Hamiltonianismo

Hamilton en el siglo XXI (I)

Como lo prometido es deuda, hoy empiezo estos artículos sobre la evolución ideológica de la derecha norteamericana (aunque éste, más que tratar directamente ese tema, es un poco introductorio) y, como trasfondo, sus implicaciones para el liberalismo en España. Esto puede parecer que es un poco ajeno para nuestro país, pero no tanto como pueda pensarse. Desde luego, no hay más que ver los derroteros del pensamiento liberal español en estos años para ver que lo que se ha fotocopiado (literalmente) son los peores excesos de ciertas corrientes estadounidenses, desechando, por otro lado, ideas que podrían ser mucho más útiles para nosotros.

No sé, probablemente sí, si tiene esto que ver con nuestra propia historia, pero, junto con la profunda tradición anarquista de España, que hace que ello impregne al liberalismo, tenemos el elemento de la dictadura franquista. El caso es que el deseo de importar lo más extremo “made in USA” parece que se une a la desconfianza casi patológica hacia el ejecutivo. Hay una tendencia a pensar que, casi de forma natural, el ejecutivo va a desplegar una acción mucho más absolutista y, a veces, casi “despótica”, que los otros dos poderes del Estado, el legislativo y el judicial, con lo cual, olvidando que este poder tiene, entre sus funciones, una serie de prerrogativas en determinados ámbitos, en lo que podríamos llamar “cuestiones políticas”, para las cuales debe desplegar unas energías que no poseen los otros dos.

Sin embargo, en EEUU, vemos como los jueces buscan continuamente, desde los despachos de sus tribunales, dirigir las guerras, no solo la guerra contra el terrorismo, de estos últimos años, hay una larga tradición. Queda lejos aquella sentencia de Quirin, en 1942. Para quienes no estén muy familiarizados, es el caso de los ocho saboteadores alemanes que fueron capturados intentando entrar en EEUU, en el que la Corte Suprema declaro que no eran inconstitucionales las comisiones militares, creadas por el presidente Franklin D. Roosevelt, que juzgaron y condenaron a muerte a estos nazis. El juez Robert H. Jackson, es más, dijo que los nazis eran “prisioneros del presidente en virtud de su cargo como titular constitucional del estamento militar”, y que el Tribunal ni siquiera debería haber emprendido la revisión del ejercicio de autoridad del presidente Roosevelt, más o menos, en la línea de lo que había dicho antes en Korematsu v. Estados Unidos, que “en la naturaleza misma de las cosas, las decisiones militares no son susceptibles de apreciación judicial inteligente”. Cuando en el año 1941, Jackson, por aquel entonces, secretario de Justicia en el Gobierno del presidente Roosevelt, pasó a integrar el Tribunal Supremo, era un firme defensor del poder del ejecutivo.

Luego, curiosamente, y de forma muy lamentable, el juez Jackson dio un giro de 180º a su jurisprudencia, en relación a Truman y la Guerra de Corea. Pocas personas podrían imaginarse que solo once años después de Quirin, Jackson asumiría una postura radicalmente diferente en una de las decisiones más conocidas del Tribunal Supremo en lo relativo a los límites del poder ejecutivo. Durante la Guerra de Corea, una huelga causó el cierre de las fábricas de acero del país con la consiguiente reducción en la producción de armas y otros artículos importantes. El presidente Harry S. Truman ordenó que las fábricas de aceros fueran requisadas por el gobierno. El Tribunal Supremo declaró que la acción del presidente era anticonstitucional (Youngstown Sheet & Tube Co. v. Sawyer). El juez Jackson se sumó a la opinión concurrente que, en la actualidad, ha sido citada por el Tribunal Supremo como precedente legal en las decisiones que otorgan derechos como el habeas corpus  a los detenidos en el penal de Guantánamo. “Un presidente no puede hacer ejercicio unilateral de su poder ejecutivo”, declaró el juez Jackson y el Tribunal no avalaría las acciones del presidente sin la autorización del Congreso, pero las evaluaría en su contexto para determinar si el reclamo de poder del presidente era legítimo.

En la actualidad, la opinión más clara sobre la acción del ejecutivo y las interferencias judiciales es la de Clarence Thomas: los tribunales solo pueden actuar cuando específicamente estén habilitados para ello, y no para resolver disputas políticas, sobre todo en relación al ejercicio de los poderes de guerra.

Posiblemente, la visión judicial más hamiltoniana, y con esto enlazo ya con el fondo de la entrada, sobre unas ideas, las cuales, pese a los recelos que puedan causar, generarían una sistema con una mayor libertad que el actual.

Pensemos en qué es preferible: un gran gobierno expansivo que tenga que garantizar toda clase de “derechos”, teniendo que incrementar cada vez más su presupuesto y sus competencias para esto, o un pequeño gobierno pero muy fuerte, y con capacidad, interior y exterior, para defender la vida, la propiedad y la seguridad de sus ciudadanos.

En EEUU, los derechos se citan en el “Bill of Rights”, el, cual cada vez, han ido engordando, más y más, con nuevos derechos. DERECHOS MUCHOS, LIBERTAD POCA. Salvo en libertad de expresión y libertad confesional, EEUU lleva dos siglos haciéndose cada vez más tiránico.

El caso es que, desde fines del siglo XVIII, cuando el federalismo hamiltoniano empezó a decaer como guía política, el “Bill” se ha utilizado de la forma más torticera posible. Originariamente, en la mente de los Padres Fundadores de la nación americana, el “Bill of Rights” sólo era aplicable al gobierno federal de EEUU y no a los estados individuales: ESA ERA la opinión original en el momento de su redacción. Lo cierto es que la XIV Enmienda (recordemos, “Todas las personas nacidas o naturalizadas en los Estados Unidos y sometidas a su jurisdicción son ciudadanos de los Estados Unidos y de los Estados en que residen. Ningún Estado podrá dictar ni dar efecto a cualquier ley que limite los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de los Estados Unidos; tampoco podrá Estado alguno privar a cualquier persona de la vida, la libertad o la propiedad sin el debido proceso legal; ni negar a cualquier persona que se encuentre dentro de sus límites jurisdiccionales la protección de las leyes, igual para todos”) fue introducida en 1868 por la circunstancia específica de la esclavitud de los negros, es decir, el interés particular en ese momento era eliminar esta institución, que era odiosa, no hay duda, no “expandir” o, mucho menos, “crear” derechos. La XIV Enmienda, en su momento y en su redacción, año 1868, pocos años después de la Guerra de Secesión, estaba referida a los negros que se acababan de incorporar como ciudadanos, como forma de garantizarles todos los derechos que contenía el “Bill”, sobre todo en aquellos estados sureños esclavistas.

Mucho más dañina ha sido, eso sí, y ésta es original, la IX Enmienda: “No se interpretará la enumeración en la Constitución de ciertos derechos para negar o menospreciar otros derechos retenidos por el pueblo”, el portón que utilizan allí los lobbys gays o pro-gays para intentar que se les aplique la XIV Enmienda y se les reconozca un “derecho” al matrimonio.

El caso es que, a fines del siglo XVIII, la idea de Alexander Hamilton, como plasmó en “El Federalista Nº 84″, era la siguiente: “Voy más lejos y afirmo que las declaraciones de derechos, en el sentido y con la amplitud que se pretenden, no sólo son innecesarias en la Constitución proyectada, sino que resultarían hasta peligrosas. Contendrían varias excepciones a poderes no concedidos y por ello mismo proporcionarían un pretexto plausible para reclamar más facultades de las que otorgan. ¿Con qué objeto declarar que no se harán cosas que no se está autorizado a efectuar? Por ejemplo: ¿para qué se afirmaría que la libertad de la prensa no sufrirá menoscabo, si no se confiere el poder de imponerle restricciones? No es que sostenga que una disposición de esa clase atribuiría facultades de reglamentación; pero es evidente que suministraría a los hombres con tendencias usurpadoras, una excusa atendible para reclamar ese poder. Podrían argumentar con cierta apariencia de razón que no se debe imputar a la Constitución el absurdo de precaverse contra el abuso de una potestad que no existe y que la disposición que prohíbe limitar la libertad de la prensa autoriza claramente a inferir la intención de dotar al gobierno nacional de la facultad de prescribir normas apropiadas en el caso de dicha libertad. Esto puede servir de ejemplo de los numerosos asideros que se ofrecerían a la doctrina de los poderes de interpretación si se transige con este imprudente celo en favor de las declaraciones de derechos”, un pasaje que ya he citado en alguna ocasión.

Si miramos la situación actual en EEUU, son los estados individuales los más absolutistas, no el poder federal que concibieron esos “malvados” federalistas del siglo XVIII: ¿Dónde hay más socialismo y menos liberalismo, hoy día? En los estados individuales, sobre todo, en las dos costas, la Este y la Oeste, y prohibiciones a granel fruto de corrección política a raudales.

El caso es que, a buen seguro, en lugar de hablar de tantos “derechos”, lo mejor sería seguir una tesis muy similar, ya en el siglo XX, a la de Friedrich Hayek: lo que deben existir son “parcelas”, por llamarlo de alguna forma, en las que el Gobierno no debe entrar.

En España, no olvidemos, tenemos nuestro “Bill” patrio, el Título Primero de la Constitución. Nuestra evolución histórica es la que es y, como he dicho, no es cuestión de importar por importar. Pero sería materia a reflexionar sobre si realmente somos más “libres” con toda la carga de derechos que se recogen en el mismo.

MÁS “DERECHOS” = GOBIERNO MÁS GRANDE PARA SUMINISTRARLOS = MENOS LIBERTAD

No soy demasiado axiomático, pero este sí sería un buen axioma. Pero la tendencia es pensar justo lo contrario, llevando a que el Gobierno crezca donde no debe crecer y se contraiga donde no se debe contraer, que es en tener la vitalidad y la capacidad suficiente para defender nuestra vida, nuestra seguridad y nuestra propiedad.

Esto solo ha sido una introducción pero, como, de momento, es materia suficiente para ir masticando, tragando y digiriendo, mañana continuaré, hablando sobre el pulso ideológico que ha dividido a la derecha estadounidense durante dos siglos y sus implicaciones liberales.

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Hamilton en el siglo XXI (II)

Retomando con el final de la entrada anterior, diríamos que en EEUU, dentro de la derecha, ha existido un eterno pulso de opinión en torno al poder del gobierno federal y de su rama ejecutiva, concretamente. Hoy día, dentro del propio Partido Republicano, la tendencia predominante es la “libertarian”, tendente a buscar los caminos para socavar y a debilitar ambos frente a los “states rights”. En materia económica, a olvidar que el capitalismo requiere un gobierno fuerte para darle estructura a los mercados e imponer la transparencia que sustenta la confianza de los inversionistas, pensando que la libertad requiere que prácticamente no exista compulsión gubernamental alguna. Es una derecha que bebe ideológicamente del jeffersonianismo y que comenzó a definirse por la obsesión con el “New Deal” de Franklin D. Roosevelt y por las ganas de guardar en el armario a Alexander Hamilton, justamente quien fue el defensor de un ejecutivo enérgico y el más visionario, de los fundadores de la nación norteamericana, sobre el papel del futuro poderío económico y militar de EEUU.

Básicamente, podemos hablar de dos ramas.

Una primera, inspirada por el pensamiento de Thomas Jefferson, defensora del gobierno mínimo, los derechos de los Estados individuales frente al poder federal y el aislacionismo en materia de política exterior. Por cierto, hablando de Jefferson: no nos extrañe que haya tantos confederados entre los “libertarians”, quienes son, no en vano, los herederos intelectuales, junto con los “ancaps”, de Jefferson (uno de los discípulos más conocidos, en la actualidad, es el anarco-agrarista pro-sureño, Thomas DiLorenzo, defensor de la secesión de los Estados del sur durante la Guerra Civil y orador habitual del Mises Institute). A fin de cuentas, Jefferson era un esclavista. La Guerra de Secesión de EEUU no tuvo como motivación principal la esclavitud pero ahí está ese detalle (como que el bueno de Hamilton era abolicionista, no olvidemos). Un esclavista, como también lo eran James Madison, es cierto, John Caldwell Calhoun, Jefferson Davis o los secesionistas sureños.

Ergo, ¿por qué motivo creen ustedes que insistían tanto en los “derechos de los Estados” frente al poder federal? Vamos cuadrando cosas, ¿verdad? No hablaban de “derechos de los individuos” porque existía el peligro de pensar que dentro de esos individuos pudieran incluirse a sus esclavos negros. Ello a pesar de letra de la Declaración de Independencia de 1776, en la que se habla de “One People” para la ciudadanía del futuro país, y la propia Constitución federal, que se inicia con “We the People”, digan lo que digan los confederados de entonces y de ahora.

Bien, por otro lado está el oponente de Jefferson, Alexander Hamilton, quien fue seguido por George Washington, Henry Clay, Abraham Lincoln, quien fue el primer presidente del Partido Republicano, y Teddy Roosevelt. Hamilton tenía en mente, y así continuaron desarrollando esta idea el Partido Whig, así como el propio Henry Clay o John Quincy Adams la creación de un “American System”, un plan económico que proponía aranceles elevados para apoyar grandes obras públicas, un banco nacional para fomentar las empresas productivas, y la creación de una moneda nacional, con el fin de permitir a EEUU crecer y prosperar, protegiendo las industrias nacionales frente a los productos extranjeros más baratos, sobre todos los procedentes del Imperio Británico. No obstante, Hamilton solo defendía esto temporalmente. Adam Smith había sido una de sus lecturas de cabecera y, evidentemente, estaba convencido de los beneficios del libre comercio. Como escribió en su “Informe sobre las manufacturas”, su objetivo era favorecer a las fabricaciones de la joven nación de forma tal “que tiendan a hacer a Estados Unidos independiente de naciones extranjeras en cuanto a abastecimientos militares y otros de carácter esencial”. Esto no se explica si no se tiene en cuenta su visión imperial del futuro de su país.

Todos ellos, Hamilton, Washington, Clay, Lincoln y, ya en el siglo XX, Theodore Roosevelt concebían, por un lado, la necesidad de consolidar la Unión y, por otro, asentar un poder federal robusto y vigoroso, con el que hacer amplias reformas, transformar el modelo económico y favorecer desde el Gobierno la prosperidad general.

Así, junto con los republicanos partidarios de achicar el poder del Gobierno federal, ha existido otro grupo que ha entendido la paradoja de que, si no se tiene una visión positiva del gobierno, no se será capaz de limitar su crecimiento. Si no puede ofrecer a la gente una visión de lo que el gobierno debe hacer, no será capaz de persuadirla acerca de las cosas que no debe hacer. Hasta la elección de Bush junior, en el año 2000, la posición dominante fue la primera, desde Calvin Coolidge, pasando por Barry Goldwater hasta llegar a Ronald Reagan. Cuando George W. Bush comenzó en 1999 su campaña presidencial, se lamentó en más de una ocasión de la idea de que “si el gobierno se aparta de nuestro camino, todos nuestros problemas se resolverán”, argumentando que el gobierno “debe ser cuidadosamente limitado, pero fuerte y activo”. En algún discurso afirmó ”Muy a menudo, mi partido ha confundido la necesidad de un gobierno limitado con un desdén por el propio gobierno”. La defensa de Bush del gobierno “fuerte y enérgico” pero “limitado”, recuerda bastante a los conceptos hamiltonianos, y allá por 2000 esto se iba a articular a través de su “conservadurismo compasivo”. Sin embargo, esto se vio difuminado por el 11-S y el comienzo de la guerra contra el terrorismo, cuando la posición inicial de Bush y el derrotero de su presidencia, hasta el mismo día antes del fatídico atentado, iba a ser aislacionista y centrada en ocuparse de los problemas domésticos. Quizás, pudiera ser calificado Bush II como un “hamiltoniano parcial”.

Regresando al siglo XVIII, en septiembre de 1787, George Washington escribía las siguientes líneas: “En todas nuestras deliberaciones sobre el tema debemos mantener firme nuestro punto de vista, que nos parece el de mayor interés para todo verdadero americano, la consolidación de nuestra Unión”. Hamilton era consejero de Washington en cuestiones constitucionales, desde 1776, y se nota claramente su influencia en estas palabras y no olvidemos lo que, el propio Hamilton, escribió en noviembre de ese mismo año en “El Federalista Nº 9“: Una firme unión será inestimable para la paz y la libertad de los Estados, como barrera contra los bandos domésticos y las insurrecciones. Y es que a Hamilton podemos considerarlo no solo el fundador del federalismo sino uno de los grandes precursores del capitalismo liberal basado en un marco de normas que garanticen la libertad. Si abrimos “El Federalista nº 7”, leemos:El espíritu de empresa que caracteriza a la América comercial no ha perdido nunca la ocasión de buscar su interés. Es poco probable que este espíritu, hasta ahora sin freno, respetara las reglas comerciales mediante las que ciertos Estados procurarían asegurar beneficios exclusivos a sus ciudadanos. Las infracciones de esta regla, por una parte, los esfuerzos para evitarlas y combatirlas, por la otra, provocarían naturalmente atropellos, y éstos conducirían a represalias y guerras. […] La deuda pública de la Unión sería otro motivo de choques entre los distintos Estados o confederaciones. Su prorrateo al principio y su amortización progresiva después, serían causa de animosidad y mala voluntad. […] Las leyes que violan los contratos privados y que equivalen a agresiones contra los derechos de los Estados a cuyos ciudadanos perjudican, pueden ser consideradas como otra causa probable de hostilidad. No estamos autorizados a pensar que un espíritu más liberal o más equitativo presidiría la legislación de los Estados individuales en lo sucesivo, si no los reprime algún otro freno que el que hemos visto hasta ahora, deshonrando con demasiada frecuencia sus varios códigos. Hemos notado el afán de represalias excitado en Connecticut a consecuencia de las enormidades perpetradas por la legislatura de Rhode Island, y deducimos lógicamente que en casos similares y distintas circunstancias, una guerra no de pergaminos, sino armada, castigará tan atroces infracciones de las obligaciones morales y de la justicia social. […] La probabilidad de alianzas incompatibles entre los diferentes Estados o confederaciones y las distintas naciones extranjeras, y el efecto de esta situación sobre la paz general, han sido puestos en claro ampliamente en anteriores artículos. De este estudio hemos deducido que América, en el caso de disgregarse completamente, o de quedar unida solamente por el débil lazo de una simple liga ofensiva y defensiva, se vería envuelta gradualmente, como consecuencia de dichas alianzas discordantes, en los perniciosos laberintos de la política europea y en sus guerras; y que con las destructoras contiendas entre sus partes componentes se convertiría en la presa de los artificios y las maquinaciones de potencias igualmente enemigas de todas ellas. Divide et impera debe ser el lema de toda nación que nos teme o nos odia”.

La visión de Hamilton del ejecutivo enérgico, por su parte, procede de su propia vida frenética en los tiempos de la independencia y consolidación de EEUU, una energía que podemos entender como “vigor” y “virtud”, como leemos en el primer artículo de esa joya liberal que es “El Federalista”: “Un desvelo inteligente por la energía y la eficacia del gobierno será estigmatizado como síntoma de un temperamento inclinado hacia el poder despótico y hostil a los principios de libertad. Un escrupuloso y tal vez exagerado temor a poner en peligro los derechos del pueblo, lo cual debe achacarse más frecuentemente a la cabeza que al corazón, será descrito como pura simulación y artificio, como el gastado señuelo para obtener popularidad a expensas del bien público. Por una parte se olvidará que los celos son el acompañante acostumbrado del amor y que el noble entusiasmo por la libertad suele contagiarse fácilmente de una actitud de estrecha y nada liberal desconfianza. Por otra parte, se olvidará igualmente que el vigor del gobierno es esencial para asegurar la libertad; que a los ojos de un criterio sano y bien informado, sus intereses son inseparables, y que una ambición peligrosa acecha más a menudo bajo la máscara especiosa del fervor por los derechos del pueblo que bajo la ruda apariencia del celo por la firmeza y la eficacia del gobierno. La historia nos enseña que el primero ha resultado un camino mucho más seguro que el segundo para la introducción del despotismo, y que casi todos los hombres que han derrocado las libertades de las Repúblicas empezaron su carrera cortejando servilmente al pueblo: se iniciaron como demagogos y acabaron en tiranos”

Por el otro lado, Jefferson afirmó, en 1800: “Creo firmemente que un gobierno consolidado llegará a ser el más corrupto en la Tierra”. La visión de Jefferson sobre la virtud de los EEUU se basaba en que entendía que debía ser una nación agraria, de pequeños agricultores, ocupándose de sus propios asuntos (de ahí el aislacionismo extremo de sus continuadores). Su agrarismo estaba en contraste y era totalmente opuesto a la visión de Hamilton, de una nación industrial y comerciantes, que Jefferson criticaba porque afirmaba que ofrecía demasiadas tentaciones a la corrupción. Afortunadamente para EEUU, el camino tomado fue el de Hamilton, no el del agro-anarquismo jeffersoniano. Madison, tras su etapa de “El Federalista” con Hamilton y Jay, se unió a las filas jeffersonianas, fundando juntos el Partido Demócrata-Republicano, y, en 1824, afirmaba que: “La consolidación, en su aplicación actual y controvertida, significa la destrucción de los estados transfiriendo sus poderes al gobierno de la Unión”. No obstante, con más moderación: pese a la feroz oposición de Jefferson a la creación de una Banco de los EEUU (Creo, sinceramente, con ustedes, que los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos permanentes y que el principio de gastar dinero para ser pagado por la posteridad, bajo el nombre de la financiación, es sin embargo una estafa futura a gran escala”, eran sus palabras), sin embargo, Madison y el Congreso, al ver el caos financiero causado por la guerra contra Inglaterra, de 1812, hicieron caso omiso de sus consejos y crearon el segundo banco de los EEUU en 1816.

Por su parte, durante buena parte del siglo XIX, hasta su muerte diez años antes de la Guerra de Secesión, Calhoun, pese a ser favorable a la Unión, se dedicó a elaborar conceptos como el de “nullification” y “concurrent majority” y a defender la “peculiar institution”, la esclavitud. La teoría calhouniana de la “nullification” no hay que olvidar que hizo que la legislatura estatal de Carolina del Sur se sintiera legitimada, en 1832, para declarar nulos los impuestos federales. En respuesta a esta actitud, el Congreso aprobó una ley conocida como la “Force Hill“, por la cual autorizaba al presidente Jackson el uso de la fuerza en caso de que fuera necesaria, para hacer cumplir las leyes federales. En uso de estas facultades el presidente envió a una fuerza de buques de guerra de la marina de EEUU al puerto de Charlestón. Ante estos hechos la legislatura estatal revocó la ley de nulidad. Pero, ¿nos suena esto a algo? Nos suena a… ¡claro! a los “libertarians” y neo-confederados (a los que solo falta ya el uniforme gris y cantar el “Dixie land”), de “¡¡mira, mírame, qué rebelde soy!!”, “¡¡no, tío, no quiero pagar impuestos!!”, “¡¡vivan las armas y las drogas, a venderlas como si fueran piruletas!! ¡¡legalizacion YA!!”, “¡¡tengo derecho al suicidio!!” o “¡¡viva Somalia!!”, “¡¡la prostitución es un derecho!!”, “¡¡yo con mi cuerpo hago lo que me da la gana!!”, “tengo derecho a portar hasta un bazooka libremente, si quiero”.

Sin embargo, la “gran noche” de Calhoun fue la del cumpleaños de Jefferson en 1830, la del brindis por “¡La Unión, después de nuestra libertad más preciada!“, respondiendo al “Nuestra Unión… ¡tenemos que preservarla!“, del presidente Andrew Jackson.

De esta corriente surgió la conocida como “Old Right”, los Garet Garret, John T. Flynn, Frank Chodorov, Albert Jay Nock, Isabel Paterson, H.L. Mencken, Rose Wilder Lane, Raymond Moley, Walter Lippmann, Herbert Hoover, Robert Taft,e, incluso, Murray Rothbard se consideraba heredero de los anteriores. Una mescolanza en la que estarían incluidos desde libertarianos “laissez-faire” hasta agraristas sureños, caracterizados, en general, por el nacionalismo, la oposición al comercio internacional, el rechazo, en algunos, a toda forma de control del gobierno, el aislacionismo extremo, la auto-propiedad (el “mi cuerpo es mío”, de donde derivaría el “drogarme es mi derecho, que para eso no le hago daño a nadie”), el legislar en función de criterios racialistas, el anti-federalismo radical y el derecho de los estados, incluido el de secesión. Sucesores de la “Old Right”, hoy día, son los “paleolibertarios”(entre otros, Lew Rockwell, Hans-Hermann Hoppe, Ron Paul, Justin Raimondo, Joseph Sobran o el mencionado Thomas DiLorenzo) y los “paleoconservadores” (Thomas Fleming, Samuel Francis, Mel Bradford, Michael Hill, Clyde Wilson o el “inigualable” Pat Buchanan).  

Esta ultra-derecha norteamericana ha generado, frente al liberalismo clásico y hamiltoniano, desde imitadores anarko-punkis, frikis pro-drogas o pro-tráfico de órganos, entre otras cosas, hasta extremistas neo-nazis, pasando todas las formas de pensamiento más cercanas al fascismo que a otra cosa, y nada liberales. Y en España esto es lo que hemos copiado, en lugar de tomar lo mejor del pensamiento hamiltoniano, y este es el “liberalismo” que tenemos, por eso no se puede dejar pasar por alto.

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Hamilton en el siglo XXI (III)

Terminé la anterior entrada haciendo un esbozo de la derecha norteamericana menos recomendable. Realmente, aunque sus actuales hijos intelectuales lo que han hecho es exacerbar lo peor de su pensamiento, hay que reconocer que Jefferson tiene distintas ramas aprovechables por casi cualquier tipo de movimiento anti-liberal:

– Su agrarismo del terruño es muy útil para todos aquellos que se oponen al intervencionismo y la expansión de la libertad en el exterior, sean izquierdistas, ancaps, libertarianos o paleocons.

– Su anti-federalismo, para los libertarianos y paleocons.

– Sus recelos por el comercio, los negocios y la banca, para izquierdistas y paleocons.

– Su aristocratismo y latente racismo (aunque esto es muy controvertido), para paleocons.

¿Qué supuso el auge del “paleoconservadurismo” en los años 90 y cuáles eran sus características? En una entrada de octubre, en su bitácora “Liberalismo Democrático y Clásico”, Alfredo hizo una síntesis magnífica:

“En 1980, muchos derechistas fascistizados en EEUU se excitaron cuando Ronald Reagan ganó la presidencia en los EEUU. Sin embargo, la administración de Reagan fue contundente: lo que en esas fechas se conocía como “paleocon” desapareció de las filas republicanas bajo Reagan y Bush I. Esos “paleos” entonces desembarcaron en países como España, nuestro país, debido a la fuerte tradición fascista que aquí existe entre muchas personas en la “derecha”. Nos corresponde, pues, acabar con ellos de una vez como se tuvo que hacer en EEUU. Ya lo estamos logrando, poco a poco: en esta web ha surgido una nueva generación de jóvenes españoles y patriotas totalmente desvinculados de los ruidosos grupos como Hazte Oír, Opus Dei, Red Liberal, Franquistas, y demás elementos perniciosos.

Durante la última década del liberalismo español, hemos sido testigos de una especie de “movimiento” que pretende reconducir el debate en el liberalismo de derechas. Conocido en EEUU, antes de su muerte definitiva, como el “paleoconservadurismo”, este movimiento destrozó el consenso y la unidad en la derecha durante casi toda la década de los noventa. Créanmelo, yo lo viví pues ya estaba yo familiarizado con los EEUU en aquellos tiempos. Políticamente, este “movimiento” se centró alrededor del candidato a la presidencia Patrick Buchanan, cuando intentó, sin éxito, tomar posesión de las riendas del Partido Republicano en 1992. En términos “intelectuales”, editaban una revista que se llamaba “Chronicles” (Crónicas) — una revista contraria al comercio libre, pero muy identitaria en cuestiones raciales y religiosas (aunque incluyen a muchos católicos, como es lógico, dado que la revista es anti-liberal). En los años 90, esta revista gozaba de una enorme popularidad entre muchas personas derechistas. El objetivo de los escritores de la revista era una transformación del conservadurismo americano.

Los “paleos” eran, en realidad, un grupo muy diverso (una versión temprana de la “eclosión” liberal española) y eso en parte contribuyó a la caída de los paleos. Los puntos de acuerdo entre ellos ya los conocemos porque muchos lo han comentado aquí — una política exterior aislacionista, culturismo regional y localista antes que la cultura “pop”, nacionalismo económico absoluto, freno en seco a toda inmigración, y la defensa de “nuestra identidad Occidental”. Durante la década de los noventa, lanzaron muchísimas batallas agrias y duras contra dos enemigos: los derechistas como nosotros y los progresistas. Todas esas batallas incluían, por supuesto, debates sobre la guerra del Golfo en 1991, NAFTA, inmigración, Serbia y Kosovo, símbolos del KKK y símbolos Confederados, además del “tema gay” y el aborto.

En la revista Chronicles, escribían personajes como John Lukacks, el anti-capitalista Samuel Francis (murió a los 57 en el 2005), y Mel Bradford (no se pierdan su bio – Reagan lo fulminó). También escribían otros tradicionalistas sureños como Michael Hill y Clyde Wilson, así como el articulista papista y anarco-capitalista a la vez Joe Sobran (ya murió). Académicos como el famoso misesiano Paul Gottfried aparecían junto a derechistas europeos y “tradicionalistas” fascistas como Alain de Benoist y el neo-nazi Tomislav Sunic. El grupo seguía creciendo y pronto se sumaron los del círculo “libertariano” que formaba parte del Instituto Von Mises. El más conocido, por supuesto, era Murray Rothbard — el anarco-capitalista y sus discípulos sediciosos como Lew Rockwell, Justin Raimondo (un verdadero excremento donde los haya) y Hans Hoppe (bastante decente dentro de lo que hay en ancapialandia). En 1990, abrieron una asociación que se llamaba el Rockford Institute para dirigir debates entre libertarianos y conservadores.

Esta gente “paleo” querían imponer un conservadurismo populista ajeno al liberalismo conservador empresarial y Hamiltoniano de Ronald Reagan.

A pesar de que esta gente seguía avanzando en las batallas políticas e intelectuales, ya había señales de que se avecinaba una caída. Samuel Francis fue despedido de su trabajo como columnista en el Washington Times a finales de 1995 por sus comentarios en una conferencia sobre el tema racial, donde abogó por la solidaridad euro-americana/blanca. Francis perdió su principal púlpito nacional y pronto empezó a perder los demás periódicos de tirada nacional que sindicaban su columna. Por otra parte, la muerte pasó factura ya que Bradford, y Rothbard, entre otros, murieron a mediados de los años noventa. Los libertarianos abandonaron el movimiento en 1996 después de una reunión crispada en el Club John Randolph. Ya no podían apoyar un movimiento o un candidato (Buchanan) que atacaba el comercio libre.”

¿Qué hay de los bautizados por el propio Lew Rockwell, en los 90, aunque después se retractara de esta denominación, como “paleolibertarians”?

Prácticamente, la principal diferencia con los “paleoconservadores” es el rechazo de éstos al libre mercado, pero poco más. Incluso han sido dos grupos porosos en sus contactos, nunca han desdeñado la alianza contra la derecha clásica y democrática. Ambos comparten el anti-federalismo, el neo-confederacionismo, el aislacionismo y a los dos les produce la misma alergia la caída de Saddam Hussein.

Rockwell, fundador del “Ludwig Von Mises Institute”, fue un aventajado discípulo del amigo de los Panteras Negras Murray Rothbard, hasta la muerte de este en 1995. La ideología política de Rockwell, como la de Rothbard en sus últimos años, ha combinado una forma de anarquismo capitalista con el conservadurismo cultural. Según sostiene, el mundo occidental está amenazado por una suerte de entente entre “fascismo y socialismo” y, por supuesto, fue un duro opositor a la Guerra de Irak.

Por cierto, sobre Justin Raimondo y Joseph Sobran, sí, es cierto: uno es, y otro fue en vida, dos verdaderos montones de excrementos de perro. Raimondo comparte con algunos “paleos” (y neo-nazis) la obsesión con el supuesto ”secuestro por parte del lobby judío” de la política norteamericana. Según este caballero, EEUU fue llevado a intervenir en la II Guerra Mundial a través de mentiras del presidente Franklin D. Roosevelt, provocando la guerra con Japón deliberadamente a través de las sanciones económicas; igualmente, sostiene que los servicios de inteligencia israelí que operan en los EEUU habían tenido conocimiento, y lo habían compartido con sus homólogos estadounidenses, sobre lo que iba a ocurrir el 11 de septiembre de 2001.

Joseph Sobran, fallecido el 30 de septiembre del pasado año, decía que dichos atentados habían sido “resultado de las políticas del gobierno de EEUU en relación con el Oriente Medio”, diseñadas por “los poderes judeo-sionistas en los Estados Unidos”.

¿No nos suena todo esto a los argumentos de los extremistas neo-nazis o de la ultra-izquierda más salvaje y menos respetuosa con la propiedad privada del prójimo (no porque la expropien, sino porque la destrocen a golpes?

Sin embargo, durante la Guerra Fría hubo una tregua con este grupo. Ante la amenaza soviética, numerosos miembros del Partido Demócrata, que veían a su propio partido demasiado contemporizador con el totalitarismo comunista, se pasaron a las filas del conservadurismo. Se creo un movimiento en torno a William Buckley y la revista National Review, el poder federal volvió a retomar su protagonismo y se aglutinó a gran parte del movimiento conservador tras una idea: lo primero era vencer en la Guerra Fría. “National Review”, bajo la dirección de Buckley, contribuyó a retomar un conservadurismo serio y defensor de la libertad de mercado y los valores morales, frente al populismo de los “paleos”, que acabaría llevando a la presidencia a Ronald Reagan, un lector asiduo de la revista, por otra parte.

Tras el auge de los “paleocons” en los 90, con un Pat Buchanan que parecía estar a un solo paso de tomar las riendas del Partido Republicano (no hay que ovidar lindezas de Buchanan en “Chronicles”, como sus criticas a la Guerra del Golfo de 1991, el nacionalismo económico, cargando contra la NAFTA, el GATT y el libre comercio, según él, los “buitres capitalistas”), estos entraron en declive. Muy poco deseable sería que alguien que dijo “me gustaría vivir en un país donde no se vea un solo negro’’ hubiera llegado a cotas más altas en el GOP (a bastante llegó, no obstante, pues en las primarias de 1992 arrancó un tercio de los votos a Bush padre y en las de 1996, frente a Bob Dole, venció en Alaska, Luisiana, Missouri, y New Hampshire). No seré yo el que defienda ni el inmigracionismo ni el multiculturalismo, pero pretender legislar en base a criterios raciales o discriminar en el ámbito público, como es la idea de ”paleos” como Buchanan o del fallecido Samuel Francis, otro elemento, posiblemente aún peor que el primero, es totalitario y anti-liberal.

Afortunadamente, en 2000 fueron aplastados y dejados fuera de juego: Buchanan, ya como candidato del Partido Reformado, solo un 0,4% de los votos. Pero siguieron entre bastidores y muchos de sus principios cruzaron el Atlántico.

En esta tercera parte, aún no he mencionado prácticamente a Hamilton. En la conclusión, veremos lo que supuso el hamiltonianismo y lo que supone en los tiempos actuales para construir un liberalismo serio y realista frente a estas tendencias insanas.

De momento, nos quedamos con este video: 

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Hamilton en el siglo XXI (IV)

Ciertamente, no hay duda de que, de los “Founding Fathers” de la nación norteamericana, Alexander Hamilton es el más injustamente olvidado, desde luego en comparación con Benjamin Franklin, George Washington, Thomas Jefferson, y hasta con John Adams y James Madison. Hay quienes dicen que EEUU es un país “hamiltoniano” que ama y recuerda a Jefferson (aunque, de los cuatro presidentes cuyas efigies están esculpidas en la montaña Rushmore de Dakota del Sur, Washington, Jefferson, Lincoln y Theodore Roosevelt, el primero y los dos últimos fueron “hamiltonianos” :-) ).

¿Qué hace tan especial a Hamilton?

Echemos un vistazo a su vida:

Nació como hijo ilegítimo de padre protestante calvinista escocés y madre, también calvinista, de origen hugonote, en la isla de Nevis, en el archipiélago de las Indias Occidentales, en 1755 o 1757, no se conoce con precisión la fecha exacta. El hecho de haber nacido como hijo ilegítimo, el abandono por su padre y, a los doce años de edad, perder a su madre, le creó un carácter pesimista y ocasionalmente depresivo pero le inculcaron una voluntad de superación y un espíritu que le convertirían en niño prodigio y en genio, como numerosos le calificaron. Hamilton es todo un ejemplo para lo que querría en mi país: un emprendedor joven y ambicioso, que trabaja duro, llega a ser algo y crea oportunidades para otros. Hamilton llegó prácticamente de la nada, desde su isla caribeña natal, y su vida política fue un intento por crear las condiciones para que el mayor número de personas pudiera emular su éxito. Los EEUU, gracias a Dios, para ellos y muchos más, eligieron su camino, como dije hace dos entradas.

Hamilton, ya a los 13 años, comenzó a trabajar como empleado contable en la firma mercantil “Beckman & Cruger”, mientra era educado bajo la tutela del reverendo Hugh Knox, ministro de la iglesia presbiteriana, en la isla danesa de St. Croix En 1772, a los quince años, abandonó las islas, siendo aceptado al año siguiente, en el King’s College de Nueva York, institución que, años después, sería la Universidad de Columbia, donde conoció a Robert Troup y John Jay, así como, una vez comenzada la Guerra de Independencia de EEUU a George Washington. A los dieciocho años, empezó a escribir panfletos en favor de la causa de la independencia de las colonias. Aparte de sus estudios en el King´s College, a pesar de que no los concluyó, fue algo impresionante su carácter autodidacta: ya a esa edad tenía un gran conocimiento de la historia de Inglaterra y de pensadores como Aristóteles, Cicerón, Séneca, Plutarco, Maquiavelo, Hobbes, Grocio, Locke, Montesquieu, Rousseau o Hume.

Ya desde muy joven, en sus primeros escritos, comenzó a mostrar sus recelos hacia la democracia popular (ese concepto venido de la Revolución Francesa y tan del gusto de Jefferson), frente a la cual siempre defendió la democracia elitista. Organizó un partido, el primero en la era constitucional, formado como partido de notables o élites, que tuvo un papel hegemónico en la política norteamericana, bajo su liderazgo, entre 1787 y 1800, en dura competencia con los demócrata-republicanos de Jefferson. Tras la muerte de Hamilton, en 1804, tras resultar gravemente herido en el duelo con el sedicioso de Aaron Burr, el Partido Federalista comenzó un declive que llevó a su disolución en 1816, aunque su labor fue continuada por el Partido Whig, fundado en 1834, de Henry Clay y John Quincy Adams. Partido cuya fractura entre esclavistas y anti-esclavistas motivó la unión de estos últimos con los demócratas jacksonianos y el nacimiento del Partido Republicano, en 1854.

Tras la independencia de los EEUU, comenzó una nueva etapa en la vida de Hamilton. Su visión era la de un país destinado a convertirse en el “mayor imperio de la tierra”, como decía, pero que, sin embargo, había heredado del período colonial algunas instituciones que eran un freno para la movilidad y el desarrollo social. El sector fundamental en la economía del país recién nacido era el agrícola y algunos de los jóvenes más talentosos se veían atrapados en granjas, en las que no podían desarrollarlo, mientras familias aristocráticas, como la de Jefferson, controlaban las finanzas, lógicamente, al ser una nación casi totalmente agraria.

Hamilton pensaba que había que cambiar esto para unificar la nación y permitir a los estadounidenses explotar todas sus capacidades, creía que el trabajo del Gobierno debía centrarse en abrir oportunidades a la gente para despertarles y estimularles el espíritu competitivo. En su famoso “Informe sobre las manufacturas” , de 1791, argumentó que los EEUU, potencia emergente en aquellos momentos, como dije en una entrada anterior, no llegarían a ser totalmente independientes hasta que no fuesen autosuficientes en todos los productos económicos necesarios. Hamilton se inspiró, en parte, en los regímenes económicos de Colbert en Francia e Isabel I en Inglaterra, pero con la diferencia de que rechazaba algunos aspectos del mercantilismo, como la búsqueda de colonias para los mercados. De hecho, EEUU, en el siglo IX, nunca fue un imperio colonial que, al modo de las potencias europeas, buscase apilar territorios y más territorios, bajo su dominio, en los cinco continentes.

Sus ideas económicas las plasmó, tras ser nombrado Secretario del Tesoro por el presidente George Washington, en sus tres informes al Congreso, el “Informe sobre el crédito público” y el “Informe sobre el Banco de los Estados Unidos”, ambos de 1790, así como el mencionado “Informe sobre las manufacturas”, pero, ya antes, en 1787, comenzó a desarrollar también sus cualidades políticas, con su participación en la Convención de Filadelfia y la salida a la luz de los ensayos de “El Federalista”, publicados entre ese año y el siguiente, en colaboración con James Madison y John Jay, en los que defendieron la ratificación de la Constitución e intentaron establecer sus futuras interpretaciones.

En esencia, entre otras cuestiones, como la oposición a la introducción de una Carta de Derechos en la Constitución, en “El Federalista nº 84“, al entender que esta lo que debía hacer era concretar con precisión las facultades del poder federal, y que una “lista de derechos” podría interpretarse como si fueran los únicos que la gente tuviera, Hamilton hace una encendida defensa de un ejecutivo vigoroso, unipersonal y enérgico, por supuesto, sujeto frente al pueblo a responsabilidad en sus funciones, en “El Federalista nº 70“: “Un Ejecutivo débil significa una ejecución débil del gobierno. Una ejecución débil no es sino otra manera de designar una ejecución mala; y un gobierno que ejecuta mal, sea lo que fuere en teoría, en la práctica tiene que resultar un mal gobierno. Dando por supuesto, por consiguiente, que todos los hombres sensatos convendrán en que es necesario un ejecutivo enérgico, únicamente falta investigar qué ingredientes constituyen esa energía, hasta qué grado es factible combinarlos con esos otros elementos que aseguran el mantenimiento del gobierno republicano y en qué medida caracteriza dicha combinación el plan elaborado por la convención. Los ingredientes que dan por resultado la energía del Ejecutivo son: Primero, la unidad; Segundo, la permanencia; Tercero, el proveer adecuadamente a su sostenimiento; Cuarto, poderes suficientes. Los ingredientes que nos proporcionan seguridad en un sentido republicano son: Primero, la dependencia que es debida respecto del pueblo; Segundo, la responsabilidad necesaria […] Seguramente no se discutirá que la unidad tiende a la energía. Como regla general, los actos de un solo hombre se caracterizan por su decisión, actividad, reserva y diligencia, en un grado mucho más notable que los actos de cualquier número mayor; y dichas cualidades disminuirán en la misma proporción en que el numero aumente […] La responsabilidad es de dos clases: la censura y el castigo. La primera es la más importante de las dos, especialmente en un cargo electivo. Es mucho más frecuente que el hombre que ocupa un cargo público obre en tal forma que demuestre que no es digno de esa confianza más tiempo, que de manera a exponerse a una sanción legal. Pero la multiplicación del Ejecutivo aumenta la dificultad de ser descubierto en ambos casos. En muchas ocasiones se hace imposible, en medio de las acusaciones recíprocas, determinar en quién debe recaer realmente el reproche o el castigo que correspondan con motivo de una medida perniciosa o de una serie de esas medidas”.

Desde su cargo de Secretario del Tesoro, Hamilton impulsó la nacionalización de la deuda de la Guerra de Independencia, fusionar las economías estatales en una economía nacional más dinámica, hacer pasar el poder de los terratenientes locales a los operadores comerciales y creó el Banco de los Estados Unidos, para financiar inversiones.

Tanto en uno y otro caso, la nacionalización de la deuda y la creación del Banco se encontró con la oposición, sobre todo, de los estados del sur. Sin embargo, tanto una medida como otra, iban a ser decisivas para consolidar la nueva Unión.

La guerra frente a la metrópoli británica se había financiado con emisión de deuda y papel moneda, lo cual había generado una gran inflación y un desorden monetario, así como la duda de quién debía amortizar esa deuda. Los estados que conformaban la inicial Confederación, anterior a la aprobación de la Constitución, alegaban que el poder para decretar impuestos con los que amortizar la colosal deuda, que pesaba como una losa, correspondía únicamente a ellos, mientras que Hamilton sostenía que era imperioso librarse de esa deuda y para ello era imprescindible dotar al Congreso de EEUU de la facultad de decretar nuevos impuestos. Y es que estas dos cuestiones eran decisivas, y así lo veía Hamilton: si el poder federal que se había constituido no tenía claras facultades impositivas con las que financiarse, estaría condenado al fracaso, y si, por parte de EEUU, se incumplían las obligaciones con los acreedores, sería un país desacreditado. Washington apoyó la medida de Hamilton, con lo cual el gobierno federal afirmaba su poder para recaudar impuestos y derechos de importación lo bastante altos como para pagar los intereses de la deuda.

Más histórica aún fue la creación del Banco de los Estados Unidos, en 1791. La Unión no tenía un banco central, solo existían unos pequeños bancos que operaban dentro de cada estado, pero no existía un banco que ofreciera el crédito necesario para el desarrollo de los nacientes EEUU. El gran debate se generó en torno a si el Congreso tenía la facultad de crear este banco, puesto que ello no se mencionaba expresamente en la Constitución. Jefferson y Madison, sureños de Virginia y defensores de los intereses agrarios de estos estados, defendían que el Congreso no poseía esta facultad, pero, finalmente, esta cuestión terminó con otra victoria para Hamilton: el Congreso aprobó la creación del Banco, como una entidad de derecho privado, en la que el Gobierno Federal apenas suscribió el 20% de las acciones, mientras que inversionistas particulares suscribieron el 80% del capital de la institución.

Realmente, más allá del hecho en sí de la creación del Banco, esta decisión del Congreso sentó cátedra sobre la doctrina constitucional de los “poderes implícitos” del Gobierno Federal (doble victoria para Hamilton, pues), que ha permitido a la Constitución de Estados Unidos ser, durante algo más de dos siglos, un documento legal que ha conseguido perdurar y adaptarse a las necesidades de cada época.

En diciembre de 1791, se había reconstruido el crédito público, fortalecidos los poderes del Gobierno Federal, unificado la moneda y creado el Banco Central de los Estados Unidos. Sin embargo, faltaba el fortalecimiento de la industria y el comercio norteamericanos. El día 5 de ese mes, Hamilton presentó ante el Congreso su famoso “Informe sobre las manufacturas”. Se trataba de apoyar el desarrollo industrial con subsidios, créditos y apoyo financiero a la empresa y aranceles que protegiesen el mismo de la competencia desleal de las importaciones europeas: no había porqué abrir los mercados a quien no te los abría. Esto ha hecho que se tache de “proteccionista a ultranza” a Hamilton y eso es algo nada exacto. No hay que olvidar que estamos a fines del siglo XVIII cuando la mayoría de países no es que precisamente siguieran las teorías que Adam Smith desarrollara en “La Riqueza de las Naciones”.

El proteccionismo de Hamilton no produjo ni la formación de monopolios ni el abuso de los fabricantes sobre los consumidores. Los países europeos, sobre todo Inglaterra, aplicaron a EEUU unos altísimos aranceles: el mundo en que Hamilton se movió era de todo menos librecambista. Por otra parte, el estadista calvinista consideraba que el país era demasiado dependiente de la agricultura mientras la industria era claramente deficitaria (si por los agro-anarkas jeffersonianos hubiera sido, así habría continuado la situación), había que integrar ambos, la agricultura del Sur y la industria del Norte, creando un potente mercado interior. Con las medidas bancarias, monetarias y fiscales anteriores se generó una expansión económica que convirtió a EEUU en el país del mundo con el nivel de vida más alto a finales del siglo XIX y principios del XX. Hamilton apoyó sobre todo al sector textil y, conjugando la producción de algodón de los estados sureños con el desarrollo de esta industria, éste se convirtió en un pilar económico fundamental.

Por encima de las críticas a estas medidas, Estados Unidos debe su desarrollo económico, por encima de otros, a Alexander Hamilton. Y, unido a este, otros como el tecnológico o militar que llegó a hacer de este país la primera potencia mundial a mediados del siglo XX. Ello sobre la idea de Hamilton de libertad de empresa, poder federal limitado, pero enérgico, y grandeza nacional.

La vida de Hamilton es la de un joven que llegó a las colonias norteamericanas desde una isla británica del Caribe y que, valiéndose de todas sus capacidades, llegó a lo más alto, diseñando un país prospero, ordenado, libre y poderoso. Un genio y un visionario que en los 1700s tenía ya en mente el mundo empresarial y de negocios de hoy día (tan visionario fue que, pese a la guerra con la metrópoli, sabía que el aliado natural era Inglaterra y así ha sido: los dos países han tenido que aliarse en más de una ocasión para defender la libertad).

Frente a todo tipo de extremismos, sean de derecha o de izquierda, hoy por hoy, Hamilton es la mejor opción para el liberalismo.

En el siglo XXI, este coloso está más vigente que nunca:

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Responses

  1. Me pareció Excelente post!! Lo cierto es que refleja la realidad tal cual

  2. Alexander Hamilton: su vida y sus ideas en este siglo La Voz Liberal was put into my own favorites. I can not wait to read even more about this subject.

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  4. Buen post! Desde hace meses hago lo posible por hacer crecer mis músculos y acudir más al gimnasio en general. Tu artículo me ha sido de mucha ayuda con mi objetivo. Muchas gracias!

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  6. Les felicito por su post. Sin embargo, no entiendo por qué los estadounidenses tienen una concepción diferente del liberalismo y sus escuelas al concepto de los latinoamericanos, especialmente, a los peruanos.. La crisis financiera actual de EE.UU. y la Zona europea, es una prueba.(lo mismo que la fabricación de toneladas de dolares y euros, sin respaldo productivo) . Y la forma de solución vía políticas económicas expansivas (sin que se mojen los grandes bancos ni menos las agencias calificadoras de riesgos), una experiencia peruana en 1985 al 1990 amarga, no es en ninguna parte liberal. Mis felicitaciones a los alemanes.
    JE Ordinola-Sánchez, analista de presupuesto y finanzas peruano.

  7. buenos dias acabo de enterarme de tu blog y la verdad es que me parece genial no sabia de mas personas interesadas en estos temas, aqui tienes un nuevo lector que seguira visitandote a diario.

  8. REMEMBER “PRINCIPIOS DE LA ORTODOXIA ECONÒMICA”
    1) NO SE PUEDE VIVIR INDEFINIDAMENTE GASTANDO MAS DE LO QUE SE TIENE; 2) CUANDO SE GASTA MAS DE LO QUE SE TIENE LA DIFERENCIA DEBE SER FINANCIADA DE ALGUNA FUENTE; 3) CUANDO LOS GOBIERNOS GASTAN DE LO QUE TIENEN, LO CUBREN CON IMPUESTOS O ENDEUDAMIENTO O INFLACIÒN; 4) LAS DEUDAS DEBEN SER PAGADAS, DE LO CONTRARIO, DE DEJA DE SER SUJETO AL CRÈDITO(ES INAUDITO EN EL SIGLO XXI, SUPERAR EL PBI DE $ 16,7 BILL. Y CALIFICAR AAA); 5) EL AHORRO Y LA LABORIOSIDAD SON LA BASE DEL BIENESTAR DE LOS PUEBLOS; 6) LA INFLACIÒN Y LA EMISIÒN MONETARIA ENVILECE EL AHORRO, DESINCENTIVAN LA PRODUCCIÒN Y SON EL PEOR FRAGELO QUE SE PUEDE IMPONER A UN PUEBLO(HIPERINFLACIÒN ACUMULADA PERUANA 1985-1990 SUPERIOR A 2 MILLONES); 7) LA INVERSIÒN ES LA CLAVE PARA EL DESARROLLO DE LOS PAISES Y 8) EL DINERO(AHORRO) FLUYE DONDE ES MAS RENTABLE Y MAS PROTEGIDO. .
    Publicado el 12/10/1987 por la Asoc.Universitaria Neoliberal de la Univ.Privada San Pedro Chimbote(Facultad de Contabilidad y Administraciòn).
    Analista de presupuesto y finanzas peruano

  9. […] Hamiltonianismo […]


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