Posteado por: Javier | diciembre 7, 2016

Setenta y cinco años de la infamia de Pearl Harbor

Setenta y cinco años de la agresión nipona en Pearl Harbor. Menos mal que quien estaba al mando era Roosevelt, y no uno de estos hippies del “haz el amol y no la guerra” (Roosevelt, por cierto, probablemente ha sido el presidente más izquierdista que han tenido los norteamericanos, pero nada que ver con lo que actualmente se entiende por “izquierdismo”). Ante el ascenso de Hitler en los años 30, Roosevelt inició el rearme de EEUU, pero no pudo intervenir inicialmente en Europa para acabar con la amenaza del nazismo debido a que la ley americana consagraba el aislacionismo y la neutralidad norteamericana en el exterior. Esto se rompió cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor en diciembre de 1941 (y cuando a Hitler le entró el arrebato, varios días después, de declarar la guerra a EEUU, una de las decisiones estratégicas más estúpidas, junto con invadir la URSS, de la II Guerra Mundial). Declarado el estado de guerra, el país entero se movilizó para suministrar armamento y participar con soldados en el conflicto. Se puso en marcha una economía orientada a suministrar armas, construir barcos y aviones, y a reponer material para la guerra. Un tumor cerebral que acabó con su vida el 12 de abril de 1945 no le permitió ver la victoria en la II Guerra Mundial.

Gracias a EEUU e Inglaterra (y es cierto que también gracias a la URSS) Europa se libró de convertirse en una colonia nazi-alemana, aunque al ir a la guerra, en primer lugar, lo que hicieran fuera protegerse a sí mismas, obviamente, su seguridad y sus intereses nacionales. Una de las grandísimas diferencias entre las culturas católicas y las protestantes es el sentido de tomar decisiones trascendentales cuando están en juego intereses como la seguridad o la soberanía nacional. EEUU, Australia, Reino Unido, Canadá, Nueva Zelandia…a la hora de la verdad, cuando tienen que tomar una decisión difícil, lo hacen sin vacilaciones. Aunque por el camino también cometan errores estratégicos y numerosas pifias, de eso nadie está exento.

En este histórico discurso ante el Congreso, en el que declaró la guerra a Japón, Roosevelt manifestó que aquel era “un día infame para siempre”.

En este sentido, tengo que decirlo, no me pareció nada bien que en su visita a Japón del pasado mes de mayo Obama casi pidiera perdón por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki: “Japón bombardeó a Pearl Harbor y EEUU bombardeó Hiroshima, todos somos culpables”. Pues NO, no hay equivalencia moral. Pearl Harbor fue una agresión criminal por parte del régimen militarista japonés, que, aparte de ello, cometió en Asia atrocidades mucho mayores, equiparables a las de los nazis, e Hiroshima y Nagasaki el resultado final de cuatro años de esfuerzos brutales para derrotar a Alemania y Japón. EEUU simplemente tenía una obligación de proteger las vidas de sus hombres y la cumplió, así como la de finalizar la guerra de la forma más rápida posible (acabando de rebote, aunque no fuera su cometido, también con la pérdida de más vidas de japoneses). Los militares japoneses no tenían el menor reparo en continuar con una enorme sangría de vidas en un bando y otro, dado que poco les importaba que entre su propia población se produjera una auténtica carnicería. No era más valorable la vida de un habitante de Hiroshima o Nagasaki que la de un soldado de los EEUU: las dos estaban en grave riesgo en caso que la guerra hubiera continuado de forma convencional (y, como dijo el general George Patton: “La guerra no consiste en morir tú por tu patria, sino en hacer que otro hijo de puta muera por la suya”). Tampoco valían más que las de aquellos que hubieran muerto en un alargamiento innecesario de la guerra. Lamentar la pérdida de vidas en cualquier otro de los campos de batalla de la II Guerra Mundial es tan legítimo como con las de Hiroshima y Nagasaki, por más que el uso del arma atómica les confiera a éstas más espectacularidad y dramatismo. Pero esto no es una cuestión sentimental, sino de analizar las alternativas que existían sobre la mesa. Y es indudable que las bombas atómicas aceleraron la llegada de la paz y cortaron una pérdida de vidas que hubiera sido aún mayor de no utilizarse.

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Al hilo de lo anterior, en este corto video vemos a Margaret Thatcher diciendo que Inglaterra, junto con los EEUU, han sido los mejores, en comparación con la Europa continental, a la hora de derrotar la tiranía y el fascismo. (lo siento sólo está en inglés). Como no podía ser de otra manera, dice que en España tuvimos fascismo, junto con Italia y Alemania, y que Inglaterra en ese sentido ha sido superior. Hay peperos que tratan de disculpar a Franco, incluso lo ha hecho una que quería ser “la Thatcher española” (no hace falta decir quién es, lo sabemos todos): pues aquí tenemos a una representante de la DERECHA PURA Y DURA hablando sin tapujos de un pasado FASCISTA en España (también es verdad que es derecha anglosajona y protestante, que nada tiene que ver, en ese sentido, con la derecha española). Yo la verdad es que echo de menos a gente tan dura, clara y sin complejos a un lado u otro del espectro ideológico, nada que ver con el adocenamiento actual. En muchas cosas no estoy de acuerdo con Thatcher, pero, al menos, era una de ellos. Al parecer, a la sueca europeísta que la entrevistaba no le gustó nada que la Margaret dijera la verdad sin complejos. Como Thatcher era una señora, lógicamente no dijo directamente que Inglaterra es superior a Suecia, pero a buen entendedor...


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Otra perla de la Dama de Hierro: defendiendo el hundimiento del Belgrano durante la guerra de las Malvinas. No se podía consentir la chulería de la grasienta y bananera dictadura militar argentina y ese barco era una amenaza para los marineros británicos: a pique con él. Este sí lleva subtítulo en español.

Todos los países soberanos tienen derecho a hundir barcos o aviones que violen un espacio marítimo o aéreo restringido, o que supongan una amenaza para la seguridad de tus soldados o tu población civil en tiempos de guerra. Thatcher tuvo políticas claramente criticables, pero no por ordenar una acción que sólo puede entenderse en un contexto de guerra o en favor de la seguridad nacional.

Posteado por: Javier | noviembre 30, 2016

¿Absolverá la historia a Fidel Castro?

La muerte de Fidel Castro no podía provocar otras reacciones más que aquellas tan encontradas como ha producido a lo largo de su vida un personaje tan controvertido. Parte de la izquierda ha lanzado estos días poéticos panegíricos como si quien ha fallecido hubiera sido en vida un ángel de luz, y parte de la derecha ha descorchado el champán por la desaparición de quien ven como el peor de los peores demonios que han pisado la faz de la tierra. Sobre Castro se han vertido todo tipo de estereotipos, odios y loas. Es difícil, casi imposible, llegar a la persona. Muchos demandan militancia, trinchera, nada de grises, nada de contexto, nada de peros. De un lado u otro, a veces es complicado diferenciar qué es información y qué es propaganda. Unos, a la mínima discrepancia, te van a tachar de “imperialista”, “mercenario” o contrarrevolucionario” y otros de “vil comunista”. Aviso, pues, que esta entrada no será del agrado de unos ni de otros.

Antes de la Revolución, Cuba simbolizaba el colonialismo en su forma más perniciosa. Su guerra de la independencia frente a España fue apropiada por los EEUU, cuyo gobierno afirmó la victoria como propia y reescribió la constitución del nuevo país independiente para asegurar su predominio. El azúcar de Cuba pasó a ser controlado por los intereses norteamericanos, que mantuvieron a la isla en una condición servil. La Revolución Cubana vino a derrocar una dictadura viciosa, la de Fulgencio Batista, infestada por lo peorcito de la mafia venida del país useño.

Todo eso terminó el 1 de enero de 1959. Un EEUU confiado en su dominio mundial fue desafiado por una pequeña isla caribeña. Y todos los países ocupados y colonizados en el Tercer Mundo se levantaron y lo celebraron. Al parecer, el gigante tenía los pies de barro, después de todo.

Una y otra vez, Fidel Castro se negó a rendirse ante la amenaza o el chantaje. Es esa negativa lo que explica la furia ciega y la ira de sus enemigos. Las administraciones republicanas y demócratas mantuvieron el asedio de Cuba durante seis décadas (aparte de los intentos de asesinato del propio Castro), gritando con incredulidad por su propia ineficacia. La principal medida, no obstante, ha sido el embargo, que comenzó justo después de que Castro confiscase las refinerías de Shell, Esso y Texas Oil por negarse a procesar el crudo soviético. De ahí partió una escalada de medidas que finalizó con el establecimiento de un embargo que los sucesivos presidentes fueron agravando con nuevas prohibiciones. Ese embargo, que sin duda ha hecho daño, ha sido la gran coartada del régimen: le ha permitido tapar sus errores, sobre todo los de su política económica. También le ha empujado a enrocarse y endurecer la represión de la disidencia. Es un embargo inútil que logrado lo contrario de lo que perseguía. Obama fue el primero en reconocerlo hace un par de años.

Esta voluntad de resistencia del régimen fue la que frustró la invasión de 1961, apoyada por la CIA, en la Bahía de Cochinos. Sin embargo, la Crisis de Misiles de 1962 mostró al liderazgo de La Habana que el apoyo de la Unión Soviética era condicional y que Cuba era un pequeño actor en un juego de poder global. Distanciándose brevemente de Moscú, ese fue el momento en que el país pasó a su fase más radical, uniéndose a las luchas de liberación del Tercer Mundo en un frente común que se extendía desde América Latina hasta Vietnam. Ese fue el momento en que Cuba inspiró y simbolizó el resurgimiento de los oprimidos.

La muerte del Che Guevara en Bolivia en octubre de 1967, sin embargo, fue una encrucijada para la Revolución. También en Perú, Guatemala y Venezuela el intento de repetir la experiencia cubana había fracasado con consecuencias desastrosas. Fidel Castro, siempre preocupado en primer lugar por la supervivencia de una Cuba sometida a un cerco vicioso y atrapado por sus limitaciones económicas, se retiró de la estrategia guerrillera. Un año más tarde, el fracaso de la cosecha de azúcar de 1969 marcó el final de esta estrategia. Cuba cayó totalmente bajo el abrazo soviético.

Después de la invasión de Bahía de Cochinos, Castro declaró que la Revolución era socialista. Hasta entonces siempre lo había negado. Fidel Castro lo que siempre había sido era un patriota y nacionalista cubano y su preocupación principal era la soberanía nacional de Cuba, aparte de haber tenido como referentes, más que a Marx y Lenin, a José Martí y Abraham Lincoln. Probablemente, en ese momento pensó que declararse marxista-leninista era la única salida que le quedaba, aunque eso significase reconocer la dependencia de Cuba de la Unión Soviética. En este contexto, se entendía que el socialismo significaba un estado centralizado fuerte según las líneas soviéticas. Esto coincidía con las opiniones de Castro y Che Guevara acerca de cómo se ganan las revoluciones, por las acciones de grupos pequeños y dedicados que actúan en nombre del movimiento de masas. Cuando los soviéticos invadieron Checoslovaquia en 1968, Castro apoyó la acción, confirmando una vez más la dependencia de Cuba de la Unión Soviética y la naturaleza del nuevo estado a raíz de la muerte del Che. Pero en el sur de África, Cuba mantuvo una política exterior propia. Durante los años 70, el papel de las fuerzas cubanas fue clave para derrotar las insurgencias derechistas y mantener la reputación antiimperialista de Castro. Durante la “Operación Carlota”, entre 1975 y 1991, el contingente de 52.000 soldados cubanos desplazados a África derrotó en los campos de batalla de Angola a los ejércitos de Zaire y de la Sudáfrica del apartheid, ambos apoyados financieramente por EEUU. La derrota sudafricana en la batalla de Cuito Cuanavale, en enero de 1988, a manos de las tropas angoleñas y cubanas, está considerada como uno de los hechos que precipitó el fin del régimen racista del apartheid (de ahí la amistad que en vida mantuvieron Nelson Mandela y Fidel Castro). Sin embargo, en el Cuerno de África, las tropas cubanas defendieron al gobierno de Etiopia, aliado de los intereses regionales soviéticos, reprimiendo brutalmente los movimientos de liberación interna.

Pero, a pesar de todo, Fidel nunca fue un obediente subordinado. Utilizó su extraordinario carisma e influencia para disparar tiros de advertencia ocasionales hacia Moscú, por un lado, y para reforzar su control personal del estado por el otro. Los sobrevivientes de la guerrilla, que embarcaron en el “Granma” en 1956 y derribaron la dictadura de Batista se mantuvieron, en su mayor parte, en el centro del poder en las cinco décadas que siguieron. El socialismo que Castro defendía no se parecía mucho a la “autoemancipación de la clase obrera” de la que había escrito Marx en el siglo anterior, sino que más bien era un socialismo con una estructura de mando similar a la del ejército guerrillero en el que Fidel había sido comandante en jefe. Lo que mantuvo en pie el sistema fue tanto la incontestable autoridad de Fidel como la incesante hostilidad de EEUU, que no sólo intentó asesinarlo cientos de veces, sino que estaba dispuesto a someter a la población cubana a la sumisión.

Bajo estas duras condiciones, el sistema que los revolucionarios construyeron dejó algunas ganancias. Las más célebres fueron los sistemas eficientes y universales de salud y educación. ¿Perfectos? Ni mucho menos, pero hablamos siempre de los estándares de vida dentro del Tercer Mundo y dentro del contexto caribeño en que está Cuba, es decir, el de un país con escasos recursos, que en muchas ocasiones se ve forzado a racionar, y sometido a un embargo comercial de medio siglo de la primera potencia mundial. Dentro de lo malo, es muy preferible caer enfermo en Cuba a hacerlo en la mayoría de sus países vecinos. Pese a las carencias materiales, el régimen cubano ha conseguido que su población se mantenga sana con una esperanza de vida similar a la de los países del Primer Mundo. La mortalidad infantil está en unos índices incluso inferiores a los de países como EEUU y la medicina cubana ha sido la primera en conseguir frenar el contagio del VIH de la madre embarazada al feto. Tampoco existe el analfabetismo ni el trabajo infantil. A diferencia de otras castigadas naciones latinoamericanas, los niños cubanos no trabajan para sobrevivir limpiando las botas o lavando los lujosos coches de los que trafican en la bolsa, ni conocen el hambre o la esclavitud. No mendigan ni roban, ni se prostituyen. Tampoco existen redes de prostitución ni trata de blancas. Más allá de eso, la vida cotidiana era difícil, incluso antes de la retirada de la ayuda soviética y el “período especial” que siguió, lo que llevó a la isla al borde del desastre. Fue la solidaridad colectiva y el sacrificio lo que impidió el colapso de entonces. Sin embargo, ya existía un grave descontento expresado en el absentismo laboral o en la desilusión de muchos de los veteranos de las guerras africanas, por ejemplo, ya que muchas esperanzas puestas en su día en la Revolución resultaron ilusorias. Si bien existía una provisión social básica, los bienes de consumo escaseaban y la disidencia era tratada con dureza, con los matices a esto que se quiera, cualquiera que fuese su forma.

La extrema concentración de poder (los principales órganos del Estado estaban dirigidos por un par de docenas de líderes “históricos” bajo el control de Fidel) en la parte superior de la pirámide ahogaba cualquier posibilidad democrática. Las instituciones políticas eran controladas centralmente en todos los niveles. Órganos locales, como los Comités de Defensa de la Revolución, mantuvieron la vigilancia en contra de la disidencia. Era relativamente sencillo descartar los llamados a la democracia de los críticos internos como “propaganda imperialista”, en lugar de una reivindicación legítima de los trabajadores de que un socialismo digno de su nombre los transformaría en sujetos de su propia historia. La información pública sólo estaba disponible en forma impenetrable en el diario estatal “Granma”, y las instituciones del Estado en todos los niveles eran poco más que los canales para la comunicación de las decisiones de la dirección central. Una burocracia opaca, responsable sólo consigo misma, con acceso privilegiado a bienes y servicios, se volvió cada vez más corrupta en el contexto de una economía reducida a la provisión del mínimo para subsistir.  Las llamadas ocasionales de Castro a la “rectificación” eliminaron a algunos individuos problemáticos, pero dejaron intacto el sistema.

Sin embargo, Cuba sobrevivió, debido en buena parte a los agudos instintos políticos de Fidel ya su voluntad de encontrar aliados donde quiera que pudiera a raíz de la caída del comunismo en Europa del Este. Después, desaparecida la URSS y tras un periodo duro de carestía, encontró a Hugo Chávez y el petróleo de Venezuela. Muerto Chávez y con el precio del petróleo por los suelos, llega un salto mortal inesperado: ahora toca bailar con EEUU. La realidad era que, después de todo, lo que se había presentado en la isla era una interpretación autoritaria del socialismo que, por ejemplo, podía permitir (durante una época) la represión de los homosexuales (aunque, dado que los libegales utilizan esto de la “represión castrista a los gays” como un argumento muy manido, no neguemos que cuando esto ocurría en Cuba, la homosexualidad era algo considerado como delictivo en gran parte del mundo occidental e incluso, entre otras cosas, Gran Bretaña había esterilizado al héroe de guerra Alan Turing), la negación de la crítica y el surgimiento del régimen que ahora prevalece en Cuba, donde un pequeño grupo de burócratas y comandantes militares gestionan y controlan la economía. Serán los beneficiarios de la reentrada de Cuba al mercado mundial (particularmente, al de EEUU), no la mayoría de los cubanos, algo más o menos similar a lo que sucedió en la URSS tras la perestroika y el desplome de su imperio euroasiático.

Por mucho que se entiendan las circunstancias y el contexto que rodeó a la Revolución Cubana, hay que decir que hoy día es un emperador que está desnudo.

¿Qué circunstancias y contexto fueron estos?

Durante la época Guerra Fría, diversos gobiernos y movimientos izquierdistas democráticamente elegidos en América Latina fueron derrocados en golpes militares, sometidos a la guerra económica y atacados por paramilitares derechistas. Fue entre otros, el caso de Jacobo Arbenz en Guatemala, en 1954. Aquellos regímenes militares instituyeron desapariciones masivas de la gente que mataban, tiraban a los disidentes al mar desde aviones y helicópteros o ejecutaban torturas como introducir electrodos a mujeres por la vagina. En buena medida, aquello fue la causa de que tantos izquierdistas perdieron la fe en una ruta democrática hacia el poder en este período. En realidad, Fidel Castro no acabó con la democracia porque NO HABÍA democracia. Castro ya había intentado cambiar el sistema desde dentro como político y acabó en la cárcel. Y al igual que el Che Guevara en Guatemala, él había estado en Colombia cuando asesinaron al gran liberal Jorge Eliécer Gaitán y llegó a la conclusión de que la vía pacífica no conducía a ninguna parte. La Revolución Cubana se produce en un contexto como el de los año 50 en América Latina, el de un continente totalmente avasallado, con pobreza extrema y una élite antidemocrática que TAMBIÉN ERA VIOLENTA. Sin tomar en cuenta eso, no se entiende como se llegó a que se produjera el movimiento revolucionario armado que comandó Castro.

Fidel Castro surge como una figura en medio de una cultura autoritaria, caudillista y tirana como la de América Latina, que no puede producir de la noche a la mañana dirigentes con una vocación descentrada del poder. Castro fue un producto del mundo en que vivió. Cambio muchas cosas, pero su visión individual del poder no la cambió.

La Revolución fue brutal nada más triunfar, con los fusilamientos de los antiguos colaboradores de Batista. No es la única que vez, no obstante, que ha ocurrido en la historia, sin que los protagonistas o los movimientos hayan sido calificados de tiránicos. Castro, como he mencionado antes, era un gran admirador de Abraham Lincoln y hay que recordar que Lincoln tuvo que suspender algunas libertades y suprimir el habeas corpus, incluso practicó fusilamientos sumarios de conspiradores sudistas que actuaban como terroristas en el territorio de la Unión. Y nadie, salvo que sea un libertariano alocado o un fascista, dice que Lincoln fuera un “tirano” por ello. Hay ocasiones en que debes ser duro con totalitarios que buscan destruir las libertades que con tanto sufrimiento te ha costado conquistar. Si la cuestión es porqué todavía hay presos por motivos ideológicos en Cuba, pues sí, ahora eso no tiene justificación ninguna. Pero el contexto en los 50 y 60, con una CIA cometiendo asesinatos de opositores políticos y financiando golpes de Estado por toda Latinoamérica, colaborando con las operaciones cóndor y creando la Escuela de las Américas, era otro. Entonces era una lucha a vida o muerte. No es sólo el caso de Lincoln. El mismo Oliver Cromwell en Inglaterra tuvo que ser duro con los opositores absolutistas y católicos, como ocurrió en otros países donde se instauró el protestantismo. En muchos países, en épocas pasadas han expulsado a los jesuitas. En condiciones normales, eso iría contra la libertad religiosa, pero hay que conocer la historia negra de los jesuitas para entender eso. Sankara lo fue también nada más llegar al poder en Burkina Faso, etc. En Francia también. Robespierre era radicalmente contrario a la pena de muerte, e incluso se sabe que los guillotinamientos y la suspensión de algunas libertades le causaban un gran conflicto moral con sus convicciones democráticas, pero se tragó sus sentimientos. Churchill y Roosevelt convirtieron al Reino Unido y a EEUU durante la II Guerra Mundial en estados que “de facto” eran de partido único, aunque sólo fuera por un tiempo. En EEUU tener orígenes italianos, japoneses o alemanes te podía colocar en el punto de mira del gobierno federal. Hay épocas que son muy complicadas y en que tienes que tomar decisiones muy duras para tus propias convicciones cuando hay alguien que trata de utilizar la libertad como un chollo para acabar con la tuya.

También podemos admitir que sus mayores enemigos morales e ideológicos no son mejores de lo que fue Castro en vida, ni tienen mucho más de lo que presumir. Vivimos en un mundo en que la democracia es socavada por las élites neolibegales que justifican atrocidades como apoyar a la petromonarquía teocrática saudí mientras asesina impunemente en Yemen, por no hablar del apoyo a guerras, golpes de estado y asesinatos patrocinados por nuestros gobiernos (los mismos que aquí se dedican a corroer cada vez más la democracia), así como políticas que condenan a la miseria a millones de personas. Aún así, vemos ejemplos de hipocresía como lo ocurrido estos días en el Reino Unido: condenar la declaración de Jeremy Corbyn sobre Castro cuando el gobierno británico puso las banderas a media asta para llorar la muerte de su aliado teócrata saudí. Los mismos que exigen condenas retóricas al régimen cubano no suelen tener problemas en hacer negocios con otras tiranías atroces como China. Los partidos políticos son cada vez más meras franquicias del mismo sistema, vendido a entidades supranacionales y antidemocráticas como la UE o mundialistas, como el FMI o el Banco Mundial, que no son más que simples garantes de los intereses de las élites neofinancieras.

Los neolibegales tratan de convencernos de que algunas libertades políticas formales son suficientes, o con ir a votar cada cuatro años, sólo con eso tenemos una verdadera libertad. Pero no es sólo eso. La libertad humana está limitada por muchas cosas, incluso por el sistema económico bajo el cual vivimos. Está limitada por la opresión económica. Si no puedes darte el lujo de comer suficiente comida, no es libre. Si estás mal alojado, no eres libre. Si vives bajo el capricho de un empleador despótico, no eres libre. Si pasas la mayor parte de tu vida preocupándote por cómo te vas a permitir vivir cómodamente, no eres libre. El régimen castrista, con muchas limitaciones, dificultades materiales y también errores, ha tratado de paliar un poco eso. También ha tratado de levantar la dignidad de los cubanos como país, defender su soberanía nacional e inspirarles patriotismo. Pero nunca ha ofrecido una verdadera libertad política, ha incumplido esa promesa. Cuando se sufren privaciones materiales no hay verdadera libertad, pero sin libertades políticas, tampoco. Se puede analizar objetivamente y comprender el fenómeno de la Revolución Cubana en su época y su contexto geopolítico, pero, obviamente, no es el modelo alternativo al neolibegalismo vigente y al sistema cada vez más pseudodemocrático en que vivimos en Occidente, por más que tenga su aquel de romanticismo y mito todavía para mucha gente. Ya quisieran los neolibegales decir “esto es o nosotros, o, si no, la Cuba de los Castro” (bueno… en realidad, lo insinúan mucho).

Desde el año 2006, Castro tuvo relativamente pocas apariciones públicas. Su muerte será lamentada sobre todo en el Tercer Mundo, puesto que Cuba representó durante mucho tiempo para ellos una posibilidad de liberación de la opresión imperialista y neocolonialista. Su propia supervivencia, pese a las dificultades, inspiró esperanza. Y sin embargo, el estado que Castro construyó es un recordatorio de que no puede haber liberación que valga su nombre sin una democracia profunda y radical.

Posteado por: Javier | noviembre 23, 2016

Españoles, Rita Barberá… ha muerto

Sorpresa la que me he llevado esta mañana al enterarme de que Rita Barberá, la ex-alcaldesa pepera de Valencia y actualmente senadora, ha muerto de un infarto. La muerte es algo cotidiano y con lo que tenemos que convivir día a día, pero, como es natural, nos llama más la atención cuando es alguien famoso.

Los hechos en vida de Barberá son tan celebres ya que no me voy a parar a enumerarlos porque sería reiterativo y muy pesado. Son de sobra conocidos. Celebrar o jalear la muerte de esta persona sería algo enfermizo, pero tampoco me afecta (apenados, en todo caso, sus familiares directos y amigos íntimos, eso sí es comprensible), quiero decir, me da igual. Ni la conocía, ni era familiar ni amiga “del alma”. Como dice la Biblia en Santiago 4:14, no sabemos lo que será mañana y nuestra vida no es más que neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. Esta mañana la neblina que era la vida de Barberá, como la de todos los hombres y mujeres, se desvaneció. La vida debe continuar en esta tierra.

No obstante, que haya muerto esta señora no es motivo para que se dejen de recordar sus tropelías, como tanto gusta al santurronerío patrio, puesto que, en efecto, correr un “velo de santidad” sobre quien acaba de fallecer es uno de los deportes nacionales favoritos: aunque un sujeto fuera alguien no precisamente ejemplar, la muerte “límpia” el pecado y ya no se puede hablar mal de él, con la excusa de que ya no puede defenderse, el pobre… Alegrarme por supuesto que no (eso si ejecutan a un asesino o si unos terroristas zoquetes se matan con su propia bomba), pero lo de fingir pena por alguien que no conoces, o dejar de hablar sobre algo malo que haya hecho el susodicho mientras estaba en vida por “respeto”, es verdaderamente hipócrita. En España la superstición llega a tales extremos que hay una ley no-escrita que dice que “hay que respetar a los muertos”. Pero yo, que soy cristiano protestante, paso de esta moralina papal tan arraigada en la psique de la mayoría de los pobladores de la piel de toro (siglos de mamar catolicismo romano tienen lo que tienen, aun cuando actualmente muchísimos de ellos sean ateos), y en cuestiones morales personales me rijo por otra ley moral, la ley de la Biblia, y en la Biblia no hay ningún requisito de respetar a los muertos si estos eran indeseables. Punto pelota.

Lo que no quita que no ha podido ser más rastrera la actitud de sus propios compañeros del Partido Imputado (o “investigado”, desde la última reforma de la letra de la Ley de Enjuiciamiento Criminal) con la Barberá en los últimos meses, haciendo la pantomima de ni saludarla en los pasillos del Congreso, como si no la conocieran, como si la cosa no fuera con ellos y como si ella fuera la única manchada. No es que sea cuestión de defender a Barberá, pero lo cierto es que tiene toda la pinta de haber sido una especie de “cabeza de turco” para el PP. Llevaban meses defenestrándola, aún cuando ni siquiera había aún una sentencia judicial firme, y hasta parece que el abandono y el rechazo de sus propios compañeros pudo influir algo en la profunda depresión y el estado de ansiedad que parece es el que le llevó al fatídico desenlace del infarto. Lo que pretenden ahora en el PP es culpabilizar, aunque sea de forma indirecta, a los medios de comunicación y a la opinión pública de haber creado una situación de estrés, agobio y presión insoportable para Rita, que la habría llevado irremisiblemente a la muerte, pretendiendo, solapadamente, insinuar que en el futuro no se vuelva a hablar contundentemente de sus casos de corrupción aún abiertos. Lo de que la presión mediática y popular ha provocado esto no puede ser más ridículo, como si acaso Rita no hubiera sido una política con décadas ya de ejercicio y no estuviera acostumbrada a esas cosas, como se le supone a cualquier político que no sea precisamente un novato. Lo que sí afecta profundamente y es durísimo para cualquier persona es que tu propia gente, por su propio interés, haga un juicio paralelo, te sentencie y te cuelgue poco menos que el cartel de “apestado”, después, seguramente, incluso de haberse aprovechado más de uno de tus dádivas y favores.

Después de meses haciendo como si esta señora no existiera o no tuviera nada que ver con ellos, antes siquiera de que un tribunal la haya condenado, no les fuera a salpicar, ahora andan culpando a todo el mundo a diestro y siniestro, como si la cosa no fuera con ellos y como si lo “indecente” fuera hablar de la corrupción en que están enfangados. Pero, en fin, es lo que hay con estas élites políticas tan repugnantes que tenemos en España.

PD: acabo de enterarme de que el alcalde de Valencia, Joan Ribó (de Compromís), ha dicho que “Barberá es parte indiscutible de la historia de Valencia” y decreta nada menos que TRES DÍAS DE LUTO por su muerte. Como dijo Unamuno, en España hasta los ateos son más papistas que el Papa. Tan patéticos son unos como otros, sean del partido y de la región que sean.

Los de Podemos se han ausentado del minuto de silencio en el Congreso por la muerte de Barberá y les han formado una buena. Lo curioso es que no han hecho lo mismo en el Senado, ahí sí se han quedado en sus sitios durante el minuto de silencio. Al margen de la conveniencia o no de dedicar un minuto de silencio a Rita Barberá en el Congreso, esto no es incoherencia ninguna. Lo han hecho en el Congreso (lo de retirarse del minuto de silencio por Barberá) pero no en el Senado porque en esta última cámara la cosa no da tanta publicidad, efectismo ni protagonismo como en la primera. Los podemitas siempre tienen que dar la nota, no pueden vivir sin ello, y al final lo que terminan haciendo es el ridículo. Podemos no es más que escenificación, show y postureo cutre para enardecer a la legión de seguidores que tienen en las redes sociales y foros de Internet.

Posteado por: Javier | noviembre 19, 2016

Trump gana y la pseudo-izquierda se muere de pánico

Estimados lectores, me place compartir hoy este excelente artículo publicado por el compañero Alfredo en Liberalismo Democrático sobre el triunfo de Trump y las reacciones de la izquierda progre, pija, infantil e inmadura. Desde hace una semana normalmente lo que venimos viendo es una ristra de artículos sobre Trump de parte de la izquierda inmadura, incapaz de analizar las cosas, llenos de petulancia pomposa en su visión de los “estúpidos, racistas y misóginos” que han votado a Trump, o limitándose al pesimismo posmodernista de lamentarse de tener que vivir en el valle de lágrimas que es un mundo con un presidente como Trump y con esos “idiotas” que le han llevado al poder, así que es muy bueno encontrarse con escritos que destapen a estos pijos y perroflautas de la “progresía” asquerosa como lo que son: enemigos del verdadero progresismo y liberalismo. En cuanto a Trump, de aquí a muy poco va a empezar a incumplir las promesas que ha hecho que parte de los trabajadores de las zonas más deprimidas de USA le hayan votado, finalmente seguirá punto por punto las consignas del consenso neolibegal. O sea, que va a ser como Hillary pero sin careta “progre”, todo mucho más descarnado, y hay una posibilidad de que cada vez más gente vea que esta alt-right o “derecha alternativa”, como se la ha venido en llamar, tanto en USA como en Europa, pese a que aparentemente critique los efectos del neolibegalismo, no es más que el último refugio que ha buscado este sistema para sobrevivir tras su colapso de 2008.

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Yo ya hace tiempo me había dado cuenta hasta qué punto tan mal hemos llegado en la sociedad actual en no pocos países “occidentales” – estamos literalmente ahogados en una marea de llorones, cobardes, blanditos y acomplejados como nunca se había visto en la historia de la humanidad.

Poco después de la victoria de Trump en las elecciones, la reacción inmediata de no pocos “famosillos” fue desahogarse en Twitter, lloriqueando, como si al currela/obrero común se pusiera a leer Twitter en vez de preocuparse de pagar sus deudas (cada vez más insostenibles) gracias a la complicidad de la “izquierda” con el neolibegalismo imperante.

He leído mensajes tales como “ayy ayy no pude parar de llorar” y “he vomitado”. Ohh, pobrecitos. Qué lástima que el vómito no produzca su muerte prematura, pues no perderíamos absolutamente nada de valor. Yo siempre lo he dicho: muchas personas no son más que una pila de mierda con ojos.

Luego he visto otros posts patéticos con títulos tales como “Cómo decirle a un niño que Trump ha ganado”. Aunque nos cueste creerlo, millones de padres han buscado eso en google.

Es irónico, cuando no indignante, que un americano que cobre 20 mil dólares anuales sea víctima de las burlas de multimillonarios que odian a Trump – y luego se extrañan que pierdan tantos votos entre la clase obrera de raza blanca.

Estamos hablando, cómo no, de la asquerosa pseudo-progresía, no de la izquierda liberal fundamental que yo defiendo. Estamos hablando de piji-progres aburguesados (como los que abundan en Podemos y PSOE) que estarían dispuestos a apuñalarse por la espalda para meter a sus hijos en colegios privados donde, por supuesto, no hay inmigrantes y cuestan un pastón al año. Pero ellos piensan que son “menos racistas” que los demás porque, bueno, les gusta la charla con Panchita la ecuatoriana que les viene a lavar la ropa y limpiar los fines de semana.

Tenemos una “izquierda” modeLna con chicas adineradas mitad negra o mitad (insertar raza de moda, mientras no sea blanca) que se burla de mineros parados y les denuncia por “ser privilegiados”—chicas mulatas que jamás hubiesen sido admitidas en Yale o Harvard de no ser por su raza de moda…y que luego terminarán su carrera para cobrar casi medio millón de dólares siendo la “coordinadora de la diversidad” en alguna empresa fashion o universidad que hoy por hoy no produce nada de valor añadido.

Parece que ahora para opinar tenemos que ver qué está de moda y permitir que “los famosos”, los de la farándula y los comediantes sean nuestros agentes de compra personal.

Y bueno, con opiniones tales como “estoy temblando” o “no puedo creer que este sea mi país”, apañados vamos.

Por eso estos trozos de gelatina están reventando coches, apaleando a los que apoyan a Trump y haciendo llamamientos para asesinarle y violar a su mujer (los mismos que le tachaban de machista). Lo único que va a provocar las manifestaciones violentas es que los blancos digan “teníamos razón, menos mal que votamos a Trump”.

Los demócratas optaron en los años 80 por expulsar a la gente normal obrera y blanca de su partido. Como se dieron cuenta que América no es suficiente para votarles, tuvieron que importar inmigrantes del Tercer Mundo para tener más votos. Estaban a punto de convertir a todo EEUU en California por la inmigración masiva y así pensaron que jamás tendrian que volverse a preocupar de esos mugrientos blancos de clase obrera protestante que molestan tanto y exigen que se respeten sus libertades.

El año pasado, nada más y nada menos que Bernie Sanders dijo que la inmigración ha sido un DESASTRE para la clase obrera, deprimiendo sus salarios. Dijo que, con razón, las fronteras abiertas eran una idea de los hermanos Koch…los amiguetes que ayudan a financiar el Instituto Juan de Mariana en Madrid, entre otras organizaciones que rozan la criminalidad.

En representación de lo pijo-progre-fashion, no pocos varones con bajos niveles de testosterona se ponen histéricos con las declaraciones de incluso la izquierda de toda la vida. Algunos se nos ponen chulos hablándonos de los “beneficios” de la inmigración — sí, sí, ya – ya sé que os mola tener jardineros baratos, limpieza y cuidado de tus niños malcriados a precio de tirado.

Pues que tiemblen y lloren. Ha llegado una época de ira popular como no se había visto en mucho mucho tiempo. Espero que si algo bueno sale de todo esto, es que desaparezcan esos niñatos llorones y tengamos gente revolucionaria en ambos lados del muro ideológico. Quiero ver una gran recuperación de las ideologías como antes.

Pues, contra todo pronóstico, vamos a tener Donald Trump para aburrirnos durante los próximos cuatro años. Como a este lado del Atlántico hay tanto aficionado a la “americanología” inmediatamente han empezado reacciones alarmistas, como si esto fuera el derrumbamiento de los pilares del globo, y acusaciones de “intolerancia”, “incultura”, “racismo”, “machismo”, etc., para intentar explicar cómo es que un gilipollas integral de la calaña de Trump ha llegado a presidente del país más poderoso del mundo. Lo que hayan dicho los políticos o medios de comunicación españoles es tan bobo que no voy a perder ni un minuto en comentarlo.

A Trump no le ha bastado con freír uno a uno a los que fueron sus rivales (apoyados todos por el aparato del partido) en la carrera por la nominación del Partido Republicano, también se ha cargado a la candidata del establishment financiero y mediático de Wall Street, Hillary Clinton, que, hasta la irrupción del magnate neoyorkino, de quienes había estado más cerca siempre era, precisamente, de los republicanos. Eso no se explica sólo con que una masa de “incultos”, “racistas” y “machistas” hayan ido a votarle. Trump ha sabido leer muy bien en qué época estamos desde que estalló la crisis financiera de 2008 y aprovecharlo a su favor. Los ciudadanos están profundamente desencantados y la propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad para muchos. En Europa se han producido sacudidas como el Brexit, en medio de una gravísima crisis de los partidos tradicionales, a los que les comen el terreno partidos de la llamada “derecha alternativa” (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o partidos antiausteridad y anticorrupción (el caso de Italia, Portugal o España). El viejo edificio político se está derrumbando como un castillo de naipes y los políticos y medios de comunicación tradicionales no son capaces de ver que fenómenos como el de Trump sólo son síntomas, no la enfermedad. No se puede negar que el estilo de Trump en muchas ocasiones es zafio, y en otras populachero, maniqueo y reduccionista, pero es alguien que ha sabido interpretar mejor que nadie la fractura cada vez más amplia entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y las bases del electorado, por la otra.

Frente a la imagen caricaturesca que presentan la mayoría de medios sobre lo que ha ocurrido en EEUU, hay que ir a los puntos concretos que defiende Trump en su programa para saber porqué tantos norteamericanos le han votado. Esto no quiere decir que lo vaya a cumplir todo. Trump será el candidato “anti-establishment”, pero gran parte de su propio partido, que domina el Congreso, sí es “pro-establishment”, aparte de que los congresistas realmente con quienes se comprometen es con sus electores directos, y no tanto con el gobierno federal, y en el sistema político de EEUU existen numerosos contrapesos entre un organismo y otro. Muchas de sus medidas Trump va a tener que negociarlas muy duramente con los propios representantes republicanos en el Congreso. Pero lo que viene a continuación es, concretamente, aquello por lo que ha sido votado masivamente, que nada tiene que ver con el sainete que la pésima prensa generalista, que ha hecho toda una campaña gratuita y fallida para tratar de encumbrar a Hillary, dice.

En primer lugar, Trump no ha tenido pelos en la lengua con el poder mediático, al que ha atacado frontalmente y sin piedad. En sus mítines animaba al público a abuchear a los medios, en ocasiones ha afirmado que él no competía contra Hillary Clinton, sino contra los “medios de comunicación corruptos” e incluso retiró las credenciales de prensa para cubrir sus actos de campaña a varios medios importantes como The Washington Post, Politico, Huffington Post o BuzzFeed. Pero no sólo ha tenido problemas con los medios que se podrían calificar como “progres”, ni la mismísima Fox News, el canal derechista de referencia en EEUU, se ha librado de sus ataques.

Otro de sus ataques habituales es a la globalización, a la que señala como la culpable de la depauperización de las clases medias y trabajadoras americanas, lo que le lleva a ser un defensor del proteccionismo a ultranza. Trump quiere aumentar los aranceles sobre todos los productos importados y de sacar a EEUU del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) y del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), a los que culpa de las deslocalizaciones y el cierre de fábricas manufactureras, generando un terrible desempleo y pobreza. Es de los pocos políticos de cierto renombre que fuera del Reino Unido han apoyado el Brexit.

Trump se ha presentado con una política social muy distinta a la del resto del Partido Republicano, prometiendo no tocar los programas de sanidad pública Medicare y Medicaid, así como la Social Security, bajar el precio de los medicamentos, ayudar a resolver los problemas de los “sin techo”, reformar la fiscalidad de los pequeños contribuyentes y suprimir el impuesto federal que afecta a 73 millones de hogares modestos.

Algunas de las medidas que ha anunciado y que afectarían a los intereses de varios grupos de poder le han granjeado numerosas enemistades. Por ejemplo, Wall Street: Trump propone aumentar los impuestos de los corredores de hedge funds que ganan fortunas, y apoya el restablecimiento de la Ley Glass-Steagall. Esta ley fue aprobada en 1933 por el gran FD Roosevelt, como resultado de la Gran Depresión que empezó cuatro años antes, con el objetivo de separar la banca tradicional de la banca de inversiones con el fin de evitar que la primera pudiera hacer inversiones de alto riesgo. Precisamente, en uno de los últimos pasos para completar la revolución neoliberal de los 80, esta ley fue derogada en 1999, bajo el mandato de Bill Clinton. La derogación de esta ley y los desmanes financieros que vinieron después fue una de las semillas que produjeron la actual crisis económica. Ni que decir tiene que el sector financiero está con los pelos de punta con esto (por algo apoyaban a Clinton).

Trump también ha llegado a criticar al complejo militar-industrial (el lobby que ha provocado que EEUU se haya embarcado en algunas de las operaciones bélicas más absurdas de su historia con tal de dar salida a su producción), describiendo cómo el Gobierno está obligado a comprar aviones pésimos pero muy caros gracias a la influencia que ejercen los grupos de presión de la industria.

En el plano internacional, Trump aboga por normalizar la relación con Rusia y forjar una alianza para acabar con el Estado Islámico. Por otra parte, piensa que EEUU ya no puede embarcarse en más aventuras bélicas sin sentido, así como modificar las relaciones con el resto de aliados de la OTAN. Cree que, fundamentalmente los europeos, no quieren gastar casi nada en su defensa, mientras lo que buscan continuamente es el paraguas protector americano. En una conferencia de política exterior en Chicago hace unos meses hizo la siguiente declaración: “romperemos con la política exterior que ha conducido a nuestro país a guerras absurdas, que ha derrocado gobiernos soberanos y seguros, y los ha sustituido por una amalgama de facciones fanáticas que han sido el caldo de cultivo del terrorismo, dejaremos atrás el apoyo y el suministro de armas a grupos radicales y nos retiraremos del infame apoyo militar a Arabia Saudí en su intervención en Yemen. Con ello, conseguiremos un EEUU más seguro y coherente con nuestra tradición democrática“.

Esto es lo esencial por lo que Trump ha llegado a la presidencia de EEUU. Esto NO quiere decir necesariamente que lo vaya a cumplir, que pueda o quiera enfrentarse a los intereses que se le opondrían o que en el pasado (y, a veces, hasta en la actualidad) él no haya participado de muchas de las cosas que ahora critica con tanta saña. Luego está, claro, toda la farfolla de lenguaje agresivo, faltón, y promesas simplistas y demagogicas, que en más de una ocasión ha utilizado y a lo que los medios oficialistas dan muchísimo bombo y platillo para generar la idea de que hay que ser idiota o ignorante para votar a un tipo que gasta esas formas. Pero, aún así, esto le ha beneficiado, pues no hay pocos que piensan que EEUU es presa de lo “políticamente correcto”, que ya prácticamente ni se puede hablar, y, en ese sentido, Trump es como un desahogo. Lo que ha venido es a decir lo que muchos millones de trabajadores americanos de cuello azul querían oír desde hace tiempo. Si ha sido él es porque nadie más lo ha dicho, la única alternativa que ha tenido es el clintonianismo pro-establishment, o, aparte, la izquierda inmadura que sólo es capaz de generar mensajes buenistas e infantiles en temas como la inmigración.

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Sobre la cuestión de los trabajadores americanos y Trump recomiendo estos dos artículos. Están publicados en eldiario.es, uno de los digitales de la izquierda infantil e inmadura pero que, en este caso, ha publicado recientemente dos magníficos artículos que se salen de la tónica general al abordar este asunto (por supuesto, los autores no son españoles).

Ambos desmienten algunos mitos que la izquierda neoprogre y pro-establishment (la “clintonita”, para entendernos) ha difundido sobre los trabajadores blancos norteamericanos, en el sentido de pintarlos como una especie de paletos racistas y xenófobos que van a apoyar por eso a Trump. Cosa que no es cierto y es una simplificación estúpida. Muchísimos de ellos son progresistas, en el buen sentido del término, y, al principio, a quien apoyaban era a Bernie Sanders. A muchos ni se les pasa por la cabeza apoyar a Trump, pero tampoco lo han hecho con Clinton, y, claro, esto último los ha convertido poco menos que en anatema para los neoprogres de salón (en los últimos días hasta he leído artículos dando a entender que si no apoyas a Clinton es porque eres “machista”). Estos neoprogres son cómplices de los neoliberales, presentando a los trabajadores blancos como si acaso fueran un grupo monolítico y pretendiendo inculcar el mensaje nocivo de que son unos “idiotas peligrosos”.

Posteado por: Javier | noviembre 4, 2016

¿A quién votarías en Estados Unidos?

Aquí os dejo una encuesta, para distraernos un poco y para ver a quién preferirían mis lectores… si fueran norteamericanos (también he añadido la opción de a ninguno). A mí personalmente, ambos me parecen, por motivos distintos cada uno, los dos peores candidatos que se hayan presentado a competir en unas elecciones en EEUU, desde luego, que yo sepa desde que tengo uso de razón, aunque Clinton me parezca aún peor que Trump. De todas formas, siéntase cada cual libre de votar a uno u otro en la encuesta, si alguno de los dos es de su agrado, o incluso le gusta mucho, a ninguno o a quien le de la real gana.

trump-clinton

El sistema electoral para las presidenciales en EEUU no es demasiado complicado. El Presidente no se elige por el resultado en voto popular. Los candidatos compiten en casi todos los estados (menos en Maine y Nebraska) por quedarse con todos los votos electorales allí (los conocidos como “votos del Colegio Electoral”). Por ejemplo, si Clinton gana en California, pues todos los votos electorales de California directos a su buchaca (que, por otro lado, es lo más probable que ocurra en ese estado). Si Trump hace lo propio en Texas (algo asegurado casi al 100%), se queda con todos los votos electorales de Texas. Cada estado tiene un número de votos electorales equivalente a su representación en el Congreso. Por ejemplo, California tiene 2 Senadores en el Senado, como todos los estados, y 53 Representantes en la Cámara de Representantes. Por tanto, tiene 55 votos electorales para el Presidente dentro del Colegio Electoral. La suma de los votos electorales de todos los estados es 538. Para ganar la elección un candidato tiene que igualar o superar los 270 votos. Puede darse el caso de que un candidato gane en voto popular pero pierda en votos del colegio electoral y no sea elegido presidente. Si hay empate a 270 votos electorales, el presidente será elegido por el Congreso con un voto por cada estado. Con lo que el elegido sería Trump, puesto que los republicanos dominan más estados, aunque sean más pequeños.

Evidentemente, habrá siempre estados claramente azules (demócratas) y rojos (republicanos). Ahí se da el caso de que, recíprocamente, unos y otros no gastan demasiadas fuerzas ni dinero pues casi todo el pescado está vendido. Es decir, por ejemplo, los republicanos en las presidenciales no hacen demasiada campaña ni en Texas ni en California pues en el primero tienen casi asegurados los votos del Colegio Electoral mientras que en el segundo es casi imposible que los consigan (una excepción fue Ronald Reagan en 1984, quien ganó en todos los estados menos en Minnesota, obteniendo 525 votos electorales por los únicamente 13 de Walter Mondale). Todos sus esfuerzos los concentrarán en los estados indecisos y dentro de estos hay dos clave, que son Florida y Ohio. Si Trump no gana estos dos estados, puede despedirse de sus posibilidades. Hasta que llegó el nuevo destape por el FBI del asunto de los correos electrónicos de Hillary Clinton, ella parecía la ganadora segura, pero ahora está todo mucho más en el alero.

Para quien no esté muy enterado del tema, la historia esta de los correos destapados por el FBI consiste en que Hillary Clinton, mientras era secretaria de Estado, utilizó su cuenta personal de correo electrónico y no la oficial, en teoría mejor protegida. Si en ese “descuido”, como ella lo ha calificado, se han enviado secretos de Estado que podrían poner en peligro la seguridad nacional, habría cometido un delito federal que la inhabilitaría para ser presidenta. Y no hay duda de que si los republicanos siguen controlando la Cámara de Representantes después del martes, aunque Clinton sea elegida presidenta lo va a tener muy crudo con este tema, puesto que, dependiendo de la gravedad de lo que salga a la luz, podrían hasta llegar a plantear su destitución. No se sabe si se enviaron documentos secretos por ese canal porque Hillary borró miles de esos correos. Wikileaks los ha estado filtrando durante las últimas semanas de campaña. Los demócratas acusan de estar detrás a hackers rusos al servicio de Putin para tratar de beneficiar a Trump y al director del FBI, James Comey, poco menos que de una manipulación electoral.

Para Trump esto ha sido un balón de oxígeno, después de que la salida a la luz de una grabación del año 2005 en las que se vanagloriaba de sus artes en el acoso sexual le hubiera dejado prácticamente desahuciado (bochornosa la campaña pro-Hillary de la mayoría de medios de comunicación, cuando a la muy hipócrita no le importó que el salido de su marido convirtiera el Despacho Oval en un puticlub, e incluso llegó a amenazar a las mujeres víctimas de los abusos de Bill que sacaran esto a la luz pública). Donald Trump sería algo así como un bufón consumado. No son pocos los que han apuntado que el “imperio Trump” tiene toda la pinta de ser una burbuja sostenida en la deuda (Trump decía tener 3000 millones de dólares en 1990, cuando la realidad es que estaba en números rojos), por eso es tan aficionado al lujo hortera, no hay más que ver su apartamento de tres plantas en la Trump Tower, el tipo necesita mantener como sea la imagen de “triunfador” que ha vendido, cuando lo cierto es que parece que nunca ha sido capaz de aumentar el patrimonio familiar que heredó, sólo llevarlo a la quiebra varias veces o, como mucho, mantenerlo. En eso sí es cierto que tuvo bastante razón Michael Bloomberg en sus críticas a Trump el pasado verano: “A lo largo de su carrera, Trump ha dejado atrás un historial bien documentado de bancarrotas, miles de pleitos, accionistas enfadados, proveedores que se sienten estafados y clientes desilusionados que se sienten robados. Dice que quiere gobernar este país como sus negocios. Dios nos ayude […] La mayoría de quienes tenemos nuestros nombres en la puerta sabemos que solo somos tan buenos como lo es nuestra palabra, pero no Donald Trump […] Soy neoyorquino, y los neoyorquinos reconocen a un timador cuando lo ven”. Es un putero profesional, un charlatán y el payaso más rico del mundo. Trump dice que castigará a los empresarios que se muden a México o a China, pero la ropa que él mismo vende viene de esos mismos países y hasta de algunos como Bangladesh, donde se producen en factorías con trabajadores prácticamente esclavos. Trump dice que quiere generar empleo para los americanos, pero se aprovecha del sistema de visados en EEUU para poder contratar a trabajadores temporales extranjeros a sueldos tercermundistas. La propia Trump Tower se construyó empleando a sin papeles que dormían en las obras y cobraban en negro cinco dólares la hora. Lo siento por quien se crea una sóla palabra de un sujeto que tiene una relación tan conflictiva con la verdad como Trump, pero eres un IMBÉCIL si estás entre esos.

Digamos que no apoyo a ninguno de los dos pero no quiero que gane la corrupta e hipócrita de Hillary. Entiéndalo e interprételo cada cual como quiera.

Posteado por: Javier | octubre 31, 2016

Hoy, DÍA DE LA REFORMA, no de Halloween

No voy a seguir insistiendo más en lo que he dicho tantas veces, yo hoy no celebro nada de eso del Halloween, ese festival introducido por emigrantes irlandeses en EEUU a finales del siglo XIX, y que antes era totalmente extraño a la gran república anglo-protestante, una especie de adaptación sincrética de los macabros rituales paganos de los druidas celtas al catolicismo que estos irlandeses traían bajo el brazo al arribar a las costas norteamericanas, convertido ahora, por distintos intereses comercialoides, en una celebración de lo más hortera. Aunque aquí en España todo el mundo se toma estas cosas a pitorreo (el españolito medio es que no da para más), en EEUU muchos aprovechan esta noche para cometer actos oscuros y de maldad.

Lo que sí es de celebrar es el aniversario de la GRAN REFORMA PROTESTANTE. Hoy hace 499 años desde que Martín Lutero clavó sus famosas 95 tesis en la Iglesia del Palacio de Wittenberg. En aquel palacio se guardaba una de las colecciones individuales de reliquias supersticiosas católicas más grandes de Europa, acumuladas por Federico III de Sajonia. Hacia 1509, Federico llegó a poseer alrededor de 5.005 piezas, incluyendo varios frascos con supuesta la leche de la Virgen María, la supuesta paja del pesebre donde nació Jesús, y el supuesto cadáver entero de uno de los inocentes masacrados por orden de Herodes el Grande. Estas reliquias eran mantenidas en relicarios (recipientes artísticos, labrados, sobre todo, en plata dorada) y exhibidos una vez al año para que los fieles las contemplasen y venerasen y así “ganar el perdón de los pecados”. En 1509, cada devoto visitante que hizo alguna donación para el mantenimiento de la Iglesia del Palacio recibió una indulgencia de cien días por cada reliquia. Antes de 1520, la colección de reliquias había aumentado hasta las 19.013 piezas, lo que permitía a los devotos peregrinos que donaran a la Iglesia del Palacio recibir una indulgencia que, según la creencia, reduciría su tiempo en el purgatorio hasta un millón novecientos mil días.

El acto de Lutero de clavar sus 95 tesis, sin embargo, no iba dirigido inicialmente contra esta colección, sino en respuesta a la venta de indulgencias por parte de Johann Tetzel, un dominico comisionado para ello por el Arzobispo de Mainz y por el Papa León X y más que un acto de rebeldía era una invitación al debate en el seno de la Iglesia. El propósito de Tetzel con la venta de indulgencias era desarrollar una campaña de recolección de fondos para financiar la renovación de la Basílica de San Pedro en Roma, y aunque el príncipe de Sajonia, y el príncipe del territorio vecino, Jorge el Barbado, duque de Sajonia, prohibieron la venta en sus dominios, feligreses de Lutero viajaron para comprarlas. Cuando estos creyentes venían luego a confesión, presentaban las indulgencias plenarias que habían adquirido, demandando que ya no necesitaban arrepentirse de sus pecados, puesto que el documento prometía perdón para todos ellos y más.

La acción de Lutero, por otra parte, estaba llena de una gran ingenuidad. Su primera reacción fue pensar “¿Y el Papa sabe esto?”. Estaba convencido de que León X no tenía conocimiento del proceder de Tetzel y, es más, que, de saberlo, lo condenaría. Creía que aquello era únicamente una cuestión de corrupción en estratos intermedios de la jerarquía de la Iglesia. Para comprobar la inocencia de Lutero, quien aún se consideraba por aquellos tiempos un fiel hijo de la Iglesia Católica Romana, no hay más que leer sus propias palabras: “Hay que enseñar a los cristianos que si el Papa supiera las exacciones cometidas por los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de san Pedro se viera reducida a cenizas antes que levantarla con el pellejo, la carne y los huesos de sus ovejas. Hay que enseñar a los cristianos que el Papa, como es natural, estaría dispuesto, aunque para ello tuviera que vender la basílica de san Pedro, a dar de su propio dinero a aquellos a los que se lo sacan algunos predicadores de indulgencias”. Dos años antes, en 1515, había hecho el descubrimiento que le dio la paz espiritual que llevaba años buscando, la comprensión del versículo 17 del capítulo primero de la Carta del Apóstol Pablo a los Romanos: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”. El justo no lo es a través de las propias obras, sino que se es justo porque Dios imputa esa justicia mediante la fe en Jesucristo.

Sea como fuere, aunque Lutero no buscaba eso inicialmente, aquello fue el inicio de la Reforma. Lutero remitió sus tesis al Arzobispo de Mainz, al Papa y a algunas universidades. Pronto fueron impresas y, antes de 1518, ya habían sido extensamente leídas por toda Europa. León X, vacilante en un principio, condenó finalmente las tesis mediante la bula “Exsurge Domine”, exigiéndo a Lutero que se retractara, al menos de 41 de ellas, sin éxito alguno, pues este se negó publicamente a hacerlo en la Dieta de Worms, durante su comparecencia del 16 al 18 de abril de 1521: “A menos que no esté convencido mediante el testimonio de las Escrituras o por razones evidentes -ya que no confío en el Papa, ní en su Concilio, debido a que ellos han errado continuamente y se han contradecido- me mantengo firme en las Escrituras a las que he adoptado como mi guía. Mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios, y no puedo ni quiero revocar nada reconociendo que no es seguro o correcto actuar contra la conciencia. Que Dios me ayude. Amén”. Lutero rechazaba formalmente la interpretación de la Biblia bajo las directrices de la Iglesia, así como el carácter revelado de la Tradición.

El 25 de mayo de ese año se publicaba el Edicto de Worms, en el que se catalogaba a Lutero como delincuente, se prohibía la posesión y lectura de sus escritos y se autorizaba a cualquiera a matarlo. A fin de protegerlo, el príncipe Federico de Sajonia lo apresó en el camino de regreso y lo escondió en el Castillo de Wartburg, donde inició su traducción de la Biblia al alemán. El apoyo popular a Lutero hizo que el Edicto quedase virtualmente sin efecto. Se inició así un proceso que, desde el punto de vista católico está claro que fue un proceso que hizo perder a la Iglesia de Roma la mitad del continente europeo, pero que, sin embargo, fue el comienzo de un regreso al cristianismo bíblico y a una liberación espiritual que cambió muy beneficiosamente el mundo.

No hay ninguna duda de que el pensamiento liberal y la modernidad tuvieron en la reforma protestante uno de sus antecedentes. La ruptura de la unidad religiosa anterior, supeditada a una única instancia totalmente jerarquizada y siendo la única legitimada para la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras, pasando al libre examen de las mismas por parte de los fieles, que arrancó con Martín Lutero y continuó, muy especialmente, con Juan Calvino, llevó a una ola de pluralismo religioso y político que se expandió por el norte de Europa, las islas británicas y Norteamérica, tras la llegada de los puritanos a mediados del siglo XVII, nunca vista antes en el mundo occidental.

Seas o no creyente, es un día para celebrar el origen de gran parte de las libertades que se fueron conquistando en los siglos siguientes.

Posteado por: Javier | agosto 29, 2016

Sobre el dichoso “burkini”

El pasado viernes, el Consejo de Estado francés suspendió la prohibición del ayuntamiento de la localidad de Villeneuve-Loubet sobre el uso de la ya polémica prenda de baño que ha venido en llamarse comúnmente como “burkini”, destinada teóricamente a que las mujeres musulmanas que no quieran mostrar su cuerpo puedan darse un baño en las playas embutidas en este bañador integral. Es obvio que esta prohibición se produjo como una reacción a la amenaza yihadísta que sufre Francia y ya en los últimos meses en las playas de ciudades como Niza o Cannes habíamos visto imágenes de policías multando a mujeres y obligandolas a quitarse este tipo de trajes.

Como suele ocurrir cada vez que se monta una polémica sobre costumbres supuestamente musulmanas, particularmente las relacionadas con la indumentaria femenina, importadas al suelo europeo (supuestas puesto que no todas lo son estrictamente: unas son anteriores al Islam y otras se han conformado mediante numerosos sincretismos culturales), siempre se producen dos respuestas bien definidas. Una es la de la extrema derecha neocruzada, populista y xenófoba, con un discurso muy sencillo, nítido, contundente y que cala muy bien en un sector importante de la población: hay que prohibir todo esto, sin que les importe demasiado (o nada) la cuestión el machismo que haya tras ellas, y señalando al inmigrante musulmán como enemigo a batir y como causa de todos los males habidos y por haber, desde el paro hasta la delincuencia. Para ellos, digamos que esta cuestión es una forma de instigar el odio racista camuflándolo de preocupación por las clases populares de sus países. Luego está la de los neoliberales: libertad de movimiento de capitales y personas y defensa a ultranza de la libertad individual para que una mujer pueda decidir si llevar o no burkini, burka o niqab. No debe extrañarnos este relativismo puesto que lo que estos sinvergüenzas quieren es un mundo donde sus empresas amiguitas puedan importar cuando así lo deseen varios miles de trabajadores de países menos desarrollados que acepten trabajar por sueldos y bajo condiciones que nunca aceptarían los autóctonos, en el que los capitales se muevan libremente fuera de cualquier vigilancia y fiscalización “estatista” y en el que los dueños de esos capitales puedan cruzar tranquilamente de un país a otro operando como les dé la real gana, con lo que crear pequeños guetos de inmigrantes no es un problema serio para ellos.

Y, haciendo el caldo gordo a los neoliberales, tenemos a la actual izquierda neoprogre y postmodernista. Estos últimos, no podía ser menos, son mucho menos coherentes en su respuesta que los dos anteriores. Pretendiendo contrarrestar el racismo de los neocruzados, y, en parte, también por su idea postmodernista de que los musulmanes son uno de los colectivos “oprimidos” y necesitados de una “protección” superior a otros, caen en la ridiculez de terminar defendiendo costumbres retrogradas. Es decir, no defendiendo el que se puedan practicar las que sean compatibles con las leyes y el orden público, no, no, las propias costumbres en sí mismas. Por ejemplo, con tal de defender como algo “bueno” el que una mujer tenga que ir por narices, por prescripción de algún imán, casi completamente tapada por la calle, es una situación que llegan a compararla con los hábitos que llevan las monjas católicas. Yo no es que sea un simpatizante de la Iglesia Católica, ni muchísimo menos, pero, por favor, ¡un poquito de seriedad en los argumentos!

A ver, es cierto que ni los inmigrantes ni los musulmanes son enemigos en el sentido que los neocruzados quieren hacernos ver. Pero eso no quiere decir que la inmigración (y especialmente cierto tipo de inmigración) no haya generado algunos conflictos culturales en los países europeos, que requieren una respuesta alternativa a la de los neocruzados o la de los neoliberales. El problema de lo que están haciendo algunos ayuntamientos franceses con las prendas de baño “islámicas” no sólo es que sea una norma “ad hoc”, sino que se trata de una reacción visceral que nada aporta a la dignificación de las mujeres (si eso es lo que se pretende) y menos aún a luchar contra el terrorismo. El remedio se puede decir que es peor que la enfermedad en estos casos.

Primero de todo habría que distinguir qué es cada una de estas prendas y lo que representa en cada contexto, que es lo que se echa en falta, pues hay muchísima confusión. No es lo mismo un hiyab (que es el típico velo de identidad cultural islámica que cubre cabeza y pecho y que puede ser llevado por mujeres vestidas con falda corta o vaqueros ajustados, o vestidas con chilabas, túnicas o vestidos recatados, normalmente usado por decisión femenina en reivindicación de su cultura musulmana), que el burka (que es propio de Afganistán y que cubre el cuerpo entero y que se acompaña de guantes para las manos y que cubre los ojos con una rejilla), que el niqab (como el burka, solo que con una ranura sin rejilla), que el chador iraní (que cubre todo el cuerpo menos el rostro). El uso de estas prendas no es tanto una prescripción del Corán como sí interpretaciones interesadas de ciertos clérigos que han ido extendiéndose por el mundo islámico (de hecho, en los países musulmanes que han tenido sistemas más laicos las mujeres han tenido la posibilidad de no llevarlas), o a veces se ha debido a factores histórico-culturales. El burka y el niqab eran preislámicos, se usaban en Afganistán desde antes de la llegada del Islam, como protección corporal en el desierto y por los aristócratas que pensaban que las clases más pobres no tenían derecho a ver el cuerpo de sus mujeres, fundamentalmente por la étnia de los pastunes. Los talibanes, que son de étnia pastún, lo impusieron a todas las mujeres cuando tomaron el poder en Kabul en 1996, es decir, es una prenda que hasta entonces había sido extraña salvo para una pequeñísima minoría de musulmanes. Y de cuya existencia se puede decir que nosotros mismos empezamos a enterarnos tras el 11-S, cuando Afganistán pasó a la primera plana informativa con los bombardeos norteamericanos contra el régimen talibán.

Viene a cuento todo este relato porque, siendo cierto que hay que defender el derecho a que cada cual desarrolle libremente su propia personalidad (a través de la manera de vestir, entre otras cosas) tampoco hay que caer en el buenismo ingenuo. El hiyab en principio sí parece un elemento cultural o de identidad. El caso del burka o el niqab es muchísimo más dudoso, puesto que su uso generalizado no es algo que obedezca a un desarrollo cultural espontáneo, sino más bien a imposiciones de algunos grupos en sus países de origen. Es un problema todo esto mucho más complejo y profundo que el que unas cuantas mujeres usen “burkini” (que, más bien, debería llamarse en todo caso “chadorkini”) y con soluciones más lentas y progresivas que multar a las mujeres que lo lleven o que unos policías den el espectáculo televisivo de obligar a desvestirse a una mujer que no representa ningún peligro. Apartar a los musulmanes que viven en Europa de las actitudes más radicales que conducen a que haya muchos de ellos que obliguen a sus mujeres a llevar contra su voluntad ese tipo de prendas es un proceso más sutil, no se soluciona reprimiendo a las mismas mujeres a las que se dice estar protegiendo, lo cual es la solución facilona y populista.

Un buen primer paso sería cortar toda la infiltración de Arabia Saudí y otras petromonarquías corruptas del Golfo Pérsico, como es el caso de Qatar, uno de cuyos medios es la promoción exterior, entre las comunidades musulmanas de Europa, de costumbres supuestamente islámicas, pero que en realidad no son más que productos de los teólogos wahabitas más radicales. Nunca me cansaré de repetir que el problema fundamental con el Islam (que difícilmente se pueda decir que sea “el Islam”, sino que hay múltiples islames) es más concretamente con la secta wahabita, una rama herética muy extremista y violenta que toma los textos coránicos en su literalidad, sin admitir ninguna interpretación, y que considera infieles y apóstatas a todas las demás ramas del Islam, de ahí la cantidad de víctimas que provocan a diario en países musulmanes. Lo jodido es que su expansión se ha producido de la mano de la rica financiación petrolera saudita. Durante casi 1500 años, en el mundo musulmán se han desarrollado múltiples identidades dependientes sobre todo de la región y la época en que surgiesen, pero, en pleno siglo XXI, la saudita del wahabismo no sólo ha llegado a Europa sino también a los países que llevan siglos siendo musulmanes, prácticamente reemplazando en la conciencia pública cualquier otra forma de manifestación del Islam por esta ideología wahabita radical. Hasta el punto de que, cada vez más, Islam se identifica con wahabita. Pero muchas de sus doctrinas que ahora se presentan como “islámicas” en realidad fueron desconocidas para muchos musulmanes durante siglos, como el caso de la prohibición de las esculturas o las pinturas. Esa prohibición nunca formó parte del Islam (incluso se representaba a Mahoma), fue una innovación wahabita. La prueba es que en un país como Irán el patrimonio escultórico de los persas nunca ha estado en peligro.

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Sobre este tema del velo y demás prendas pretendidamente musulmanas, y la condescendencia de la izquierda buenista y postmodernista con la imposición de las mismas, no puede ser más interesante esta entrevista publicada en la revista Contexto y Acción:

“La izquierda postlaica tiene miedo de que la tachen de islamófoba”

Maryam Namazie entrevistó va para dos años a la feminista socialista y reconocida luchadora laicista argelina Marieme-Hélie Lucas, de quien publicamos [en www.sinpermiso.info] la semana pasada una enjundiosa denuncia del silencio negacionista de ciertas izquierdas postlaicas europeas ante los ataques machistas fundamentalistas registrados simultáneamente en la Nochevieja de 2015 en al menos 10 ciudades europeas –señaladamente en Colonia– de 5 países distintos.

Aprovechando el amplio eco que tuvo ese texto, reproducimos ahora una larga entrevista en profundidad concedida por Marieme-Hélie (en otoño de 2013) a la periodista Maryam Namazie sobre el significado profundo del laicismo republicano, sobre la estupefaciente degeneración de ciertas izquierdas postlaicas europeas y sobre la incapacidad de las mismas para enfrentarse políticamente a la extrema derecha fundamentalista musulmana en auge, y así, también, trágicamente, a la extrema derecha xenófoba tradicional. Tal vez valga la pena recordar el contexto en que se realizó la entrevista con Marieme-Hélie: no mucho después de que el pos-trotskismo francés presentara electoralmente a una candidata vistosamente ataviada con “velo islámico”, o cuando sus homólogos catalanes, rizando aún más si cabe el rizo, se declaraban ardientes seguidores postlaicos de una mediática monja posmoderna y antivacunas.

Maryam Namazie: Las limitaciones al uso del velo en las escuelas y la prohibición general del burka y del nikab se ven a menudo como medidas autoritarias. ¿Qué piensa usted al respecto?
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Marieme-Hélie Lucas: Resulta útil, por lo pronto, no mezclar las dos cosas: la de las niñas con velo en las escuelas y la de la prohibición de cubrirse el rostro. Las contestaré como dos cuestiones separadas.
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Cuando hablamos de velos en las escuelas, estamos hablando automáticamente de velos impuestos a niñas, no de velos de mujeres. La cuestión, entonces, es: ¿quién decide sobre esos velos, las mismas niñas o los adultos a cargo de ellas? ¿Y qué adultos? Yo sólo conozco un libro que trate este tema. Es un panfleto titulado ¡Abajo los velos! (escrito por Chahdortt Djavann y publicado por Gallimard, París, 2003). La autora es una mujer iraní exilada en París en la época en que la Comisión Stasi francesa estaba reuniendo testimonios de mujeres (y de varones) afectadas antes de adoptar la nueva ley sobre símbolos religiosos en las escuelas públicas laicas. La autora sostiene que el daño psicológico infligido a las niñas que van con velo es inmenso, al hacerlas responsables desde muy temprana edad de la excitación masculina. Este asunto requiere consideración especial, habida cuenta de la nueva tendencia a poner velo a niñas de hasta 5 años, según se ve en las numerosas campañas en curso en toda Norteamérica. La autora explica que el cuerpo de la niña pasa a convertirse de esta guisa en objeto de fitnah (seducción o fuente de desorden), lo que significa que no pueden mirarlo o pensar en él de manera positiva. Esa práctica construye así niñas que temen, desconfían y sienten disgusto y aun angustia en relación con sus propios cuerpos. A edad tan temprana, las niñas no tienen forma de resistir por sí mismas a ese troquelamiento; quedan totalmente a merced de hombres anti-mujeres. Las mujeres  que han crecido con este daño psicológico necesitarán probablemente mucha ayuda hasta ser capaces de reconsiderarse a sí mismas y a sus cuerpos de manera más positiva, de reconstruir la imagen de sí propias, de conquistar su autonomía corporal, de abandonar los sentimientos de culpa y de miedo y devolver a los varones la responsabilidad de los actos sexuales por ellos cometidos. Yo creo que sería muy útil que las mujeres que investigan estas cosas se interesaran por el daño psicológico infligido a las niñas a las que se obliga a ir con velo desde edad muy temprana.
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Bien; ahora está la cuestión de quién es el “adulto” a cargo de la protección de los derechos de las niñas. El Estado juega ya este papel en numerosas ocasiones: cuando, por ejemplo, impide que las familias procedan a la ablación de clítoris de las niñas, o cuando prohíbe los matrimonios forzados. ¿Por qué no debería asumir también su responsabilidad y prevenir ese daño psicológico profundo causado por llevar velo antes de llegar a la edad adulta? ¿Por qué debería verse como una intromisión autoritaria del Estado la prohibición del uso del velo en la infancia, y no la prohibición de la ablación de clítoris?
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Es interesante recordar que grupos de izquierdistas y (¡ay!) feministas llegaron a defender en Europa y Norteamérica “el derecho a la ablación de clítoris” en los 70 como un “derecho cultural”, denunciando los intentos del “imperialismo occidental” de erradicar esa práctica en Europa. Jamás se molestaron en hacer la menor mención a las luchas de las mujeres directamente comprometidas con su erradicación en aquellas (muy limitadas) partes de África en que la practicaban, a la par, animistas, cristianos y musulmanes.
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Ahora vemos el mismo patrón aplicado al “derecho al velo”, a pesar de que muchos intérpretes progresistas de El Corán han dejado dicho por activa y por pasiva que ni siquiera se trata de un mandamiento islámico.
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Lo que a mí me deja estupefacta es el desbalance en el tratamiento del “autoritarismo” por parte de grupos izquierdistas y de la comunidad de derechos humanos en Europa y Norteamérica. Millones de mujeres en enclaves predominantemente musulmanes han sido asesinadas por defender su derecho a NO llevar velo. Precisamente estos días una valiente mujer sudanesa ha comparecido ante un tribunal de justicia con esta declaración: “Soy sudanesa. Soy musulmana. Y no estoy dispuesta a cubrirme la cabeza”. Arriesga prisión y latigazos. Hasta ahora, no se asesina a las mujeres en Europa ni en Norteamérica por llevar velo, aunque es verdad que de vez en cuando son atacadas verbalmente por individuos racistas de extrema derecha, los cuales, a su vez –merece destacarse el hecho–, son normalmente puestos a disposición de la justicia y condenados, como debe ser.
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A mí me gustaría que la vociferante defensa de la “elección” de las mujeres con velo y del “derecho al velo” por parte de “gentes progresistas” anduviera a la par con su defensa de las mujeres masacradas por no llevar velo. Pero lo que, en cambio, vemos esconderse tras la defensa unilateral de los derechos humanos de las mujeres con velo por parte de la izquierda postlaica y de la comunidad de derechos humanos  en Europa y en Norteamérica es, de hecho, una posición claramente política. Los pretendidos “progresistas” han optado por defender a los fundamentalistas como víctimas del imperialismo estadounidense antes que a las víctimas de esos fundamentalistas, es decir, entre otras, a los millones de mujeres sin velo que han resistido a las imposiciones de sus victimarios, así como a los millones de laicos, agnósticos, ateos, etc., a quienes se ha abandonado a su suerte como a “occidentalizados”, o aun como “aliados del imperialismo”! La historia juzgará esa miope opción política de modo no menos inmisericorde a como ha juzgado la cobardía de los países europeos en el arranque del nazismo en Alemania.
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En lo que hace a su pregunta, yo sólo puedo hablar desde mi perspectiva de mujer argelina que vivió en Francia en la época del debate sobre las dos leyes francesas a las que se ha reprochado en todo el mundo un supuesto sesgo anti-islámico: la ley sobre velos en las escuelas y la ley que prohibía cubrirse el rostro. Se trata, como he dicho antes, de dos asuntos distintos, y en Francia se trataron distinta y separadamente.
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La prohibición de los símbolos religiosos en las escuelas públicas laicas se hace en nombre del laicismo, mientras que la prohibición de cubrirse el rostro se hace en nombre de la seguridad. Se ha añadido el burka a otras formas de ocultación del rostro, como las máscaras (fuera de carnavales) o los cascos integrales de motos (cuando no se conduce), puesto que todos esos adminículos suelen usarse para proteger la identidad de alborotadores o “terroristas”. (Como argelina lo suficientemente vieja para haber vivido la Batalla de Argel durante la lucha de liberación contra el colonialismo francés, sé de cierto que los velos se usaban –tanto hombres como mujeres– para llevar armas y bombas de un sitio para otro; de modo que no me sorprende que los velos que cubren completamente el rostro se añadan a la lista de indumentarias prohibidas.)
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En lo tocante a los velos en las escuelas, la situación en Francia es completamente distinta a la de Gran Bretaña. Francia es un país laico desde que la Revolución Francesa sustrajo el nuevo Estado laico a la influencia política de la Iglesia. Las leyes laicas que instituyeron esa separación datan de 1905 y 1906, mucho antes de la oleada migratoria procedente de países mayoritariamente musulmanes. El artículo 1 de la Ley de 1906 garantiza la libertad de fe y de culto. El artículo 2 de la misma ley declara que, más allá de esa garantía de derechos individuales fundamentales, el Estado laico no tendrá nada que ver con la religión ni con sus representantes. El Estado laico no reconocerá a las iglesias, ni las financiará. En palabras de un analista contemporáneo del laicismo, Henri Peña Ruiz, el Estado se declara a sí mismo “incompetente en materia religiosa”. Las creencias se convierten en un asunto privado, y las religiones establecidas (en la época, sobre todo, la Iglesia Católica) pierden todo poder sobre el Estado. El Estado laico simplemente las ignorará como entidades políticas. Los ciudadanos son los únicos socios reconocidos por el Estado a través de los procesos de las elecciones democráticas.
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Una consecuencia de esta definición del laicismo como separación de Estado y religión es que, desde 1906, la exhibición de “cualquier símbolo” de afiliación religiosa o política queda prohibida exclusivamente en dos situaciones específicas: para profesores y alumnos de las escuelas públicas primarias y secundarias del Estado laico (es decir, para niños y adolescentes, lo que no incluye a las universidades, en donde los estudiantes son adultos y pueden llevar un velo), así como para funcionarios en contacto con el público.
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La justificación de eso es que los niños van a las escuelas de la República Laica (en la que la educación es totalmente gratuita) para ser educados como ciudadanos franceses libres e iguales, y no como representantes de alguna comunidad específica. La educación como ciudadanos iguales es un poderoso instrumento contra el comunitarismo y las específicas particularidades divisorias que conducen a derechos legales desiguales en un país dado, como ocurre en Gran Bretaña, por ejemplo, con los llamados “tribunales de sharía”, verdaderos sistemas legales paralelos en asuntos de familia.
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Análogamente, los funcionarios que están en contacto con el público tienen que desarrollar sus obligaciones en tanto que representantes de todos los ciudadanos, cualquiera que sea su ascendencia étnica o religiosa, razón por la cual se les exige no exhibir símbolo alguno de afiliación en el horario en que ejercen como representantes de la República Laica.
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Algo totalmente distinto de lo que ocurre, pongamos por caso, en las comisarías de policía británicas, en donde uno puede exigir ser atendido por un policía de su propio culto o de su propio grupo étnico, como si no pudiera formarse a funcionarios libres de sesgos y éstos se debieran ineluctable y necesariamente a su “comunidad”, antes que a sus conciudadanos.
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Así pues, en resolución, es en nombre del laicismo que el velo fue puesto fuera de la ley en las escuelas públicas laicas y entre funcionarios públicos en Francia desde hace más de un siglo, al igual que las cruces y las kipás. Resulta interesante observar el énfasis que los medios de comunicación ponen en el velo, y no en las cruces o en las kipás. ¿Por qué? ¿Y quién se halla detrás de esa jerarquía? Lo que enmarañó este asunto fue que el derechista presidente Sarkozy hizo aprobar la nueva ley en 2004 buscando congraciar con su candidatura a la extrema derecha xenófoba. No había la menor necesidad de esta nueva ley; bastaba con aplicar la de 1906.
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Las fuerzas de derecha y de extrema derecha en Francia jamás han dejado de atacar en el último siglo las leyes laicas de 1905-1906. Ahora han encontrado socios activos y poderosos en la extrema derecha fundamentalista musulmana, que también desea desmantelar el laicismo y regresar a la época en que las religiones tenían poder político y representación oficial. La cosa es clara: aunque luego llegarán a competir entre sí las distintas religiones, resultan ahora aliadas útiles en el propósito de erradicar el laicismo en Francia. ¡Basta observar cómo apoyan la Iglesia Católica y las autoridades religiosas judías prácticamente todas las exigencias de los fundamentalistas musulmanes!
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El asunto del velo en las escuelas primarias y secundarias francesas no es sino una de las muchas exigencias que sin desmayo plantean para desafiar en lo fundamental las leyes de la República Laica. ¿No es irónico que leyes aprobadas hace un siglo, en un tiempo en el que prácticamente no se registraba inmigración procedente de los países mayoritariamente musulmanes, pasen ahora en el mundo entero por leyes hostiles al Islam? Un buen indicio de la pericia de los fundamentalistas musulmanes como comunicadores mediáticos.
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Volviendo al asunto del velo y el burka en el Reino Unido, déjeme decirle que Gran Bretaña NO es un Estado laico. La Reina es la cabeza de la Iglesia Anglicana, así que la prohibición del burka o del nikab o, incluso, del pañuelo en la cabeza no puede buscarse en leyes laicas centenarias, ni considerarse indicio de su compromiso con una educación no confesional igualitaria y de calidad para todos los niños, como en el caso de Francia. (…)
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Maryam Namazie: ¿Qué pasa con el derecho de una mujer a elegir su forma de vestir? Algunos dirían que obligar a las mujeres a quitarse el velo viene a ser lo mismo que obligarlas a llevarlo.
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Marieme-Hélie Lucas: El debate está formulado en términos “occidentales”. Hasta donde yo sé, no se obliga a las mujeres en el contexto musulmán a NO llevar velo, y estamos hablando de la inmensa mayoría de las musulmanas en el mundo. En cambio, en la inmensa mayoría de los casos se ven obligadas a cubrirse de un modo u otro, a menudo por ley: y todavía no se ha oído una protesta a escala mundial contra esa situación.
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En vivo contraste con eso, oímos cada día un montón de voces sobre esas pobres mujeres “obligadas a quitarse el velo” en contextos no-musulmanes –señaladamente en Europa y en Norteamérica–, pero yo todavía no he visto ningún sitio en donde eso ocurra. Que yo sepa, en ningún sitio. Ya me refería antes a  limitaciones impuestas al uso del velo en Francia, bajo particulares condiciones.
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Por lo demás, hasta donde yo sé, cuando mujeres con velo son atacadas verbal o físicamente, hay tribunales para defenderlas contra cualquier forma de agresión.
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En lo que hace a hechos reales, el debate se reduce al derecho al velo en Europa y en Norteamérica, sin ninguna consideración por la resistencia al velo por doquier en el mundo entero, ni por las duras circunstancias que rodean a esa resistencia. Esa reducción me resulta manifiestamente inaceptable.
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Por un lado, hay millones de mujeres en todo el mundo obligadas a llevar velo que arriesgan su libertad y su vida cuando transgreden la orden. Quedan abandonadas a su suerte en nombre de pretendidos derechos “religiosos” y “culturales”, sin que que medie el menor análisis de las fuerzas políticas de extrema derecha que manipulan y secuestran cultura y religión en beneficio político propio bajo el pretexto “políticamente correcto” de que el imperialismo estadounidense abusó de la defensa de los derechos humanos de las mujeres para camuflar sus razones económicas e invadir Afganistán y de que los “blancos” son racistas.
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Por otro lado, hay mujeres de la diáspora en Europa y en Norteamérica, cuyo “derecho al velo” es defendido por una coalición políticamente correcta de la izquierda y las organizaciones de derechos humanos, una coalición que muestra escaso interés por el sinnúmero de casos de muchachas que tratan de escapar a la obligación de llevar velo. ¿No hay una perturbadora asimetría en esa elección política manifiestamente discriminatoria de los derechos que merecen defensa y los que no? ¿No podrían estos campeones de nuestros derechos aclararnos públicamente las razones que justifican su jerarquía de derechos?
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La cosa está clara: la cuestión aquí se reduce exclusivamente a defender el “derecho a elegir” de las mujeres que desean llevar velo en Europa y en Norteamérica, no el derecho a elegir de las mujeres que viven en África y en Asia. Y esta es una forma muy limitada y parcial de enfrentarse al problema, por decirlo suavemente. Porque implica hacer desaparecer a la inmensa mayoría de las mujeres afectadas.
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Sobre “elección” en general mucho han escrito ya feministas interesadas en el problema del grado de libertad que puede esperarse en situaciones en las que las mujeres carecen de toda voz, legal, cultural, religiosa o de otros tipos. Hace poco, un potente artículo académico escrito por  Anissa Helie y Mary Ashe, Multiculturalist Liberalism and Harms to Women: Looking Through the Issue of the Veil, concluía que :
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“Quienes defienden el velo a menudo insisten en un `derecho individual de la mujer a elegir´ (el velo)… Potenciadas por los teóricos del Islam radical (que usurpan el mantra de los partidarios del derecho de las mujeres al aborto), esas consignas pueden confundir a una izquierda occidental que, temerosa de ser considerada racista, cae en la trampa del relativismo cultural.”
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El número de mujeres asesinadas por los propios familiares y por grupos fundamentalistas armados, o encarceladas, o flageladas públicamente por los Estados fundamentalistas en nuestros distintos países en todos los continentes por la simple razón de no querer allanarse a la imposición del velo, debería, al final, contar más a los ojos de los defensores de los derechos humanos que las “quejas de las mujeres con velo” que de vez en cuando tienen que aguantar comentarios racistas en “Occidente”.
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¿Cómo puede alguien atreverse siquiera a comparar, por ejemplo, las 200.000 víctimas de la “década oscura” (los años 90 del siglo pasado) en Argelia, la inmensa mayoría de las cuales fueron mujeres asesinadas por grupos armados fundamentalistas, con un puñado de mujeres con velo verbalmente molestadas en París o en Londres? Sí, ¿¡cómo se puede!?
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Esa desigualdad de trato aceptada sólo muestra que para las organizaciones de derechos humanos y para las izquierdas europeas y norteamericanas, Occidente sigue siendo el centro del mundo y lo que allí ocurra, por menor y marginal que sea, tiene primacía sobre cualquier acúmulo de crímenes cometidos en otra parte.
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Me gustaría señalar un interesante punto ciego detectable en el análisis corriente entre las izquierdas y las organizaciones de derechos humanos, un punto ciego que permite o facilita esa operación de reducción del asunto a un problema de “elección individual”. Fíjese bien: el número de mujeres con velo en las calles de las capitales europeas ha crecido sólo en las últimas dos décadas de una manera constante y apreciable. Ese crecimiento no es proporcional a un significativo incremento de las poblaciones migrantes. Esas mujeres no visten ropas o trajes nacionales (incluyan o no cubrirse la cabeza), sino el velo saudita, que jamás había existido en ningún otro país. Hay un número creciente de mujeres que adoptan la forma más radical: no sólo cubrirse el pelo, sino todo el rostro.
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En vista de lo cual, ¿cómo puede verse este tipo de velo como un asunto cultural cuando, de hecho, lo que hace es erradicar todas las formas tradicionales de cubrirse la cabeza y todas las ropas y vestidos nacionales y regionales? ¿Cómo puede verse esa forma de velo como un asunto religioso, cuando todos los teólogos y académicos progresistas del Islam en todos los continentes han demostrado que el velo de las mujeres no es una prescripción religiosa, sino una práctica cultural circunscrita al Oriente Próximo y valedera también para los varones por su buena adaptación al clima y, por lo mismo, común a todos los grupos religiosos, como prueba abundantemente la iconografía cristiana que representa a la Virgen María y a todas las mujeres de la historia sagrada que compartieron la vida de Cristo, así como a todas las mujeres judías de su época, con velo?
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¿Por qué no se levantan en defensa de todas las culturas ahora amenazadas por la difusión a escala mundial de esta nueva cepa de código indumentario? ¿Es que no pueden ver el vínculo entre la propagación del velo saudita y la financiación saudita del grueso de las mezquitas y organizaciones religiosas que han venido proliferando en las principales ciudades de Europa? ¿Cómo es posible que no vean en esa forma de velo una bandera del fundamentalismo político? ¿Cómo no asocian su propagación a otras actividades políticas del imperialismo de Arabia Saudita (y de Qatar)? ¿Cómo es posible tamaña incapacidad para proceder a un análisis político de esta súbita explosión del número de mujeres con velo en la diáspora? ¿Cómo pueden reducir eso a una “opción individual elegida” por mujeres individuales, a la vista de un fenómeno tan repentino e inopinado como masivo?
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Si, pongamos por caso, se diera una súbita propagación de hábitos y tocas de monja simultáneamente en Italia, Francia, España, Filipinas y América Latina, y si las mujeres católicas en números apreciables afirmaran agresivamente su derecho a vestirse como “verdaderas católicas” (una invención moderna que sería cuestionada por respetados teólogos cristianos, lo mismo que el velo es cuestionado por muchos teólogos musulmanes progresistas y académicos del Islam, a los que, dicho sea de paso, jamás citan ni la izquierda postlaica ni los defensores occidentales de los derechos humanos para defender a las mujeres sin velo frente a los movimientos políticos de extrema derecha que andan por detrás de este revival supuestamente religioso); si eso sucediera, digo, ¿no señalaría al punto la izquierda a los movimientos políticos de extrema derecha agazapados detrás de ese revival supuestamente religioso? ¿No lo analizaría esa izquierda en términos políticos, no religiosos, y no lo denunciaría?
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Si hubiera rumores o ejemplos de mujeres católicas “impropiamente” vestidas forzadas a llevar tocas de monja, o azotadas o recluidas a la fuerza o asesinadas, ¿no empezarían las organizaciones de derechos humanos a preocuparse por ese asunto? ¿No defenderían a las víctimas? ¿No denunciarían todo eso como violaciones flagrantes de los derechos humanos? ¿O seguirían acaso todas estas fuerzas supuestamente progresistas haciendo la vista gorda a esas violaciones de los derechos humanos y prestando oídos sordos a los gritos de socorro de las víctimas? ¿Se centrarían en el “derecho al velo” de las mujeres católicas?
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Para mí está meridianamente claro que, al respaldar las exigencias de los fundamentalistas sobre las mujeres, sin molestarse siquiera en contrastar sus mentiras más manifiestas, la izquierda postlaica y las organizaciones occidentales de derechos humanos no hacen sino revelar el pánico que sienten a ser tachados de “islamófobos”.
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Maryam Namazie: Aunque nosotros podríamos considerar el laicismo como una condición previa a los derechos de las mujeres, los islamistas consideran la ley de la sharía como una condición previa a los derechos de las mujeres, tal como ellos los entienden. ¿Y quién puede decir quién tiene razón? Ellos dicen que el laicismo es un concepto occidental y una forma de colonialismo cultural…
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Marieme-Hélie Lucas: Yo me niego a servirme del término “ley de la sharía”. Presupone que hay escrito en algún lugar un cuerpo legislativo usado por todos los musulmanes. Basta una simple ojeada a las leyes de los países de mayoría musulmana para percatarse de que no hay tal cosa. La enorme variedad de leyes en contextos predominantemente musulmanes muestra que las leyes tienen diferentes fuentes: desde ofrecer legitimidad a prácticas culturales locales (como la de la ablación del clítoris, que pasa por islámica en algunas regiones de África) hasta distintas interpretaciones  religiosas (por ejemplo, Argelia legalizó la poligamia, mientras que Túnez la prohibió sirviéndose exactamente del mismo verso del Corán, pero con otra lectura), pasando por leyes de los antiguos colonizadores (como la prohibición de la contracepción y el aborto en Argelia, que se sirvió de la ley natalista francesa de 1920). Sería un fenomenal error pensar que todas las leyes de los países mayoritariamente musulmanes traen necesariamente su origen en la religión.
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Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad en la propagación de los puntos de vista fundamentalistas al servirse de términos exóticos. Sharía es un término acuñado por los fundamentalistas a fin de hacer creer que existe un cuerpo así de leyes, mientras que hasta los musulmanes conservadores –atentos a toda posible divergencia– hablaban hasta hace poco sólo de “jurisprudencia”. Servirse del término sirve precisamente para dar a entender a cada vez más gente que ese cuerpo existe realmente. Y eso ocurrió exactamente en el mismo momento en que los medios de comunicación comenzaron a usar también otros términos acuñados por los fundamentalistas, como la yihad (que originariamente significa la lucha espiritual con uno mismo para acercarse a Dios, y no una “guerra” librada con armas, como interpretan los fundamentalistas), o como el “velo islámico” (cuando lo que hacen es propagar el velo saudita), o como la “islamofobia”. ¡No uses el lenguaje del enemigo! Concedes crédito a sus mentiras…
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Como ya he dicho antes, hay una miríada de lugares en el mundo en donde el velo es obligatorio, mientras que en ningún lugar que yo conozca se fuerza a nadie a quitarse el velo; ni siquiera en las escuelas francesas de primaria y secundaria, porque las familias ultraortodoxas tienen siempre la opción de inscribir a sus hijas en escuelas de su elección. La única obligación de las familias es enviar a sus hijas a la escuela, pero la elección de la escuela no entra en el mandato del Estado laico. Y en parte alguna se ven las mujeres forzadas a no llevar velo en el espacio público francés; sólo se les exige no cubrirse totalmente el rostro.
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Así pues, el laicismo ni pone ni quita velos a las mujeres. Pero resulta indudable que la interpretación fundamentalista de unas órdenes pretendidamente emanadas de Dios busca forzar a las mujeres a llevar velo. El laicismo no es una opinión, ni una creencia; es única y exclusivamente una definición y una regulación del Estado frente a la religión. O el Estado interfiere en la religión, o no interfiere. El laicismo, cuando menos en su definición original, instituye formalmente la no interferencia del Estado en la religión. Y no deberíamos aceptar otra definición del laicismo.
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En lo que hace a la acusación del laicismo como “concepto occidental”, ¿acaso no hemos oído cosas semejantes sobre el feminismo durante décadas? Pero si echamos un vistazo a la historia, particularmente a la historia de las mujeres en contextos musulmanes, nos encontramos con muchas mujeres que, durante siglos, lucharon por lo que ahora se consideran ideas feministas, por los derechos de las mujeres. Mujeres que se dedicaron a la literatura, a la poesía, a la educación de las mujeres, a la política, a los derechos legalmente exigibles de las mujeres: como ocurre ahora mismo. Y nos encontramos también con mujeres y hombres ilustrados, tanto creyentes como ateos, que las apoyaron. Exactamente como ocurre ahora también. Quienes estén interesados en explorar esas historias del pasado, deberían leer  el libro de Fareeda Shaheed Grandes ancestros (publicado por la organización Women Living Under Muslim Laws).
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Análogamente, encontramos a muchos combatientes por el laicismo en contextos musulmanes en los pasados siglos. Lo mismo que hoy. Ateos, agnósticos y creyentes que pensaban y siguen pensando que las religiones se benefician de la no interferencia del poder en las creencias personales o en la espiritualidad de las gentes; y que la política se beneficia asimismo de la no interferencia de la religión. Actualmente, el Gran Mufti de Marsella, Soheib Bencheikh, es un resuelto partidario del laicismo en Francia, como muchos Imams progresistas que aparecen cada domingo en programas televisivos en el Channel 2 [público] francés para mostrar su apoyo al laicismo de la República francesa, que garantiza libertad de fe y de culto.
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De modo, pues, que la cuestión real para mí es más bien ésta: ¿por qué no oímos hablar más  de estos partidarios musulmanes del laicismo y por qué los medios de comunicación no conceden menos espacio público a la expresión del odio fundamentalista al laicismo? Es una nueva distorsión del fundamentalismo el presentar los hechos a la luz de una ley laica pretendidamente hostil a la ley divina…
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Encuestas recientes muestran que cerca del 25% de la población francesa se declara atea, y ese porcentaje es el mismo entre supuestos cristianos y supuestos musulmanes. Pero el porcentaje de quienes se declaran partidarios del laicismo crece hasta un 75%, y también es idéntico entre presuntos musulmanes y presuntos cristianos.
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Hay movimientos laicistas muy robustos en todos los países llamados musulmanes, en Pakistán no menos que en Argelia o Mali. Los ciudadanos se comprometen públicamente con el laicismo arriesgando sus vidas en lugares en los que los fundamentalistas se encuadran en grupos armados que atacan a sus oponentes. ¿Por qué las fotografías de sus actos públicos y de sus manifestaciones laicistas no se ven nunca fuera de sus medios de comunicación nacionales?
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Maryam Namazie: Algunos dirán que esto suscita la cuestión de hasta qué punto estamos dispuestos a permitir que el Estado intervenga en asuntos privados como, por ejemplo, el modo de vestirnos. ¿Qué diría usted a eso?
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Marieme-Hélie Lucas: Si coincidimos en que este súbito auge a escala mundial de determinado tipo de velos que se hacen pasar por EL velo “islámico” no es de naturaleza cultural ni religiosa, sino una bandera política de que se sirven los fundamentalistas para aumentar su visibilidad política a expensas de las mujeres; si coincidimos en eso, entonces tenemos que admitir que llevar ese tipo de velo –ahora— en Europa y en Norteamérica tiene un objetivo político. Sépanlo o no, las mujeres que lo llevan son portadoras del estandarte de un partido político de extrema derecha.
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Así pues, difícilmente podría yo aceptar la fórmula de “una mujer que elige cómo vestirse”. Ese velo no puede, definitivamente no puede, equipararse con la opción de llevar tacones o zapato plano, minifalda o falda larga. No es una moda; es un marcador político. Si uno decide que va a ponerse un broche con una esvástica, no puede ignorar su significado político; no puede pretender que se desentiende del hecho de que fue la “bandera” de la Alemania nazi. No puede alegar que sólo le gusta su forma. Es una afirmación política.
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Las mujeres de ascendencia migratoria procedente de Asia y de África que se cubren el rostro o llevan un burka hoy, ya sea en Europa, en Norteamérica o en sus propios países de origen, llevan un tipo de velo que jamás habían visto antes, salvo si crecieron en una específica y limitadísima parte del Oriente Próximo. No pueden pretender que vuelven a sus raíces y visten la misma indumentaria que sus antepasadas de siglos atrás; ni pueden pretender que la llevan por razones religiosas. Las musulmanes fueron musulmanas durante siglos sin necesidad de semejante indumentaria: en el Sur de Asia vestían saris, en África occidental boubous… Hoy, las mujeres pertrechadas con burkas llevan una indumentaria que ni se había visto ni se había jamás hablado de ella hasta hace unas pocas décadas, cuando grupos políticos fundamentalistas inventaron el burka como su bandera política.
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De manera que si el Estado se propusiera regular el burka o el nikab, no estaría regulando “el modo en que vestimos, ni estaría interfiriendo en un gusto personal o en una moda, sino en la exhibición pública de un signo político de un movimiento de extrema derecha”.
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Hacer eso podría perfectamente caber en el papel del Estado laico. Puede debatirse al respecto. Pero lo que no es debatirle es que las mujeres que llevan burka hoy están bajo las garras de un movimiento transnacional de extrema derecha. Y resulta irrelevante que las mujeres con burka sean conscientes del significado político actual de su velo o, al contrario, estén alienadas por el discurso político-religioso fundamentalista.
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Maryam Namazie: En la práctica, ¿cómo podría procederse a restricciones (atendiendo también al caso francés) sin inflamar más el racismo y el fanatismo contra musulmanes e inmigrantes y cuál es la conexión entre ambos? Le pregunto esto, porque algunos dirán que criticar el velo y el nikab es racista.
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Marieme-Hélie Lucas: En tal caso, ¿la resistencia al nikab/burka/pañuelo y cualquier forma de velo en nuestros países habría que calificarla también como “racismo”? Las mujeres que eligieron morir antes que llevar velo en la Argelia de los 90 actuaron racistamente contra su propio pueblo? ¿Hay que considerarlas hostiles a su propia fe, a pesar de ser muchas de ellas creyentes en el Islam?
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¿No podemos dejar de pensar que “Occidente” es el centro del mundo? ¿Qué pasa con las mujeres sudanesas que ahora mismo en Jhartum se arriesgan a ser azotadas y encarceladas por rechazar el velo? ¿Qué pasa con el sinnúmero de mujeres iraníes que llevan décadas encarceladas por no vestir “islámicamente”?
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El racismo, la xenofobia, la marginalización y los ataques a los inmigrantes (o a gentes de ascendencia migratoria) siempre han estado aquí. A comienzos del siglo XX hubo en el sur de Francia pogroms contra inmigrantes italianos (dicho sea de paso: católicos y blancos) que “venían a robar el pan de los trabajadores franceses”. ¿Suena familiar, no? Hubo muchos muertos y heridos. ¿Por qué no se habla aquí de “católicofobia” o de “cristianofobia”, si a  demostraciones de xenofobia harto menos dramáticas se las llama ahora “islamofobia” cuando apuntan a objetivos presuntamente “musulmanes”? Ahora bien; si nos fijamos en ciudadanos franceses de nuestros días cuyos apellidos son de origen italiano, lo que se ve es que están plenamente integrados y nadie discute su pertenencia a la nación francesa. Lo mismo ocurre con españoles, portugueses, griegos o polacos y rusos que vinieron a instalarse a Francia en el pasado reciente, llegaron a ser ciudadanos franceses y se han “mezclado” ahora con la población general (el expresidente  francés Sarkozy constituye un excelente ejemplo reciente de integración exitosa).
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Francia cuenta hoy con un 25% de ciudadanos de origen extranjero. Hay un número creciente de gente bien conocida con apellidos árabes (y por lo mismo, erróneamente considerados  musulmanes). Se trata de profesores, abogados, expertos en computación, empresarios… Esto es un indicador de su incorporación a la nación, lo mismo que italianos, españoles, etc. hace menos de un siglo.
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Una hermosa pieza titulada Barbes-Cafe se representó el año pasado en distintas ciudades francesas. Era toda ella obra de gentes de ascendencia argelina, muchos de los cuales habían huido de amenazas de muerte fundamentalistas y de ataques directos en los 90. Esa pieza es un himno a la emigración: sirviéndose de canciones en árabe de todo el siglo XX, de comienzo a fin, traza la historia de la emigración desde el Norte de África, de las cuitas y las nostalgias de los emigrantes, así como de sus condiciones de trabajo. Pero también celebra las leyes que permitieron a las familias reunirse con los trabajadores, la educación libre y laica recibida por sus hijos, la solidaridad entre trabajadores nativos e inmigrantes en los sindicatos y partidos de izquierda, etc. Termina con imágenes de aquellos inmigrantes de ascendencia norteafricana que “lo lograron” y abrieron la puerta para las generaciones venideras. Es un manifiesto de esperanza que, sin embargo, no trata de esconder la dureza de las condiciones a que tuvieron que  enfrentarse muchos trabajadores para que sus hijos y nietos llegaran a ser parte de Francia.
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El 27 de octubre fue el aniversario de la Marcha por la Igualdad y Contra el Racismo que cuatro chicas y chicos, ciudadanos franceses de origen norteafricano, iniciaron en 1983. Salieron de Marsella y caminaron durante dos meses por Francia, visitando ciudades y aldeas, hablando con sus conciudadanos rurales y urbanos, denunciando los crímenes y las discriminaciones racistas y abogando por la igualdad de todos los ciudadanos. También denunciaron el rótulo de “musulmán” que se les imponía por razones de origen geográfico. Por el camino, otros ciudadanos de todos los orígenes se les fueron uniendo y comenzaron a marchar con ellos gentes que se habían reunido inicialmente para darles la bienvenida y apoyar sus objetivos.
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No está escrito en ningún lugar que las gentes oprimidas o víctimas de la discriminación tengan que terminar en movimientos de extrema derecha. En esas circunstancias, las gentes pueden elegir entre hacerse revolucionarios o convertirse en fascistas. La respuesta fundamentalista al racismo es una respuesta fascista. No deberíamos bajo ningún pretexto regalarles legitimidad ninguna. Lo que debemos hacer es apoyar a los movimientos populares en favor de la igualdad y la plena ciudadanía.
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Los  fundamentalistas están arteramente interesados en asegurarse los beneficios de los incidentes racistas; lo mismo que los movimientos de extrema derecha tradicional (xenófoba), necesitan radicalizar a su tropa y reclutar a más gente para su causa. Ambas fuerzas aparentemente antagónicas de extrema derecha comparten el mismo objetivo: les gustan los baños de sangre. De aquí que estén preparadas para provocar incidentes racistas. En los últimos años, los habitantes fundamentalistas de un vecindario parisino empezaron a rezar por las calles y a bloquear el tránsito durante horas los viernes. El pretexto era que su mezquita local no era suficientemente grande. Pero desde luego lo era la Gran Mezquita de París que, a unas pocas estaciones de metro de donde se hallaban, estaba y sigue estando permanentemente casi vacía.
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La policía vigilaba sin intervenir, y la cosa duró más de siete años. La única respuesta vino, ni que decir tiene, de un grupo de extrema derecha que invitó públicamente a compartir un aperitivo de “vino y cerdo” en esas mismas calles los domingos.
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La acobardada izquierda debería haber tomado este asunto en las propias manos exigiendo el desalojo del espacio público tanto los viernes como los domingos, si no había autorización policial para ocuparlo como es legalmente preceptivo. La acobardada izquierda está preparada para ignorar las provocaciones de los musulmanes fundamentalistas, porque no desea verse tildada de “islamofóbica”. Uno siente que, en cierto modo, esa izquierda no es capaz de distinguir entre los creyentes en el Islam y el movimiento de extrema derecha supuestamente religioso que finge representar a todos los musulmanes.
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Fue esperando evitar una confrontación con Franco que los gobiernos europeos, incluyendo el gobierno socialista francés, se negaron a ayudar y a proteger al gobierno legítimo de la República española. Fue con la esperanza de evitar una confrontación con el  muy cortés señor Hitler que los gobiernos europeos fueron a Múnich y permitieron la invasión de Polonia por las tropas nazis.
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La historia enseña que la cobardía en política no lleva a parte ninguna y que todos, a su debido tiempo, terminan pagando el precio de la infidelidad a los principios y a los derechos.
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Marieme Hélie-Lucas es una reconocida activista feminista argelina. Socióloga de prestigio internacional, ha sido la fundadora de la Red de Mujeres bajo la Ley Musulmana, así como coordinadora internacional de Secularism Is A Women’s Issue (El laicismo es cosa de mujeres).

Fuente: http://freethoughtblogs.com, 27 octubre 2013. La versión española se ha publicado en Sin Permiso el 23 de enero de 2016.

Traducción de María Julia Bertomeu y Mínima Estrella

Posteado por: Javier | julio 26, 2016

Hillary Clinton: mucho peor que Donald Trump

Buenas tardes.

Ha sido todo un placer encontrarme hoy con esta entrevista (PUBLICADA AQUÍ), cuyas valoraciones coinciden en buena parte con mi opinión (con algunos matices en la cuestión de las intervenciones en el exterior): no me gusta Donald Trump, pero la corrupta de Hillary Clinton es muchísimo peor candidata. Lo siento mucho por la derecha neoliberal y por la izquierda “mainstream” que desean la victoria de Hillary, pero yo personalmente en estas cuestiones de moral política me guío por los principios puritanos que todavía siguen vigentes en EEUU (aunque cada vez estén más diluidos): Hillary está totalmente inhabilitada para ser presidenta de EEUU, su sola presencia delictiva mancillaría el Despacho Oval. Ahí opino como alguno de los seguidores de Trump: “HILLARY FOR PRISON” (no “for president”).

De hecho, Trump ya ha superado a Clinton en las encuestas, aunque esto no acaba más que de empezar.

No puedo estar más de acuerdo cuando dice que Trump asusta más bien por sus actitudes de showman y sus malos modos, pero que, bajo las formas, lo de Hillary es mucho más aterrador, tanto su alianza con el poder neofinanciero como su posible política internacional. Una posibilidad con Trump es que si llega a presidente lo que haga sea delegar todo en asesores que sean los que de verdad hagan la política de su administración, y que éstos se aparten de sus propuestas más alocadas. No sé hasta qué punto a Trump le gusta realmente la política y sí mucho más el show, el efectismo, que se hable de él, el estar metido en el ajo de todas las polémicas. Es cierto que Trump es algo “mejor” que el resto de republicanos en cuanto a temas de política social, pero la verdad es que representa en buena medida este fenómeno que se ve en Europa de partidos populistas de derecha que ocupan el espacio que han abandonado los partidos progresistas y socialdemócratas, y eso no es positivo. Aparte de la utilización torticera que hace del recuerdo que todavía tienen muchos americanos de cuando el New Deal generó la clase media más fuerte del mundo.

Pero aún así, probablemente, Trump torpedearía los tratados de “libre comercio” (de esos en los que sólo son “libres” las grandes transnacionales, para entendernos) como el TTIP y eso sí sería tremendamente bueno. Trump puede hacerlo puesto que él no depende de nadie. Ha llegado a esta carrera presidencial por sus propios medios, a diferencia de Clinton, aupada por las élites financieras de Wall Street como su candidata “oficial” (es que incluso se puede decir que es un producto elaborado y promocionado por esas élites). Trump es un “outsider”, un verso suelto. Es un magnate multibillonario al que no pueden comprar ni controlar. Por eso hay tantos a los que preocupa.

La elección de Trump y su política de control de fronteras podría tener un “efecto contagio” para que lo mismo fuera reclamado al otro lado del Atlántico y empezar a resquebrajar a la Unión Euro-bananera. No puede ser mejor su última propuesta: controlar la entrada en EEUU de franceses y alemanes, debido a la penetración del islamismo en estos dos países. Como estamos viendo en estos días, con un ataque tras otro en Francia y Alemania, hay muchos militantes islamistas con pasaporte alemán y francés. Lo del continente euro-bananero es un puñetero cachondeo, con sus fronteras abiertas y su Tratado Schengen. A los alemanes les está ocurriendo como a Francia, tras el afán de importar mano de obra barata al precio que sea, no controlan nada y tienen montones de criminales con pasaporte alemán que pueden pasar las fronteras como Pedro por su casa. Si fuera presidente de España no dejaría entrar en el país a ni un solo sujeto que hubiera estado fichado en su país de origen o con antecedentes penales, igual que hacen los americanos (donde el FBI escudriña casi hasta el papel higiénico que utilizas). Por supuesto, esas medidas de control no irían dirigidas a vigilar al morito musulmán por el hecho de serlo, que es lo que quieren los neonazis europedos. Irían dirigidas a controlar a CUALQUIERA con el que saltasen las alarmas de que esté fichado o tenga antecedentes penales DEL TIPO QUE SEAN, sea moro, sea negro, sea chino o sea blanquito de piel como la leche.

Por cierto, en relación a esta sucesión de atentados en Europa a los que asistimos casi estupefactos, es cierto que los terroristas buscan precisamente estigmatizar a todo aquel que tenga aunque sea sólo un poquito de pinta árabe, y van a seguir golpeando con saña y sin parar a Francia y Alemania hasta que provoquen un estallido xenófobo atroz, que es lo que buscan (y algunos llevamos años predicando en el desierto y alertando de que esta inmigración descontrolada una de las cosas a que iba a llevar es a un auge de los partidos neonazis y de extrema derecha xenófoba), pero no hay que olvidar que Francia y Alemania política y socialmente son dos países bananeros, por muy ricos que sean. No hay que olvidar que sus élites políticas y financieras corruptas han contribuido a esto creando sociedades totalmente desestructuradas (todo por aumentar sus beneficios, que es al final lo que les importa) a las que es muy fácil golpear una y otra vez hasta que revienten por todas sus costuras, que es lo que, al final, va a pasar con estos dos países y otros como Bélgica. Los terroristas lo saben y no son tontos, por eso atacan una y otra vez a estos países. Y van a seguir, y a seguir, y a seguir, y a seguir…

Y, en resumen, me alegra mucho que la entrevistada señale dos grandes vicios que hoy día lastran a la izquierda “mainstream” y que la colocan prácticamente en el mismo sitio que la derecha neoliberal: la política de las minorías y renunciar a la soberanía nacional, no querer ni mencionarla, como si fuera una palabrota.

“Una razón fundamental para que se diese la alianza de Wall Street con los Clinton es que los autoproclamados “nuevos demócratas” encabezados por Bill Clinton lograron cambiar la ideología del Partido Demócrata de la igualdad social a la igualdad de oportunidades. En vez de luchar por las políticas tradicionales del New Deal que tenían como objetivo incrementar los estándares de vida de la mayoría, los Clinton luchan por los derechos de las mujeres y las minorías a “tener éxito” individualmente, a “romper techos de cristal”, avanzar en sus carreras y enriquecerse. Esta “política de la identidad” quebró la solidaridad de la clase trabajadora haciendo que la gente se centrase en la identidad étnica, racial o sexual. Es una forma de política del “divide y vencerás”.

“El control local de los servicios sociales se sacrifica a la necesidad de “atraer inversores”, en otras palabras, a dar al capital financiero la libertad de modelar sociedades dependiendo de sus opciones de inversión. La excusa es que, atrayendo inversores, se crearán empleos, pero esto no ocurre. Puesto que la clave de estas políticas es romper las barreras nacionales para permitir al capital financiero ganar acceso, es normal que la gente acuda a los llamados partidos “nacionalistas” que aseguran querer restaurar la soberanía nacional. Como en Europa sobreviven los fantasmas del nazismo, “soberanía nacional” se confunde con “nacionalismo”, y “nacionalismo” se equipara con guerra. Estas suposiciones hacen que el debate en la izquierda sea imposible y termine favoreciendo a los partidos de derecha, que no sufren de este odio al Estado nacional.”

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Diana Johnstone es quizá una de las comentaristas de la política europea y estadounidense más reputadas en la izquierda. Colaboradora, entre otros, de Counterpunch, Johnstone, que se hizo conocida en Europa por sus críticas a la política occidental durante las guerras en los Balcanes, acaba de sacar un libro sobre Hillary Clinton titulado La reina del caos.

Los medios estadounidenses han centrado su atención estas primarias en Donald Trump. Pero en su opinión, Hillary Clinton también debería ser motivo de preocupación. La ha descrito como ‘la reina del caos’. ¿Por qué?

Trump consigue titulares porque es una novedad, un showman que dice cosas chocantes. Es visto como un intruso en un espectáculo electoral diseñado para transformar a Clinton en la “primera mujer presidenta de América”. ¿Por qué la llamo reina del caos? En primer lugar, por Libia. Hillary Cinton fue en gran medida responsable de la guerra que hundió a Libia en el caos, un caos que se extiende hacia el resto de África e incluso Europa. Ha defendido más guerra al Oriente Medio.

Mi opinión no es que Hillary Clinton “también debería” ser motivo de preocupación. Ella es el principal motivo de preocupación. Clinton promete apoyar más a Israel contra los palestinos. Está totalmente comprometida con la alianza de facto entre Arabia Saudí e Israel que tiene como objetivo derrocar a Assad, fragmentar Siria y destruir la alianza chií entre Irán, Assad y Hezbolá. Esto aumenta el riesgo de confrontación militar con Rusia y Oriente Medio. Al mismo tiempo, Hillary Clinton defiende una política beligerante hacia Rusia en su frontera con Ucrania. Los medios de comunicación de masas en Occidente se niegan a darse que cuenta que muchos observadores serios, como por ejemplo John Pilger y Ralph Nader, temen que Hillary Clinton nos conduzca, sin advertirlo, a la Tercera Guerra Mundial.

Trump no se ajusta a ese molde. Con sus comentarios groseros, Trump se desvía radicalmente del patrón de lugares comunes que oímos de los políticos estadounidenses. Pero los medios de comunicación establecidos han sido lentos en reconocer que el pueblo estadounidense está completamente cansado de políticos que se ajustan al patrón. Ese patrón está personificado por Hillary Clinton. Los medios de comunicación europeos han presentado en su mayoría a Hillary Clinton como la alternativa sensata y moderada al bárbaro de Trump. Sin embargo, Trump, el “bárbaro”, está a favor de reconstruir la infraestructura del país en vez de gastar el dinero en guerras en el extranjero. Es un empresario, no un ideólogo.

Trump ha afirmado claramente su intención de poner fin a la peligrosa demonización de Putin para desarrollar relaciones comerciales con Rusia, lo que sería positivo para Estados Unidos, para Europa y para la paz mundial. Extrañamente, antes de decidir presentarse como republicano, para consternación de los líderes del Partido Republicano, Trump era conocido como demócrata, y estaba a favor de políticas sociales relativamente progresistas, a la izquierda de los actuales republicanos o incluso Hillary Clinton.

Trump es impredecible. Su reciente discurso en AIPAC, el principal lobby pro-israelí, fue excesivamente hostil hacia Irán, y en 2011 cayó en la propaganda que condujo a la guerra contra Libia, incluso si ahora, retrospectivamente, la critica. Es un lobo solitario y nadie sabe quiénes son sus asesores políticos, pero hay esperanza de que arroje fuera de la política a los neoconservadores e intervencionistas liberales que han dominado la política exterior estadounidense los últimos quince años.

Los asesores de Clinton destacan su experiencia, en particular como secretaria de Estado. Muchos se ha escrito sobre esta experiencia y no siempre de manera positiva. ¿Cuál fue su papel en Libia, Siria o Honduras?

Hay dos cosas que decir sobre la famosa experiencia de Hillary Clinton. La primera es observar que su experiencia no es el motivo de su candidatura, sino, más bien, la candidatura es el motivo de su experiencia. En otras palabras, Hillary no es candidata debido a que su maravillosa experiencia haya inspirado a la gente a escogerla como aspirante a la presidencia. Es más correcto decir que ha acumulado ese currículo justamente para cualificarse como presidente.

Durante unos veinte años, la máquina clintonita que domina el Partido Demócrata ha planeado que Hillary se convierta en “la primera mujer presidenta de EEUU” y su carrera se ha diseñado con ese fin: primero senadora de Nueva York, después secretaria de Estado.

Lo segundo concierne al contenido y la calidad de esa famosa experiencia. Se ha empecinado en demostrar que es dura, que tiene potencial para ser presidenta. En el Senado votó a favor de la guerra de Irak. Desarrolló una relación muy cercana con el intervencionista más agresivo de sus colegas, el senador republicano por Arizona John McCain. Se unió a los chovinistas religiosos republicanos para apoyar medidas como hacer que quemar la bandera estadounidense fuese un crimen federal. Como secretaria de Estado, trabajó con “neoconservadores” y esencialmente adoptó una política neoconservadora utilizando el poder de Estados Unidos para rediseñar el mundo.

Respecto a Honduras, su primera importante tarea como secretaria de Estado fue proporcionar cobertura diplomática para el golpe militar de derechas que derrocó al presidente Manuel Zelaya. Desde entonces Honduras se ha convertido en la capital con más asesinatos del mundo. En cuanto a Libia, persuadió al presidente Obama para derrocar el régimen de Gaddafi utilizando la doctrina de “responsabilidad para proteger” (R2P) como pretexto, basándose en falsas informaciones. Bloqueó activamente los esfuerzos de gobiernos latinoamericanos y africanos para mediar, e incluso previno los esfuerzos de la inteligencia militar estadounidense para negociar un compromiso que permitiese a Gaddafi ceder el poder pacíficamente.

Continuó esa misma línea agresiva con Siria, presionando al presidente Obama para que incrementase el apoyo a los rebeldes anti-Assad e incluso para imponer una “zona de exclusión aérea” basada en el modelo libio, arriesgándose a una guerra con Rusia. Si se examina atentamente, su “experiencia” más que cualificarla para el puesto de presidente, la descalifica.

Como secretaria de Estado, Clinton anunció en 2012 un “pivote” a Asia oriental en la política exterior estadounidense. ¿Qué tipo de política podríamos esperar de Clinton hacia China?

Básicamente este “pivote” significa un desplazamiento del poder militar estadounidense, en particular naval, desde Europa y Oriente medio al Pacífico occidental. Supuestamente, porque debido a su creciente poder económico China ha de ser una “amenaza” potencial en términos militares. El “pivote” implica la creación de alianzas antichinas entre otros Estados de la región, lo que con toda probablidad incrementará las tensiones, y rodeando a China con una política militar agresiva se la empuja efectivamente a una carrera armamentística. Hillary Clinton apuesta por esta política y si llegase a la presidencia la intensificaría.

Clinton dijo en 2008 que Vladímir Putin no “tiene alma”. Robert Kagan y otros “intervencionistas liberales” que jugaron un papel destacado en la crisis en Ucrania la apoyan. ¿Su política hacia Rusia sería de una mayor confrontación que la del resto de candidatos?

Su política sería claramente de una mayor confrontación hacia Rusia que las de Donald Trump. El contrincante republicano de Trump, Ted Cruz, es un fanático evangélico de extrema derecha que sería tan malo como Clinton, o quizá peor. Comparte la misma creencia semirreligiosa de Clinton en el rol “excepcional” de Estados Unidos para modelar el mundo a su imagen. Por otra parte, Bernie Sanders se opuso a la guerra de Iraq. No ha hablado demasiado de política internacional, pero su carácter razonable sugiere que sería más juicioso que cualquiera de los demás.

Los asesores de Clinton tratan de destacar su intento de reformar el sistema sanitario estadounidense. ¿Fue ese intento de reforma realmente un avance y tan importante como dicen que fue?

En enero de 1993, pocos días después de asumir la presidencia, Bill Clinton mostró su intención de promocionar la carrera política de su esposa nombrándola presidenta de una comisión especial para la reforma del sistema nacional de sanidad. El objetivo era llevar a cabo un plan de cobertura sanitaria basado en lo que se denominó “competitividad gestionada” entre compañías privadas. El director de esa comisión, Ira Magaziner, un asesor muy próximo a Clinton, fue quien diseñó el plan. El papel de Hillary era vender políticamente el plan, especialmente al Congreso. Y en eso fracasó por completo. El “plan Clinton”, de unas 1.342 páginas, fue considerado demasiado complicado de entender y a mediados de 1994 perdió prácticamente todo el apoyo político. Finalmente se extinguió en el Congreso.

Respondiendo a la pregunta, el plan básicamente no era suyo, sino de Ira Magaziner. Como había de depender de las aseguradoras privadas, orientadas al beneficio, como ocurre con el Obama Care, ciertamente no era un avance, como sí que lo es el sistema universal que defiende Bernie Sanders.

La campaña de Clinton ha recibido notoriamente dinero de varios hedge funds. ¿Cómo cree que podría determinar su política económica si consigue llegar a la presidencia?

Cuando los Clinton abandonaron la Casa Blanca en enero de 2001, Hillary Clinton lamentó estar “no sólo sin blanca, sino en deuda”. Eso cambió muy pronto. Hablando figuradamente, los Clintons se trasladaron de la Casa Blanca a Wall Street, de la presidencia al mundo de las finanzas. Los banqueros de Wall Street compraron una segunda mansión para los Clinton en el Estado de Nueva York (que se sumó a la que tienen en Washington DC) prestándoles primero el dinero y luego pagándoles millones de dólares por ofrecer conferencias.

Sus amistades en el sector bancario les permitieron crear una fundación familiar ahora valorada en dos mil millones de dólares. Los fondos de la campaña proceden de fondos de inversión amigos que colaboran de buen grado. Su hija, Chelsea, trabajó para un fondo de inversión antes de casarse con Marc Mezvinsky, quien creó su propio fondo de inversión después de trabajar para Goldman Sachs.

En pocas palabras, los Clinton se sumergieron por completo en el mundo de las finanzas, que se convirtió en parte de su familia. Es difícil imaginar que Hillary se mostrase tan desagradecida como para llevar a cabo políticas contrarias a los intereses de su familia adoptiva.

Se dice que la política de identidad es otro de los pilares de su campaña. Quienes apoyan a Clinton afirman que votándola se romperá el techo de cristal y que por primera vez en la historia una mujer entrará en la Casa Blanca. Desde varios medios has protestado contra esta interpretación.

Una razón fundamental para que se diese la alianza de Wall Street con los Clinton es que los autoproclamados “nuevos demócratas” encabezados por Bill Clinton lograron cambiar la ideología del Partido Demócrata de la igualdad social a la igualdad de oportunidades. En vez de luchar por las políticas tradicionales del New Deal que tenían como objetivo incrementar los estándares de vida de la mayoría, los Clinton luchan por los derechos de las mujeres y las minorías a “tener éxito” individualmente, a “romper techos de cristal”, avanzar en sus carreras y enriquecerse. Esta “política de la identidad” quebró la solidaridad de la clase trabajadora haciendo que la gente se centrase en la identidad étnica, racial o sexual. Es una forma de política del “divide y vencerás”.

Hillary Clinton busca persuadir a las mujeres de que su ambición es la de todas ellas, y que votándola están votando por ellas mismas y su éxito futuro. Este argumento parece funcionar mejor entre las mujeres de su generación, que se identificaron con Hillary y simpatizaron con el apoyo leal a su marido, a pesar de sus flirteos. Sin embargo, la mayoría de las jóvenes estadounidenses no se han dejado llevar por este argumento y buscan motivos más sólidos a la hora de votar. Las mujeres deberían trabajar juntas por las causas de las mujeres, como el mismo salario por el mismo trabajo, o la disponibilidad de centros infantiles para las mujeres trabajadoras. Pero Hillary es una persona, no una causa. No hay ninguna prueba de que las mujeres en general se hayan beneficiado en el pasado de tener a una reina o una presidenta. Es más, aunque la elección de Barack Obama hizo felices a los afroamericanos por motivos simbólicos, la situación de la población afroamericana ha ido empeorando.

Mujeres jóvenes, como Tulsi Gabbard o Rosario Dawson, consideran que poner fin a un régimen de guerras y cambios de régimen y proporcionar a todo el mundo una buena educación y sanidad son criterios mucho más significativos a la hora de escoger un candidato.

¿Por qué las minorías siguen apoyando a Clinton en vez de a Sanders?

Está cambiando. Hillary Clinton ganó el voto negro en las primarias demócratas en los Estados del sur profundo. Fue a comienzos de la campaña, antes de que Bernie fuese conocido. En el sur profundo, muchos afroamericanos estaban desencantados porque muchos de ellos estaban en prisión o habían estado en prisión, y la mayoría de votantes son mujeres mayores que asisten regularmente a la iglesia, donde escuchan a los predicadores pro-Clinton, no lo que se dice en Internet.

En el norte las cosas son diferentes, y el mensaje de Sanders está consiguiendo extenderse. Lo apoyan la mayor parte de intelectuales afroamericanos y de afromericanos del mundo del entretenimiento. Ésta es la primera elección presidencial donde Internet juega un papel clave. Especialmente la gente joven, que no confía en los medios de comunicación establecidos. Es suficiente leer los comentarios de los lectores estadounidenses en Internet para darse cuenta de que Hillary Clinton está considerada ampliamente como una mentirosa, una hipócrita, una belicista y un instrumento de Wall Street.

¿Cómo ves la campaña de Bernie Sanders? Es visto como la esperanza de la izquierda, pero tras la presidencia de Obama también hay cierto escepticismo. Algunos comentaristas han señalado su apoyo a intervenciones militares estadounidenses en el pasado.

A diferencia de Obama, quien prometió un “cambio” vago, Bernie Sanders es muy concreto a la hora de hablar de los cambios que se tienen que hacer en política doméstica. E insiste en que él solo no puede hacerlo. Su insistencia en que se precisa una revolución política para conseguir sus metas está realmente inspirando el movimiento de masas que necesitaría. Es lo suficientemente experimentado y tozudo como para evitar que el partido le secuestre, como ocurrió con Obama.

En cuanto a la política exterior, Sanders se opuso firmemente y de manera razonada a la guerra de 2003 en Irak, pero como la mayor parte de la izquierda, se dejó llevar por los argumentos en favor de las “guerras humanitarias”, como la desastrosa destrucción de Libia.

Pero este tipo de desastres han comenzado a educar a la gente, y puede que hayan servido de lección al propio Sanders. La gente puede aprender. Puede oír, entre quienes le apoyan, a antibelicistas como la congresista Tulsi Gabbard de Hawai, que presentó su dimisión en el Comité Nacional Demócrata para apoyar a Sanders. Hay una contradicción obvia entre el gasto militar y el programa de Sanders para reconstruir EEUU. Sanders ofrece una mayor esperanza porque viene con un movimiento nuevo, joven y entusiasta, mientras que Hillary viene con el complejo militar-industrial y Trump viene consigo mismo.

Actualmente vive en Francia. ¿Cómo ve la situación en el país? ¿Qué explica el ascenso del Frente Nacional, en paralelo a otras fuerzas de la nueva derecha (o nacional-conservadoras)?

Los partidos establecidos siguen las mismas políticas impopulares en Europa y en EEUU y eso, naturalmente, lleva a la gente a buscar algo diferente. El control local de los servicios sociales se sacrifica a la necesidad de “atraer inversores”, en otras palabras, a dar al capital financiero la libertad de modelar sociedades dependiendo de sus opciones de inversión. La excusa es que, atrayendo inversores, se crearán empleos, pero esto no ocurre. Puesto que la clave de estas políticas es romper las barreras nacionales para permitir al capital financiero ganar acceso, es normal que la gente acuda a los llamados partidos “nacionalistas” que aseguran querer restaurar la soberanía nacional. Como en Europa sobreviven los fantasmas del nazismo, “soberanía nacional” se confunde con “nacionalismo”, y “nacionalismo” se equipara con guerra. Estas suposiciones hacen que el debate en la izquierda sea imposible y termine favoreciendo a los partidos de derecha, que no sufren de este odio al Estado nacional.

En vez de actuar con horror a la derecha, la izquierda necesita ver las cuestiones que afectan realmente a la gente con claridad.

En el pasado ha criticado a la izquierda (o a una parte considerable de ella) por apoyar las llamadas “intervenciones humanitarias”. ¿Qué opina de la ‘nueva izquierda’ o ‘nueva nueva izquierda’ en países como Grecia o España?

La propaganda neoliberal dominante justifica la intervención militar por motivos humanitarios, para “proteger” a la gente de “dictadores”. Esta propaganda ha tenido mucho éxito, especialmente en la izquierda, donde con frecuencia se acepta como una versión contemporánea del “internacionalismo” de la vieja izquierda, cuando en realidad es todo lo opuesto: no se trata de las Brigadas Internacionales y su idealismo, combatiendo por una causa progresista, sino del Ejército estadounidense bombardeando países en nombre de alguna minoría que puede acabar demostrándose como un grupo mafioso o terroristas islámicos.

Honestamente, creo que este libro es una aportación a la crítica de la política intervencionista liberal, y lamento que no esté disponible en español, aunque hay ediciones en inglés, francés, italiano, portugués, alemán y sueco.

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ACTUALIZACIÓN:

En relación con el brutal asesinato de Jacques Hamel, el cura de una iglesia católica en Normandía, Francia, a manos de terroristas islamistas del ISIS y lo que he dicho sobre la seguridad.

Primero de todo, hay que condenar este asesinato. Es repugnante que maten a alguien por su fe, sea la católica romana o la que sea. Asesinar a alguien de 86 años indefenso es otra muestra de la “valentía” de estos criminales.

Segundo, estos atentados que se están produciendo en Alemania y Francia cada vez tienen menos pinta de ser “espontáneos” u obra de un tipo al que se le ha ocurrido de la noche a la mañana coger un hacha, un cuchillo o una pistola y matar, es más, todo lo contrario, de estar ya planificados desde un tiempo antes y por sujetos de los que ya se sospechaba antes de su vinculación con el islamismo radical pero con los que o no se aplicaron, o las medidas de seguridad fueron muy débiles. Adel Kermiche, uno de los asesinos del sacerdote católico de Normandia, había estado 10 meses en prisión después de que intentara viajar a Siria para unirse a ISIS, pero un juez decretó su libertad a condición de que llevara una pulsera electrónica, pese a las advertencias de que este tipejo aún era un peligro. Las autoridades intentan tapar esto, sus inexistentes medidas de seguridad que estos atentados están sacando a la luz, utilizando eufemismos e intentando dar a entender que se trata de locos solitarios a los que, de golpe y porrazo, se les ha ido el tarro. 

http://www.wsj.com/articles/one-hostage-dead-two-attackers-killed-after-assault-on-church-in-france-police-say-1469525653

Y, tercero, según informa el New York Post, la iglesia católica donde han cometido el atentado los terroristas estaba en una “lista negra” de ISIS que habían incautado a un detenido ¡¡EL PASADO MES DE ABRIL!! Es cierto que los terroristas son muy malos, sí, y que muchos de estos ataques son impredecibles, matar es muy fácil, pero es que la seguridad en Europa es más propia de una república bananera. Si esto no fuera tan terrorífico, sería más propio de una comedia (y para enterarnos de esto tenemos que irnos a la prensa norteamericana).

http://nypost.com/2016/07/26/france-church-where-priest-was-killed-came-up-on-isis-hit-list/?utm_campaign=SocialFlow&utm_source=NYPFacebook&utm_medium=SocialFlow&sr_share=Facebook

Posteado por: Javier | julio 19, 2016

Algunos mitos sobre el 18 de Julio

Ayer se cumplieron 80 años justos y redondos del conocido como “alzamiento nacional” que dio paso a la Guerra Civil Española y a la posterior dictadura de Franco. A día de hoy, con toda la información y los datos que hay, para cualquiera con dos dedos de frente, es una de las fechas de la infamia en España. Independientemente de la ideología que tenga: el pasado mes de marzo, el senador John McCain, el candidato del Partido Republicano a la Casa Blanca en 2008 (o sea, MUY DE DERECHAS), publicó en el New York Times un artículo en homenaje al recientemente fallecido Delmer Berg, un comunista estadounidense que acudió a España con la Brigada Lincoln para luchar contra Franco. Y que, además, era el último miembro de ese batallón que aún vivía.

Lo de McCain y la derecha anglosajona y protestante sobre el franquismo no es de extrañar. Y es lo normal, incluso fuera del mundo anglosajón. La República Francesa no tiene una visión neutral sobre la Francia de Vichy y la Francia de De Gaulle y la resistencia, obviamente rechaza la primera y ensalza la segunda. Ni Italia ni Alemania tienen visiones neutrales sobre el fascismo y el nazismo, ni los EEUU sobre su guerra civil. Las resistencias en los países ocupados por el nazismo y los ejércitos de la Unión en la guerra de secesión americana cometieron a veces hechos poco edificantes, en ocasiones hasta que podrían ser calificables de criminales, pero no por eso se hace una equivalencia moral entre la resistencia y los nazis (o los aliados y los nazis) o entre Lincoln y los confederados. En el bando republicano también hubo crímenes y hechos rechazables, aunque fueran en el marco de una guerra, pero no por ello existe ni se pretende que haya una equivalencia moral entre ellos y el bando franquista. Eso, en unos y otros casos, se ve muy claro fuera de España (hasta en la derecha, o, por lo menos, en la derecha moderada), pero parece que aquí no, al menos, para quienes intentar legitimar o, como mínimo, disculpar el franquismo con el “hombre, es que barbaridades hicieron los dos”.

Ese es el drama de los nostálgicos de Franco en España. Ni una sola derecha extranjera (salvo que hablemos de ultraderecha), sobre todo, derecha anglosajona, ni una sola les apoya, saben perfectamente que entre Franco y quienes se oponían a él no hay equivalencia moral alguna. Fuera de los platós de Intereconomía, 13TV, Libertad Digital o la Fundación Francisco Franco, están más solos que la una. Las teorías revisionistas que en España aún se mantienen vivas han tenido mucho calado sobre todo en sectores que estaban ya de antemano dispuestos a comprar esa mercancía, pero no pueden ser tomadas en serio mucho más allá, en ámbitos que pretendan tener el más mínimo rigor. Lo suyo no son más que refritos actualizados de las ideas que, prácticamente desde los meses siguientes al fin de la guerra, empezó a vomitar la historiografía franquista para justificar el alzamiento.

Aquí van algunos. También es verdad que, a la par que hay una pseudo-historiografía vudú pro-franquista, existe también mucha mitificación un tanto ingenua e infantil de la II República, cuando la realidad es que es un régimen que tenía sus fallas y era aún imperfecto en muchos aspectos, aunque, por supuesto, fuera el régimen legítimo y un intento de crear en España un sistema verdaderamente democrático y liberal. Sobre la inconveniencia de hacer mitificación acrítica de la II República, recomiendo este artículo de la República Heterodoxa: VER AQUÍ.

1) “EL ALZAMIENTO FUE UNA REACCIÓN DEFENSIVA ANTE LA PERSECUCIÓN QUE MEDIA ESPAÑA SUFRÍA DE PARTE DEL GOBIERNO REPUBLICANO, MEDIA ESPAÑA SE RESISTÍA A MORIR”

Los apologetas actuales del franquismo (sean apologetas explícitos o implícitos, siendo estos últimos los que apoyan el alzamiento del 18 de julio de 1936 utilizando mil y un malabarismos dialécticos para no presentarse como franquistas explícitos) suelen decir que el “sectarismo del gobierno republicano” y la “inminencia de una revolución comunista” (eso lo veremos luego) hizo surgir una reacción de temor en media España que llevó al golpe militar, el cual habría sido “defensivo” (el “media España se resistía a morir” que dicen pseudo-historiadores neo-franquistas como Pío Moa o Fernando Paz). Al margen de lo absurdo de eso, y que no sostiene ningún historiador mínimamente serio, el alzamiento y la posterior dictadura no fue ninguna reacción defensiva por ninguna supuesta circunstancia sobrevenida a mediados de los años 30, sino un proyecto político que ya venía desde años antes incluso del nacimiento de la II República, que ya se había intentado con la dictadura de Primo de Rivera pero que no había tenido éxito, y que sólo necesitaba encontrar el dictador-represor idóneo para llevarla a cabo. Ese fue el motivo, por cierto, por el cual Franco no generó ninguna ideología nueva reconocible, a diferencia de Hitler o Mussolini: Franco recibe un cuerpo ideológico ya fabricado y él es el encargado de aplicarlo represivamente, su papel es de mero represor.

En un artículo que reproduje hace algún tiempo, basado en el libro “Historia del poder político en España”, del pensador José Luis Villacañas, están las claves para comprender esto. Una cita relevante es la siguiente:

El proyecto de una dictadura soberana y constituyente de la sociedad era más antiguo que el régimen de Franco. Había sido elaborado, utilizando conceptos de Carl Schmitt, por el lúcido y apasionado Ramiro de Maeztu, y esto a partir de una pregunta: ¿qué había fallado en la dictadura de Primo de Rivera?…” En su opinión, “Primo de Rivera había disuelto la cohesión de las derechas y se había mostrado incapaz de fortalecer los dos principios de la nación española: el catolicismo y el sentido de la hispanidad. Sin ellos los intentos de José Calvo Sotelo de generar un capitalismo español eran inviables… Se hacía precisa una dictadura de largo plazo, sin cortapisas de otras instancias soberanas, y capaz de formar un capitalismo moderno que generara un pueblo de clases medias despolitizadas. Todo eso debía producirse antes de reconocer los derechos políticos e instituciones liberales”.

Por cierto, con respecto a eso de generar unas “clases medias despolitizadas”, creo que nos suena, viendo lo que es España actualmente, y la pasividad de gran parte de los españoles de la que hemos hablado otras veces. Pasividad que llevó a que Franco gobernase tranquila y felizmente durante 40 años, generando en la mayoría de españoles la ensoñación de ser de “clase media” y el no tener demasiadas ganas de meterse en problemas que les hicieran perder las comodidades de esa “clase media”.

“Estas “élites conservadoras de los primeros días de la República no habían decidido quién dirigiría esa dictadura soberana constituyente. Sus dos ideólogos fundamentales, José Calvo Sotelo y Ramiro de Maeztu, establecían únicamente sus dos bases ideales: la forma concreta de capitalismo de Estado y la forma cultural y católica de la hispanidad protegida por una monarquía tradicional… era casi seguro que este proyecto hiciera necesaria una guerra civil, cuya preparación asumió José María Gil Robles…” Lo que estaba sin definir, “quién iba a ser el portador de la soberanía… Tras una penosa guerra, ese portador sería el general victorioso.”

“Sin embargo, la causa misma por la que había luchado y vencido imponía los fines de su dictadura. Como dijeron al final de la guerra sus defensores, Franco tuvo que encarnar dos aspectos contradictorios del dictador constituyente. Por una parte, en tanto que soberano, no podía ver limitado su poder más que por su propia voluntad. Esto fue lo que dijo Dionisio Ridruejo. Pero, por otra parte, en tanto que caudillo, luchó por una causa tradicional que él no podía definir de su arbitrio, sino garantizar su continuidad. Esto es lo que dijo Francisco Javier Conde al definir a Franco como un caudillo carismático al servicio de la tradición, sin capacidad de innovación… La voluntad soberana del Caudillo no tenía límites para constituir el pueblo español, que era el de la tradición y ya estaba constituido. De ahí que su principal actividad fuera represora de todo aquello que no coincidiera con ese pueblo ya existente. Estas premisa permite describir toda su actuación como desconstrucción de lo que en la historia española era evolución y novedad, y que él consideraba como una mera superficie frente a lo esencial y eterno [Estado totalitario de los Reyes Católicos y su configuración imperial bajo Carlos V y Felipe II]…”

El carácter genocida y terrorista de este movimiento (lo que caracterizó al alzamiento y los primeros años de la dictadura) es algo que ya venía de mucho tiempo atrás, con unos mecanismos de actuación muy similares a los empleados siglos atrás por la Inquisición. Igual que la Inquisición perpetró el genocidio de judíos y cristianos protestantes en España, y expandió el terror por toda la sociedad, el nuevo orden se iba a dedicar a limpiar el país de todo lo que fuera identificado como “antiespaña”:

“Lo que permite identificar la aspiración del régimen en su primera época: crear algo parecido a lo que había sido el dispositivo inquisitorial. Ese dispositivo permitirá que el pueblo ya existente y constituido se defendiera de la impureza histórica acumulada. La aplicación pormenorizada de la delación, la desproporción entre indicios y penas, la extensión de la criminalización a familias y linajes enteros, la concentración de la persecución en campesinos y obreros, la exigencia de retractaciones humillantes, la invocación de sucesos antiguos para justificar el crimen, todo esto constituyó un dispositivo cercano al inquisitorial. Eso hace de esos largos años de posguerra del régimen de Franco algo tan odioso. Pero la imitación verdadera del dispositivo inquisitorial residió en que se quería conseguir un pueblo puro. Por eso fue lógico que, al igual que la Inquisición no permitiera huella superviviente alguna de los ajusticiados, el régimen franquista quisiera sepultar en el anonimato más radical a sus víctimas, perdidas en las cunetas”.

2) “LA II REPÚBLICA NO ERA DEMOCRÁTICA PORQUE NUNCA FUE VOTADA EN REFERÉNDUM POPULAR”

La II República nació por que así lo exigió la circunstancia. Ante la falta de monarca no había alternativa seria para proveer la Jefatura del Estado. Antes de la dictadura de Primo de Rivera apenas había un movimiento republicano serio en España, pero el apoyo del monarca a esa dictadura le valió el descrédito. Es como si Juan Carlos I en el año 1981 se hubiera puesto del lado de los golpistas. Aquello lo hubiese deslegitimado como Jefe del Estado. La República Española de 1931 fue no solo un nuevo régimen proclamado por una voluntad popular -pese a que las elecciones de abril de ese año habían dado una mayoría de concejales monárquicos, 20.000 frente a 5.000, el voto popular estuvo en una proporción de 4 a 1 a favor de los partidos republicanos y las capitales de provincia, donde se vislumbraba claramente la opinión popular, lejos de los manejos caciquiles de las zonas rurales, supusieron una aplastante victoria de los partidarios de la República- sino que en su espíritu y forma era democrático. Otra cosa es que después de tantos años de ausencia, un régimen real de libertades en España necesitase tiempo para consolidarse. Tiempo que no tuvo.

3) “LA CONSTITUCIÓN REPUBLICANA NO FUE APROBADA CON CONSENSO NI VOTADA EN REFERÉNDUM. NO ERA DEMOCRÁTICA”

Ninguna de las constituciones españolas anteriores a 1931 se aprobaron mediante referéndum. Lo mas habitual eran las cortes constituyentes como ocurrió en 1931. Si comparamos la Constitución de 1978 con la de 1931, ambas responden a realidades y contextos distintos con más de 40 años de diferencia. Obviamente, la actual del 78 es más avanzada en bastantes aspectos.

4) “LA BANDERA TRICOLOR REPUBLICANA NO ERA LA BANDERA DE TODOS LOS ESPAÑOLES. ERA SÓLO DE LOS REPUBLICANOS. NO ERA DEMOCRÁTICA”

La constitución de 1931 definía la bandera tricolor como la oficial del Estado, como ahora hace la del 1978 con la bicolor: esa es, a fecha de hoy, año 2016, la oficial del Estado. Eso es independiente de lo que opine cada uno, de si le gusta más o menos, o de si le parecen más o menos bonitos los colores de la bandera. La Constitución de 1931 no definía la bandera como “la bandera de los republicanos”, igual que ahora no existe una definición de la bandera oficial bicolor como “la bandera de todos los españoles”, cada cual se puede identificar con lo que quiera. Yo me identifico con las dos y no me molesta ninguna de ellas. Las dos representan períodos democráticos distintos en contextos y en períodos distintos. Sobre si una u otra bandera, era más o menos “impuesta”, la verdad es un debate que me aburre y no me interesa. Toda bandera, en cierto modo, es “impuesta”, sea de modo más o menos “autoritario” o más o menos “democrático”.

5) “LA II REPÚBLICA ERA SECTARIA. EXCLUÍA A MEDIA ESPAÑA Y DIRIGÍA AL PAÍS HACIA EL COMUNISMO”

Sin embargo, la Constitución de 1931 definía al Estado como una “República democrática de trabajadores de toda clase”. Un lema que para los comentaristas de los periódicos de un país tan poco sospechoso de simpatías comunistas como los Estados Unidos, le parecía un reflejo de su propia forma de ser, al agrupar no a los trabajadores al modo clasista soviético, sino al modo productivista anglosajón de agrupar a todos los que trabajan, a quienes viven de su trabajo y su esfuerzo. Para considerar que el de la II República hubiera sido un régimen “sectario” debería haber existido algún artículo en la Constitución o norma que hubiese permitido, o incluso incitado, la persecución de conservadores, derechistas y católicos, la destrucción de templos católicos o la prohibición de los partidos antirrepublicanos. Cosa que no era así. Las órdenes que las fuerzas públicas recibían del gobierno tendrían que haber consistido en la detención sin causa de los adversarios de la República, en la confiscación de sus bienes y, llegado el caso, en su ejecución sumaria. Es así como actúa un sistema basado en ideas totalitarias, lo que demostró, y muy bien, el Estado franquista poco después. ¿Significa eso que no hubo arbitrariedades gubernamentales? No, por supuesto que las hubo. Lo que ocurre es que, si miramos quiénes eran habitualmente las víctimas de esas arbitrariedades, inclusive durante el primer bienio progresista (1931-1933), veremos que las víctimas normalmente continuaron siendo obreros y campesinos, igual que en los tiempos anteriores a la República.

6) “LA REPÚBLICA FUE UNA ÉPOCA CAÓTICA. Y ESO LO PROVOCÓ, SOBRE TODO, EL SECTARISMO CON EL QUE NACIÓ, QUE LLEGÓ AL MÁXIMO EN 1936 BAJO EL FRENTE POPULAR”.

La realidad es que la situación de España ya era muy convulsa antes de 1931, era una situación que ya se daba incluso en tiempos de la Restauración y así siguió hasta 1936. Desde 1874 a 1931 abundaron los disturbios, las revueltas y las quemas de iglesias, no fue una situación exclusiva de la II República. Quemar iglesias era algo incluso que se remonta a principios del siglo XIX, los de la Guerra de Independencia. Ha sido parte de la eterna tensión española entre clericalismo y anticlericalismo, no era algo exclusivo de la época de la República. Tampoco llega a comprenderse cómo atribuyen al régimen republicano la responsabilidad de una violencia que solía proceder de grupúsculos contrarios al mismo, fueran de ultraderecha o de extrema izquierda. La ultraderecha española empleó desde marzo de 1936 un terrorismo sistemático y desestabilizador que pretendía debilitar el Estado republicano y allanar el terreno a un gobierno autoritario o, en última instancia, a un “levantamiento militar”. Alguno, como el premio Pullitzer de periodismo de 1934, el estadounidense Frederick T. Birchall, escribió un artículo en el New York Times afirmando que lo extraño era que en España los desórdenes no fueran todavía mayores, teniendo en cuenta la desigualdad económica y la pobreza de muchos sectores de la población, que por entonces vivía mayoritariamente de la agricultura. Sin embargo, historiadores como Julio Aróstegui opinan que en absoluto puede hablarse de una “primavera trágica” en la que el gobierno del Frente Popular hubiera perdido el control de la situación porque en esos meses no se produjo una situación de emergencia comparable, no ya sólo a la de 1934 en España, sino a las vividas en el periodo completo de los años veinte y treinta por países como Alemania e, incluso, Francia, lo que no quiere decir que no hubiera una agitación social y laboral constante en el campo y la ciudad y un aumento de la violencia explícita por causas políticas, alimentada por acciones de la izquierda y la derecha. De hecho, el designio de los partidos opositores Bloque Nacional, liderado por José Calvo Sotelo, y de la CEDA de José María Gil Robles era derivar sus acciones hacia la ilegalidad, sacando partido de la agitación en la calle y haciendo responsable de ello al gobierno. El propio Gil Robles, al conocerse el resultado de las elecciones de febrero de 1936, ya intentó la anulación de las mismas y que fuese declarado el “estado de guerra”, alegando desordenes callejeros en las celebraciones por este resultado, es decir, antes incluso del supuesto “caos” que después creó el gobierno del Frente Popular. En todo caso, poca justificación serían los problemas de orden público existentes en la primavera de 1936 para desplegar un terrorismo genocida desde el 18 de julio contra todo aquel al que le cayera encima el sanbenito de ser parte de la “antiespaña”.

7) “LAS ELECCIONES QUE GANA EL FRENTE POPULAR EL 16 DE FEBRERO DE 1936 FUERON UN PUCHERAZO”.

No obstante, incluso los periodistas británicos de aquella época en España llegaron a afirmar que si se hubieran seguido las normas electorales que regían en una democracia consolidada como Gran Bretaña, el triunfo del Frente Popular hubiera sido más contundente aún. Tal era el sistema caciquil que aún campaba a sus anchas en España. El propio jefe del gobierno, el centrista Manuel Portela Valladares, dijo al conocerse los resultados: “Las elecciones han dado la victoria al Frente Popular. Tengo, para afirmarlo, la autoridad que me da el ser presidente de este gobierno”. Y tal afirmación, además, era hecha, ni más ni menos, “para que la conducta de cada cual quede en su lugar”. Desde luego, la de Portela lo estuvo, a diferencia de la de otros como Alcalá Zamora o Gil Robles, quien presionó a Portela para que no dimitiera de su puesto y proclamase el estado de guerra, ante las muestras de júbilo tras el resultado electoral. Eso del “pucherazo” surgió cuando los apologetas del franquismo pretendían imputar al gobierno del Frente Popular los males que supuestamente hicieron “necesario” el alzamiento. Empezando por la propia dictadura franquista, mediante el conocido como “Dictamen de la Comisión sobre ilegitimidad de poderes actuantes el 18 de julio de 1936”, que se hizo público a principios de abril de 1939, y en el que se concluía que había habido fraude en esas elecciones, ya que los resultados habrían sido “falseados” para favorecer al Frente Popular: falsificaciones de votos, violencias, nuevo gobierno formado antes de la segunda vuelta electoral y a la arbitraria revisión posterior de actas en perjuicio de las derechas.

8) “BAJO EL FRENTE POPULAR, ESPAÑA IBA CAMINO DE UNA REVOLUCIÓN Y UNA DICTADURA COMUNISTA. FRANCO COMETIÓ ERRORES PERO NOS SALVÓ DE ESO Y DE SER UN SATÉLITE DE LA URSS”.

Un argumento para justificar el alzamiento que no puede ser más ridículo. Hasta 1934, el PCE era un partido minoritario en España y, a partir de 1935, la estrategia que el VII Congreso de la Internacional Comunista adoptó fue la política de Frente Popular, o sea, el establecer acuerdos con la socialdemocracia y los partidos republicanos, para formar gobiernos en los que los partidos comunistas no entrarían. La revolución proletaria no era en ese momento la prioridad, sino ayudar a ser un contrapeso al ascenso de los partidos fascistas, después de la llegada al poder de Mussolini en Italia y de Hitler en Alemania. La URSS apostó por el establecimiento de un sistema de seguridad basado en la alianza con Francia y las democracias occidentales para frenar el expansionismo alemán, lo que implicaba aparcar sine die las tesis revolucionarias. Los comunistas españoles, con solo 17 diputados de 473, se dedicaron a dotar de estabilidad a los gobiernos republicanos. Se conocen todos sus movimientos por los mensajes cruzados entre Madrid y Moscú, que fueron interceptados y decodificados por los servicios de inteligencia británicos. No existía un peligro de revolución comunista en la primavera de 1936. Ni la línea política de la Internacional Comunista ni las prioridades geoestratégicas de la URSS (al fin y al cabo, bajo cuya obediencia estaban los partidos comunistas occidentales) apuntaban al desencadenamiento de una revolución proletaria en España. Ni siquiera el PSOE de aquellos tiempos era mayoritariamente revolucionario. Azaña formó un gobierno exclusivamente con republicanos burgueses moderados, con el objetivo de tranquilizar el país, pensando que los obreros y jornaleros del campo, por un lado, se sentirían cercanos al mismo, y, por otro, que los sectores más conservadores no se alarmarían, al no contemplarse ninguna nacionalización de propiedades agrarias o industriales. El programa era tan moderado que fue incluso aceptado por un católico de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) como Giménez Fernández, ex-ministro de Agricultura, aunque, posteriormente, su partido lo boicotease en las Cortes. No obstante lo anterior, tras las elecciones, los grupos más a la derecha empezaron una campaña de asesinatos para llevar al país a una situación caótica (de forma que se provocase una intervención de los militares), mientras los más revolucionarios se empleaban también violentamente, como si estuviera empezando una revolución. En cualquier caso, el problema fue que el gobierno no supo cómo actuar para frenar estos episodios violentos y prefirió no intervenir, a la espera de que parasen por sí solos. Craso error, pero no que el gobierno estuviese propiciando la revolución proletaria. Paradójica e irónicamente, terminó siendo el alzamiento lo que llevó a la revolución comunista en algunas zonas del país, al provocar la sublevación militar un colapso de la autoridad del gobierno republicano que fue llenado por los comunistas (en Barcelona sucedió algo similar con los anarquistas de la CNT), llevando a que el PCE se convirtiera prácticamente en el poder hegemónico en buena parte de la zona republicana durante la guerra. Pero no en todos los lugares sucedió esto en la misma medida. En algunos lugares se colectivizó la tierra y las propiedades y en otros no; en algunos hubo asesinatos de curas o monjas, gente religiosa, falangistas, militares o grandes propietarios, y en otros no pasó nada de esto. Ni esto se dio a nivel nacional antes del estallido de la guerra, ni en toda la zona republicana posteriormente, sino a nivel local, donde el vacío de poder del gobierno central de la República llevó a que éste fuera tomado por milicianos pertenecientes a los partidos o sindicatos preponderantes en ese lugar concreto. La principal diferencia con la zona sublevada (y lo que les dio la victoria final) fue que en ésta todo fue inmediatamente incluido bajo una misma jurisdicción militar, de forma que los asesinatos no se produjeron de forma descontrolada por grupos dispersos (de falangistas o carlistas normalmente) sino mediante condenas tras sumarísimos juicios militares. 

Esto del revisionismo ultraconservador sobre la II República y el alzamiento nacional es muy similar a lo que ya hizo en su día Edmund Burke con la Revolución Francesa. Es infiltrar la idea de que cualquier reforma radical de la estructura tradicional de la sociedad está abocada a provocar violencia y muerte, como demostraría, en el caso de Francia, el Terror jacobino entre el otoño de 1793 y la primavera de 1794: así dice la conocida ecuación ultraconservadora. Evidentemente, en esta ecuación nunca entran ejemplos como la represión de la Comuna de París, años después, en 1871, que produjo bastantes más muertes que el Terror jacobino.

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