Posteado por: Javier | mayo 3, 2017

Recuperar la Ley Glass-Steagall

Esto, por el momento, no pasan de ser unas declaraciones de Trump en una entrevista realizada con Bloomberg News en la Casa Blanca, habrá que ser cautos y esperar a ver si es serio, pero, a priori, sería una buena y esperanzadora noticia que, por lo menos, volviera a ponerse sobre la mesa esta posibilidad de restaurar, o promulgar una nueva versión, de la Ley Glass-Steagall del año 1933.

No es la primera vez que esto sale a la luz, no obstante. Trump ya lo había dejado caer en campaña y hay numerosos republicanos y demócratas a favor de recuperar estos controles sobre el sector financiero. De hecho, la propia elección de Trump es explicable por cosas como que, cuando aún era candidato, anunciara su intención de evaluar la restauración de la Glass-Steagal en un país donde existe un monumental cabreo de gran parte del pueblo americano hacia el mundo de las finanzas, algo que, por supuesto, omitieron los medios de (des)información corporativos, empeñados en hacer el ridículo.

Cuando el entonces presidente, Franklin D.Roosevelt, aprobó en ese año la Ley Glass-Steagall, puso uno de los pilares donde se fundamentaría la prosperidad americana en las décadas siguientes. Roosevelt se dio cuenta de que si pretendía que su país prosperara económicamente, debía poner control al desenfreno bancario que, precisamente, había provocado el Crack del 29 y la Gran Recesión posterior. La Ley Glass-Steagall, promovida por el senador Carter Glass y el congresista Henry Steagall, pretendía separar la banca de depósito (la que guarda el dinero y concede créditos a los particulares), de la de inversión (la que invierte esos depósitos y esos créditos en el mercado, a veces bajo la forma de un conglomerado de activos tóxicos). Roosevelt declaró al poner en marcha la ley: “Prefiero rescatar a los que producen alimentos que a los que producen miseria”.

La Ley Glass-Steagall tenía tres puntos esenciales:

1. Total separación entre la banca de depósitos y la banca de inversión.

2. Creación de un sistema bancario conformado por bancos nacionales, estatales y locales. La ley Anti-monopolio (Sherman Antitrust Act) impedía la competencia desleal entre ellos.

3. Los banqueros fueron vetados para participar en los consejos de administración de las empresas industriales, comerciales y de servicios.

La ley, por supuesto, sufrió sucesivos ataques desde la década de los 60, de parte tanto del sector financiero como de la Reserva Federal, sobre todo cuando estuvo dirigida por Alan Greenspan. Finalmente, en 1998 los bancos Travelers y Citibank consiguieron que Bill Clinton aprobase la Ley de Modernización de Servicios Financieros, una norma que derogaba la Glass-Steagall y que era prácticamente uno de los últimos pasos que quedaban para culminar la revolución neoliberal que se había iniciado en los años 80. La intención era fusionarse para construir una de las entidades más poderosas del planeta. Y así lo hicieron. Diez años después, estalló la actual crisis y, curiosamente, el que fue director general de Citibank por aquellos años, Sandy Weill, reconoció que permitir la fusión de los bancos comerciales con los de inversión fue un error.

Una cosa que es cierta y hay que reconocer es que, sin el desarrollo del sistema financiero (sin la banca de inversión y la comercial, sin los bonos corporativos y los soberanos, que han permitido movilizar recursos y agrupar riesgos), la economía no se hubiera desarrollado como lo ha hecho en los dos últimos siglos, y, probablemente, aún viviríamos en un mundo de pequeñas fábricas dirigidas y financiadas por los “maestros de la manufactura” de los que hablaba David Ricardo o de los pequeños talleres artesanos de la época de Adam Smith, respaldados por gobiernos pequeños y pobremente financiados.

El problema ha venido con el auge de las “nuevas finanzas”, que empezó a finales de los 70 y principios de los 80 del siglo pasado. Las firmas financieras se han especializado en generar elevados beneficios para sí mismas a costa de crear burbujas de activos cuya insostenibilidad disimulan mediante la agrupación, la estructuración y técnicas similares. Cuando las burbujas estallan (como ocurrió varias veces en menor escala antes de la Gran Recesión de 2008), estas firman utilizan muy bien su peso económico y su influencia política para ser rescatadas y conseguir subvenciones de las arcas públicas, que luego deben ser vueltas a llenar por los ciudadanos de a pie a fuerza de aumentos de impuestos y recortes del gasto público en los estados del bienestar. Aunque hemos visto esto a nivel global desde 2008, a escalas más pequeñas se había venido repitiendo en todas partes del mundo, desde que empezó la era de los “big bangs” o de las desregulaciones financieras: Chile, EEUU, Suecia, Malasia, Rusia o Brasil.

Desde que las retribuciones de los directivos profesionales se ligaron a los beneficios a corto plazo de los accionistas de las empresas, aumentando astronómicamente sus emolumentos, todos hemos salido perdiendo. No es una cuestión de “envidia” o de “¿Qué más da lo que cobren estos gerentes mientras los accionistas también se beneficien?” o de “Si cobran, es que lo merecen?” (como dicen los apóstoles del “libre mercado”), sino de pérdida de eficacia económica. Es mucho más rentable para estos directivos o gerentes aumentar la productividad de las empresas (y los beneficios a corto plazo de los accionistas a los que están ligadas sus remuneraciones) a base de recortes de plantilla y bajada de sueldos que invirtiendo en I+D a corto plazo para desarrollar mejores productos y servicios para los consumidores. Igualmente, en el sistema actual, no importa tanto que los trabajadores (que son la mayoría de consumidores) tengan buenos sueldos con los que tener dinero suficiente para consumir esos productos y servicios. Las actuales reformas laborales ayudan a que sea más fácil aligerar plantillas y reestructurar las empresas para después venderlas con más facilidad. Hoy día, de hecho, para algunas empresas es casi más rentable entrar en negocios financieros que en los de economía real, que fue su mercado tradicional (como fue el caso de General Motors, en 2004 el 80% de sus beneficios procedían de su filial financiera; o en el de Ford: todos sus beneficios, entre 2001 y 2003, procedían de Ford Finance). Por algo, cada vez hay más paro, menos poder adquisitivo y menos innovación en los productos que tenemos a nuestra disposición.

Bueno, podría pensarse que esto no tendría sentido y que es suicida a largo plazo para las empresas. Sí, pero da igual. Probablemente, cuando los efectos negativos de esta precariedad en todos los sentidos salgan a la luz, muchos accionistas ya habrán vendido sus acciones, puesto que ese es su negocio y no desarrollar más y mejores productos y que haya trabajadores satisfechos con sus empleos y con capacidad económica para consumirlos.

Igual que para circular en coche, dado que ya no lo hacemos en carretas de bueyes, tuvimos que desarrollar los cinturones de seguridad, los airbags o los frenos ABS y múltiples regulaciones, con mayor razón hay que regular el sistema financiero, donde los accidentes también son terroríficos para millones de personas. Ahora bien, ¿Quién pone el cascabel al gato?

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UN MURO…¿Y LO PAGARÁ EL NARCO?

En otras noticias, aunque no simpatizo para nada con el republicano Ted Cruz (es más, es un tipo que me cae bastante antipático), no tengo problema en reconocer que ha tenido muy buena idea (y que podría ser exportable a otros países). La propuesta de Cruz consiste en asignar fondos a la edificación del muro con México (más bien la continuación, pues el muro lo inició Bill Clinton en 1993 y sus sucesores, Obama incluido, han ido reforzándolo) y la seguridad fronteriza con cualquier cantidad de dinero que el gobierno estadounidense decomise en el proceso judicial que se sigue al narcotraficante Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, conocido por “El Chapo”. Este figura ha sido el principal traficante de drogas de México hasta su captura definitiva en 2016 y su extradición a EEUU en enero de 2017, donde ahora se encuentra encarcelado en el Centro Correccional Metropolitano de Nueva York, a la espera de ser juzgado por cargos de tráfico de drogas, conspiración para asesinato y lavado de dinero, entre otros.

Por supuesto, sería aconsejable que este indeseable fuera ejecutado, yo soy partidario de ejecutar rápidamente (tras un juicio con todos los derechos y garantías, por supuesto) a estos criminales que trafican con narcóticos y que envenenan y destruyen a la juventud de nuestros países, pero la propuesta concreta de Cruz es decomisar 14.000 millones de dólares en ingresos de drogas y ganancias ilícitas, o sea, que cualquier ganancia obtenida ilegalmente de cualquier empresa criminal de narcotráfico encabezada por “El Chapo” y que sea penalmente confiscada por el gobierno de EEUU se reserve para medidas de seguridad a lo largo de la frontera con México, incluida la construcción del muro, con el fin de detener el flujo de drogas ilegales.

Con respecto al polémico muro (ya saben, ese a causa del cual nuestros políticos tan “concienciados” sufrían tanto hace unos meses por los “hermanos mexicanos”), al margen de que ampliarlo no es que vaya a tener una gran utilidad práctica, lo que es evidente es que un país tiene derecho a controlar su frontera y a frenar la inmigración ilegal, eso está claro. Las fronteras no sólo las delimitan accidentes naturales (como montañas o ríos), también barreras físicas construídas por el hombre, no pasa sólo en la frontera entre México y EEUU. Otra cosa es que históricamente, a todos los muros se les han encontrado vías para soltearlos, hasta el muro de Berlín no era infranqueable, el muro con el que Israel pretende aislar Gaza y Cisjordania es burlado también en muchas ocasiones, así como las vallas que separan Ceuta y Melilla del resto del territorio africano. Pero, sea más o menos útil el muro, el caso es que EEUU está legitimado para establecer o reforzar esas barreras en su frontera, más aún teniendo en cuenta que México es un estado fallido, incapaz de controlar el tráfico migratorio que le llega desde Centroamérica, y que también se ha dedicado a deportar por miles a los centroamericanos que han pescado en su territorio tras haber entrado ilegalmente (sin que nadie se escandalice por ello ni tache de “racista” al gobierno mexicano).

La polémica en este tema sólo puede existir para unos medios de “fake news” ya completamente desacreditados. Con un muro mayor o menor en la frontera, EEUU va a seguir siendo la mayor de las tierras de acogida. Los propios criterios de Trump durante las primarias republicanas y la campaña electoral, más allá de la caricaturización realizada por los medios deshonestos, se reducían a:

1. Expulsión directa de los miembros de bandas y pandillas reconocidos, fichados, y que todo el mundo conoce.

2. Regularización de los inmigrantes ilegales (Trump en varias ocasiones declaró que: “deseo que salgan, arreglen los papeles de forma adecuada, y que vuelvan porque los necesitamos (…) aquí hay un problema de gestión por parte del Gobierno, y a mi se me da muy bien gestionar”).

3. En resumen, se trata de expulsar e impedir la entrada de inmigración criminal, procedente de México o de donde sea, pero que los buenos y trabajadores inmigrantes, arreglen sus papeles y trabajen en USA.

Algo bastante sensato y, más allá de eso, por ejemplo, EEUU jamás va a deportar a los hijos de inmigrantes ilegales que llegaron al país cuando eran niños. El que piense que un país como EEUU haría eso es un ignorante absoluto. No es ni la tradición anglo-protestante jurídica del país ni el espíritu de ese pueblo iniciar deportaciones masivas sin ton ni son como si estuvieran en la Europa continental. Por suerte para esos que llegaron menores de edad, EEUU no es Europa. Lo que sí se endurecerán son las leyes de entrada y salida del país. EEUU tiene un sistema migratorio roto, anticuado, que debe actualizarse para que la inmigración sea de beneficio para todos.

Como dijo Theodore Roosevelt sobre la cuestión migratoria: “Ni mucha inmigración de los buenos, y ninguna de la mala”.

 

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