involucionistas (ahí tenemos a Primo de Rivera o Franco). Depende de cada país y de cada situación.

Partiendo de eso, la cuestión de Turquía y su situación es algo complejo y hay que reconocerlo, puesto que normalmente la imagen de los países orientales que recibimos aquí a través de los medios de comunicación suele ser superficial, estereotipada y llena de clichés. Y también hay parte de verdad (como ha dicho algún analista) en que los golpes de Estado que se han sucedido en Turquía desde hace un siglo no han sido solamente por una cuestión de “laicismo vs. islamización” (el Ejército turco tienen encomendada constitucionalmente la defensa de la laicidad del país), sino también de pulsos entre los militares y el gobierno por tener más cuotas de poder, ambos llevan así muchas décadas. Esta reciente intentona de “cuartelazo” por parte del ejército turco también se enmarca en eso, no sólo en retrocesos democráticos que esté impulsando Tayip Erdogan, sino también en los recortes cada vez mayores en la influencia del ejército, propiciados por el gobierno turco. Pero yendo a la cuestión de fondo, creo que el golpe de la noche del viernes se ha podido revelar como un error estratégico si no pensó bien en las posibilidades de éxito, pero, ya que estaba iniciado, lo mejor es que hubiera tenido éxito, a la vista de cómo se ha revuelto Erdogan y el proceso involucionista de la democracia en Turquía al que apunta (algo peor que un triunfo del golpe): no sólo ha salido exultante tras el fracaso de la intentona diciendo que va a “limpiar el Ejército” sino que también ha anunciado que va a purgar a los jueces. Seguramente, no van a ser las únicas medidas represivas que Erdogan va a poner en marcha, medidas que podrían incluso precipitar a Turquía a una guerra civil, a medida que se aproxima a pasos agigantados a lo que podríamos identificar como un Estado fallido.

Erdogan (y los países occidentales, incluido EEUU, que el viernes decían apoyar la “estabilidad”) no parecen recordar la experiencia de Pakistán, utilizado descaradamente por los americanos en los años 80 para canalizar misiles, armas y dinero a los “muyahidines” que luchaban su “guerra santa” contra los soviéticos en Afganistán. Pakistán se convirtió en un estado fallido, con sus ciudades desgarradas por masivos atentados con bombas, y con unos corruptos servicios secretos que fueron infiltrados por los islamistas (incluyendo los talibanes) para eventualmente amenazar al propio Estado pakistaní. Cuando Turquía comenzó a jugar el mismo papel para EEUU en Siria (el envío de armas a los insurgentes que luchaban contra el régimen de Bashar al Assad), su corrupto servicio de inteligencia empezó a cooperar con los islamistas, luchando contra el poder del Estado en Siria, empezando, también, a tomar el inquietante camino de un Estado fallido, con sus ciudades desgarradas por masivos atentados con bombas y su territorio infiltrado por los islamistas. La única diferencia es que Turquía también volvió a lanzar una guerra contra sus ciudadanos kurdos en el sureste del país, donde hay zonas que ahora están tan devastadas como grandes áreas de Homs o Alepo, en Siria.

El islamista “moderado” Erdogan se muestra como un Sultán dictatorial que restringe cada vez más las libertades en su propio país, que practica un juego de chantaje al resto de Europa de enviar más inmigrantes a cambio de dinero y otras prebendas, así como del libre movimiento para los turcos por la Unión Europea y que apoya al Estado Islámico que comete atentados contra ciudadanos en Paris, Bruselas y diversas ciudades europeas. Estado Islámico ha recibido ayuda de todo tipo por parte de Turquía, le ha vendido al país otomano petróleo de contrabando, algodón y mujeres yazidíes como esclavas sexuales, a cambio de dinero, armas, apoyo logístico, creando una frontera permeable y porosa y con una total facilidad de paso a los yihadistas que procedían de Europa para engrosar las filas del Estado Islámico, dando información militar, y cobertura médico sanitaria en tierras de Turquía a los yihadistas heridos en combate, y ha atacado a los kurdos que mantenían a raya a los yihadistas. Y, no bastándole con eso, la fuerza aérea turca derribó el martes 24 de noviembre de 2015 un avión de combate ruso Su-24, precisamente, de Rusia, país que en ese momento estaba bombardeando al Estado Islámico. Incluso Turquía necesitó las presiones de la OTAN para decidirse a detener a Alparslan Celik, el terrorista islamista turcomano que asesinó a sangre fría a Oleg Peshkov, el piloto ruso del Su-24 derribado.

Todo eso no ha evitado, sin embargo, que el Estado Islámico haya azotado a Turquía en los últimos meses, puesto que los terroristas consideran que el gobierno islamista turco navega indecentemente entre dos aguas; por un lado quiere hacer avanzar el islamismo, el yihadismo, y apoya a Estado Islámico, pero por otro lado, se alía económicamente con la Unión Europea (su supervivencia económica va con ello) y, a través de los contactos que ha habido en los últimos meses, hace las paces con el más mortal enemigo del Estado Islámico, la Rusia de Putín, que junto con Irán y Hisbulá apoya a su eterno enemigo Bashar al Assad. Los terroristas están exigiendo a Erdogan que se posicione ya con ellos o con el enemigo (Rusia y la coalición liderada por EEUU que les bombardea).

De todas formas, en cuanto a represión, hay que decir que más vergonzoso aún que lo del propio Erdogan es que Alemania abra un proceso penal contra uno de sus ciudadanos, el humorista Jan Bohmermann, porque lo pida este presidente turco bananero, al que parece no gustarle que lo critiquen ni siquiera en el extranjero y chantajea a otros gobiernos exigiendo que pongan la mordaza que no alcanza a poner él.

No puedo hablar por otros, pero, en lo que a mí respecta, no se me ocurre otra cosa que pusiera freno a esta situación, de la que sólo se benefician (y se beneficiarán) nuestros enemigos islamistas, más que el Ejército turco (o, más concretamente, el valiente grupo de militares que se han alzado) hubiera conseguido hacer volver a ese país a la senda de la libertad y la laicidad del Estado.


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