Posteado por: Javier | julio 19, 2016

Algunos mitos sobre el 18 de Julio

Ayer se cumplieron 80 años justos y redondos del conocido como “alzamiento nacional” que dio paso a la Guerra Civil Española y a la posterior dictadura de Franco. A día de hoy, con toda la información y los datos que hay, para cualquiera con dos dedos de frente, es una de las fechas de la infamia en España. Independientemente de la ideología que tenga: el pasado mes de marzo, el senador John McCain, el candidato del Partido Republicano a la Casa Blanca en 2008 (o sea, MUY DE DERECHAS), publicó en el New York Times un artículo en homenaje al recientemente fallecido Delmer Berg, un comunista estadounidense que acudió a España con la Brigada Lincoln para luchar contra Franco. Y que, además, era el último miembro de ese batallón que aún vivía.

Lo de McCain y la derecha anglosajona y protestante sobre el franquismo no es de extrañar. Y es lo normal, incluso fuera del mundo anglosajón. La República Francesa no tiene una visión neutral sobre la Francia de Vichy y la Francia de De Gaulle y la resistencia, obviamente rechaza la primera y ensalza la segunda. Ni Italia ni Alemania tienen visiones neutrales sobre el fascismo y el nazismo, ni los EEUU sobre su guerra civil. Las resistencias en los países ocupados por el nazismo y los ejércitos de la Unión en la guerra de secesión americana cometieron a veces hechos poco edificantes, en ocasiones hasta que podrían ser calificables de criminales, pero no por eso se hace una equivalencia moral entre la resistencia y los nazis (o los aliados y los nazis) o entre Lincoln y los confederados. En el bando republicano también hubo crímenes y hechos rechazables, aunque fueran en el marco de una guerra, pero no por ello existe ni se pretende que haya una equivalencia moral entre ellos y el bando franquista. Eso, en unos y otros casos, se ve muy claro fuera de España (hasta en la derecha, o, por lo menos, en la derecha moderada), pero parece que aquí no, al menos, para quienes intentar legitimar o, como mínimo, disculpar el franquismo con el “hombre, es que barbaridades hicieron los dos”.

Ese es el drama de los nostálgicos de Franco en España. Ni una sola derecha extranjera (salvo que hablemos de ultraderecha), sobre todo, derecha anglosajona, ni una sola les apoya, saben perfectamente que entre Franco y quienes se oponían a él no hay equivalencia moral alguna. Fuera de los platós de Intereconomía, 13TV, Libertad Digital o la Fundación Francisco Franco, están más solos que la una. Las teorías revisionistas que en España aún se mantienen vivas han tenido mucho calado sobre todo en sectores que estaban ya de antemano dispuestos a comprar esa mercancía, pero no pueden ser tomadas en serio mucho más allá, en ámbitos que pretendan tener el más mínimo rigor. Lo suyo no son más que refritos actualizados de las ideas que, prácticamente desde los meses siguientes al fin de la guerra, empezó a vomitar la historiografía franquista para justificar el alzamiento.

Aquí van algunos. También es verdad que, a la par que hay una pseudo-historiografía vudú pro-franquista, existe también mucha mitificación un tanto ingenua e infantil de la II República, cuando la realidad es que es un régimen que tenía sus fallas y era aún imperfecto en muchos aspectos, aunque, por supuesto, fuera el régimen legítimo y un intento de crear en España un sistema verdaderamente democrático y liberal. Sobre la inconveniencia de hacer mitificación acrítica de la II República, recomiendo este artículo de la República Heterodoxa: VER AQUÍ.

1) “EL ALZAMIENTO FUE UNA REACCIÓN DEFENSIVA ANTE LA PERSECUCIÓN QUE MEDIA ESPAÑA SUFRÍA DE PARTE DEL GOBIERNO REPUBLICANO, MEDIA ESPAÑA SE RESISTÍA A MORIR”

Los apologetas actuales del franquismo (sean apologetas explícitos o implícitos, siendo estos últimos los que apoyan el alzamiento del 18 de julio de 1936 utilizando mil y un malabarismos dialécticos para no presentarse como franquistas explícitos) suelen decir que el “sectarismo del gobierno republicano” y la “inminencia de una revolución comunista” (eso lo veremos luego) hizo surgir una reacción de temor en media España que llevó al golpe militar, el cual habría sido “defensivo” (el “media España se resistía a morir” que dicen pseudo-historiadores neo-franquistas como Pío Moa o Fernando Paz). Al margen de lo absurdo de eso, y que no sostiene ningún historiador mínimamente serio, el alzamiento y la posterior dictadura no fue ninguna reacción defensiva por ninguna supuesta circunstancia sobrevenida a mediados de los años 30, sino un proyecto político que ya venía desde años antes incluso del nacimiento de la II República, que ya se había intentado con la dictadura de Primo de Rivera pero que no había tenido éxito, y que sólo necesitaba encontrar el dictador-represor idóneo para llevarla a cabo. Ese fue el motivo, por cierto, por el cual Franco no generó ninguna ideología nueva reconocible, a diferencia de Hitler o Mussolini: Franco recibe un cuerpo ideológico ya fabricado y él es el encargado de aplicarlo represivamente, su papel es de mero represor.

En un artículo que reproduje hace algún tiempo, basado en el libro “Historia del poder político en España”, del pensador José Luis Villacañas, están las claves para comprender esto. Una cita relevante es la siguiente:

El proyecto de una dictadura soberana y constituyente de la sociedad era más antiguo que el régimen de Franco. Había sido elaborado, utilizando conceptos de Carl Schmitt, por el lúcido y apasionado Ramiro de Maeztu, y esto a partir de una pregunta: ¿qué había fallado en la dictadura de Primo de Rivera?…” En su opinión, “Primo de Rivera había disuelto la cohesión de las derechas y se había mostrado incapaz de fortalecer los dos principios de la nación española: el catolicismo y el sentido de la hispanidad. Sin ellos los intentos de José Calvo Sotelo de generar un capitalismo español eran inviables… Se hacía precisa una dictadura de largo plazo, sin cortapisas de otras instancias soberanas, y capaz de formar un capitalismo moderno que generara un pueblo de clases medias despolitizadas. Todo eso debía producirse antes de reconocer los derechos políticos e instituciones liberales”.

Por cierto, con respecto a eso de generar unas “clases medias despolitizadas”, creo que nos suena, viendo lo que es España actualmente, y la pasividad de gran parte de los españoles de la que hemos hablado otras veces. Pasividad que llevó a que Franco gobernase tranquila y felizmente durante 40 años, generando en la mayoría de españoles la ensoñación de ser de “clase media” y el no tener demasiadas ganas de meterse en problemas que les hicieran perder las comodidades de esa “clase media”.

“Estas “élites conservadoras de los primeros días de la República no habían decidido quién dirigiría esa dictadura soberana constituyente. Sus dos ideólogos fundamentales, José Calvo Sotelo y Ramiro de Maeztu, establecían únicamente sus dos bases ideales: la forma concreta de capitalismo de Estado y la forma cultural y católica de la hispanidad protegida por una monarquía tradicional… era casi seguro que este proyecto hiciera necesaria una guerra civil, cuya preparación asumió José María Gil Robles…” Lo que estaba sin definir, “quién iba a ser el portador de la soberanía… Tras una penosa guerra, ese portador sería el general victorioso.”

“Sin embargo, la causa misma por la que había luchado y vencido imponía los fines de su dictadura. Como dijeron al final de la guerra sus defensores, Franco tuvo que encarnar dos aspectos contradictorios del dictador constituyente. Por una parte, en tanto que soberano, no podía ver limitado su poder más que por su propia voluntad. Esto fue lo que dijo Dionisio Ridruejo. Pero, por otra parte, en tanto que caudillo, luchó por una causa tradicional que él no podía definir de su arbitrio, sino garantizar su continuidad. Esto es lo que dijo Francisco Javier Conde al definir a Franco como un caudillo carismático al servicio de la tradición, sin capacidad de innovación… La voluntad soberana del Caudillo no tenía límites para constituir el pueblo español, que era el de la tradición y ya estaba constituido. De ahí que su principal actividad fuera represora de todo aquello que no coincidiera con ese pueblo ya existente. Estas premisa permite describir toda su actuación como desconstrucción de lo que en la historia española era evolución y novedad, y que él consideraba como una mera superficie frente a lo esencial y eterno [Estado totalitario de los Reyes Católicos y su configuración imperial bajo Carlos V y Felipe II]…”

El carácter genocida y terrorista de este movimiento (lo que caracterizó al alzamiento y los primeros años de la dictadura) es algo que ya venía de mucho tiempo atrás, con unos mecanismos de actuación muy similares a los empleados siglos atrás por la Inquisición. Igual que la Inquisición perpetró el genocidio de judíos y cristianos protestantes en España, y expandió el terror por toda la sociedad, el nuevo orden se iba a dedicar a limpiar el país de todo lo que fuera identificado como “antiespaña”:

“Lo que permite identificar la aspiración del régimen en su primera época: crear algo parecido a lo que había sido el dispositivo inquisitorial. Ese dispositivo permitirá que el pueblo ya existente y constituido se defendiera de la impureza histórica acumulada. La aplicación pormenorizada de la delación, la desproporción entre indicios y penas, la extensión de la criminalización a familias y linajes enteros, la concentración de la persecución en campesinos y obreros, la exigencia de retractaciones humillantes, la invocación de sucesos antiguos para justificar el crimen, todo esto constituyó un dispositivo cercano al inquisitorial. Eso hace de esos largos años de posguerra del régimen de Franco algo tan odioso. Pero la imitación verdadera del dispositivo inquisitorial residió en que se quería conseguir un pueblo puro. Por eso fue lógico que, al igual que la Inquisición no permitiera huella superviviente alguna de los ajusticiados, el régimen franquista quisiera sepultar en el anonimato más radical a sus víctimas, perdidas en las cunetas”.

2) “LA II REPÚBLICA NO ERA DEMOCRÁTICA PORQUE NUNCA FUE VOTADA EN REFERÉNDUM POPULAR”

La II República nació por que así lo exigió la circunstancia. Ante la falta de monarca no había alternativa seria para proveer la Jefatura del Estado. Antes de la dictadura de Primo de Rivera apenas había un movimiento republicano serio en España, pero el apoyo del monarca a esa dictadura le valió el descrédito. Es como si Juan Carlos I en el año 1981 se hubiera puesto del lado de los golpistas. Aquello lo hubiese deslegitimado como Jefe del Estado. La República Española de 1931 fue no solo un nuevo régimen proclamado por una voluntad popular -pese a que las elecciones de abril de ese año habían dado una mayoría de concejales monárquicos, 20.000 frente a 5.000, el voto popular estuvo en una proporción de 4 a 1 a favor de los partidos republicanos y las capitales de provincia, donde se vislumbraba claramente la opinión popular, lejos de los manejos caciquiles de las zonas rurales, supusieron una aplastante victoria de los partidarios de la República- sino que en su espíritu y forma era democrático. Otra cosa es que después de tantos años de ausencia, un régimen real de libertades en España necesitase tiempo para consolidarse. Tiempo que no tuvo.

3) “LA CONSTITUCIÓN REPUBLICANA NO FUE APROBADA CON CONSENSO NI VOTADA EN REFERÉNDUM. NO ERA DEMOCRÁTICA”

Ninguna de las constituciones españolas anteriores a 1931 se aprobaron mediante referéndum. Lo mas habitual eran las cortes constituyentes como ocurrió en 1931. Si comparamos la Constitución de 1978 con la de 1931, ambas responden a realidades y contextos distintos con más de 40 años de diferencia. Obviamente, la actual del 78 es más avanzada en bastantes aspectos.

4) “LA BANDERA TRICOLOR REPUBLICANA NO ERA LA BANDERA DE TODOS LOS ESPAÑOLES. ERA SÓLO DE LOS REPUBLICANOS. NO ERA DEMOCRÁTICA”

La constitución de 1931 definía la bandera tricolor como la oficial del Estado, como ahora hace la del 1978 con la bicolor: esa es, a fecha de hoy, año 2016, la oficial del Estado. Eso es independiente de lo que opine cada uno, de si le gusta más o menos, o de si le parecen más o menos bonitos los colores de la bandera. La Constitución de 1931 no definía la bandera como “la bandera de los republicanos”, igual que ahora no existe una definición de la bandera oficial bicolor como “la bandera de todos los españoles”, cada cual se puede identificar con lo que quiera. Yo me identifico con las dos y no me molesta ninguna de ellas. Las dos representan períodos democráticos distintos en contextos y en períodos distintos. Sobre si una u otra bandera, era más o menos “impuesta”, la verdad es un debate que me aburre y no me interesa. Toda bandera, en cierto modo, es “impuesta”, sea de modo más o menos “autoritario” o más o menos “democrático”.

5) “LA II REPÚBLICA ERA SECTARIA. EXCLUÍA A MEDIA ESPAÑA Y DIRIGÍA AL PAÍS HACIA EL COMUNISMO”

Sin embargo, la Constitución de 1931 definía al Estado como una “República democrática de trabajadores de toda clase”. Un lema que para los comentaristas de los periódicos de un país tan poco sospechoso de simpatías comunistas como los Estados Unidos, le parecía un reflejo de su propia forma de ser, al agrupar no a los trabajadores al modo clasista soviético, sino al modo productivista anglosajón de agrupar a todos los que trabajan, a quienes viven de su trabajo y su esfuerzo. Para considerar que el de la II República hubiera sido un régimen “sectario” debería haber existido algún artículo en la Constitución o norma que hubiese permitido, o incluso incitado, la persecución de conservadores, derechistas y católicos, la destrucción de templos católicos o la prohibición de los partidos antirrepublicanos. Cosa que no era así. Las órdenes que las fuerzas públicas recibían del gobierno tendrían que haber consistido en la detención sin causa de los adversarios de la República, en la confiscación de sus bienes y, llegado el caso, en su ejecución sumaria. Es así como actúa un sistema basado en ideas totalitarias, lo que demostró, y muy bien, el Estado franquista poco después. ¿Significa eso que no hubo arbitrariedades gubernamentales? No, por supuesto que las hubo. Lo que ocurre es que, si miramos quiénes eran habitualmente las víctimas de esas arbitrariedades, inclusive durante el primer bienio progresista (1931-1933), veremos que las víctimas normalmente continuaron siendo obreros y campesinos, igual que en los tiempos anteriores a la República.

6) “LA REPÚBLICA FUE UNA ÉPOCA CAÓTICA. Y ESO LO PROVOCÓ, SOBRE TODO, EL SECTARISMO CON EL QUE NACIÓ, QUE LLEGÓ AL MÁXIMO EN 1936 BAJO EL FRENTE POPULAR”.

La realidad es que la situación de España ya era muy convulsa antes de 1931, era una situación que ya se daba incluso en tiempos de la Restauración y así siguió hasta 1936. Desde 1874 a 1931 abundaron los disturbios, las revueltas y las quemas de iglesias, no fue una situación exclusiva de la II República. Quemar iglesias era algo incluso que se remonta a principios del siglo XIX, los de la Guerra de Independencia. Ha sido parte de la eterna tensión española entre clericalismo y anticlericalismo, no era algo exclusivo de la época de la República. Tampoco llega a comprenderse cómo atribuyen al régimen republicano la responsabilidad de una violencia que solía proceder de grupúsculos contrarios al mismo, fueran de ultraderecha o de extrema izquierda. La ultraderecha española empleó desde marzo de 1936 un terrorismo sistemático y desestabilizador que pretendía debilitar el Estado republicano y allanar el terreno a un gobierno autoritario o, en última instancia, a un “levantamiento militar”. Alguno, como el premio Pullitzer de periodismo de 1934, el estadounidense Frederick T. Birchall, escribió un artículo en el New York Times afirmando que lo extraño era que en España los desórdenes no fueran todavía mayores, teniendo en cuenta la desigualdad económica y la pobreza de muchos sectores de la población, que por entonces vivía mayoritariamente de la agricultura. Sin embargo, historiadores como Julio Aróstegui opinan que en absoluto puede hablarse de una “primavera trágica” en la que el gobierno del Frente Popular hubiera perdido el control de la situación porque en esos meses no se produjo una situación de emergencia comparable, no ya sólo a la de 1934 en España, sino a las vividas en el periodo completo de los años veinte y treinta por países como Alemania e, incluso, Francia, lo que no quiere decir que no hubiera una agitación social y laboral constante en el campo y la ciudad y un aumento de la violencia explícita por causas políticas, alimentada por acciones de la izquierda y la derecha. De hecho, el designio de los partidos opositores Bloque Nacional, liderado por José Calvo Sotelo, y de la CEDA de José María Gil Robles era derivar sus acciones hacia la ilegalidad, sacando partido de la agitación en la calle y haciendo responsable de ello al gobierno. El propio Gil Robles, al conocerse el resultado de las elecciones de febrero de 1936, ya intentó la anulación de las mismas y que fuese declarado el “estado de guerra”, alegando desordenes callejeros en las celebraciones por este resultado, es decir, antes incluso del supuesto “caos” que después creó el gobierno del Frente Popular. En todo caso, poca justificación serían los problemas de orden público existentes en la primavera de 1936 para desplegar un terrorismo genocida desde el 18 de julio contra todo aquel al que le cayera encima el sanbenito de ser parte de la “antiespaña”.

7) “LAS ELECCIONES QUE GANA EL FRENTE POPULAR EL 16 DE FEBRERO DE 1936 FUERON UN PUCHERAZO”.

No obstante, incluso los periodistas británicos de aquella época en España llegaron a afirmar que si se hubieran seguido las normas electorales que regían en una democracia consolidada como Gran Bretaña, el triunfo del Frente Popular hubiera sido más contundente aún. Tal era el sistema caciquil que aún campaba a sus anchas en España. El propio jefe del gobierno, el centrista Manuel Portela Valladares, dijo al conocerse los resultados: “Las elecciones han dado la victoria al Frente Popular. Tengo, para afirmarlo, la autoridad que me da el ser presidente de este gobierno”. Y tal afirmación, además, era hecha, ni más ni menos, “para que la conducta de cada cual quede en su lugar”. Desde luego, la de Portela lo estuvo, a diferencia de la de otros como Alcalá Zamora o Gil Robles, quien presionó a Portela para que no dimitiera de su puesto y proclamase el estado de guerra, ante las muestras de júbilo tras el resultado electoral. Eso del “pucherazo” surgió cuando los apologetas del franquismo pretendían imputar al gobierno del Frente Popular los males que supuestamente hicieron “necesario” el alzamiento. Empezando por la propia dictadura franquista, mediante el conocido como “Dictamen de la Comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes el 18 de julio de 1936”, que se hizo público a principios de abril de 1939, y en el que se concluía que había habido fraude en esas elecciones, ya que los resultados habrían sido “falseados” para favorecer al Frente Popular: falsificaciones de votos, violencias, nuevo gobierno formado antes de la segunda vuelta electoral y a la arbitraria revisión posterior de actas en perjuicio de las derechas.

8) “BAJO EL FRENTE POPULAR, ESPAÑA IBA CAMINO DE UNA REVOLUCIÓN Y UNA DICTADURA COMUNISTA. FRANCO COMETIÓ ERRORES PERO NOS SALVÓ DE ESO Y DE SER UN SATÉLITE DE LA URSS”.

Un argumento para justificar el alzamiento que no puede ser más ridículo. Hasta 1934, el PCE era un partido minoritario en España y, a partir de 1935, la estrategia que el VII Congreso de la Internacional Comunista adoptó fue la política de Frente Popular, o sea, el establecer acuerdos con la socialdemocracia y los partidos republicanos, para formar gobiernos en los que los partidos comunistas no entrarían. La revolución proletaria no era en ese momento la prioridad, sino ayudar a ser un contrapeso al ascenso de los partidos fascistas, después de la llegada al poder de Mussolini en Italia y de Hitler en Alemania. La URSS apostó por el establecimiento de un sistema de seguridad basado en la alianza con Francia y las democracias occidentales para frenar el expansionismo alemán, lo que implicaba aparcar sine die las tesis revolucionarias. Los comunistas españoles, con solo 17 diputados de 473, se dedicaron a dotar de estabilidad a los gobiernos republicanos. Se conocen todos sus movimientos por los mensajes cruzados entre Madrid y Moscú, que fueron interceptados y decodificados por los servicios de inteligencia británicos. No existía un peligro de revolución comunista en la primavera de 1936. Ni la línea política de la Internacional Comunista ni las prioridades geoestratégicas de la URSS (al fin y al cabo, bajo cuya obediencia estaban los partidos comunistas occidentales) apuntaban al desencadenamiento de una revolución proletaria en España. Ni siquiera el PSOE de aquellos tiempos era mayoritariamente revolucionario. Azaña formó un gobierno exclusivamente con republicanos burgueses moderados, con el objetivo de tranquilizar el país, pensando que los obreros y jornaleros del campo, por un lado, se sentirían cercanos al mismo, y, por otro, que los sectores más conservadores no se alarmarían, al no contemplarse ninguna nacionalización de propiedades agrarias o industriales. El programa era tan moderado que fue incluso aceptado por un católico de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) como Giménez Fernández, ex-ministro de Agricultura, aunque, posteriormente, su partido lo boicotease en las Cortes. No obstante lo anterior, tras las elecciones, los grupos más a la derecha empezaron una campaña de asesinatos para llevar al país a una situación caótica (de forma que se provocase una intervención de los militares), mientras los más revolucionarios se empleaban también violentamente, como si estuviera empezando una revolución. En cualquier caso, el problema fue que el gobierno no supo cómo actuar para frenar estos episodios violentos y prefirió no intervenir, a la espera de que parasen por sí solos. Craso error, pero no que el gobierno estuviese propiciando la revolución proletaria. Paradójica e irónicamente, terminó siendo el alzamiento lo que llevó a la revolución comunista en algunas zonas del país, al provocar la sublevación militar un colapso de la autoridad del gobierno republicano que fue llenado por los comunistas (en Barcelona sucedió algo similar con los anarquistas de la CNT), llevando a que el PCE se convirtiera prácticamente en el poder hegemónico en buena parte de la zona republicana durante la guerra. Pero no en todos los lugares sucedió esto en la misma medida. En algunos lugares se colectivizó la tierra y las propiedades y en otros no; en algunos hubo asesinatos de curas o monjas, gente religiosa, falangistas, militares o grandes propietarios, y en otros no pasó nada de esto. Ni esto se dio a nivel nacional antes del estallido de la guerra, ni en toda la zona republicana posteriormente, sino a nivel local, donde el vacío de poder del gobierno central de la República llevó a que éste fuera tomado por milicianos pertenecientes a los partidos o sindicatos preponderantes en ese lugar concreto. La principal diferencia con la zona sublevada (y lo que les dio la victoria final) fue que en ésta todo fue inmediatamente incluido bajo una misma jurisdicción militar, de forma que los asesinatos no se produjeron de forma descontrolada por grupos dispersos (de falangistas o carlistas normalmente) sino mediante condenas tras sumarísimos juicios militares. 

Esto del revisionismo ultraconservador sobre la II República y el alzamiento nacional es muy similar a lo que ya hizo en su día Edmund Burke con la Revolución Francesa. Es infiltrar la idea de que cualquier reforma radical de la estructura tradicional de la sociedad está abocada a provocar violencia y muerte, como demostraría, en el caso de Francia, el Terror jacobino entre el otoño de 1793 y la primavera de 1794: así dice la conocida ecuación ultraconservadora. Evidentemente, en esta ecuación nunca entran ejemplos como la represión de la Comuna de París, años después, en 1871, que produjo bastantes más muertes que el Terror jacobino.


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