Posteado por: Javier | abril 27, 2017

El principal tema de la elección presidencial francesa: la soberanía nacional

Este es un artículo magnífico, traducción del original en inglés, de Diana Johnstone, una de las pocas analistas actuales que sigue una tendencia de izquierda anti-globalista y pro-soberanista, y de las pocas que no ha reaccionado con histeria ante fenómenos como el Brexit o los ascensos de Donald Trump o Marine Le Pen, residente en Francia, además. Está escrito antes de la celebración de la primera vuelta de la presidenciales francesas.

He dicho y sostengo que Francia no es que sea un país que me llame demasiado la atención pero sí es verdad que es interesante el hecho de que allí hay un reflejo muy claro de la situación actual en Occidente.

Por supuesto, Macron será el próximo presidente de Francia, aunque las opciones anti-establishment hayan conseguido un 40% de los votos. Macron es el candidato plástico y prefabricado ideal para el establishment. Aunque digan que en Francia ninguno de los partidos tradicionales ha pasado a la segunda vuelta, la realidad es que no están de cuerpo presente pero sí de espíritu: Macron es la emanación de los dos, de los republicanos y del Partido Socialista. Además, en la segunda vuelta es probable que mucha gente se resista a votar a Le Pen ante el temor de que se produzcan marchas y disturbios “espontáneos”, una especie de “revolución de color”, como las que de cuando en cuando se han surgido en el espacio ex-soviético, las mal llamadas “primaveras árabes” o las que estallaron en noviembre en EEUU tras la elección de Trump.

La propaganda de los medios corporativos globalistas ha tratado continuamente de desviar la atención de la cuestión central que se estaba tratando en las elecciones francesas, presentándolo como si lo que se estuviera dirimiendo fuera “fascismo” o “no fascismo”. Y, es bastante evidente, no hay más que remitirse a los hechos y las declaraciones, que hay una “izquierda” que se ha convertido en una aliada de lujo del neoliberalismo globalista, incapaz de ver más allá de su nariz. Piensan, efectiva e infantilmente, que la cuestión en Francia era “fascismo sí, fascismo no”. Aparte de que, teniendo en cuenta que Macron es un neoliberal, agente de la banca mundialista e imperialista económico y militar, sería más que dudoso quién es el “fascista” de los dos candidatos que han quedado (históricamente, la principal característica de los partidos fascistas precisamente ha sido… el apoyo unánime que reciben de los poderes financieros), no era el “fascismo” el tema de debate, sino globalismo y soberanía nacional, siendo lo último por lo que postulaban Le Pen, Mélenchon y Asselineau (este último candidato, mucho más desconocido, era el único que decía claramente que su postura era activar inmediatamente el artículo 50 e iniciar el Frexit, muchas de las ideas de Le Pen y Mélenchon son tomadas de este señor). Le Pen es una nacionalista, es donde exactamente está encuadrada, con todos los defectos que se quiera que tenga el ser nacionalista francés (entre otras cosas, Le Pen defiende el laicismo a rajatabla, al ser una de las señas de identidad de Francia desde los tiempos de la Revolución Francesa), y plantear el debate como si fuera el “fascismo” lo que está en discusión es una torpeza de lo más estúpido y una muestra de una ignorancia supina.

“Curiosamente”, nunca veréis a esos mismos medios progres y neoliberales que caracterizan a Marine Le Pen como “fascista” calificar de la misma forma al gobierno pro-nazi y violento, lacayo de la UE y la OTAN, de Ucrania.

PD: como bien señala también el artículo de Johnstone, la derrota del conservador Fillon demuestra que ahora la opción preferida del establishment es una especie de neoliberalismo “progre” y que el viejo capitalismo conservador ha sido descartado. Que el neoliberalismo globalista se dedique a dar apoyo a una agenda completa de causas supuestamente “progres” y “contraculturales” ha sido una constante, y ha ido en aumento, desde las revueltas elitistas del Mayo del 68 en Francia. En aquella época, el viraje desde un capitalismo tradicional a un capitalismo neoliberal que satisficiera el “mercado del deseo”, como lo bautizó Michel Clouscard, se veía frenado por el conservadurismo del gaullismo, que había que liquidar a toda costa, objetivo que tenían esas revueltas (un modus operandi que parece repetirse hoy día).

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La elección presidencial francesa de 2017 marca un profundo cambio en los alineamientos políticos europeos. Hay un cambio continuo de la tradicional rivalidad izquierda-derecha a la oposición entre la globalización, en la forma de la Unión Europea (UE), y la soberanía nacional.

El tratamiento estándar de los medios de comunicación se apega a un dualismo simple de izquierda-derecha: el rechazo “racista” de los inmigrantes es el principal problema y que lo que más importa es “¡detener a Marine Le Pen!”. Ir de un lado a otro es como caminar a través del espejo de Alicia. A casi todo se da la vuelta.

En este lado del cristal, la izquierda se ha convertido en la derecha y parte de la derecha se está convirtiendo en la izquierda.

Hace cincuenta años era “la izquierda” la que tenía como causa más ardiente el apasionado apoyo a las luchas de liberación nacional del Tercer Mundo. Los héroes de la izquierda eran Ahmed Ben Bella, Sukarno, Amilcar Cabral, Patrice Lumumba y sobre todo Ho Chi Minh. ¿Por qué luchaban estos líderes? Luchaban por liberar a sus países del imperialismo occidental. Luchaban por la independencia, por el derecho a determinar su propia forma de vida, a preservar sus propias costumbres, a decidir su propio futuro. Estaban luchando por la soberanía nacional, y la izquierda apoyaba esa lucha.

Hoy, a todo se le ha dado la vuelta. “Soberanía” se ha convertido en una palabra horrible para la corriente principal de la izquierda.

La soberanía nacional es un concepto esencialmente defensivo. Se trata de quedarse en casa y cuidar de los asuntos propios. Es lo opuesto al nacionalismo agresivo que inspiró a la Italia fascista y a la Alemania nazi a conquistar otros países, privándoles de su soberanía nacional.

La confusión se debe al hecho de que la mayor parte de lo que se llama a sí mismo “la izquierda” en Occidente ha sido totalmente ganada para la actual forma de imperialismo – aka “globalización”. Es un imperialismo de un nuevo tipo, centrado en el uso de la fuerza militar y el poder “blando” para permitir que las finanzas transnacionales penetren cada rincón de la tierra y así remodelar a todas las sociedades en la búsqueda interminable del retorno rentable de la inversión de capital. La izquierda se ha ganado a este nuevo imperialismo porque avanza bajo la bandera de los “derechos humanos” y el “antirracismo” – abstracciones en las que una generación entera ha sido adoctrinada para que sean consideradas las cuestiones políticas centrales, si no las únicas, de nuestro tiempo.

El hecho de que el “soberanismo” esté creciendo en Europa es interpretado por los medios globalistas como prueba de que “Europa se está moviendo hacia la derecha” – sin duda, porque los europeos son “racistas”. Esta interpretación es sesgada y peligrosa. La gente, en cada vez más naciones europeas, está pidiendo la soberanía nacional precisamente porque la han perdido. La perdieron ante la Unión Europea, y la quieren de vuelta.

Es por eso que los británicos votaron por abandonar la Unión Europea. No porque sean “racistas”, sino principalmente porque aprecian su tradición histórica de autogobierno.

El naufragio del Partido Socialista

Debido a que su presidencia de cinco años llegó a un extremo ignominioso, François Hollande se vio obligado por su drástica impopularidad a dejar que el Partido Socialista (PS) eligiera a su candidato presidencial para 2017 por medio de primarias. De manera sorprendente, el candidato natural del gobierno socialista, el primer ministro Manuel Valls, perdió ante Benoit Hamon, un oscuro miembro de la izquierda del PS que se negó a votar por las impopulares leyes neoliberales anti-laborales diseñadas por el asesor económico de Hollande, Emmanuel Macron.

Para escapar de la impopularidad del PS, Macron formó su propio movimiento, “En Marche!”. Uno tras otro, Valls, Hollande y otros líderes prominentes del PS se alejaron de puntillas, dejando a Hamon al timón de una nave que se hundía. Mientras Hamon protesta justificadamente contra su traición, los capitostes del partido prometen su apoyo a Emmanuel Macron.

Macron vacila ostentosamente para dar la bienvenida a sus conversos, temiendo que esa conversión haga demasiado evidente que su “En Marche!” es un clon de la derecha del PS, en camino a convertirse en la filial francesa del Partido Demócrata de los EE.UU. en su versión clintoniana. Macron proclama que no es ni la izquierda ni la derecha, como los políticos desacreditados tanto de izquierda como de derecha que se suben a su carro, para su vergüenza.

El propio Hamon parece ignorar que la causa principal del naufragio del Partido Socialista es su devoción incompatible con dos principios contradictorios: la socialdemocracia tradicional y la Unión Europea (UE). Macron, Hollande y sus compañeros de turno por lo menos han hecho su elección: la Unión Europea.

El crepúsculo de la derecha tradicional

La gran ventaja del candidato republicano François Fillon es que sus políticas son claras. A diferencia de Hollande, que trató de disimular sus políticas neoliberales, y basó su afirmación de estar a la izquierda en asuntos “sociales” (matrimonio gay), Fillon es un conservador descarado. Sus políticas están diseñadas para reducir la enorme deuda nacional. Mientras que los gobiernos anteriores (incluso el suyo propio, cuando era el primer ministro del presidente Sarkozy) se fueron por las ramas, Fillon ganó la nominación republicana con un programa de recortes drásticos en el gasto del gobierno. Fillon afirma que sus medidas de austeridad llevarán a los capitalistas franceses a invertir en Francia y así salvar la economía del país de ser completamente tomada por corporaciones extranjeras, fondos de jubilación estadounidenses y Qatar. Esto es muy dudoso, ya que no hay nada bajo las normas de la UE para alentar a los inversores franceses a invertir en Francia en lugar de en otro lugar.

Fillon se aparta de la ortodoxia de la UE, sin embargo, al proponer una política exterior más independiente, en particular al poner fin a las “absurdas” sanciones contra Rusia. Está más preocupado por el destino de los cristianos de Oriente Medio que por derrocar a Assad.

El resultado es que la política pro-capitalista coherente de Fillon no es exactamente lo que prefiere la élite dominante globalizadora. El “centro-izquierda” es su clara elección política desde que Tony Blair y Bill Clinton revisaron las agendas de sus respectivos partidos. El centro-izquierda enfatiza los derechos humanos (especialmente en los países lejanos a los que se dirigía el cambio de régimen) y la diversidad étnica en el país se ajusta a los objetivos globales a largo plazo de borrar las fronteras nacionales para permitir la libre circulación de capital sin restricciones. El tradicional conservadurismo patriótico, representado por Fillon, no concuerda al completo con el aventurerismo internacional de la globalización.

La izquierda esquizofrénica

Durante una generación, la izquierda francesa ha hecho de “la construcción de Europa” el centro de su visión del mundo. A principios de los años ochenta, enfrentado a la oposición de lo que entonces era la Comunidad Europea, el presidente francés François Mitterrand abandonó el programa de socialización con el que fue elegido. Mitterrand alimentó la esperanza de que Francia dominara políticamente una Europa unida, pero la unificación de Alemania cambió todo eso. También lo hizo la expansión de la UE a las naciones del este central dentro de la esfera de influencia alemana. La política económica se hace ahora en Alemania.

Como el tradicional objetivo de izquierda de igualdad económica se abandonó, fue reemplazado por la lealtad enfática a los “derechos humanos”, que ahora se enseña en la escuela como una verdadera religión. La vaga noción de los derechos humanos se relacionaba de algún modo con el “libre movimiento” de todo y de todos. De hecho, el dogma oficial de la UE es la protección de la “libre circulación”: libre circulación de bienes, personas, mano de obra y (por último, pero no menos importante) capital. Estas “cuatro libertades” en la práctica transforman a la nación desde una sociedad política a un mercado financiero, una oportunidad de inversión, dirigida por una burocracia de supuestos expertos. De esta forma, la Unión Europea se ha convertido en el experimento de vanguardia para transformar el mundo en un único mercado capitalista.

La izquierda francesa adoptó mucho de este ideal, en parte porque engañosamente se hizo eco del viejo ideal izquierdista del “internacionalismo” (mientras que el capital siempre ha sido incomparablemente más “internacional” que los trabajadores), y en parte debido a la idea simplista de que el “nacionalismo” es el única causa de las guerras. Se ignoran las causas fundamentales y complejas de la guerra.

Durante mucho tiempo, la izquierda se ha quejado de la pérdida de empleos, la disminución del nivel de vida, la deslocalización o el cierre de las industrias rentables, sin reconocer que estos resultados impopulares son causados ​​por los requisitos de la UE. Las directivas y reglamentos de la UE socavan cada vez más el modelo francés de redistribución a través de los servicios públicos y ahora amenazan con borrarlos por completo -ya sea porque “el gobierno está en quiebra” o porque las normas de competencia de la UE prohíben a los países tomar medidas para preservar sus industrias clave o su agricultura. En lugar de enfrentar la realidad, la reacción de la izquierda ha sido sobre todo repetir su agotada demanda de una imposible “Europa Social”.

Sin embargo, el sueño de la “Europa social” recibió hace diez años lo que resultó ser un golpe fatal. En 2005, se convocó un referéndum para permitir a los franceses aprobar una Constitución para una Europa unida. Esto condujo a una discusión popular extraordinaria, con las reuniones innumerables de ciudadanos que examinaban cada aspecto de este largo documento. A diferencia de las constituciones normales, este documento congelaba a los Estados miembros en una única política económica monetarista, sin posibilidad de cambio.

El 29 de mayo de 2005, los votantes franceses rechazaron el tratado en un porcentaje del 55% frente al 45%.

Lo que parecía ser una gran victoria para la democracia responsable se convirtió en su gran fracaso. Esencialmente el mismo documento, rebautizado como Tratado de Lisboa, fue ratificado en diciembre de 2007, sin referéndum. La gobernanza global puso a la gente en su lugar. Esto generó una desilusión generalizada con la política cuando millones concluyeron que sus votos no importaban, que los políticos no prestaban atención a la voluntad del pueblo.

Aún así, los políticos socialistas continuaron prometiendo lealtad eterna a la UE, siempre con la perspectiva de que la “Europa Social” podría ser posible de alguna manera.

Mientras tanto, se ha vuelto cada vez más obvio que la política monetarista de la UE basada en la moneda común, el euro, no crea ni crecimiento ni empleo como se prometió, sino que destruye ambos. Incapaz de controlar su propia moneda, obligada a pedir prestado a los bancos privados y a pagarles intereses, Francia está cada vez más endeudada, su industria está desapareciendo y sus agricultores se suicidan, en promedio de uno cada dos días. La izquierda ha terminado en una posición imposible: lealtad inquebrantable a la UE al tiempo que pide políticas imposibles bajo las normas de la UE que rigen la competencia, la libre circulación, la desregulación, las restricciones presupuestarias y otras innumerables regulaciones producidas por una burocracia opaca y ratificadas por el virtualmente impotente Parlamento Europeo, todos bajo la influencia de un ejército de cabilderos.

Benoit Hamon permanece firmemente atado a los cuernos del fatídico dilema de la izquierda: la determinación de ser “socialista”, o mejor dicho, socialdemócrata, y la apasionada lealtad a “Europa”. A pesar de insistir en las políticas sociales que no pueden ser llevadas a cabo con el euro como moneda y de acuerdo con las normas de la UE, Hamon todavía proclama la lealtad a “Europa”. Él repite como un loro la política exterior “made in Washington” de la UE, exigiendo que “Assad se debe ir” y despotrica contra Putin y Rusia.

Jean-Luc Mélenchon

No sólo ha sido el monótono y conformista Hamon abandonado por su partido, sino que está totalmente eclipsado a la izquierda por el extravagante Jean-Luc Mélenchon, un inconformista preparado para romper las reglas. Después de años como lealista del PS, Mélenchón se separó en 2005 para oponerse al Tratado Constitucional, ganando prominencia como un orador ardiente. En 2007 abandonó el Partido Socialista y fundó el Partido de la Izquierda. Aliado con el muy debilitado Partido Comunista, llegó en cuarto lugar en la primera ronda de la elección presidencial de 2012 con el 11% de los votos. Esta vez se postula como presidente con su nuevo movimiento, La France Insoumise, que puede traducirse de varias maneras, entre ellas “la Francia que no se somete”.

¿Someter a qué? Principalmente, al euro y a las políticas antisociales y neoliberales de la Unión Europea que están arruinando a Francia.

Las banderas francesas y la Marsellesa han reemplazado a la Internacional en las manifestaciones de Mélenchon. “La Europa de nuestros sueños está muerta”, reconoce, prometiendo “poner fin a la pesadilla de la dictadura por parte de los bancos y las finanzas”.

Mélenchón pide una desobediencia directa violando los tratados de la UE que son perjudiciales para Francia. Éste es su Plan A. Su Plan B es abandonar la UE, en caso de que el Plan A no convenza a Alemania (el jefe actual) y a los demás para aceptar cambiar los tratados. Pero en el mejor de los casos, el Plan B es una amenaza vacía para fortalecer su mano en las negociaciones teóricas. Francia es un miembro tan crucial, sostiene, que una amenaza francesa de salir debería ser suficiente para forzar cambios.

Amenazar con dejar la UE es sólo parte del vasto y complicado programa de Mélenchón, que incluye convocar una convención nacional para redactar una constitución para la “VI República” así como una importante innovación ecológica. Cambiar completamente a Francia y a la Unión Europea, al mismo tiempo, requeriría que la nación estuviera en una efervescencia revolucionaria que no es visible en absoluto. También requeriría una unanimidad entre los 28 Estados miembros de la UE que es simplemente imposible.

Pero Mélenchon es lo suficientemente astuto para haber reconocido el problema básico: el enemigo del empleo, la prosperidad y los servicios públicos es la Unión Europea. Mélenchón es con mucho el candidato que genera más emoción. Él ha superado rápidamente a Hamon y atrae a grandes multitudes entusiastas a sus manifestaciones. Su progreso ha cambiado la configuración de la carrera: en este momento, se ha convertido en uno de los cuatro punteros que podrían pasar la votación de primera ronda el 23 de abril a la final del 7 de mayo: Le Pen, Macron, Fillon y él mismo.

Los opuestos son (casi) iguales

Una de las características más notables de esta campaña es la gran similitud entre los dos candidatos que se dice representan “la extrema izquierda”, Mélenchón, y “la extrema derecha”, Marine Le Pen. Ambos hablan de abandonar el euro. Ambos se comprometen a negociar con la UE para obtener mejores condiciones para Francia. Ambos defienden las políticas sociales para beneficiar a los trabajadores y a las personas de bajos ingresos. Ambos quieren normalizar las relaciones con Rusia. Ambos quieren dejar la OTAN, o al menos su mando militar. Ambos defienden la soberanía nacional, y pueden ser descritos como “soberanistas”.

La única gran diferencia entre ellos es acerca de la inmigración, un tema que despierta tanta emoción que es difícil discutir con sensatez. Aquellos que se oponen a la inmigración son acusados de “fascismo”, los que favorecen la inmigración son acusados ​​de querer destruir la identidad de la nación inundándola con extranjeros inasimilables.

En un país que sufre de desempleo, sin empleos ni viviendas para acomodar la inmigración masiva, y bajo la amenaza constante de ataques terroristas islámicos, la cuestión no puede reducirse razonablemente al “racismo”, a menos que los terroristas islámicos constituyan una “raza”. Le Pen insiste en que todos los ciudadanos franceses merecen igualdad de trato, independientemente de sus orígenes, raza o religión. Ella está segura de recibir un apoyo considerable de los inmigrantes recientemente nacionalizados, así como ahora obtiene la mayoría de los votos de la clase trabajadora. Si esto es “fascismo”, entonces el fascismo ha cambiado mucho en los últimos setenta años.

Lo que es significativo es que a pesar de sus diferencias, los dos candidatos más carismáticos hablan de restablecer la soberanía nacional. Ambos evocan la posibilidad de abandonar la Unión Europea, aunque en términos bastante inciertos.

Los medios globalistas ya se están preparando para culpar a Vladimir Putin de la eventual elección de un candidato “soberanista”. La opinión pública en Occidente está siendo preparada para las protestas masivas contra un ganador indeseado, y los militantes “antifa” están listos para causar estragos en las calles. Algunas personas que simpatizan con Marine Le Pen no se atreven a votar por ella, temiendo que la “revolución de color” esté ya montada. Mélenchon e incluso Fillon podrían enfrentar problemas similares.

Como muestra de lo que está por venir, el 20 de abril, el Observador de la UE publicó un artículo titulado “Las noticias falsas vinculadas a Rusia inundan las redes sociales francesas”. Basado en algo llamado Bakamo, uno de los nuevos equipos de “verificación de hechos” destinados a alejar a los lectores de la opinión no oficial, el artículo acusó a los sitios web de influencia rusa de favorecer a Marine Le Pen, Jean-Luc Mélenchon, François Fillon, François Asselineau y Philippe Poutou (se olvidaron de mencionar a uno de los candidatos más “soberanistas”, Nicolas Dupont-Aignan, que en la actualidad está en sexto lugar). Ya que una gran mayoría de los once candidatos, incluidos tres de los cuatro punteros, son muy críticos con la UE y la OTAN y quieren mejorar las relaciones con Rusia, parecería que Putin no tendría que hacer un gran esfuerzo para conseguir un gobierno francés más amigable. Por otra parte, el artículo del Observador de la UE es sólo una pequeña muestra de “interferencia flagrante en las elecciones francesas” por parte de los globalistas, en nombre de su favorito, Emmanuel Macron, el más entusiasta eurofilo.

El futuro de Francia

Entre los que figuran como favoritos rusos, François Asselineau es, con mucho, el crítico más completo de la Unión Europea. Ignorado sistemáticamente por los medios de comunicación desde que fundó su partido anti-UE, la Unión Populaire Républicain (UPR), hace diez años, François Asselineau tiene miles de partidarios ardientes que han pegado sus carteles por todo el país. Sus incansables discursos didácticos, reproducidos en internet, han llevado a casa varios puntos clave:

– no hay forma de mejorar la UE desde dentro, porque cualquier cambio requeriría unanimidad entre 27 Estados miembros que no están de acuerdo en cuestiones clave.

– la única solución para Francia es utilizar el artículo 50 de los Tratados de la UE para retirarse por completo, como lo está haciendo actualmente el Reino Unido.

– sólo dejando la UE puede Francia salvar sus servicios públicos, sus beneficios sociales, su economía y su democracia.

– es sólo mediante el restablecimiento de su soberanía nacional que la verdadera vida democrática, con la confrontación entre una verdadera “izquierda” y “derecha”, puede ser posible.

– al abandonar la UE, Francia, que tiene más de 6.000 tratados con otros países, no estaría aislada, sino que se uniría al mundo.

Asselineau es un candidato de una sola cuestión. Promete que tan pronto como sea elegido, invocará el artículo 50 para salir de la UE y solicitar inmediatamente a Washington la retirada de la OTAN. Subraya que ninguno de los otros críticos de la UE propone una salida tan clara.

Otros candidatos, entre ellos los más carismáticos Mélenchon y Le Pen, se hacen eco de algunos argumentos de Asselineau. Pero no están dispuestos a abogar por una clara ruptura inmediata con la UE, aunque sólo sea porque se dan cuenta de que la población francesa, aunque cada vez más crítica con el euro y alejada del “sueño europeo”, sigue temiendo dejarlo, debido a las terribles advertencias de desastre de parte de los europeístas.

La primera ronda de la campaña es una oportunidad para Asselineau para presentar sus ideas a un público más amplio, la preparación de la opinión pública para una política de “Frexit” más coherente. El tema emergente más fundamental de esta campaña es el conflicto entre la Unión Europea y la soberanía nacional. Probablemente no se resuelva en estas elecciones, pero no desaparecerá. Este es el tema principal del futuro, porque determinará si es posible cualquier vida política genuina.

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Responses

  1. Como siempre, un excelente articulo. Gracias.


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