Posteado por: Javier | abril 15, 2017

Desmitificando la II República

Este artículo de Pedro Fresco, de su blog la República Heterodoxa, es a su vez una republicación mía, pues ya lo compartí hace tres años, con motivo de un nuevo aniversario de la proclamación de la II República. Es un escrito que me gusta, por eso lo vuelvo a compartir hoy, ya que es complicado encontrar material que intente, al menos, mantener cierto rigor en el análisis histórico.

Precisamente, uno de los grandes problemas de la infantilizada y folclórica izquierda española es que, en lugar de ser capaz de construir una alternativa al gran desafío actual del neoliberalismo globalista (que sí la está construyendo, con mayor o menor acierto, y con todo lo que se quiera criticar, la derecha “anti-establishment”), en lo que está anclada es en cosas como idealizar, de una forma ciertamente pueril, como si fuera algo deseable su vuelta, un período histórico controvertido e interesante desde el punto de vista del estudio de la historia, pero que no es un modelo de futuro (precisamente, me consta que este mismo artículo que ahora comparto generó mucha controversia entre esa misma izquierda).

Junto con las carencias que ya en sí tenía el sistema, la II República fue un periodo de gran inestabilidad política y social, lo cual es algo que ningún historiador serio pone en duda. Los actos violentos por parte de comunistas, socialistas y anarquistas por un lado, y de falangistas y carlistas por el otro, fueron el pan de cada día durante aquellos convulsos años (revueltas, disturbios, asesinatos políticos, insurrecciones, represalias brutales, quema de iglesias y conventos, huelgas, desórdenes públicos, etc.). Aunque la realidad es que la situación de España ya era muy convulsa antes de 1931, era una situación que ya se daba incluso en tiempos de la Restauración y así siguió hasta 1936. Desde 1874 a 1931 abundaron los disturbios, las revueltas, e incluso las quemas de iglesias, no fue una situación exclusiva de la II República. Quemar iglesias era algo incluso que se remonta a principios del siglo XIX, los de la Guerra de Independencia. Ha sido parte de la eterna tensión española entre clericalismo y anticlericalismo, no fue algo exclusivo de la época de la República. Esa inestabilidad en absoluto justificaba un golpe de Estado ni la dictadura posterior, como después pretendió la propaganda franquista, pero el pecado capital de los líderes de uno u otro bando fue no saber refrenarse, alimentar el odio y la escalada violenta que nos arrastró a todos a un baño de sangre, no ser capaces de ver a unos compatriotas enfrente, sólo enemigos a exterminar. Digamos que la II República, esencialmente, naufraga porque, por muy buenas intenciones iniciales que hubiera por implantar un régimen moderno y democrático, en la práctica, lo que había en España eran dos bandos esperando para empezar a matarse: las masas hambrientas (obreros y campesinos) y sus amos (los grandes terratenientes y la Iglesia Católica).

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DESMITIFICANDO LA II REPÚBLICA

Observo estos días, al cumplirse el 83 aniversario de la proclamación de la II república en España, como la reivindicación de la república cobra más fuerza que nunca. Fundamentalmente desde sectores de izquierda (aunque no solo) se mira a la república como un ejemplo de libertad y progreso en contraste con el actual régimen salido de la transición, que por diversas razones ha degenerado y ha perdido el apoyo de una parte importante de la ciudadanía.

A mí, que he sido republicano desde que tengo uso de razón política, esto me hace mucha gracia. En cierta manera y dentro de mi juventud me siento como un “camisa vieja” del republicanismo, de los que ya decíamos que este país debería ser una república antes de que el rey cazase elefantes, tuviese yernos corruptos o se rompiese la cadera en viajes clandestinos junto a su amante. Cuando la gente viene al redil de los republicanos siempre pienso maliciosamente “os lo llevo diciendo años”, con la satisfacción típica del pionero.

Sin embargo hay algo que supera a mi republicanismo y esto es mi seriedad y mi respeto por la verdad. Y en toda esta marea republicana veo una cosa que es ridícula e incluso peligrosa, y esa es la mistificación de las repúblicas en general y de la II república en particular.

Hay una dualidad falsaria que se está estableciendo en ciertos segmentos de esta sociedad sobre la democracia actual y la democracia republicana del periodo 1931-1936. La democracia actual sería, según esta visión, una democracia vigilada, partitocrática, tutelada por los grandes poderes fácticos del país, con una constitución chapucera y elitista y, en definitiva, una especie de engendro fabricado para blanquear y actualizar un franquismo jamás desaparecido del todo.

La democracia republicana, también según esta visión, sería todo lo contrario. Una democracia pura, popular, donde el pueblo realmente tenía el poder, con una constitución avanzadísima que colmaba de derechos y libertades a los ciudadanos. En definitiva, el sistema político de la II república sería el ejemplo a seguir, sería el horizonte al que tendríamos que aspirar como país.

Obviamente eso es un posicionamiento maniqueo. Ni la democracia actual está sostenida en bases legales tan corruptas ni la democracia republicana era tan pura y tan perfecta como se vende. Es más, desde muchos puntos de vista el sistema democrático actual es bastante más avanzado que el existente en la época de la república.

Ciertamente sí hay cosas más avanzadas en la constitución republicana que en la actual. Para empezar el propio hecho de que el jefe del estado sea un civil y sea elegido bajo procedimientos democráticos es obviamente un avance social respecto a un estado monárquico. Además y a diferencia de las actuales leyes por las que el rey es inviolable, el presidente de la II república sí tenía responsabilidad penal.

Otro punto donde creo que la constitución republicana era más avanzada es en el asunto de la libertad religiosa. Ambas constituciones dicen que España no tiene religión oficial pero la actual constitución pone una coletilla: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.Esto es lo que permite, por ejemplo, que en España se enseñe religión en los colegios públicos, se esté financiando a la iglesia mediante la hacienda pública o que la religión católica esté presente en actos de estado. Estas cosas estaban prohibidas por la constitución republicana, lo que aseguraba un estado verdaderamente laico.

Hay más cosas que me parecen positivas de la constitución republicana, como que su reforma es más fácil. Para reformar un artículo esencial de la actual constitución se requieren 2/3 de las cortes generales en dos legislaturas diferentes y finalmente un referéndum. En la constitución republicana, en cambio, bastaba con la mayoría simple de dos parlamentos consecutivos, sin necesidad de referéndum. No obstante y aunque me parece que es más flexible la constitución republicana observemos como la actual da más poder directo al ciudadano para vetar una reforma (que no para promocionarla).

Sin embargo la constitución actual es más avanzada en otros aspectos. Reconoce, por ejemplo, el derecho a la objeción de conciencia y obliga al legislador a regular ésta. También reconoce el derecho a la sanidad y la obligación de que el estado tome las medidas necesarias para garantizar este derecho, algo que la constitución republicana no hace claramente. La constitución actual también obliga a mantener un régimen público de seguridad social.

En la constitución del 78 pueden votar los ciudadanos mayores de 18 años mientras que en la del 31 podían votar los mayores de 23. También habla de los derechos de los niños, de la protección especial a minusválidos, de la importancia de los convenios colectivos o de una política orientada al pleno empleo. Todas estas diferencias son probablemente de época pero hay que reconocer que la constitución del 78 recoge estas problemáticas sociales mucho mejor que la del 31.

Nuestra constitución actual también es más amplia en cuanto a las posibilidades de la autonomía que la republicana. De hecho la actual inmersión lingüística que se da en el sistema educativo catalán no podría darse bajo la constitución republicana, que obligaba a que el castellano fuese “instrumento de enseñanza”.

De todos modos yo siempre huyo de la “filia constitucionalista”, es decir, esa creencia popular de que para que un país funcione adecuadamente la constitución debe regularlo y marcarlo todo. No, eso no es así, más que la constitución en sí lo importante es todo el desarrollo legal posterior que es lo que marca en funcionamiento y realidad de la sociedad. Lo importante es la realidad legal y el día a día, no los principios constitucionales muchas veces abstractos e inaplicables.

Y por eso debemos ir al día a día de la II república. Y la verdad es que la realidad social que se vivió durante la época de la república fue menos democrática y menos “libre” que lo que hemos vivido en los últimos 30 años. Para empezar debemos decir que los dos primeros años de la república estuvieron marcados por la existencia de la “ley de defensa de la república”, una ley preconstitucional que se aplicó excepcionalmente durante los dos primeros años de vigencia de la constitución porque los republicanos consideraban que el régimen debía ser defendido de sus enemigos por encima de todo.

La ley de defensa de la república permitía, por ejemplo, prohibir los vivas al rey, las banderas monárquicas o cualquier cosa que se considerase subjetivamente que atentaba contra el régimen republicano. La ley de defensa de la república permitía también multar a periódicos o incluso evitar su difusión, prohibir manifestaciones y también huelgas “políticas”. Y todo ello no se dirimía por los tribunales de justicia sino que dependía directamente del ministerio de gobernación (interior), en un claro ejemplo de arbitrariedad gubernativa.

La ley de defensa de la república convertía de facto algunas libertades constitucionales en papel mojado. Podía haber motivo justificado para la ley (de hecho se demostró que la república tenía poderosos enemigos y que éstos acabaron destruyéndola) pero en cualquier caso hay que ser consciente que esta ley suponía una violación de las libertades constitucionales que no hemos sufrido en toda la vigencia del régimen del 78.

Las leyes republicanas tampoco eran humanitaristas y liberadoras como a veces pareciera. La “ley de vagos y maleantes”, conocida por haber sido muy usada durante el franquismo, es una ley que promulgó el gobierno Azaña en 1933. Bien es cierto que esta ley originariamente estaba pensada para controlar la mendicidad profesional y el proxenetismo y que fueron realmente las modificaciones que hizo el franquismo (que incluyó la persecución de la homosexualidad en la misma) las que le dieron su carácter represivo, pero en cualquier caso también era una ley un tanto arbitraria y que dejaba la puerta abierta a abusos contra las personas sin recursos.

Además de la naturaleza de las leyes debemos darnos cuenta que en los cinco años y tres meses en los que la república vivió en paz se decretaron 62 veces los estados de alarma (prevención), excepción o guerra. Cada vez que uno de estos estados excepcionales era declarado ciertos artículos de la constitución se dejaban en suspenso y las libertades de los ciudadanos por tanto se veían afectadas. Por mucha constitución que haya si ésta está suspendida parcialmente cada dos por tres su vigencia acaba siendo muy limitada. Durante los casi 35 años de vigencia de la constitución del 78 solamente se ha decretado el estado de alarma una vez, en 2010 y ante la “huelga” de los controladores aéreos.

Adicionalmente durante la república hubo fusilamientos a pesar de que la pena de muerte había sido eliminada por la constitución. Esto pudo ser porque, al declararse los estados excepcionales, muchos ámbitos pasaban a regirse bajo la jurisdicción militar y en ese ámbito la pena de muerte permanecía vigente.

Está bastante claro, pues, que a nivel de libertades individuales el periodo de la constitución del 78 ha sido mejor que el republicano, pero es que a nivel político yo creo que también. Actualmente nos quejamos mucho de la ley electoral que minimiza a los partidos pequeños nacionales y sobredimensiona a los grandes. Se echa la culpa a la ley d’hont, pero realmente la culpa es fundamentalmente de las circunscripciones provinciales.

Bien, en 1931 fue el gobierno provisional de la república quien implantó las circunscripciones provinciales. Además de eso el sistema electoral republicano era mucho más mayoritario que el actual porque otorgaba el 80% de los escaños de una circunscripción a la lista más votada, eliminando la proporcionalidad de forma absoluta. Si las cortes republicanas resultaron ser un crisol de partidos fue por un lado porque había menos homogeneidad en las decisiones políticas entre provincias de la que tenemos actualmente, y por otro porque los partidos se juntaban en coaliciones pero, al llegar al parlamento, luego votaban por su cuenta.

Respecto a la “limpieza” de las elecciones creo que se puede decir que con casi toda seguridad son más limpias las elecciones en la democracia actual. En la España de los años 30 todavía sobrevivía un fuerte caciquismo y la compra de votos por los caciques era habitual. La“coacción” para el ejercicio del voto también era mayor en otros campos, bien fuese desde los púlpitos de las iglesias, desde las tarimas de los mítines obreros o de los propios maridos sobre sus mujeres. De forma general las elecciones de la época republicana fueron limpias aunque se conocen casos de fraude electoral parcial en varios sentidos que, no obstante, no parece que alterasen los resultados finales.

Hay que tener mucho cuidado con no falsear la historia. Está fuera de toda duda que la II república era un régimen legítimo y democrático y que el golpe de estado contra ella fue quizá el acto más terrible y condenable de la historia contemporánea de España. Los objetivos de la república fueron nobles y ojalá no hubiese habido guerra civil y la democracia hubiese continuado vigente desde entonces hasta nuestros días.

Pero la república no fue un paraíso y su estructura legal no fue ninguna maravilla. Probablemente si no hubiese acabado como acabó la estructura jurídica y la constitución hubiesen sido reformadas en varios sentidos. Tenemos que ser serios en el análisis y no sacralizar épocas y realidades jurídicas que tenían virtudes pero también defectos.

Muchos de los problemas que vivió la república se debieron a su época histórica, a las amenazas que sufría, a la sociedad tan polarizada que tuvo que gobernar y a la sombra del fascismo que acechaba en toda Europa. Eso es verdad pero la realidad es la que es, las libertades de la época republicana eran menores que las actuales como también lo eran en la Francia o la Inglaterra de los años 30 respecto a sus realidades actuales. No reconocer esto es absurdo.

Sacralizar la II república me parece que no tiene sentido, no debemos creernos una serie de mitos creados para intereses políticos determinados. La creación de un paso glorioso y puro es precisamente lo que hacen los nacionalistas para sostener sus irracionales posicionamientos políticos, crear una mitología representa esencialmente lo contrario de lo que yo creo que debe ser la política, es la captación de adeptos por sentimentalismo y simplificación en vez de por convencimiento y mediante la razón. No debemos imitar los métodos de los adversarios con los que no compartimos valores.

Tampoco conviene creer que una república per se cambiaría la realidad política en España. Una monarquía parlamentaria es esencialmente similar a una república parlamentaria y ambos regímenes pueden ser víctimas de vicios, manipulaciones y desnaturalizaciones similares. No hay más que mirar a nuestros países vecinos o a las repúblicas latinoamericanas.

Ojo, que yo quiero una república, que quiero que podamos elegir al jefe del estado y eventualmente eso defenderé cuando proceda. Pero no tener una república es el menor de nuestros problemas y no estamos precisamente sobrados de fuerzas para confundir las prioridades, y mucho menos si además tenemos que crear ídolos de cartón-piedra.

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