Posteado por: Javier | marzo 2, 2017

Y con el autobús llegó el escándalo

Como todos ustedes saben, España vive desde principios de esta semana todo un estado de shock y estupor motivado por un autobús naranja fletado por la organización Hazte Oír, que ha circulado durante dos días por las calles de Madrid, con el mensaje: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo”. Según las últimas noticias, ahora mismo este autobús, que ha recibido la condena unánime de todos los partidos políticos y medios de comunicación por “transfobia” (o, lo que es lo mismo, odio o incitación al odio contra las personas transexuales o transgénero), además de un machaque furibundo en las redes sociales, está inmovilizado cautelarmente por orden del Juzgado de Instrucción número 42 de Madrid.

Este es el autobús en cuestión. No termino de entender por qué los mismos medios de comunicación que han sacado sus fotos hasta en la sopa insisten tanto en que no circule, cuando ellos mismos ya se han convertido en los mejores publicistas y difusores de esta campaña, poniendo una y otra vez imágenes del autobús:

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No recuerdo ahora mismo si lo he dicho antes, pero no soy muy amigo precisamente de esta organización de Hazte Oír, ni tampoco soy muy amigo de la ley del embudo que aplican al concepto de la libertad de expresión. Son los mismos, junto con otras organizaciones similares, que presentan denuncias por “poemas blasfemos” en Barcelona o por tonterías y estupideces como la “procesión del coño insumiso” en Sevilla. A ellos les encanta tupir los tribunales presentando u organizando campañas animando a presentar denuncias a granel por “ofensas a los sentimientos religiosos”… ahora los grupos pro-LGTB les denuncian a ellos por “ofender” otros sentimientos.

También lanzaron en su día una campaña contra otro autobús, en este caso, que llevaba el mensaje “Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta la vida”, pidiendo su retirada de las calles debido a que entendían que lesionaba la dignidad de los creyentes y atentaba contra su honor. Lo cierto es que si alguien es creyente y se ve perturbado e inquietado en su supuesta fe porque un ateo le diga que probablemente Dios no existe y que disfrute de la vida, es para que ese creyente se lo haga mirar (y mucho) sobre la fe que dice tener. En cualquier caso, es tan lícito que un ateo le diga un creyente que probablemente Dios no existe, así que disfrute de la vida, como que un creyente le diga a un ateo que Dios sí existe y que le aconseje ser creyente puesto que así se disfruta aún más de la vida, pero, curiosamente, ahora son denunciados por un motivo similar, sólo que aplicado al honor y dignidad del colectivo LGTB.

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En definitiva, Hazte Oír no es que tenga un historial, digamos, muy brillante en defensa de la libertad de expresión que tanto predican. DICHO ESTO, a estas alturas, debe ser de sobra conocido que mi criterio personal sobre esa libertad de expresión es el más amplio posible, un criterio absolutamente liberal. O sea, siempre que no se incite al odio o la violencia contra ninguna persona o colectivo, debe primar la libertad de expresión. Puede haber individuos o grupos que legítimamente se sientan molestos u ofendidos por algunas expresiones, pero en una sociedad libre esa libertad conlleva la posibilidad de ser ofendido y los sentimientos particulares de uno o unos no pueden romper la libertad de todos. O, dicho de forma mucho más bruta, en una sociedad libre, si tienes la piel muy fina y te molestas, TE JODES. La libertad es demasiado dura para los sujetos que están hechos de mantequilla. Es más, incluso las opiniones más extravagantes y repugnantes deben ser toleradas públicamente: precisamente, la mejor forma de que se destape un cretino es dejar que manifieste públicamente su cretinez. Todo esto, de todas formas, muestra a las claras aquello de lo que endémicamente son incapaces los españoles: debatir y convencer sobre sus ideas sin reclamar que silencien al contrario y al disidente. Yo perdí hace mucho la esperanza de que el español medio sea capaz de algo tan simple como eso.

En cuanto al fondo de la campaña en sí, más allá de la opinión particular que se tenga sobre Hazte Oír y su proceder, vista la reacción de toda la prensa y los partidos políticos, resulta evidente que la ideología de género se ha convertido en un elemento transversal, polimórfico y perfectamente asimilado al engrase del sistema. Los críticos de la ideología de género desde la derecha suelen calificarla como “marxismo cultural” y como un “arma para destruir el capitalismo”. Bueno, lo cierto y verdad es que el actual sistema de capitalismo neoliberal imperante globalmente no parece que esté temblando de miedo porque vaya a ser destruido por la ideología de género, sino que está bastante cómodo con ese “marxismo cultural” y, de hecho, lo promueve financieramente, no sólo mediante el mecenazgo de diversas campañas de “defensa de las minorías” (las sexuales, en el caso que nos ocupa), sino también a través de medios de comunicación y entretenimiento de masas, unido ello a numerosísimos activistas que han hecho de ello una forma de vida puesto que son causas inocuas para el sistema y muy cómodas de defender, hoy por hoy, se han convertido en todo un negocio, normalmente muy bien regado financieramente. Colocarse en una de esas organizaciones de toda la galaxia que existe de fundaciones o entidades de defensa de las minorías sexuales (u otras minorías) es una forma de jugar a ser un “rebelde” con cero riesgo y mucha rentabilidad.

El sistema ha asumido ese tipo de causas como algo que no es amenaza alguna para sus propias bases (lo que, irónicamente, un marxista como Antonio Gramsci, el fundador del Partido Comunista Italiano, llamó “la revolución pasiva”). Es el caso, por poner sólo un ejemplo, de la homosexualidad. En la Inglaterra victoriana del siglo XIX estaba bastante reprimida, debido a que el sistema de capitalismo proteccionista e industrial de esa época, un capitalismo nacional, necesitaba que la mayoría de la gente viviera en un modelo tradicional de familia: hombre, mujer e hijos, con el cabeza de familia siendo quien ganara el sustento en la fábrica. Obviamente, en aquella época también había individuos bohemios o solitarios, pero era lo menos, puesto que el sistema necesitaba que ese orden se mantuviera intacto. Mientras tanto, en esa misma época, en un país autocrático y atrasado, pero en el que no existía el mismo sistema económico, como la Rusia zarista, sin embargo, la homosexualidad estaba bastante más tolerada que en Inglaterra. En cambio, para el sistema capitalista actual, un capitalismo globalista y financiero que no tiene nada que ver con el de la Revolución Industrial, no es peligro alguno que haya mucha gente o que se fomenten muchos estilos alternativos de vida, o sexuales o sentimentales, al contrario, mejor, más nichos de mercado. El sistema ha fagocitado algunos elementos que en su día pudieron haber sido más o menos “subversivos”, pero que ahora han devenido en inocuos, y los utiliza para legitimarse y para crear divisiones entre quienes intuya que puedan ser sus enemigos. No es de extrañar esta simbiosis que existe entre los intereses neofinancieros globales y los defensores de estilos de vida alternativos y teorías posmodernistas sobre la sexualidad y la naturaleza humana.

La campaña de Hazte Oír no parece que sea la mejor forma de afrontar el problema de la ideología de género, puesto que a donde va dirigida es a un choque y una confrontación calculada con sus oponentes ideológicos. Es una aproximación que está más cercana a la forma de actuar tradicional de la Iglesia Católica Romana en España (aunque digan lo contrario, Hazte Oír es un grupo de clara filiación católica), que cuando antiguamente detectaba que había un problema que podía afectar a sus creencias o moral, planteaba un choque frontal, aprovechando su poder omnímodo sobre la sociedad. El hecho de que haya un 70% de personas que en España se identifican como católicas les hace pensar que la mayoría de la población sigue sus consignas, y a veces no se dan cuenta que las mayorías sociales y sociológicas han cambiado. Al no darse cuenta de ello plantean campañas de choque, de confrontación. Es una campaña que buscaba la reacción que ha creado y el posterior victimismo de esta organización, al igual que cuando los grupos LGTB y laicistas lanzan sus campañas saben perfectamente que van a levantar también una reacción similar.

La problemática de la ideología de género merece un tratamiento mucho más serio que eso, puesto que es cierto que un niño normalmente nace con pene y una niña con vulva pero, paradójicamente, ellos también reducen el sexo biológico a lo meramente genital, como hacen los defensores de la ideología de género: es decir, que simplemente con una operación de cambio de genitales, cambias de sexo.

El tema daría para escribir muchísimo pero, muy resumidamente, la realidad es que la sexualidad humana es un rasgo biológico determinado de forma binaria a través de los cromosomas: XY y XX son marcadores genéticos saludables, no los marcadores genéticos de un trastorno. La norma del diseño humano es ser concebido como hombre o como mujer. La sexualidad humana es binaria por definición, siendo su finalidad obvia la reproducción. Este principio es evidente por sí mismo. Existen casos raros de desarrollo genital que se salen de la norma, pero esto no constituye un tercer sexo. Distinto a la sexualidad, es el género. Nadie nace con un género. Todos nacemos con un sexo biológico. El género (la conciencia y sentimiento de uno mismo como hombre o mujer) es un concepto sociológico y psicológico, no un concepto biológico objetivo. Nadie nace con conciencia de sí mismo como hombre o mujer, sino que esta conciencia se desarrolla con el tiempo y, como todos los procesos de desarrollo, puede desviarse a consecuencia de las percepciones subjetivas del niño, de sus relaciones y de sus experiencias adversas desde la infancia. Quienes se identifican como “sintiéndose del sexo opuesto” o como “algo intermedio” no conforman un tercer sexo. Siguen siendo hombres biológicos o mujeres biológicas. Cuando un niño biológicamente sano cree que es una niña, o una niña biológicamente sana cree que es un niño, existe un problema psicológico objetivo en la mente, no en el cuerpo, y debe ser tratado como tal. Estos niños padecen lo que se conoce como disforia de género. Por lo tanto, las personas transgénero son aquellas que declaran ser de un género distinto al de su sexo biológico o, tal y como prefieren decirlo los activistas de género, “del sexo que les asignaron al nacer”. La ideología de género defiende que el problema es el cuerpo, no la mente. Desde los años 80 ha habido un cambio en la práctica médica y la opinión pública y se ha dejado de considerar la experiencia de la disonancia entre el sexo biológico y la identidad de género como una enfermedad psiquiátrica o desorden del pensamiento. Ahora, el único problema es el sufrimiento causado por la disonancia en sí, y se ve simplemente como una “condición”. Lo que es más significativo, la manera preferida de tratar esta condición no se centra en tratar la salud mental y psicológica de la persona, sino en intentar cambiar su aspecto, sus hormonas y su anatomía. Es decir, en vez de intentar cambiar la mente para que encaje con el cuerpo, se cambia el cuerpo para que encaje con la mente.

Normalmente, la mayoría de niños que experimentan problemas con su identidad de género los resuelven antes de llegar a la edad adulta, pero podemos hacernos una idea de lo problemático que es considerar que, a tan temprana edad, ese problema se debe resolver con una operación de cambio de genitales o mediante el hormonamiento masivo, sin esperar a ver cuál va a ser la evolución psicológica posterior del niño.

Esos niños y sus familias, por distintos condicionantes sociales y por su propia situación psicológica sobre su identidad, no es raro que en muchos casos sufran por esa situación. Son un porcentaje pequeñísimo de la población (al margen de que haya casos no declarados por distintos motivos), pero, aun cuando hubiera sólo un caso, cualquier medida pública que les ayude está justificada y es cierto que merecen cariño y empatía cuando se aborde una situación como la suya (aparte de los derechos y dignidad que tiene cada individuo), que debe ser tratada desde el punto de vista de la psicología, no de la ideología.

Tema completamente distinto es que haya grupos y lobbys que utilicen esa realidad para crear teorías según las cuales existe una cosa llamada “heteropatriarcado” que es lo que determina si somos hombres o mujeres (no nuestra biología), o que el caso particular de los transexuales y transgénero es extrapolable a toda la población y demuestra que, si no estuviésemos influenciados mentalmente por ese “heteropatriarcado”, elegiríamos en cada momento ser del sexo o del género que más nos gustara, utilizando a estas personas, y la excusa de las están “defendiendo”, para promocionar sus intereses ideológicos particulares, acusando de “fomentar el odio” a cualquiera que disienta de sus postulados.

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